Día 12 de abril

Siguiendo el verdadero camino de Dios

Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda” (Isaías 30:21).

 

En muchas ocasiones de nuestra vida nos encontramos frente a un cruce de caminos, y nos vemos obligados a tomar decisiones trascendentes e irreversibles, la mayoría de ellas equivocadas y dolorosas, porque "hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte" (Proverbios 16:25). Unos nos aconsejan que tomemos el camino de la izquierda como el más conveniente; otros dicen lo contrario, llevados de su buena intención por ayudarnos. Pero la fe y la prudencia nos hacen ver que lo más acertado es quedarnos a la espera de que Dios nos indique el camino correcto.  Entonces nuestros oídos oirán: “Este es el camino, andad por él” (Isaías 30:21). No olvidemos lo ocurrido a Moisés frente al mar Rojo: Jehová abrió camino donde parecía imposible. Ese camino no existía para los ojos sin fe de Israel, pero para Dios el camino de la salvación estaba allí, delante de ellos. Sólo “Jehová (es) el que abre camino en el mar, y senda en las aguas impetuosas” (Isaías 43:16)

 

El Señor, amado hermano, no abrió camino en el mar a su pueblo antes de que éste llegara a las orillas del mar Rojo. Desde lejos, Israel sólo veía arena y un mar terrible que amenazaba con tragarlos. Una vez que se encuentra pisando la húmedad del mar, sin esperanza alguna de salvación, Jehová interviene en favor de los suyos, y ordena a Moisés que mande a los hijos de Israel que marchen. “Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobe el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco...Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase...Entonces los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco” (Éxodo 14:15-16, 21-22). Nuestro Dios Todopoderoso no aparta los obstáculos de nuestro caminar diario hasta que no nos encontramos frente a frente con ellos, sin recursos para seguir adelante para que, como dice Pablo, “...la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2ª Corintios 4:7).

 

Es cierto, que muchos hermanos en la fe no tienen en cuenta la presencia del Señor junto a ellos, bien delante abriendo camino en el mar, o detrás siendo protegidos del ataque de Satanás. Esto hace que vivan vidas temerosas y atribuladas, olvidando las preciosas y poderosas promesas del Señor para sus vidas: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar” (Salmo 32:8). Sólo una cosa nos pide el Señor; una cosa que muchos cristianos hacen a medias: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia”. Y también: “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6).

Hermano, ¡¡Deja que Dios extienda su poder sobre las aguas que cierran tu camino victorioso en Cristo!! ¡¡Deja de una vez "tus caminos", para que el Señor sea, realmente, el único camino para tu vida espiritual!! (Juan 14:6)     

 (J. Mª V. M.)

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Día 13 de abril

¿Quién es ésta que sube del desierto, recostada sobre su amado?”(Cantares 8:5).

 

Sentado en la terminal del aeropuerto londinense de Stansted, mientras esperaba mi vuelo de regreso a España, me dediqué a contemplar a la gente que pasaba delante de mis ojos. Hombres y mujeres de todas las razas, edades y condiciones sociales, desfilaban en anónima identidad de un lado para otro. Llegué a darme cuenta de que la mayoría de las personas caminaban acompañadas, salvo pocas excepciones. Pero el hecho de que fuesen en compañía no significaba que -en todos los casos-, existiera una comunicación de sentimientos: sólo andaban juntas. Pude ver, así mismo, que su andar recordaba las palabras del ciego de Betsaida: “Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero me doy cuenta de que andan ” (Marcos 8:24). No se equivocaba este hombre, a mi me parecía acertada esta apreciación: yo también veía a estas almas andar como árboles en medio del bosque abigarrado de la itinerante humanidad.

 

Pero, al mismo tiempo, pasaban seres unidos por un amor recién estrenado, recostados sobre sí, formando un sólo árbol rebosante de alegría y sueños. Recordé Cantar de los Cantares, el sublime tratado de amor entre Cristo y la Iglesia, su amada redimida y santificada. En él se narra la subida de dos enamorados desde el desierto a la ciudad. Luis de León (1527-1543), en su magistral versión de dicho libro dice: “...la esposa venía muy pegada y abrazada de su esposo...viene delante de todos tan asida, y tan afirmada en él, que todas las otras preguntan: ¿Quién es ésta que sube del desierto tan asida y junto a su esposo, que viene como sustentada toda sobre él?”(Coment. Cap. VIII).

