de la misa mayor al

 

yoga

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Por Piet Demedts

 

      Procedo de una familia católica muy austera de Bélgica. Cada domingo iba a misa. Si no asistía a la misa mayor dominical, me parecía el domingo un día cualquiera. 

       Cuando tenía ocho años murió mi madre. Eso causó una profunda herida en mí. Y la muerte de mi madre trajo consigo otros muchos problemas para mí. Mi padre iba al trabajo, y una asistenta cuidaba de nosotros. Dos años después mi padre se casó de nuevo. Yo nunca estuve de acuerdo.

 

       Comencé mis estudios medios y todo fue muy bien hasta que el desengaño en la amistad de una compañeras me llevó a un fracaso en los estudios.Eso me hizo cerrar el corazón a cualquier mujer, incluso llegué a odiarlas.

 

       Continué con mis estudios y después de tres años conseguí mi diploma. Pero la influencia de mis colegas de estudios me hizo romper con mis viejas tradiciones. Eso fue poco a poco. Comencé a interesarme por las religiones orientales. Algunos amigos me animaron en esa dirección. Ellos estaban – así lo decían ellos – ya en el camino de la felicidad. Ellos buscaban la paz en Dios, pero ese Dios pensaban poder encontrarlo en sí mismos. Por medio de la meditación y el yoga te puedes hacer uno con Dios, así lo creían ellos. Eso era precisamente lo que yo buscaba. Compré un montón de libros sobre el pensamiento oriental.

En los libros que había comprado podía leer ideas como estas: “El hombre es un espíritu y tú puedes desatar a tu espíritu del cuerpo. Eso es el espiritismo”. “Los muertos ya son uno con el cosmos y con Dios”.

       Así entré en contacto con un mundo extraño, un mundo de paz y de inquietud al mismo tiempo. ¡Y ahora a practicar! Siempre la meditación, siempre repetir la misma palabra: el nombre de un dios hindú, y hay muchos. Mis primeros ejercicios no me produjeron nada. Pero yo seguí. Esto me llevó al hospital, y tuve que dejar la meditación y el yoga. Así pasaron seis años más, sin saber dónde buscar. Toda esperanza se había desvanecido en mi vida. Me fui al servicio militar. Pero todo en mí era vacío y desasosiego. Dónde podría encontrar ahora la felicidad?

 

       Una noche regresaba al cuartel con otro compañero, y nos encontramos con otros dos que también iban hacia el cuartel. Yo les pregunté de dónde venían y que hacían. Me dijeron que venían de un centro bíblico. Les dije: ¿Y eso qué es? Comenzaron a hablarme de Dios, y me preguntaron directamente si yo creía en Dios. Les respondí: “Naturalmente". Y me dijeron que les gustaría seguir hablando de ello otro día. A lo cual yo contesté: “Me agradaría”. 

       Al día siguiente, busqué a Mark , así se llamaba uno de ellos. Me preguntó: “ Tú dices que buscas a Dios, ¿pero le has encontrado?”. Tuve que responderle negativamente. “Pero yo no busco a Dios, porque Él me ha encontrado: Él vino a mi encuentro en su Hijo Jesucristo”, dijo Mark.

Eso me cayó como una bomba. Esta era otra forma totalmente distinta de pensar de la que yo había tenido hasta ahora. Me preguntó si quería pasar un día con él en un centro bíblico. No vi ningún inconveniente. Por otra parte, ya lo había probado todo.

 

       Al otro día fui a ese estudio bíblico, pero no me enteré de mucho. La última pregunta del estudio bíblico era: “¿Sabes si eres salvo en Cristo?”. Yo le dije a la persona que conducía el estudio bíblico: “Yo no entiendo lo que me quiere decir con eso”. Entonces me dijo: “Sólo hay dos posibilidades, una, que sigamos hablando hasta que lo comprendas, y otra, que te vayas a casa con tus dudas”. Así también pude escuchar: “ En primer lugar no es tan importante que lo comprendas todo. Antes bien, depende si tú mismo has llegado a verte como Dios te ve. Ante sus ojos nadie puede subsistir, porque todos somos pecadores. Nosotros nunca podríamos justificarnos a nosotros mismos ante Él a causa del mucho mal que hemos hecho y hacemos. Sólo en Jesucristo, y a causa de su sacrificio en la cruz, da Dios a todo el que pone su confianza en la obra de Jesucristo perdón de sus pecados. Jesús ha llevado sobre sí nuestro castigo. El hombre no puede expiar sus propios pecados, y tampoco tiene ya necesidad de ello, porque eso ya lo hizo Jesús por todo aquel que cree en Él.

