Día 15 de abril

 

¿Cómo nos acercamos cada día al Dios santísimo?

Y dijo: No te acerques; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que tú estás es tierra santa (Éxodo 3:5).

 

Cualquier sociedad organizada establece, para una mejor y más ordenada convivencia entre los miembros de la misma, una normativa que todos están obligados a respetar y obedecer. Estos son los límites adoptados libre y voluntariamente por todos, límites que se ocupan de proteger y guardar los estamentos establecidos para tal fin: leyes y decretos tutelados por jueces y fuerzas del orden. De esta forma, se garantizan los derechos y libertades de los miembros de cada grupo comunitario, cualesquiera sea su posición o personalidad dentro del mismo. 

 

De igual manera, Dios establece límites con los hombres. Muchos religiosos piensan que pueden vivir su vana religiosidad de una forma incontrolada, anárquica y personalista, sin tener en cuenta la autoridad y soberanía de Dios expresada en su Palabra. Ella es, precisamente, la que establece los límites infranqueables para todo aquel que no presenta  la santidad exigida por el Señor. La propia revelación bíblica declara: Todos están bajo pecado...y destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:9, 23). El problema radica en que el hombre no puede santificarse a sí mismo para poder presentarse sin temor delante del PadreNecesita ser santificado y él, a pesar de sus inútiles esfuerzos por conseguirlo por medio de baldías obras humanas, está lejos de ser acepto ante Dios. Bien lo dice la Palabra: “Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6)Esta es la gran tragedia humana: Por un lado rechazan a Jesucristo, el único y "solo mediador entre Dios y los hombres” (1ª Timoteo 2:5); y por otro quieren que Dios acepte sus invocaciones y sacrificios estériles. Ignoran, que “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3:23).

 

Este es el dramático conflicto que se da en el corazón humano: nada de lo que hace ante Dios vale a su favor, ni es tenido en cuenta por Élporque es Dios, en su infinito amor y justicia, el que ha provisto de Aquel que ha de justificar por medio de su sangre a los elegidos delante del Padre: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8). El límite, pues, que encontró Moisés cuando se acercó a la zarza que ardía, estaba en la santidad de Dios frente a la contaminación pecaminosa del hombre. Por ello tuvo que quitarse el calzado manchado por el pecado. De igual manera, amado hermano en el Señor, nosotros, aquellos que ya gozamos de libertad para entrar al Lugar Santísimo, debemos acudir a “la sangre de Jesucristo que nos limpia de todo pecado” (1ª Juan 1:7).¿Estás viviendo bajo los limites de Dios y de su Palabra? ¿O quizás has establecido en lugar de la ley santa de Dios tus propias leyes contaminadas por el pecado? ¡Dios espera tu respuesta!                                                   (J. Mª V. M.)

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Día 16 de abril 

 

¡La esclavitud del pecado no confesado!

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1ª Juan 1:9-10).

 

      Nadie ignora que vivimos en una sociedad sin conciencia, donde predomina l o amoral o inmoral, en la que los medios publicitarios -particularmente la televisión invasiva -, invitan constantemente al hombre a vivir para el mundo, absorbiendo de paso su ya débil personalidad vacía de iniciativas y valores. Por añadidura, la marcha agitada de la vida cotidiana le obstaculiza para que éste reflexione sobre él mismo, su vida alejada de Dios y su futuro eterno. En esta situación es muy difícil, por no decir imposible -aparte de incómodo y molesto-, el que alguno escuche hablar de pecado, arrepentimiento y perdón. La verdad es que muchos se hacen esta pregunta: ¿Interesan estas cosas al hombre de hoy? Ante esta cruda realidad, cuesta creer que los hombres sientan la ineludible necesidad de ser perdonados, cuando no reconocen siquiera la culpa del pecado a pesar de ser esclavos de él (Juan 8:34).