 

Amado hermano, al memorizar estos textos mi corazón fue invadido por una dulce oleada de amor  hacia Aquel que ocupó la cruz en mi lugar. Y deseé refugiarme muy cerca de su pecho, al igual que esta amada que subía recostada sobre su amado. Por un instante, quise ser el apóstol Juan quién, durante la última Cena, “estaba recostado al lado de Jesús” (Juan 13:23, 25). A partir de aquí, me propuse no caminar más con Jesús como un árbol que anda, como aquellas personas desdibujadas que desfilaron ante mí. Deseaba ardientemente amar y ser amado, como canta el antiguo himno:

                          Dulce comunión la que gozo ya

                                           En los brazos de mi Salvador;

                                           ¡Qué gran bendición en su paz me da!

                                           ¡Oh! Yo siento en mi su tierno amor”.                (J. Mª V. M.)

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Día 14 de abril 

Cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies” (Proverbios 23:22).

 

Desde el principio de la historia humana sobre la tierra, antes de la maternidad de Eva fuera del huerto del Edén (Génesis 4:1), encontramos referencias sobre el papel de la madre en el plan de Dios. En especial cuando Adán llamó “el nombre de su mujer Eva, por cuanto era madre de todos los vivientes” (Génesis 3:20).  A partir de entonces, la ha seguido una interminable lista de mujeres anónimas que han sido bendecidas por el Señor con el hermoso privilegio de ser madres. Encontramos en toda la Biblia, que la madre es objeto de la especial protección de Dios por medio de sus mandamientos: “Honra a tu padre y a tu madre; el que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente”(Mateo 15:4). También: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra...”(Éxodo 20:12). Tristemente, no ha sido así: “Porque el hijo deshonra al padre, y la hija se levanta contra la madre” (Miqueas :6).

 

Recientemente, pude conocer un hecho que entristeció mi corazón, tanto por lo sucedido como también por ocurrir entre familiares en Cristo. Una hija, felizmente embarazada, que vive a una considerable distancia de sus padres, fieles servidores del Evangelio de Jesucristo, rechazó de manera fría y desconsiderada a aquella que la dio a luz , y que la llevó de la mano -en obediencia al Señor-, a la enseñanza espiritual como si de una nueva Eunice se tratase. Ahora, esta ingrata hija la aleja de su vida, causando un profundo sufrimiento a aquella a la que está obligada a amar y respetar de parte de Dios. Es evidente, que ha olvidado, consciente o inconscientemente, que un padre o una madre no pueden ser suplidos por extraños. La Biblia no dice ”Honra al padre y a la madre de tu esposo” (que también deben serlo), sino “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 2:12). Por lo tanto, según la Palabra de Dios, se ha levantado contra su propia madre, cayendo en un pecado de deshonra y menosprecio ante los ojos de Dios.

 

Amado hermano, quiero hacerte recordar algunas de las muchas y abnegadas cosas que tu madre ha hecho durante toda su vida contigo: ¿Te acuerdas cómo ella te hacía una túnica nueva cada año para vestirte de ropas nobles? ¿Y qué de aquellas tiernas charlas sobre la Biblia antes de que te durmieras? ¿Has considerado cuántas veces se levantaba de noche para preparar tu comida o cuidar de ti cuando estabas enfermo? ¿Has olvidado, quizás, los momentos en que ella abría su boca con sabiduría para enseñarte o aconsejarte? ¿Has valorado cómo consideraba los caminos de su casa? (1º Samuel 2:19; 2ª Timoteo 1:5; Proverbios 31:15, 26,27). Desde aquí te invito a que medites, delante del Señor, sobre el lugar que tu madre ocupa en tu corazón en este momento de tu vida. O qué sitio honroso le estás dando delante de tus propios hijos. La respuesta vendrá del corazón de Dios hacia el tuyo.                                                                                                                                                                                            (J. Mª V. M.)

