Día 17 de junio

 Iglesia perseguida, iglesia bendecida.

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Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución”(2ª Timoteo 3:12).

 

Durante mi acostumbrado paseo matinal suelo encontrarme con algún que otro hermano que, habitualmente, no suelo ver. Uno de ellos, con ánimo resuelto, me dijo un día: “Hermano, tenemos que alegrarnos en el Señor, porque gracias a Él ya no vivimos en medio de persecuciones. Eso ya no existe en nuestros días”. Reposadamente, le contesté:“¿Has considerado lo que dice la Escritura sobre esto? Recuerda este importante versículo:“Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo padecerán persecución” (2ª Timoteo 3:12). Prosiguiendo mi camino, vino a mi mente una reflexión que explicaba esta falta de persecuciones que tanto alegraba a este hermano: Una de dos: o la Iglesia no vivía piadosamente en Cristo Jesús, o el mundo se había acercado a la Iglesia. Sin lugar a dudas, consideré la primera opción más acorde a la realidad que está viviendo parte de la iglesia actual. Esto produjo tristeza en mi corazón, pero el Señor me consoló y fortaleció con sus palabras : “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino" (Lucas 12:32). Poniendo la mirada confiadamente en Jesús seguí adelante con renovadas fuerzas, fortalecido “en el Señor y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10).

 

Abundando en el tema, se hace necesario recordar que la Iglesia de Jesucristo nació siendo perseguida (Hechos 8); lo ha sido cruelmente durante toda su historia, y lo será hasta los últimos días antes de la venida gloriosa de nuestro Rey y Señor. Él así lo anunció:Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre” (Mateo 24:9). Esta persecución es tan antigua como el mundo, según atestigua la Escritura. La malignidad del corazón humano no puede sufrir la piedad y la santidad. Su primera víctima fue Abel (Gén. 4).

 

Considera, hermano, que lo que provoca la censura y el rechazo de los hombres impíos es la piedad cristiana manifestada. A los que viven en las tinieblas de este siglo, les molesta la luz poderosa del Evangelio que emana de un creyente fiel y consagrado, produciéndose dolorosas situaciones de marginación y rechazo. Dios nos aconseja: “...corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe...considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:1-3).                       

                                                                      (J. Mª V.M.)                           

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Día 18 de junio

La peligrosa e insaciable trampa de la codicia

 

...los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero”(1ª Timot. 6:9-10).

  

Es una triste realidad que son pocos los que están contentos con su posición en la vida, por lo que no debe resultarnos sorprendente ni extraño comprobar que muchos de los disfrutan de un puesto elevado que les aporta prestigio, estabilidad y bienestar económico, tengan puestas sus miradas en otro más alto que les proporcione  aún mayor posición privilegiada y, en algunos tristes casos, más fácil acceso al enriquecimiento rápido. Esto, supuestamente, en determinadas ocasiones ocurre con la anuencia de aquellos que los amparan con su silencio, tal como la Palabra de Dios denuncia: ¡Ay de "los que justifican al impío mediante cohecho, y al justo quitan su derecho!" (Isaías 5:23). Pero Dios no está ajeno a estas transgresiones del derecho divino: "Porque yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, y recibís cohecho, y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres" (Amós 5:12).

 

Es evidente, que esto está ocurriendo en cualquier lugar del mundo,  tanto en pueblos occidentales como orientales, pero en nuestro país el problema está adquiriendo caracteres muy alarmantes, empujando, de paso, a las clases medias y bajas a una trágica situación de pobreza y desesperación (Amós 8:4-6). Y así, una y otra vez (no hay día que no nos despertemos con preocupantes noticias sobre nuevos casos), porque la codicia y el amor al dinero y al fácil bienestar corrompe y esclaviza el corazón de aquellos que deberían ser una referencia de integridad y honradez para los ciudadanos de bien. El libro del Predicador así lo afirma: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad” (Eclesiastés 5:10).

