Día 27 de mayo

 

El poder restaurador y conciliador del amor de Dios

 

"Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen..." (Mateo 5:43-47).

 

Debemos tener en cuenta, hermanos y amigos, que el perdón de las injurias recibidas es quizá el mandamiento más excelso y  firme que Jesucristo ha dado a los suyos a través del Evangelio. La ley antigua sólo obligaba a amar a aquellos que nos amaban, pero el Señor Jesucristo llevó este mandato a un término de ineludible compromiso:"Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos..." (vers. 46). No debemos confundir el llamado amor afectivo, insuficiente para llenar toda la perfección de este mandato de Jesús, con el tipo de amor abnegado que Él nos demanda. Para amar al enemigo, a aquellos que nos maldicen, a los que nos aborrecen, ultrajan y persiguen, es necesario que nuestros corazones rebosen y ardan del amor de Dios: "Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados" (1ª Pedro 4:8).

 

A muchos cristianos les parece un mandamiento bien dificultoso, pero la gracia de nuestro Redentor todo lo hace fácil. El Espíritu Santo hace la obra que nosotros no podemos; apareciendo su precioso fruto en nuestras vidas (Gálatas 5:22-23). Pero para ello, debemos comprender y asumir la justicia, perfección y magnanimidad de este mandamiento, porque no hay pasión más injusta y estéril que la venganza. Pero aún peor que la venganza es el desterrar de nuestras vidas a aquella persona que consideramos indigna de nuestro perdón. Algunos cristianos, arrastrados por el funesto neofariseísmo tan en boga en muchas iglesias -en equívoca defensa de un estéril e hipócrita legalismo-, anatematizan injustamente a hermanos que necesitan ser restaurados con nuestra comprensión y misericordia -nunca permisión- mostrando una actitud de acercamiento y perdón. El autor de este devocional -con extremo dolor y tristeza- pudo vivir y experimentar, aún sin motivo alguno para ello- una respuesta de esta índole.

Algunos afirman que perdonar al enemigo es cosa muy dura y trabajosa; pero desde aquí preguntamos: ¿No lo será aún más el vengarse? ¿Qué turbación, que inquietud permanente, qué flaqueza de ánimo no padece un corazón poseído por un propósito de venganza?

 

Mirad, hermanos amados; el odio , el rencor, la enemistad, despedaza primero el corazón del que es incapaz de perdonar a su prójimo  o enemigo. Así como el fuego devora su propia materia antes de pasar a la extraña, aquel que toma su propia venganza es la primera víctima de ella. Consideremos, pues, en oración, estos versículos: "Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo" (Efesios 4:32). "Y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mateo 6:12);¿Es éste el deseo íntimo de nuestro corazón ante Dios?  El de Él sí que lo es.

 

                                                                          J.Mª V.M.

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Día 28 de mayo

 

¿En qué estima tenemos a nuestros pastores?

Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” (Hebreos 13:7).

 

Nosotros, hermanos amados, gracias al Señor, seguimos la fe de nuestros pastores; ¿pero podemos decir lo mismo en cuanto a imitar sus virtudes? A veces, no puede haber mayor desproporción entre el testimonio de los siervos que nos ministraron o ministran y el nuestro. Todos tenemos la misma fe, los mismos fundamentos bíblicos, la misma doctrina; pero nuestras vidas espirituales son muy diferentes. Contemplamos a estos varones de Dios con respeto y admiración por su entrega, santidad y consagración... pero estamos lejos de imitar su conducta en el Señor. El apóstol, Pablo, en varios de sus preciados escritos inspirados nos aconseja:

 

Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1ª Corintios 11:1).

Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el     ejemplo que tenéis en nosotros” (Filipenses 3:17).

 

Traigamos, pues, a la memoria el ejemplo espiritual derramado por aquellos hombres de Dios que el Señor, en su bendita misericordia y sabiduría, puso en nuestros vidas para nuestra perfección y edificación en Cristo Jesús (Efesios 4:11-13). Imitemos, por consiguiente, su inquebrantable fe, pero también consideremos el resultado de su conducta para corrección y beneficio de la nuestra. Oremos al Señor para que nuestros corazones reciban su testimonio: "...como  entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos, como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo" (2ª Corintios 6:10)                                             

                                                                                               (J. Mª V.M.)

                                               

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Día 29 de mayo

La insustituible misión de la madre cristiana

 

"Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas...Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada" (Proverbios 31:10, 28).

