Día 27 de abril

 

¿Piensas presentarte delante de Dios con las manos vacías?

 

 

El que quiere amar la vida y ver días dichosos...apártese del mal y obre el bien” (1ª Pedro 3:10-11).

 

Muchos creyentes  se esfuerzan en evitar el mal, pero no ponen ningún empeño en obrar el bien. Es ésta una manera de vivir el cristianismo que nada tiene que ver con el mensaje de Jesucristo para su Iglesia, y que se asemeja peligrosamente a la religiosidad vana que los redimidos han dejado atrás. ¿Qué director de cualquier oficina se podría contentar solamente con que un empleado no lo ofendiera, ni estropease adrede el ordenador, ni se durmiese en su puesto de trabajo? Lo menos que se espera de él es que observe una conducta educada y responsable, amén de realizar eficazmente el trabajo encomendado. En nuestra vida cristiana no debe bastarnos con evitar hacer el mal, sino que estamos llamados a obrar el bien“...porque al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17).

 

El siervo malo y negligente de la parábola, no fue castigado por su señor por haber usado mal el talento recibido, sino por haberlo escondido en la tierra y no haberlo dado a los banqueros para obtener intereses (Mateo 25:14-30). Esto ocurrirá con muchos cristianos cuando venga el Señor, el día en que “la obra de cada uno se hará manifiesta”, porque por el fuego será revelada y probada (1ª Corintios 3:12-15)¡Qué triste presentarse delante de Dios con las manos vacías! El Señor Jesucristo respondió a sus discípulos: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entretanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Juan 9:4). El apóstol Pablo recomienda a Timoteo: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras” (1ª Timoteo 6:18).

 

Amado hermano, puede que tu conciencia no te acuse delante del Señor de prácticas pecaminosas, o de compartir tu vida con aquellos “que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz” (Isaías 5:20), ¿pero puedes decir lo mismo en cuanto al mandamiento de obrar el bien? ¿Puedes esperar con paz en tu corazón la llegada de Aquel que vendrá para probar la obra de cada uno?¿Has meditado alguna vez en el versículo que dice: “...de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis, porque de tales sacrificios se agrada Dios? (Hebreos 13:16). ¡Qué gran error pensar que nos es suficiente con apartarnos del mal, escondiendo el hacer el bien en la endurecida tierra de nuestro corazón! El Señor te dice: “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Apocalipsis 22:12). ¿Estás preparado para salir a su encuentro?

 

                                                                                                                            (J. Mª V. M.)

 

Día 28 de abril 

 

¡Dichosos vosotros los que sembráis!”(Isaías 32:20)

 

...pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue”. (Mateo 13:25).

 

Sentado en una barca varada en el mar de Galilea, Jesús habló a la multitud  y a sus discípulos mediante parábolas sobre los misterios del reino. Les enseñó que el reino de los cielos es semejante a un campo, en el que su dueño sembró trigo puro y de buena calidad. Pero durante la noche, y mientras los jornaleros dormían, un enemigo suyo sembró cizaña entre el trigo, y se marchó amparado por las tinieblas. Una vez que creció la hierba y dio fruto, apareció claramente la cizaña. Ante esto, los siervos fueron al padre de familia extrañados por tal cosa después de haber sembrado buena semilla. Él les respondió sin dudar: “Un enemigo ha hecho esto” (Mateo 13:28). Ante el propósito de los trabajadores de arrancar la cizaña, el dueño no lo permitió por el manifiesto peligro de arrancar junto a ella el trigo. A tal fin, los emplazó al tiempo de la siega (vers. 30).