 

Que un cristiano quiera progresar profesionalmente no es contrario a la voluntad de Dios; pero sí lo es que su corazón esté empeñado en conseguir metas económicas altas prescindiendo de los valores bíblicos: “¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo! ¿Habitaréis vosotros solos en medio de la tierra?” (Isaías 5:8)¡Si la ambición guía su corazón, se encuentra en medio de un mar tempestuoso, lleno de escollos y peligros y a merced de los más dramáticos naufragios! Se ha alejado temerariamente de la luz de Dios que le ofrece sabiduría y seguridad. ¡Cuán al contrario de muchos cristianos humildes y obedientes que navegan en medio de las tentaciones y los deseos a fuerza de los remos de la fe, siendo salvados por Jesús de grandes tempestades!

 

El hombre necio de la parábola puso su corazón en unos graneros mayores para albergar toda su vanidad e insensatez, lo que le llevó a navegar por aguas peligrosas. Según él, eso le valdría para que su alma reposara confiadamente y se regocijara.“Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoros, y no es rico para con Dios” (Lucas 12:19-20). Muy al contrario del cristiano que vive cada día esperando en las promesas de Dios. Jesús, conocedor de nuestros miedos y preocupaciones -que son aprovechadas por el maligno para que busquemos en otros graneros- nos previene amorosamente: "Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud. Porque esta cosas buscan los gentes del mundo; pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas” (Lucas 12: 29-30).

 

Hermano amado, ¿Qué respuesta estás dispuesto a dar a este reto de Dios para tu vida? La Palabra te dice: "Mas tú, hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre." (1ª Timoteo 6:11)                                                                                      (J. Mª V. M.)

 

 

Día 19 de junio 

La verdadera dimensión del amor cristiano

En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros” (1ª Juan 3:16).

 

Con demasiada frecuencia, muchos creyentes suelen olvidar esta gran muestra del amor divino hacia ellos. Pablo resalta la grandeza de dicho amor hacia los elegidos:“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”  (Romanos 5:8).  La Palabra de Dios, como espada de doble filo, sigue hablando a nuestro corazón: "(Cristo)...murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel...que murió por ellos” (2ª Corintios 5:15). Pero no todos los redimidos por la sangre de Jesucristo, aquellos que “tuvimos en nosotros sentencia de muerte” (2ª Corintios 1:9), viven agradecidos: “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos” (Romanos 14:8).

 

Cierto antiguo predicador en Glasgow, ilustró el amor de Cristo refiriendo la siguiente historia:

Una madre se vio necesitada de trasladarse a cierta ciudad vecina con su pequeño hijo en brazos. Era de noche y para ello tenía que atravesar un montañoso paraje de Escocia. De pronto, comenzó a nevar intensamente, hasta tal punto que pronto se borraron todos los caminos y ella se extravió. Vagando de un lado para otro, se sintió exhausta. Totalmente agotada y desfallecida, cubrió a su hijito con el mantón que llevaba y se dejó caer sobre la nieve abrazándolo. A la mañana siguiente, ella fue encontrada muerta, pero el niño vivía".

 

El predicador dijo después: "Actualmente este hombre tendrá unos treinta años. Supongo que si aún vive, al recordar la historia se sentirá profundamente emocionado y agradecido. El debe su vida a la muerte heróica de su madre y, seguramente, agradecerá constantemente a Dios el amor que mostró hacia él a través de su madre, hasta el punto de sacrificar su propia vida para librarle de la muerte. Sería un ingrato si en la actualidad se hubiera olvidado de todo y no sintiera agradecimiento alguno por todo lo que ella hizo. Y tú, amigo, eres aún peor que un desagradecido hijo si desprecias el amor de Jesucristo, quien murió para salvarte”.

 

Pasado algún tiempo, este mismo predicador fue requerido para que visitase a un hombre moribundo que había vivido encenegado en el pecado. El mencionado siervo de Dios no pudo menos de sorprenderse cuando aquel hombre se le dio a conocer como el hijo de la mujer de la historia. Había entrado providencialmente la mañana de aquel domingo en el templo, precisamente cuando el ministro refería tal ilustración. No había podido olvidar aquella aplicación de la historia que escuchó. Allí mismo, sobre su lecho de muerte, encontró la verdadera vida, abriendo su corazón arrepentido a Cristo, su Salvador. Desde antes de nacer, aún sin saberlo, otros brazos amorosos -los del Señor Jesús- habían preservado su vida para la eternidad más dichosa junto al Padre.