 

No hay mejor testimonio de virtud de una madre, ni alabanza mayor, que las propias bendiciones de los hijos. Este reconocimiento es fruto de la buena instrucción cristiana que recibieron de ella (Proverbios 22:6; 2ª Timoteo 15), y de un ejemplo edificante y evangélico.  Ante esto, nos preguntamos: ¿Son muchos los hijos, hoy, que puedan, en verdad, expresar este especial reconocimiento? ¿Son muchas, actualmente, las madres cristianas que educan a sus hijos en el temor de Dios? Apenas son unos indefensos niños, los llevan a frías guarderías, donde son enseñados fuera de la Palabra de Dios y de sus valores. Criados por extraños y entre extraños, llegan a mirar a sus propios padres como extraños. A continuación, pasan a colegios donde les transmiten su propia cultura secular ajena al Evangelio de Jesucristo, sembrando en ellos el incipiente gérmen de la incredulidad humanista más absoluta...y así hasta llegar a la edad adulta. ¿Y nos extrañamos después de que los hijos salgan tan ingratos y desagradecidos, ajenos a los naturales sentimientos hacia sus mayores?

 

La pregunta, hermanos, debería ser: ¿Quién ha de inspirar a un hijo aquel tierno y amoroso respeto a un padre y a una madre que apenas conoce? Si declinamos temerariamente nuestras obligaciones como padres y ponemos a nuestro más valioso tesoro en manos de desconocidos, ¿qué pretendemos que ocurra? ¿Quizás van a respetar nuestros principios bíblicos? ¿Mantendrán intactos estos preciosos tesoros? No, no y no. ¡Vaciarán de todo contenido cristiano sus corazones y pondrán en su lugar sus propias convicciones ateas! Recordad la misión del enemigo, según palabras de Jesús:"El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia"(Juan 10:10).

 

No olvidemos, amados en Cristo, que debemos dar cuenta a Dios de la vida y educación de nuestros hijos, ya que "herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre"(Salmo 127:3)¡Aún todavía es tiempo para sembrar la Palabra de Dios en sus corazones; para que el Señor restaure lo dañado! ¿Hay quizás algo "imposible para Dios"(Lucas 1:37).                       

                                                 ( J.Mª V.M.)

 

_______________________________________________________________ Día 30 de mayo

 

"El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres...y ven y sígueme" (Mateo 19:20)

 

Este joven poseía muchas cualidades morales, tenía modales refinados y, además, era muy rico. En la actualidad muchas iglesias lo hubieran recibido sin ponerle objeción alguna. De hecho, sería un buen miembro de la iglesia, pero un discípulo de poco mérito.

 

La salvación es gratis, mas el discipulado nos cuesta todo lo que tenemos. De alguna manera, hemos perdido de vista por completo las palabras drásticas, y con frecuencia severas, que el Señor dirigió a aquellas personas que aspiraban a ingresar en el reducido grupo de sus discípulos. El Señor Jesucristo empleó términos que demandaban absoluta obediencia e incuestionable lealtad, tales como: "Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos" (Mateo 8:22). "Si alguno quiere venir enpos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame"(Mateo 16:24). "Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios"(Lucas 9:62). Hoy, tristemente, hemos atemperado y suavizado el lenguaje, hemos pulido los vocablos, lo que ha producido una hueste de miembros indeferentes, tibios, que no saben lo que significa la consagración completa a Cristo.

 

El Señor no hizo un discípulo de este joven, pues las Escrituras nos dicen que "...oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones"(Mateo 19:22). ¿Por qué no empleó el Señor términos más refinados, menos directos y comprometedores? Posiblemente, de esta manera podría haberlo convencido e inclinado hacia una consagración completa a Cristo. Así, muy posiblemente, hubiéramos procedido nosotros en la actualidad, pero Jesús llamaba al discipulado total y no meramente a reclutar "miembros".

 

La pregunta que debes hacer al Señor Jesucristo, en este día, es la misma que hizo este joven rico y religioso:"¿Qué más me falta?" (Mateo 19:20). Desde la humildad y la sinceridad de corazón, debes aceptar la palabra del Señor para tu vida: "Ven y sígueme" (Mateo 19:21). Lo demás, es pura religiosidad muerta.

 

Hermano, ¿Qué impide que sigas al Señor totalmente consagrado, negándote a tí mismo y tomando tu cruz cada día? ¿Quieres seguir viviendo esta clase de cristianismo vacío, sin fruto, y sin compromiso con Aquel que entregó su vida con total despojamiento? (Filipenses 2:5-8). La respuesta está en tu propio corazón.

                                            (Adaptado de "Luz a mi camino")

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Día 31 de junio

 

Por nada estéis afanosos...” (Filipenses 4:6)

 

Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6)Así, en medio de todas vuestras preocupaciones, podéis dar gracias a Dios, lo que es un efecto de la maravillosa gracia de Dios. Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios” (Filipenses 4:6). ¿Tiene usted un peso sobre el corazón? Presente a Dios su petición. Él no dice que usted obtendrá (exactamente) lo que ha pedido. Pablo tuvo por respuesta a su oración: "Bástate mi gracia" (2ª Corintios 12:9). Pero la paz de Dios -y no usted- guardará su corazón y sus pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:7).