 

      Por otro lado, algunos preguntan con burla e ironía, mofándose del pecado a pesar de su condición de pecadores convictos ante Dios:¿Qué se entiende por pecado? Pero esta insolencia no quita validez al veredicto de la Palabra : “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos ; 5:12). Pero es una terrible y pavorosa realidad que el hombre ha perdido el sentido y realidad del pecado, llegando a desafiar a Dios sin el menor temor a su justicia eterna. Carlos Finney (1792-1875), conocido siervo del Señor, disertando sobre la gravedad del pecado, dijo: “El pecado es la cosa más costosa en el universo, perdonado o no perdonado: perdonado, su costo recae sobre el sacrificio expiatorio de Cristo; no perdonado, queda para siempre sobre el alma impenitente (obstinada, no arrepentida)”.

 

      Amado hermano, hace años viví la siguiente experiencia que ya he relatado en otro medio: "En una ocasión que fui a predicar la Palabra a una pequeña iglesia, el Señor me llevó a un texto al que no pensaba acudir esa tarde: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13). En aquel reducido local se encontraba un hombre de mediana edad, de aspecto cansado y abatido. Al escuchar estas palabras, silenciosamente se levantó y salió a la ya oscura calle. Según me relató algún tiempo después, este versículo se había clavado en su triste corazón de forma dolorosa. Con entrecortadas palabras bañadas por las lágrimas, confesó que un día no muy lejano había sido un cristiano fiel y comprometido, pero debido a diversas causas pecaminosas su vida se fue apartando más y más del Señor Jesucristo, cayendo en una postración espiritual y moral que le hizo perder a su esposa e hijos. En él se cumplía la Palabra: “Prenderán al impío sus propias iniquidades, y retenido será con las cuerdas de su pecado” (Proverbios 5:22). El mal que dominaba el corazón de este hombre, no era sólo el pecado que había destruido su vida, sino el vivir bajo su tiranía. Por ello, el Señor me mostró la angustiosa necesidad de su alma: ¡Debía confesar su pecado y apartarse de él para alcanzar misericordia! Y así lo hizo de rodillas delante de Aquel que “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1ª Juan 1:9). Desde ese momento, al igual que David, el gozo de la salvación volvió a su vida". 

     

    ¿Te encuentras bajo la tiranía y esclavitud de un pecado que te impide vivir en paz con Dios, alejándote de su comunión santa y vivificadora? ¿Estás viviendo lejos de tu Padre celestial, en una situación extraña, conviviendo con el pecado y comiendo la vil y repugnante comida de los cerdos, al igual que el hijo pródigo? ¡Levántate y confiésale tu pecado al Padre: Él, en su amor misericordioso y compasivo, te perdonará, te abrirá sus brazos consoladores y te restaurará como hijo amado! ¡ Hazlo ya, no lo dejes para otro día: Él espera que vuelvas en sí!  (Lucas 15:17-24) 

      Y, a ti, amigo que has leído esta meditación, me permito decirte esto: ¿Sabes que si no te arrepientes de tus pecados, y abres tu corazón al perdón de Dios mediante la obra propiciatoria de Cristo, vivirás separado de Él por toda la eternidad? Así lo declara su Palabra fiel y verdadera: "Porque la paga del pecado es la muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 6:23)                                                                                                                                                                                                                                   (J. Mª V. M.)

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Día 17 de abril 

Todo sarmiento...que dé fruto, lo podará, para que dé más fruto” (Juan 15:2, NC).

 

Leyendo en un diario local una carta al director, donde un lector expresaba su malestar y preocupación por el abandono en que se encuentra la ciudad en cuanto al cuidado del arbolado, pude constatar  la importancia que tiene la poda en la vida de los mismos. Y, la verdad, es que hace años que no se realiza tan eficaz trabajo para la salud de los propios ciudadanos. A tal efecto, recordé este texto bíblico pronunciado por Jesús antes de su marcha hacia el huerto, donde la vital función de la poda ocupa un lugar preeminente en la vida espiritual; en esta ocasión simbolizada en el desarrollo y protección de los pámpanos como canales del fruto espiritual en la vida del hijo de Dios (Juan 15:1-10).