 

Pero entre tanto, a semejanza del trigo y la cizaña, los hijos del reino tienen que estar mezclados con los hijos de este siglo. Así ocurre con muchos de nuestros hermanos: “Una hermana en la fe, a la que conocí en unas circunstancias muy difíciles para ella, me confió cómo soportaba pacientemente los agravios y menosprecios que su déspota e impío esposo le infería cada día a causa de su vida piadosa en el Señor. Ella oraba fervorosamente por su conversión pero éste, al verla de rodillas o con la Biblia en las manos, montaba en cólera y la humillaba con insultos y vejaciones, blasfemando sin temor alguno el nombre de Dios. Pasado el tiempo, esta hermana fue llevada a la presencia gloriosa de su Señor deambulando, desde entonces, éste desdichado por las calles sin rumbo fijo, entregado al alcohol y a todos los vicios más abyectos. Para mi sorpresa, una tarde apareció por el lugar de cultos con aspecto sucio y degradado. Sentado en la suave penumbra de las ultimas sillas escuchó todo el mensaje con suma atención, y al término del mismo se levantó y, públicamente, declaró su tristeza y dolor por todo el daño que había ocasionado a su fiel esposa. Delante del Señor y de la iglesia, manifestó su arrepentimiento por su vida pasada, confesando a Jesucristo como su único Salvador. Esta cizaña fue arrebatada del fuego eterno (Judas 23).("Testimonios de ayer y de hoy"/Del propio autor)

 

Hermano amado, produce una gran tristeza ver el poco celo que muchos cristianos muestran ante el extravío de sus prójimos, incluidos familiares muy cercanos, no importándoles para nada el fin que les espera separados de Dios y echados en el horno de fuego por toda la eternidad.  ¿Acaso, al ver a un hijo tuyo necesitado de alimento y abrigo no lo socorrerías amorosamente? Pues si el amor nos obliga a mostrarnos compasivos y generosos en lo material, ¿cuánto más debemos preocuparnos de lo espiritual? Ten el mismo sentir que el apóstol Pablo: “Porque desearía yo mismo ser anatema, apartado de Cristo, por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne” (Romanos 9:3).

¡Aún no ha llegado el tiempo de la siega; siembra, pues, la semilla de la Palabra a tu alrededor!                                                          (J. Mª V. M.)

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UNA LECCIÓN INOLVIDABLE DE PARTE DE DIOS

Día 29 de abril

" Persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras" (2ªTimoteo 3:14-15).

 

Al principio de mi ministerio, en un pequeño pueblo donde el Evangelio fue predicado en medio de un obstinado rechazo dirigido desde la sede del príncipe de las tinieblas en ese lugar, llegué a conocer a un anciano creyente que impactó mi corazón con su sufrido y firme testimonio de fe en Jesucristo. El apóstol Pedro escribió al respecto: “... ahora por un poco de tiempo, si es necesario, (tenéis) que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”(1ª Pedro 1:6-7). Más adelante, sigue diciendo: Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido... sino gozaos por cuanto sois participantes de los sufrimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría”(4:12-13). Santiago, el hermano de Jesús, también escribe: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Santiago 1:2-3).

 

De igual manera, sobre Calixto -este es el nombre de este hermano-, habían sobrevenido toda clase de pruebas y sufrimientos: su esposa era víctima de una grave enfermedad que la mantenía en cama, la hija mayor nació con una dolencia congénita y necesitaba ayuda. Él mismo, durante el tiempo que trabajó en la construcción en la costa malagueña, sufrió un accidente laboral que le ocasionó pérdida parcial de la vista y el oído para siempre. Y, por último, su hijo varón había sucumbido bajo la tentación de la droga, encontrándose recluido en un centro de rehabilitación. Cualquiera que lea esta historia podrá exclamar: ¡Qué triste vida la de este hombre! Esa fue mi primera reacción cuando recibí noticias de este hermano en Cristo. Una vez que lo tuve delante de mí, con su cara ajada por los años y el duro trabajo, pero con una paz inefable que iluminaba sus cansados ojos, mi corazón se sintió invadido por una ternura conmovedora. Supe, desde el primer instante, que tenía ante mí a un verdadero discípulo de Jesucristo.