¿Qué tienes que hacer tú?: Arrodillarte ante Dios, confesar sinceramente tu culpa ante Él y confiar tú mismo en Cristo y en su obra redentora hecha una vez para siempre”.

                                                                                                                                      

                                                                                                                                                                                                                                                                                           Siguiente...2, 3

 

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  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

      LA VERDADERA UNIDAD EXISTE

"...solícitos en guardar la UNIDAD DEL ESPÍRITU en el vínculo de la paz" (Efesios 4:3)

 

La verdadera unidad existe. La cuestión

es: ¿Quién puede producir esa unidad? Y la respuesta es que sólo el Espíritu Santo puede producir tal unidad. Eso fue lo que ocurrió en Pentecostés. Como resultado del bautismo con el Espíritu Santo, no solo predicaron aquellos cristianos primitivos codo con codo un mismo mensaje de salvación, sino que además "se añadieron aquel día como tres mil almas" (Hechos 2:41). Y podemos asegurar que  aquellas almas eran verdaderas "piedras vivas" y no meros elementos decorativos en una estructura vacía. En otras palabras, para alcanzar la meta de la unidad entre cristianos . . . es imprescindible la vigorosa acción del Espíritu Santo produciendo un verdadero temor de Dios y un intenso anhelo por su gloria. Un mero sentimiento intelectual a una determinada ortodoxia no es suficiente. Ya tenemos demasiado cadáveres eclesiásticos constituidos por ese material, demasiados valles de huesos secos. Solo el soplo del Espíritu puede formar un cuerpo vivo y vitalizador.

 

Querido hermano, si anhelas ver al pueblo de Dios unido alrededor de un proyecto, una visión o una causa común, no te dejes engañar por el espejismo de Babel ni te conformes con la bendición de Adulam. Elévate a Pentecostés, busca que el Espíritu sople sobre los huesos secos, que su fuego consuma toda la escoria de nuestros apaños, maniobras y estrategias. Imbúyete del espíritu del Maestro, quien dijo: "No recibo gloria de los hombres" (Juan 5:41), y de su siervo Pablo, quien dejó claro que no buscaba "gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros" (1ª Tesalonicenses 2:6).    (D. C. M.)

El Evangelio de la gracia soberana de Dios  (Carlos Haddon Spurgeon)

 

Habiéndose  observado, con evidente preocupación, cuán grande es el rechazo generalizado de muchos hacia la doctrina de la gracia soberana de Dios, incluimos estas breves líneas del reconocido siervo de Dios  C.H.Spurgeon sobre tan transcen-dente  tema:

"Si algo es aborrecido enconadamente es el verdadero Evangelio de la gracia de Dios, especialmente si esa odiosa palabra "soberanía" se menciona al mismo tiempo. Atrévanse a decir: "Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compa-dezca" (Romanos 9:15), y habrá furiosos críticos que les insultarán descomedida-mente. El religioso moderno no sólo aborrece la doctrina de la gracia soberana, sino que despotrica y se enfurece con su sola mención. Preferiría que blasfemára-mos antes que predicáramos la elección por el Padre, la expiación por el Hijo o la regeneración por el Espíritu. Si quieren ver a alguien excitado hasta que lo satánico prevalezca claramente, dejen que algunos de los nuevos teólogos les oigan predicar un sermón sobre la libre gracia.

 

Un evangelio que sea según los hombres será bienvenido por los hombres, pero hace falta una operación divina en el corazón y la mente para que alguien esté dispuesto a recibir en lo más profundo de su alma este inaceptable Evangelio de Dios. 

Mis queridos hermanos, no traten de hacerlo agradable a las mentes carnales. No oculten el tropiezo de la cruz, no sea que la hagan vana. Los ángulos y las esquinas del Evangelio son su fuerza: recortarlos significa quitarles su poder.

La moderación no es el aumento de la fuerza sino su muerte. ¡Claro!, habrán notado que aun entre las sectas sus puntos distintivos son los cuernos de su poder; y cuando éstos quedan prácticamente omitidos, la secta decae. Aprendan, pues, que si quitan a Cristo del cristianismo, el cristianismo está muerto. Si quitan la gracia del Evangelio, el Evangelio desaparece. Si a la gente no le gusta la doctrina de la gracia, denle tanto más de la  misma".            (C. H. S./1890)