 

Amado hermano, ¿estamos correspondiendo a la grandeza del amor de Cristo hacia nosotros, dándonos totalmente por amor a Él?"Pero cuantas cosas eran para mi ganancia, las he estimado como pérdida por amor Cristo" (Filipenses 3:7).                                                         (J. Mª V. M.)

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Día 20 de junio

Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis”  (Lucas 6:21).

 

No hay nada más enfrentado y alejado entre sí que los principios de Jesús y los del mundo. Pretender armonizarlos es imposible: sería como intentar conciliar el fuego con el agua; la luz con las tinieblas o Cristo con Belial. Que el mundo acepte que son dichosos aquellos que lloran o padecen persecución injustamente es una tremenda muestra de insensatez, porque el mundo basa toda su felicidad en la abundancia y en la alegría fácil, nunca en las lágrimas nacidas del sufrimiento y la injusticia. Cristo promete a los suyos :“Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis”(Lucas 6:21).

 

El dios de este siglo quiere hacer creer al hombre , y lo consigue, que es motivo de prestigio y reconocimiento el ser admitido y aceptado en todos los ámbitos sociales. Esta es una burda y cruel trampa de Satanás, de aquel que quiso engañar a Jesucristo astutamente: “Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares” (Mateo 4:8-9). La respuesta de Jesús desbarató la trampa del enemigo. Dios está por encima de todo reino, de toda grandeza y de toda gloria humana, y sólo Él debe ser adorado (vers. 10).

 

Muchos creyentes sufren por el rechazo y el desprecio de los demás, pero su sufrimiento no es por causa del testimonio de su fe en Cristosino por no ser aceptados y queridos por esta sociedad impía. Esto lo reprueba Jesucristo, quien dice:“Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vitupereny desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre” (Lucas 6:22)

 

Nosotros, amados en el Señor, seremos bienaventurados y dichosos cuando estemos alejados de la gloria del mundo, de la gloria de los hombres impíos (Juan 12:43); cuando seamos “vituperados por el nombre de Cristo...porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros” (1ª Pedro 4:14)“Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos (Mateo 5:12). Si es así en tu vida, hermano, dale gracias al Señor por haber sido escogido para tan gran privilegio.                                                                                                (J. Mª V. M.)

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Día 21 de junio

Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan?  (Lucas 13:23).

 

A raíz de esta directa pregunta que alguien le hizo al Señor, éste aprovechó para aplicar parte de su firme doctrina sobre la salvación: el número corto de aquellos que se salvarán , incluyendo a incrédulos y apóstatas. En verdad, pocas verdades bíblicas hay más terrible que ésta, y quizá ninguna más hermenéuticamente establecida y menos discutible.

 

Jesús no oculta ni relaja la dificultad de ser salvos sin entrar por la puerta estrecha:“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta , y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son las que la hallan” (Mateo 7:13). Ante esta aparente dificultad, sus discípulos, asombrados, le preguntaron : “Quién, pues, podrá ser salvo? (Mateo 19:25). Su respuesta  aleja la salvación de aquellos que confiaban en sí mismos, y no en el Señor Jesucristo: “Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mateo 19:26).

 

A título de ejemplo, consideremos que de todos los habitantes de la tierra una sola familia  se salvó de las destructoras aguas del diluvio: la del  justo Noé, pregonero de justicia durante muchos años. En él se cumple, como enseñanza para nosotros, las firmes palabras de Jesús: ”...muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mateo 20:16). De cinco grandes ciudades de la llanura (Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboim y Zoar) reducidas a cenizas por el fuego del cielo , sólo cuatro personas se salvaron de la  ira  justa de Dios (Génesis 19)¡Oh, bendita salvación por gracia! (Efesios 2:8-9).