 

Aunque ahora nos encontremos en la estación otoñal, en un clima destemplado y lluvioso, sabemos que hay un tiempo para la vendimia y otro para la poda. Muchos cristianos olvidan, irresponsablemente, la necesidad de la poda en su vida espiritual, anhelando y buscando sólo los apetecibles frutos que vienen del Espíritu de Dios, no mostrando docilidad ante Aquel que labra y cuida la viña (vers. 1-2). ¡Olvidan que sin la poda no es posible esperar cosecha alguna! En la vida del creyente abundan muchas ramas que, tal vez, ni siquiera conozcamos y que deben ser podadas para salud y fructificación de nuestra vida espiritual. ¿Quién de nosotros sabe distinguir entre los pámpanos que deben ser podados y aquellos que deben ser dejados y limpiados para que lleven más fruto? (vers. 1). ¡Sólo Jehová! David, así loconfesó: "Yo sé, Dios mío, que tú escudriñas los corazones" (1º Crónicas 29:17).

 

Amado hermano, Dios te ha elegido para que seas fecundo y lleves mucho fruto (vers. 5). Pero debes saber que aquellos que dan fruto son limpiados cada vez más cuidadosamente, hasta que venga el vendimiador para llevarnos a la presencia del Señor. No te conformes con dar un fruto precario, sino que estás llamado, como pámpano del Señor, a fructificar abundantemente para su gloria: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8).

¿De qué manera estás dando fruto para Dios? El Señor te recuerda: “Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno” (Mateo 13:23). ¿Te estás dejando podar para que produzcas una cosecha abundante para la gloria de Aquel que te sembró en su viña?                                                                                                                        (J. Mª V. M.)

 

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  LA ABNEGACIÓN QUE DIOS DEMANDA

"Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" . (Mateo 16:24)

 

Todo discípulo de Jesucristo de asumir que si quiere seguir al  Maestro, si decide ir en pos de Él, debe considerar si está dispuesto a afrontar las dos demandas del Señor: negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día.  No es una opción voluntaria que hay que meditar, sino una demanda que hay que cumplir como discípulo fiel y verdadero de Jesús. 

Por otro lado, también hay que considerar que la negación de sí mismo es imprescindible para la propia perfección y santidad espiritual. Negarse a sí mismo es negarse a nuestro amor  propio; es dejar de amar la propia vida, los bienes y atracciones de este mundo y la fuerte seducción de la carne y de los sentidos; en definitiva, todo aquello que domina y esclaviza nuestro corazón.   (J.Mª V.M.)

         LA GRAN OCUPACIÓN DEL

                   FIEL MINISTRO

  "La gran obra del ministro, en la que debe radicar su fortaleza de cuerpo y mente, es la predicación. Por flaco y despreciable, o loco (en el mismo sentido en que llamaron a Pablo loco) que pueda parecer, es el gran instrumento que Dios tiene en sus manos por el que los pecadores serán salvos y los santos serán hechos aptos para la gloria. Plugo a Dios , por la locura de la predicación, salvar a los que creen. Fue para ello que nuestro bendito Señor dedicó los años de su propio ministerio. ¡Oh, cuánta honra ha dado Jesús a la obra de la predicación, al predicar Él en las sinagogas, o en el templo, o bien sobre las quietas aguas del mar de Galilea! ¿No hizo Él a este mundo como el campo de su predicación? Esta fue la la gran obra de Pablo  y de todos los apóstoles. Por esto dio el Señor el mandamiento: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio". ¡Oh, hermanos, ésta es nuestra gran obra!  Buena obra es visitar a los enfermos, y enseñar a los niños, y vestir a los desnudos. Bueno es también atender el ministerio del diaconado; también lo es escribir o leer libros. Pero la principal y más grande misión es predicar la Palabra. "El púlpito --como dijo Jorge Herbert-- es nuestro gozo y trono." Es  nuestra torre de alerta. Desde aquí hemos de avisar al pueblo. La trompeta de plata nos ha sido concedida. El enemigo nos alcanzará si no predicamos el evangelio.              (Robert M. McCheyne)