Somos reformados…¡y católicos!

 

(Lutero ante la Dieta de Worms)

 

Recientemente, en una interesante conversación entre hermanos después del culto dominical, tuvimos la oportunidad de hablar sobre un importante tema que debe despertar el interés de la iglesia cristiana: la catolicidad de la misma. Es evidente, amados hermanos, que la iglesia apóstata (Babilonia la Grande, la Madre de las Rameras, Apocalipsis 17:1-7) se ha apropiado de un buen número de palabras y conceptos que sólo pertenecen a la verdadera Iglesia de Jesucristo, tales como: eucharistia (eucaristía), khatechéin (catequesis), khatolikós (católico), etc. Y, todo esto, ante la indolencia y permisividad de los propios creyentes, los cuales en su afán de desmarcarse de cualquier posible semejanza con los católicos-romanos se han dejado arrebatar algo que sólo debe ser utilizado por aquellos que creen, obedecen y enseñan la verdadera doctrina de Jesucristo expresada en la Santa Biblia, unica Palabra revelada por Dios (2ª Pedro 1:19-21). Por ello, encontramos que este clarificador artículo de nuestro hermano Martín Scharenberg viene a colocar las cosas en el sitio que deberían haber estado desde siempre.

 

"En nuestras iglesias confesamos nuestra fe, nuestra fe más esencial, a través de la recitación comunitaria de los credos. El Credo de los Apóstoles es para todos nosotros símbolo de unidad con todos los creyentes que expresan una misma fe sincera. Juntos decimos: “Creo en la santa iglesia católica”. Otro de nuestros credos, el Niceno, agrega que la iglesia es también “una”, “santa” y “apostólica”.


En nuestros países existe una tendencia generalizada a reemplazar la palabra “católica”, por palabras más “evangélicamente correctas” como “universal” o “cristiana”. Esto no debería ser así, pues contribuye a abandonar una de las características irrenunciables de la iglesia: su catolicidad.

La catolicidad no define meramente su “universalidad” como podríamos deducir objetivamente al traducir la palabra griega “katholikós”. Catolicidad significa que la iglesia todo lo abarca, está por sobre todo, y que no admite divisiones. La catolicidad pertenece a todas las iglesias, aún las surgidas de la Reforma del siglo XVI. Felipe Melanchton (1497-1560) teólogo del movimiento reformador alemán, y compañero de Martín Lutero (1483-1546), expresó que “¡Todos nosotros tenemos que ser católicos!”

Para los presbiterianos el concepto de catolicidad está íntimamente relacionado con nuestra definición de iglesia. Según Juan Calvino (1509-1564), la verdadera iglesia se sostiene por tres pilares fundamentales: la correcta predicación de la palabra, la administración de los sacramentos, y la vigencia de la disciplina (i.e. un orden eclesiástico).

La catolicidad así definida es también continuidad, lo que nos permite decir que somos herederos de un mismo origen cristiano, y no una invención derivada de una reforma eclesiástica tardía. Decir que somos católicos, es decir que la iglesia presbiteriana continúa también siendo “una”, “santa” y “apostólica”. La iglesia del primer siglo también nos pertenece.

El concepto “católico”, en el griego antiguo, señala también totalidad y plenitud, por lo que también podemos entender la catolicidad como aquella integridad que solo es posible “en Cristo”. En una carta escrita a los cristianos de Esmirna (Turquía) cerca del año 106 por Ignacio de Antioquia, se hace mención a que: “Dondequiera que está Cristo, allí está la iglesia católica”.

Cristo es entonces el centro y fundamento de la catolicidad. Nuestra Confesión de Fe de Westminster (Cap. 3.1) define que para nuestras iglesias, el ser “católica” es expresar la “la plenitud de Aquel que lo llena todo en todo.” (Efesios 1.23)

Cristo es quien nos invita a ser verdadera “iglesia católica”, para que siendo testigos de él hasta lo último de la tierra, logremos transformar nuestro mundo con la plenitud de su mismo amor, misericordia y perdón".

                                                                (Martín Scharenberg)

Publicado por: 

 http://ramadealmendro.blogspot.com/2011/12/somos-reformadosy-catolicos.html

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  Solo la Gracia

  Solo Cristo

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Inutilidad de las obras para la salvación

(El trágico engaño de la religión romana)

"Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia" (Isaías 64:6).

 

La historia refiere de un general romano que después de haber prestado grandes servicios a la república, fue acusado de un delito capital. Confiado en sus méritos, se presentó muy animoso y  tranquilo  ante el Senado; y  mostrando a los jueces las gloriosas y múltiples heridas que había recibido en defensa de la patria, exclamó:  ¿Es posible que servicios tan eminentes, que acciones tan valientes, que heridas tan honrosas queden borradas por un solo delito?

 

Muchos religiosos sinceros, a semejanza de aquel general romano, se han presentado, se presentan y se presentarán muy confiados ante el tribunal de Dios; apoyados en una larga lista de buenas obras y de acciones religiosas y morales que consideran válidas para obtener la anhelada salvación de sus almas.  ¡Cuánta desesperación, cuánto dolor, cuántas lágrimas al comprobar que se encuentran ante la justicia de Dios con las manos vacías¡  Esa es la trágica consecuencia del pecado en la vida del hombre caído. Entonces muchos hombres se preguntarán inútilmente: ¿Es posible que tanto bien quede olvidado por causa de algunos pecados y transgresiones? Sí, porque según la voluntad de Dios las obras no significan nada en cuanto a la salvación: solo la fe en la perfecta obra expiatoria de Cristo tiene validez para la reden-ción del pecador sin esperanza. Bien que lo expresa el apóstol Pablo:"Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8). 

El mismo Jesús abre el camino a la vida eterna a través de su Palabra: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Juan 5:24).

Él nos dejó palabras de esperanza frente al dolor y desesperación de Marta : "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11:25).

(J.Mª V.M./Inspirado en un texto de 1862)

     La presencia de Dios debe ordenar                      nuestra manera de vivir 

Al alma a la que Dios se manifiesta y le da el deleite de su presencia, está obligada a demostrar fidelidad a Él. No debe involucrarse en ningún negocio que no corresponda a la vocación recibida  o a una necesidad obvia. Debe desempeñar sus negocios sin preocuparte en cuanto a la continuación de los mismos, con la intención solamente de cumplir la voluntad de Dios, voluntad que obra tanto en un aparente mal como en un bien.

 

Debe ocuparse más en Dios que en las criaturas, y creer que no hay ejercicio , más importante y excelente que el de guardar la unión con el Dios presente. A Él debe la complacencia. Agradar al hombre lleva a la distracción y nos aleja de Dios.

 

El alma que está en Dios debe sujetarse al orden y a la providencia, y aceptar con voluntad la pobreza, la miseria, el abandono y el sufrimiento de toda índole. Tampoco debe buscar carnalmente la liberación de ello, sino más bien gozarse de que la propia presunción sufra una quiebra. Como Pablo debe gloriarse en las debilidades (2ª Corintios 12:9-10).

          (Johann v. Bernières-Louvigni)