Todo aquel que anhela vivir en victoria, debe aprender a depender de Dios, diariamente, a través de la oración. La oración es la oportunidad que Dios le da al creyente de dirigirse a Él, el ser más grande y sublime:el Todopoderoso, para quien no existe nada imposible. Una vida constante de oración nos da poder para vencer. 

Cristo practicó el hábito de la oración apartándose para hablar a solas con el Padre (Marcos 1:35)

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Como creyentes en Cristo debemos seguir las pisadas de nuestro Maestro, lo cual significa apartar tiempo a solas con Dios, preferiblemente en la mañana, para así poder contar todo el día con su dirección , protección y apoyo en las diferentes situaciones o decisiones que debamos asumir o enfrentar.

Dios se deleita en escucharnos, nos anhela celosamente, y su deseo es ayudarnos y orientarnos por medio de la oración y de su Palabra.

Por lo tanto, si lo buscamos Él va a estar ahí, nos va a recibir y no nos va ignorar. Es por eso que debemos hacer oraciones no de labios, sino de corazón sincero y, sobre todo, a través de su Hijo Jesucristo. 


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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

                       El honor de Dios

El honor de Dios sigue siendo el asunto más importante de esta vida. Y está siendo pisoteado en este mundo moderno, sobre el cual él, a pesar de todo, es misericordioso, sí, pero sobre el cual él también gobierna enviando sus juicios. Todo esto debería hacer  que nos conmoviéramos.  El especta-culo de ver a la Iglesia del Señor Jesucristo presa de la confusión y el error debería hacer que nos consumié-ramos. El Señor Jesucristo ganó a su Iglesia al precio de su inmaculada sangre, de incalculable e infinito valor. Él merece, por tanto, reinar sobre una Iglesia visible conforme a las ordenanzas que él ha establecido y que proclame la verdad que él ha revelado.

Esta, y no otra, es la necesidad de la Reforma de la Iglesia, ayer y hoy.

(Texto: Jorge Ruiz /Ilustración: Fragmento obra de Sébastien Bourdon-Museo Hermitage)

           Nuestra reverencia hacia Dios

Que la sangre de Cristo nos haya limpiado de todos nuestros pecados, no debería disminuir nuestra reverencia hacia Dios, sino más bien aumentarla. La obra redentora de Cristo es una clara indicación de que nuestro Dios  no toma el pecado con ligereza. De ahí la solemne reverencia del autor de la Epístola en el vers. 25: "Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháramos al que nos amonesta desde los cielos" (Heb. 12:25). 

A la luz de esta realidad, el autor nos advierte en los versículos 28 y 29: " Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor".

 

Los creyentes del nuevo pacto poseen una percepción más clara de la santidad de Dios que los santos en el antiguo; ellos saben ahora que, por causa de sus pecados, Dios envió a su propio Hijo a derramar su sangre en la cruz, pues de otro modo nadie habría podido ser salvo; consecuentemente, los creyentes del nuevo pacto deberían experimentar una reverencia más profunda cuando se acercan a ese Dios en adoración.     (Sugel Michelén)