Una experiencia cercana a la realidad

Acudiendo Felipe, le oyó que leía el profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees? El dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él.” (Hechos 8:30-31)

 

Estando visitando la Catedral de Ginebra en compañía de un hermano en Cristo, decidimos tomar asiento en uno de los bancos cercanos al púlpito desde el cual predicó la Palabra de Dios el ungido reformador Juan Calvino. Nuestro deseo -amén de descansar del largo y agotador recorrido por tan emblemática ciudad- era el de disfrutar sosegadamente de las bellas vidrieras que adornan el sobrio templo protestante. Estando absortos en ello, se nos acercó un hombre de aspecto anglosajón, de edad madura quién, habiendo pedido permiso amablemente, ocupó un lugar junto a nosotros. Después de habernos rogado que le hiciésemos unas fotografías, nos confesó que era de origen inglés pero residente en Estados Unidos, donde ejercía como profesor de Teología Sistemática en un seminario bautista cercano a la ciudad de Houston. Su amena charla fue derivando hacia la persona de Calvino y la doctrina de la Gracia. Con sutil agudeza quiso saber nuestra posición doctrinal al respecto, así como al conjunto de la Reforma protestante. Evidentemente, sin lugar a dudas, su inclinación arminiana era poco disimulable, así como su ardiente defensa del libre albedrío y de la expiación universal de la humanidad caída, algo comprensible en los miembros de las iglesias evangélicas nacidas a la sombra del pastor holandés, de tendencia semipelagiana y sinergista, Jacobo Arminio (1560-1609).

 

Con actitud abierta y conciliadora, siguiendo el consejo de Dios expresado en su Palabra (“...estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros...” 1ª Pedro 3:15), respondimos al reto exponiendo que esta doctrina erige al hombre como aquel que tiene la capacidad de decidir sobre su destino eterno, anulando y suplantando la soberanía de Dios. Evidentemente, teniendo en cuenta la muerte espiritual del hombre, según la Palabra de Dios (Romanos 5:12), esto es radicalmente imposible: un muerto sólo puede oír la voz de Dios cuando el Espíritu Santo abra su corazón, no al revés (Hechos 16:14). Tampoco ningún muerto tiene capacidad para resucitar por sí mismo: sólo Cristo puede hacerlo, tal como describe Pablo: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1,5). Esta vida sólo fue posible gracias a que Jesús murió por nosotros, por su Iglesia, no por toda la humanidad, como ellos enseñan y defienden: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella...” (Efesios 5:25). Y todo lo hizo por gracia, sólo por su gran amor y misericordia (Efesios 2:8).

 

Percibiendo una actitud dudosa en nuestro interlocutor, extrajimos un viejo evangelio de San Juan de uno de los bolsos que portábamos, y comenzamos a leerle una serie de textos que no admitían dudas sobre las doctrinas de la elección incondicional y del llamamiento eficaz . Ahora el reto provenía directamente de Dios, de la autoridad infalible de su Palabra expuesta por escrito. Nuestras palabras resonaban de forma sobrecogedora en medio de aquellos vetustos muros, mudos testigos de poderosas predicaciones que alcanzaron a miles de almas hambrientas del verdadero Evangelio de Jesucristo:

 

-”Porque como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida” (Juan 5:21).

-“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6: 37-39).

-” Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44).

-”Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no fuere dado del Padre (Juan 6:65).

Continuó diciendo el Señor Jesucristo, no nosotros:

-”Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen...Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan10:27-29).

-”No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros...” (Juan15:16).

-”He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra” (Juan 17:6,9,12,24).

