Día 18 de abril

En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si así no fuera, os lo hubiera dicho; voy, pues, a prepararos un lugar...para que donde yo estoy, estéis también vosotros” (Juan 14:2-3).

 

Todos los redimidos sabemos, por medio de la Palabra fiel y verdadera, que el Señor Jesucristo ha subido a la presencia del Padre, tal como Él mismo lo anunció a sus discípulos: “...voy al Padre” (Juan 14:28); dándoles, al mismo tiempo, el privilegio de ser testigos de su ascensión a los cielos (Hechos 1:9-11). También sabemos que el Señor ha subido al Padre para preparar un lugar maravilloso para sus elegidos, para aquellos que creemos en su próxima venida, tal como Él lo declaró: “Volveré de nuevo y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros” (Juan 14:3).¡Qué dicha más gozosa la de aquellos por los cuales murió nuestro bendito Salvador, proveyendo para ellos de un lugar privilegiado en la casa del Padre! 

 

Pero después de esta bienaventurada promesa dada por el Señor a su amada Iglesia, nos cuesta entender que muchos cristianos cambien los deleites de la gloria de Dios por las aflicciones y amarguras de esta tierra bajo maldición divina (Génesis 3:17) ; aferrándose a una corta existencia sujeta a trabajos, miserias y lágrimas. Nunca he podido encontrar una explicación a tan insensata actitud, por ser natural en el ser humano aspirar a la más alta felicidad, detestando todo aquello que acarree abatimiento y desdicha. ¿Cómo podremos entender, pues, que  los discípulos abandonasen a Jesús después de estas maravillosas promesas? (Mateo 26:56)

 

Por otro lado, resulta conmovedor que Aquel que había subido al cielo, y estaba preparando una morada para los suyos en la casa de su Padre, siendo Señor y Soberano glorioso de la Jerusalén celestial (Apocalipsis cap.21-22), dijera estas palabras: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). El que había nacido y vivido en la más absoluta pobreza, no teniendo nada propio, ni siquiera una humilde almohada para hacer descansar su bendita cabeza, ahora se estaba preocupando del lugar que los redimidos habían de ocupar junto a Él (Juan 14:2-3). Por el contrario, nos entristece saber que muchos de aquellos por los cuales Jesús sufrió tal humillación terrenal, están empezando a mirar hacia atrás, amando este mundo cual un nuevo Demas. Pero tú, hermano amado, mantente firme en la fe; prosiguiendo "a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús"  (Filipenses 3:14).                                                                                                                                                    (J. Mª V. M.)

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Día 19 de abril

...subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche estaba allí solo” (Mateo 14:23).

 

Contemplando un reportaje sobre alpinismo, no pude evitar el reflexionar sobre algo que, especialmente, atrajo mi atención: comprobar como las multitudes no se dedican a escalar altas cimas, sino sólo aquellos que luchan en solitario por llegar a alcanzarlas. También pude constatar lo sacrificado y costoso de este duro deporte, no sólo en el aspecto de la preparación física y técnica y su posterior práctica, sino en el vivir durante largas etapas alejados de la familia, amigos, etc. Esto comporta renunciar a muchas cosas que para otros son inseparables de sus vidas, principalmente el disfrute de una actividad social en comunidad. La soledad no es una opción preferida ni deseada por muchos, pero estos hombres eligen voluntariamente este costoso y, a veces, incomprendido sacrificio que les hace diferentes a los demás. En la mayoría de los deportes el atleta se siente arropado y estimulado por el apoyo de aquellos que lo siguen y aplauden. En el alpinismo, solo la creación de Dios es testigo de su peligrosa y difícil actividad.

 

En el terreno de la vida cristiana es aconsejable, y por ende bíblico, que el creyente necesite de la compañía de los demás hermanos en la fe, pero es en la soledad con Jehová, en las alturas más elevadas, en el monte de Dios, donde el alma encuentra la experiencia espiritual más sublime: "Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra" (Salmo 121:1). El mismo Jesús, en más de una ocasión, buscó la intimidad con el Padre: “Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche estaba allí solo” (Mateo 14:23). “En aquellos días él fue al monte para orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lucas 6:12). El silencio, la soledad, la altura, son instrumentos de Dios que ayudan eficazmente a despojarnos de lo terrenal delante de la gloria de la Deidad que reposa en la quietud del monte. ¡No es posible oír la música espiritual del Creador en medio del ruido confuso y perturbador de nuestros corazones apegados a las ciudades de la llanura!

 

Hermano amado, todos necesitamos subir al monte de Dios, porque sólo en su íntima presencia está la respuesta que nuestra alma necesita. El apóstol Pablo, cuya vida experimentaba cada día esta comunión preciosa, recomienda: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:1-2). La Iglesia de Jesucristo está llamada a subir al monte de Jehová, porque Cristo ha limpiado sus manos y purificado su corazón (Salmo 24:3-4). Allí, en las cumbres nítidas, puras, el Espíritu Santo será sobre todo aquel que haya anhelado estar en la altura y en la santidad, y podrá cantar junto a David: "¡ Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos...Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre , para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?" (Salmo 8:1-4). “Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios, y sobre la tierra sea enaltecida tu gloria” (Salmo108:5).                                                                                                            (J. Mª V. M.)

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Día 20 de abril

De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él” (Colos. 2:6).