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      LA VERDADERA UNIDAD EXISTE

"...solícitos en guardar la UNIDAD DEL ESPÍRITU en el vínculo de la paz" (Efesios 4:3)

 

La verdadera unidad existe. La cuestión

es: ¿Quién puede producir esa unidad? Y la respuesta es que sólo el Espíritu Santo puede producir tal unidad. Eso fue lo que ocurrió en Pentecostés. Como resultado del bautismo con el Espíritu Santo, no solo predicaron aquellos cristianos primitivos codo con codo un mismo mensaje de salvación, sino que además "se añadieron aquel día como tres mil almas" (Hechos 2:41). Y podemos asegurar que  aquellas almas eran verdaderas "piedras vivas" y no meros elementos decorativos en una estructura vacía. En otras palabras, para alcanzar la meta de la unidad entre cristianos . . . es imprescindible la vigorosa acción del Espíritu Santo produciendo un verdadero temor de Dios y un intenso anhelo por su gloria. Un mero sentimiento intelectual a una determinada ortodoxia no es suficiente. Ya tenemos demasiado cadáveres eclesiásticos constituidos por ese material, demasiados valles de huesos secos. Solo el soplo del Espíritu puede formar un cuerpo vivo y vitalizador.

 

Querido hermano, si anhelas ver al pueblo de Dios unido alrededor de un proyecto, una visión o una causa común, no te dejes engañar por el espejismo de Babel ni te conformes con la bendición de Adulam. Elévate a Pentecostés, busca que el Espíritu sople sobre los huesos secos, que su fuego consuma toda la escoria de nuestros apaños, maniobras y estrategias. Imbúyete del espíritu del Maestro, quien dijo: "No recibo gloria de los hombres" (Juan 5:41), y de su siervo Pablo, quien dejó claro que no buscaba "gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros" (1ª Tesalonicenses 2:6).    (D. C. M.)

El Evangelio de la gracia soberana de Dios  (Carlos Haddon Spurgeon)

 

Habiéndose  observado, con evidente preocupación, cuán grande es el rechazo generalizado de muchos hacia la doctrina de la gracia soberana de Dios, incluimos estas breves líneas del reconocido siervo de Dios  C.H.Spurgeon sobre tan transcen-dente  tema:

"Si algo es aborrecido enconadamente es el verdadero Evangelio de la gracia de Dios, especialmente si esa odiosa palabra "soberanía" se menciona al mismo tiempo. Atrévanse a decir: "Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compa-dezca" (Romanos 9:15), y habrá furiosos críticos que les insultarán descomedida-mente. El religioso moderno no sólo aborrece la doctrina de la gracia soberana, sino que despotrica y se enfurece con su sola mención. Preferiría que blasfemára-mos antes que predicáramos la elección por el Padre, la expiación por el Hijo o la regeneración por el Espíritu. Si quieren ver a alguien excitado hasta que lo satánico prevalezca claramente, dejen que algunos de los nuevos teólogos les oigan predicar un sermón sobre la libre gracia.

 

Un evangelio que sea según los hombres será bienvenido por los hombres, pero hace falta una operación divina en el corazón y la mente para que alguien esté dispuesto a recibir en lo más profundo de su alma este inaceptable Evangelio de Dios. 

Mis queridos hermanos, no traten de hacerlo agradable a las mentes carnales. No oculten el tropiezo de la cruz, no sea que la hagan vana. Los ángulos y las esquinas del Evangelio son su fuerza: recortarlos significa quitarles su poder.

La moderación no es el aumento de la fuerza sino su muerte. ¡Claro!, habrán notado que aun entre las sectas sus puntos distintivos son los cuernos de su poder; y cuando éstos quedan prácticamente omitidos, la secta decae. Aprendan, pues, que si quitan a Cristo del cristianismo, el cristianismo está muerto. Si quitan la gracia del Evangelio, el Evangelio desaparece. Si a la gente no le gusta la doctrina de la gracia, denle tanto más de la  misma".            (C. H. S./1890)