 

Aún no conforme con los textos arriba mencionados, Herbert, este era el nombre de nuestro fugaz acompañante, nos sacó a colación versículos muy conocidos usados por los arminianos para justificar su posición doctrinal contraria a la Doctrina de la Gracia (no necesariamente calvinista, sino bíblica). Por ejemplo, citó de memoria Juan 3:16-17, 12:47; 2ª Corintios 5:19; 1ª Timoteo 2:4; Hebreos 10:26-29; etc. Ante esta respuesta, fácilmente rebatible, dedujimos -con triste desencanto- que los argumentos expuestos por este hermano eran poco consistentes y sostenibles frente al más elemental examen hermenéutico, y mucho más tratándose de un experimentado profesor de teología. Por ello, le emplazamos a escudriñar las Escrituras con toda solicitud, siguiendo el consejo del apóstol Pablo (Hechos 17:11). Ellas, y no nosotros, le llevarían a encontrar la respuesta que Dios tenía preparada para su vida. El Señor, por medio de su Espíritu, tenía que guiarlo a toda la verdad (Juan 16:13). Sólo Él podría abrirle el entendimiento para que comprendiese las Escrituras (Lucas 24:45).

 

Siendo conscientes de que este encuentro no casual, en un lugar tan señalado, sería el principio de una maravillosa revelación de Dios para su ministerio, nos despedimos amorosamente de este hermano con el deseo de que el Señor lo bendijese grandemente en su trabajo docente. A escasos metros nos esperaba otra agradable sorpresa: el “Auditorio de Calvino, pequeña iglesia de estilo gótico donde predicaron tres de los más importantes hombres de la Reforma protestante: Juan Calvino, Teodoro de Beza y Juan Knox. Pero de esta inolvidable experiencia hablaremos más adelante”.

                                                                     Jesús Mª Vázquez Moreno

                                       

              

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   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

         Las tribulaciones del cristiano

"El sufrimiento, en cualquiera de sus formas, enfermedad, pérdida de bienes, muerte de seres queridos, adversida-des, desengaños, etc., siempre es aprovechado por el diablo para hacer su obra. Como hemos mencionado antes, la aflicción es terreno abonado para la duda. Y cuando el adversario no consigue sembrar la duda trata de hundir al creyente en el abatimiento y la desespera-ción, reduciéndolo así a la impotencia espiritual.

 

¿Por qué permite Dios el sufrimiento de sus hijos? ( . . .) En algunos casos  Dios permite que suframos a causa de nuestros pecados. No es que en tal caso el sufrimiento tenga  como objeto expiar la culpa, pues esto lo hizo Cristo por todos nuestros pecados.  Se trata de un castigo con carácter disciplinario a fin de corregirnos y santificarnos. Es magistral la enseñanza que a este respecto encontramos en Hebreos 12:7-13 donde se comenta un antiguo proverbio: "Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor ni desmayes cuando eres de El reprendido, porque el Señor al que ama castiga y azota a cualquiera que recibe por hijo" (Heb. 12:5,6; Prov. 3:11,12) ."                                (José M. Martínez)           

     El ineludible juicio final de Dios

Existe un día grande del que muy a menudo se habla en la Escritura: es el día del juicio, el día en que Dios juzgará lo oculto de los corazones de los hombres por el Señor Jesucristo.

 

Toda alma no cristiana no podrá mante-nerse en el día del juicio. Los impíos no permanecerán en el día del juicio. Actualmente, los pecadores son muy atrevidos y desvergonzados; su cuello se mantiene erguido como si su nervio fuese de hierro, y su frente parece de duro metal.

 

La mayoría de ellos no se avergüenzan cuando son sorprendidos en pecado. Hablando entre nosotros, ¿no es extraordinaria la osadía con que los pecadores participan muchas veces de los actos religiosos, con hipocresía, como si realmente sintiesen lo que no sienten? ¡Con qué desfachatez y sarcasmo juran  a veces y hacen sus votos! ¡Con cuánta osadía algunos impíos se acercan a la mesa del Señor! Ah, pero ello durará solo muy poco tiempo.  Cuando aparecerá el Señor Jesús, el Santo Jesús en toda su gloria, entonces los pecadores, de rostro endurecido por la desvergüenza, serán humillados. . .

Muchos impíos se consuelan ahora pensando que su pecado no es conocido, que ningún ojo humano les ha visto; pero en aquel día los más secretos e íntimos pecados de cada uno serán sacados y llevados a la luz. . .

 

¡Cómo debierais temblar y caer cubiertos de vergüenza, oh hombres impíos que os introducís hipócrita-mente en las congregaciones!

                       (Roberto M. McCheyne)