 

Después de un respetuoso tiempo de saludos, me confió que desde muy temprana edad había asistido a las enseñanzas de una escuela dominical que dirigía una hermana misionera en un pueblo cercano. Allí aprendió a memorizar muchos versículos de la Palabra. A menudo, durante sus labores en el campo ayudando a su padre, recitaba de corrido muchos de ellos. Según me relató, aquello sirvió para sembrar en su mente y en su corazón la bendita Palabra que ahora, imposibilitado para estudiarla, cosechaba para deleite y fortaleza de su alma en los momentos de prueba que estaba atravesando. Siguió diciendo con alegría: "Estas benditas palabras de mi Señor me elevan hasta el trono de la gracia, hacía el lugar de donde viene mi socorro, dónde me espera mi amado Salvador" (Salmo 121:1). Al igual que el salmista,  este varón de Dios se aferraba a la Palabra santa en estos duros momentos de su vida: "Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido. Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado" (Salmo 119: 92-93).

 

Finalmente, antes de despedirnos en oración, en presencia de él y de los suyos leí, conmovido  por su abnegado testimonio, el siguiente texto bíblico: “El nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sión te sostenga” (Salmo 20:1-2)

Una vez en la calle, exclamé agradecido al Señor: ¡Bendito seas Jehová, que has tenido a bien concederme el vivir esta hermosa  experiencia para afirmar mi fe y fortalecer mi corazón!¡Nunca olvidaré esta hermosa lección recibida de Tí a través de este fiel hijo tuyo!                                                                                                                                                                                                          (J. Mª V. M.)

 

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

Inutilidad de las obras para la salvación

(El trágico engaño de la religión romana)

"Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia" (Isaías 64:6).

 

La historia refiere de un general romano que después de haber prestado grandes servicios a la república, fue acusado de un delito capital. Confiado en sus méritos, se presentó muy animoso y  tranquilo  ante el Senado; y  mostrando a los jueces las gloriosas y múltiples heridas que había recibido en defensa de la patria, exclamó:  ¿Es posible que servicios tan eminentes, que acciones tan valientes, que heridas tan honrosas queden borradas por un solo delito?

 

Muchos religiosos sinceros, a semejanza de aquel general romano, se han presentado, se presentan y se presentarán muy confiados ante el tribunal de Dios; apoyados en una larga lista de buenas obras y de acciones religiosas y morales que consideran válidas para obtener la anhelada salvación de sus almas.  ¡Cuánta desesperación, cuánto dolor, cuántas lágrimas al comprobar que se encuentran ante la justicia de Dios con las manos vacías¡  Esa es la trágica consecuencia del pecado en la vida del hombre caído. Entonces muchos hombres se preguntarán inútilmente: ¿Es posible que tanto bien quede olvidado por causa de algunos pecados y transgresiones? Sí, porque según la voluntad de Dios las obras no significan nada en cuanto a la salvación: solo la fe en la perfecta obra expiatoria de Cristo tiene validez para la reden-ción del pecador sin esperanza. Bien que lo expresa el apóstol Pablo:"Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8). 

El mismo Jesús abre el camino a la vida eterna a través de su Palabra: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Juan 5:24).

Él nos dejó palabras de esperanza frente al dolor y desesperación de Marta : "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11:25).

(J.Mª V.M./Inspirado en un texto de 1862)

     La presencia de Dios debe ordenar                      nuestra manera de vivir 

Al alma a la que Dios se manifiesta y le da el deleite de su presencia, está obligada a demostrar fidelidad a Él. No debe involucrarse en ningún negocio que no corresponda a la vocación recibida  o a una necesidad obvia. Debe desempeñar sus negocios sin preocuparte en cuanto a la continuación de los mismos, con la intención solamente de cumplir la voluntad de Dios, voluntad que obra tanto en un aparente mal como en un bien.

 

Debe ocuparse más en Dios que en las criaturas, y creer que no hay ejercicio , más importante y excelente que el de guardar la unión con el Dios presente. A Él debe la complacencia. Agradar al hombre lleva a la distracción y nos aleja de Dios.

 

El alma que está en Dios debe sujetarse al orden y a la providencia, y aceptar con voluntad la pobreza, la miseria, el abandono y el sufrimiento de toda índole. Tampoco debe buscar carnalmente la liberación de ello, sino más bien gozarse de que la propia presunción sufra una quiebra. Como Pablo debe gloriarse en las debilidades (2ª Corintios 12:9-10).

          (Johann v. Bernières-Louvigni)