 

Aquellos que hemos entrado por la puerta estrecha, que es nuestro amado Jesús, tal como Él declara:” Yo soy la puerta; el que por mi entrare, será salvo” (Juan 10:9); nos debemos de gozar leyendo lo siguiente: “ Y entrará ...  y hallará pastos” (vers. 9). Estos pastos son vida abundante por medio de la Palabra de Dios y la obra poderosa del Espíritu Santo en nuestras vidas. Hermano, ¿Estás comiendo de los deliciosos pastos de Dios? ¿Está tu copa rebosando? (Salmo 23;). ¿Te alegras de ser un elegido de Dios para vida eterna?                                                                                             (J. Mª V. M.)

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Día 22 de junio

Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución”(2ª Timoteo 3:12).

 

Durante mi acostumbrado paseo matinal suelo encontrarme con algún que otro hermano que, habitualmente, no suelo ver. Uno de ellos, con ánimo resuelto, me dijo un día: “Hermano, tenemos que alegrarnos en el Señor, porque gracias a Él ya no vivimos en medio de persecuciones. Eso ya no existe en nuestros días”. Reposadamente, le contesté:“¿Has considerado lo que dice la Escritura sobre esto? Recuerda este importante versículo:“Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo padecerán persecución” (2ª Timoteo 3:12). Prosiguiendo mi camino, vino a mi mente una reflexión que explicaba esta falta de persecuciones que tanto alegraba a este hermano: Una de dos: o la Iglesia no vivía piadosamente en Cristo Jesús, o el mundo se había acercado a la Iglesia. Sin lugar a dudas, consideré la primera opción más acorde a la realidad que está viviendo parte de la iglesia actual. Esto produjo tristeza en mi corazón, pero el Señor me consoló y fortaleció con sus palabras : “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino" (Lucas 12:32). Poniendo la mirada confiadamente en Jesús seguí adelante con renovadas fuerzas, fortalecido “en el Señor y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10).

 

Abundando en el tema, se hace necesario recordar que la Iglesia de Jesucristo nació siendo perseguida (Hechos 8); lo ha sido cruelmente durante toda su historia, y lo será hasta los últimos días antes de la venida gloriosa de nuestro Rey y Señor. Él así lo anunció:Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre” (Mateo 24:9). Esta persecución es tan antigua como el mundo, según atestigua la Escritura. La malignidad del corazón humano no puede sufrir la piedad y la santidad. Su primera víctima fue Abel (Gén. 4).

 

Considera, hermano, que lo que provoca la censura y el rechazo de los hombres impíos es la piedad cristiana manifestada. A los que viven en las tinieblas de este siglo, les molesta la luz poderosa del Evangelio que emana de un creyente fiel y consagrado, produciéndose dolorosas situaciones de marginación y rechazo. Dios nos aconseja: “...corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe...considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:1-3).                       

                                                                      (J. Mª V.M.)                           

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Día 23 de junio

Y estando en agonía, oraba más intensamente” (Lucas 22:44).

 

La iglesia primitiva, al igual que en este ejemplo del Maestro en el huerto de Getsemaní, estaba compuesta por hombres que eran verdaderos luchadores de la oración pero, en los últimos tiempos, tenemos nuevamente que ser despertados interiormente y ser revestidos con poder de lo alto para poder continuar la batalla victoriosamente contra todas las huestes infernales. En la oración, o nos hacemos verdaderos luchadores contra los poderes de maldad, defendiendo el terreno de Dios(2º Crónicas 14:9-12) o, inevitablemente, seremos derrotados y humillados. Mientras, el enemigo reconquistará una parcela tras otra hasta llegar a quitarnos el suelo bajo nuestros pies.

 

Los cristianos no podemos seguir siendo pasivos, viviendo acomodados en la “tribuna de los espectadores”; deleitándonos con sus ejemplares biografías y maravillándonos de la lucha por la fe que tenían los héroes de Dios en el tiempo pasado. Estamos llamados a estar disponibles para Dios, sin dejar de colocarnos en las filas de los vencedores de la oración. Ese es el lugar del soldado cristiano de todos los tiempos. Creer significa, sin lugar a dudas, seguir adelante. Un hombre de Dios dijo una vez “ que con una simple defensa no se gana la batalla”.