 

¿Él puede estar alguna vez desconcertado por las pequeñas cosas que nos turban? ¿Pueden ellas hacer vacilar su trono? El piensa en nosotros, lo sabemos, pero no se altera; y la paz que hay en el corazón de Dios guardará nuestros propios corazones. Yo le presento todo lo que me turba, y descubro que está enteramente tranquilo al respecto. Es una cuestión completamente arreglada. Sabe perfectamente bien lo que va ha hacer. He depositado mi peso en el pedestal del trono que no puede ser conmovido, con la absoluta seguridad de que Dios se interesa por mí; la paz en la que Él se encuentra guarda mi corazón, y puedo darle las gracias incluso antes de que la causa de mi transtorno haya desaparecido. Puedo decir que Dios se interesa por mí, ¡"...gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo"! (1ª Corintios 15:57). ¡Qué bendición poder poseer esta paz, poder exponer mi petición a Dios -puede ser incluso una loca petición- y en lugar de insistir sobre mis dificultades, poder entrar en los pensamientos de Dios al respecto!

 

Para mi corazón es grato saber que Él está en el cielo y nos lleva consigo, y que también desciende aquí abajo y se ocupa en todo lo que nos concierne. Mientras nuestros afectos están ocupados de las cosas celestiales, podemos encomendarnos completamente a Dios en cuanto a las cosa terrenales. Él se encarga de todo aquí abajo. Como lo dice el apóstol Pablo : "...de fuera conflictos; de dentro, temores" (2ª Corintios 7:5-6). Valía la pena estar humillado para recibir una consolación como ésa.¿Es un Dios que se mantiene aparte, o es más bien un Dios que está muy cerca?

 

No nos permite ver más allá de nosotros, pues entonces nuestro corazón no sería ejercitado en la fe; pero aunque nosotros no le veamos, Él sí nos ve, y se acerca a nosotros para darnos todo el consuelo en nuestras dificultades.

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Inutilidad de las obras para la salvación

(El trágico engaño de la religión romana)

"Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia" (Isaías 64:6).

 

La historia refiere de un general romano que después de haber prestado grandes servicios a la república, fue acusado de un delito capital. Confiado en sus méritos, se presentó muy animoso y  tranquilo  ante el Senado; y  mostrando a los jueces las gloriosas y múltiples heridas que había recibido en defensa de la patria, exclamó:  ¿Es posible que servicios tan eminentes, que acciones tan valientes, que heridas tan honrosas queden borradas por un solo delito?

 

Muchos religiosos sinceros, a semejanza de aquel general romano, se han presentado, se presentan y se presentarán muy confiados ante el tribunal de Dios; apoyados en una larga lista de buenas obras y de acciones religiosas y morales que consideran válidas para obtener la anhelada salvación de sus almas.  ¡Cuánta desesperación, cuánto dolor, cuántas lágrimas al comprobar que se encuentran ante la justicia de Dios con las manos vacías¡  Esa es la trágica consecuencia del pecado en la vida del hombre caído. Entonces muchos hombres se preguntarán inútilmente: ¿Es posible que tanto bien quede olvidado por causa de algunos pecados y transgresiones? Sí, porque según la voluntad de Dios las obras no significan nada en cuanto a la salvación: solo la fe en la perfecta obra expiatoria de Cristo tiene validez para la reden-ción del pecador sin esperanza. Bien que lo expresa el apóstol Pablo:"Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8). 

El mismo Jesús abre el camino a la vida eterna a través de su Palabra: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Juan 5:24).

Él nos dejó palabras de esperanza frente al dolor y desesperación de Marta : "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11:25).

(J.Mª V.M./Inspirado en un texto de 1862)

     La presencia de Dios debe ordenar                      nuestra manera de vivir 

Al alma a la que Dios se manifiesta y le da el deleite de su presencia, está obligada a demostrar fidelidad a Él. No debe involucrarse en ningún negocio que no corresponda a la vocación recibida  o a una necesidad obvia. Debe desempeñar sus negocios sin preocuparte en cuanto a la continuación de los mismos, con la intención solamente de cumplir la voluntad de Dios, voluntad que obra tanto en un aparente mal como en un bien.

 

Debe ocuparse más en Dios que en las criaturas, y creer que no hay ejercicio , más importante y excelente que el de guardar la unión con el Dios presente. A Él debe la complacencia. Agradar al hombre lleva a la distracción y nos aleja de Dios.

 

El alma que está en Dios debe sujetarse al orden y a la providencia, y aceptar con voluntad la pobreza, la miseria, el abandono y el sufrimiento de toda índole. Tampoco debe buscar carnalmente la liberación de ello, sino más bien gozarse de que la propia presunción sufra una quiebra. Como Pablo debe gloriarse en las debilidades (2ª Corintios 12:9-10).

          (Johann v. Bernières-Louvigni)