 

Todos sabemos de las dificultades que un pequeño afronta para dar sus primeros pasos. Esta primera prueba debe resultarle realmente insuperable, no exenta de un riesgo pavoroso para alguien que no sabe calibrar sus posibilidades frente a los retos que ha de vencer cada día. Pero, a pesar de sus innumerables caídas, él sigue levantándose e intentándolo una y otra vez hasta que consigue hilvanar unos tímidos e inseguros pasitos. Es lógico que yo no pueda acordarme de mi propia experiencia, pero sí recuerdo nítidamente mis primeros escarceos sobre una bicicleta, siendo aún muy niño. ¡Cuántas dolorosas caídas, cuantas lágrimas reprimidas, cuántos golpes recibidos y soportados en silencio hasta conseguir dar las primeras pedaladas en una destartalada  bicicleta que se me antojaba enorme y desproporcionada!

 

De igual manera, el cristiano tiene que aprender a andar ayudado por el Espíritu Santo. El Señor Jesucristo ha prometido que el Consolador le enseñará y guiará hacia toda la verdad (Juan 16:14); y que su presencia estará a su lado cada día para ayudarle a caminar y fortalecerlo en su nueva vida de fe. Debe asumir que ahora, como extranjero y peregrino sobre la tierra, debe andar por caminos diferentes a los del mundo. Le es necesario aprender a andar en nueva vida (Romanos 6:6). Al ser nueva criatura, “debe andar como él anduvo” (1ª Juan 2:6), ya que “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2º Corintios 5:17).

 

Amado hermano, no puedes correr la carrera que tienes por delante si primero no aprendes a andar mirando al Señor Jesucristo. Nunca dejes de poner “los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz” (Hebreos 12:2). Una vez leí esto: "Harriet Tubman, una mujer afroamericana conocida como “Minty” (1820-1913), fue una valiente cristiana nacida esclava en Mariland. En el año 1849, escapó a Filafelfia, regresando posteriormente para rescatar a su familia. Poco a poco, fue sacando de la esclavitud a sus parientes y a varias docenas de esclavos (sobre 70, en 13 peligrosas misiones nocturnas por caminos pantanosos y bosques que no conocía). A pesar de una deficiencia causada por un golpe recibido en la adolescencia, realizó una valiente y heroica labor en favor de los oprimidos por la esclavitud. Pero es de resaltar, que ella siempre anduvo poniendo sus ojos confiadamente en un guía que nunca le falló: el Señor Jesucristo; y en una señal puesta por Él, la Estrella Polar". Job, fiel varón de Dios, así lo hizo antes: (Él) hacia resplandecer sobre mi cabeza su lámpara, a cuya luz yo caminaba en la oscuridad” (Job 29:3).                                                                                                                                                                                            (J. Mª V. M.)

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         Las tribulaciones del cristiano

"El sufrimiento, en cualquiera de sus formas, enfermedad, pérdida de bienes, muerte de seres queridos, adversida-des, desengaños, etc., siempre es aprovechado por el diablo para hacer su obra. Como hemos mencionado antes, la aflicción es terreno abonado para la duda. Y cuando el adversario no consigue sembrar la duda trata de hundir al creyente en el abatimiento y la desespera-ción, reduciéndolo así a la impotencia espiritual.

 

¿Por qué permite Dios el sufrimiento de sus hijos? ( . . .) En algunos casos  Dios permite que suframos a causa de nuestros pecados. No es que en tal caso el sufrimiento tenga  como objeto expiar la culpa, pues esto lo hizo Cristo por todos nuestros pecados.  Se trata de un castigo con carácter disciplinario a fin de corregirnos y santificarnos. Es magistral la enseñanza que a este respecto encontramos en Hebreos 12:7-13 donde se comenta un antiguo proverbio: "Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor ni desmayes cuando eres de El reprendido, porque el Señor al que ama castiga y azota a cualquiera que recibe por hijo" (Heb. 12:5,6; Prov. 3:11,12) ."                                (José M. Martínez)           

     El ineludible juicio final de Dios

Existe un día grande del que muy a menudo se habla en la Escritura: es el día del juicio, el día en que Dios juzgará lo oculto de los corazones de los hombres por el Señor Jesucristo.

 

Toda alma no cristiana no podrá mante-nerse en el día del juicio. Los impíos no permanecerán en el día del juicio. Actualmente, los pecadores son muy atrevidos y desvergonzados; su cuello se mantiene erguido como si su nervio fuese de hierro, y su frente parece de duro metal.

 

La mayoría de ellos no se avergüenzan cuando son sorprendidos en pecado. Hablando entre nosotros, ¿no es extraordinaria la osadía con que los pecadores participan muchas veces de los actos religiosos, con hipocresía, como si realmente sintiesen lo que no sienten? ¡Con qué desfachatez y sarcasmo juran  a veces y hacen sus votos! ¡Con cuánta osadía algunos impíos se acercan a la mesa del Señor! Ah, pero ello durará solo muy poco tiempo.  Cuando aparecerá el Señor Jesús, el Santo Jesús en toda su gloria, entonces los pecadores, de rostro endurecido por la desvergüenza, serán humillados. . .

Muchos impíos se consuelan ahora pensando que su pecado no es conocido, que ningún ojo humano les ha visto; pero en aquel día los más secretos e íntimos pecados de cada uno serán sacados y llevados a la luz. . .

 

¡Cómo debierais temblar y caer cubiertos de vergüenza, oh hombres impíos que os introducís hipócrita-mente en las congregaciones!

                       (Roberto M. McCheyne)