 

¿No nos diferenciamos demasiado de aquellos luchadores de Dios, sobre todo al considerar la oración como cosa secundaria, mientras que para los soldados de Cristo era una cosa principal? 

 

Amado hermano, es una realidad que en nuestras oraciones hay poca urgencia -salvo aquellas que nos interesan por su gravedad-, siendo nuestra respiración demasiado corta para mantener batallas largas. Somos demasiado egoístas para orar sin cesar.Nos amamos demasiado a nosotros mismos y a nuestro círculo de comodidadEs por esto por lo que no entendemos la gran seriedad y significado de esta hora tardía, ni vemos los peligros y los engaños finales dentro del cristianismo. Es innegable que somos el blanco de un ataque masivo del diablo. Creo que nunca, en el pasado, los poderes de las tinieblas pelearon tan insolentemente contra el pueblo del Señor como en el día de hoy. En estos momentos nocturnos de lucha en Getsemaní, el Señor te dice: ¿No has podido velar una hora?” (Marcos 14:37).

                  Extracto de “Luchadores de la oración..."(Adaptado ligeramente)

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

         Las tribulaciones del cristiano

"El sufrimiento, en cualquiera de sus formas, enfermedad, pérdida de bienes, muerte de seres queridos, adversida-des, desengaños, etc., siempre es aprovechado por el diablo para hacer su obra. Como hemos mencionado antes, la aflicción es terreno abonado para la duda. Y cuando el adversario no consigue sembrar la duda trata de hundir al creyente en el abatimiento y la desespera-ción, reduciéndolo así a la impotencia espiritual.

 

¿Por qué permite Dios el sufrimiento de sus hijos? ( . . .) En algunos casos  Dios permite que suframos a causa de nuestros pecados. No es que en tal caso el sufrimiento tenga  como objeto expiar la culpa, pues esto lo hizo Cristo por todos nuestros pecados.  Se trata de un castigo con carácter disciplinario a fin de corregirnos y santificarnos. Es magistral la enseñanza que a este respecto encontramos en Hebreos 12:7-13 donde se comenta un antiguo proverbio: "Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor ni desmayes cuando eres de El reprendido, porque el Señor al que ama castiga y azota a cualquiera que recibe por hijo" (Heb. 12:5,6; Prov. 3:11,12) ."                                (José M. Martínez)           

     El ineludible juicio final de Dios

Existe un día grande del que muy a menudo se habla en la Escritura: es el día del juicio, el día en que Dios juzgará lo oculto de los corazones de los hombres por el Señor Jesucristo.

 

Toda alma no cristiana no podrá mante-nerse en el día del juicio. Los impíos no permanecerán en el día del juicio. Actualmente, los pecadores son muy atrevidos y desvergonzados; su cuello se mantiene erguido como si su nervio fuese de hierro, y su frente parece de duro metal.

 

La mayoría de ellos no se avergüenzan cuando son sorprendidos en pecado. Hablando entre nosotros, ¿no es extraordinaria la osadía con que los pecadores participan muchas veces de los actos religiosos, con hipocresía, como si realmente sintiesen lo que no sienten? ¡Con qué desfachatez y sarcasmo juran  a veces y hacen sus votos! ¡Con cuánta osadía algunos impíos se acercan a la mesa del Señor! Ah, pero ello durará solo muy poco tiempo.  Cuando aparecerá el Señor Jesús, el Santo Jesús en toda su gloria, entonces los pecadores, de rostro endurecido por la desvergüenza, serán humillados. . .

Muchos impíos se consuelan ahora pensando que su pecado no es conocido, que ningún ojo humano les ha visto; pero en aquel día los más secretos e íntimos pecados de cada uno serán sacados y llevados a la luz. . .

 

¡Cómo debierais temblar y caer cubiertos de vergüenza, oh hombres impíos que os introducís hipócrita-mente en las congregaciones!

                       (Roberto M. McCheyne)