Tesoros diarios para el alma necesitada.

 

Día 1 de abril

 

UNIDAD SIN INTRIGAS EN LA FAMILIA DE DIOS

Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín...después dio a luz a su hermano Abel”(Génesis 4:1-2).

 

Crecí en un hogar donde continuamente viví siendo comparado con mi hermano mayor en todo. Ahora, pasado el tiempo, y con una evidente experiencia acumulada, comprendo que esto no es bueno ni conveniente para el desarrollo personal de cualquier niño, tanto en la vida del que es obligado a imitar al hermano de referencia como para el que es objeto de esta privilegiada posición. Es innegable, que ambos crecen con unas connotaciones familiares preconcebidas de antemano, lo que produce diferencias no deseables en el ámbito familiar. Posiblemente, muchos de vosotros habéis sido testigos de estas palabras en labios de un padre determinado: “¿Por qué no eres como tu hermano? ¡Ojalá fueras como él! ¡Grave error educativo el de estos padres que utilizan como ejemplo a un hermano para corrección de otro! ¡Cuántos hermanos han vivido separados, sin comunión entre ellos, por causa de esta distancia comparativa establecida por los mismos padres!

 

Encontramos en la Biblia un ejemplo que ilustra esta aseveración: es el caso de Esaú y Jacob, dos gemelos que mostraron grandes diferencias desde su nacimiento: “ Y crecieron los niños, y Esaú fue diestro en la caza, hombre del campo; pero Jacob era varón quieto, que habitaba en tiendas. Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza; mas Rebeca amaba a Jacob (Génesis 25:27-28). La diferencia entre ambos era evidente, al igual que entre los padres: La astucia de Jacob, “el suplantador”, para ganar la primogenitura que pertenecía por nacimiento a Esaú, le llevó a conseguirla por un precio ínfimo: un plato de lentejas, pan y vino. En tal maniobra colaboró, de forma inconsciente e irresponsable, el propio Esaú: “Dijo Esaú: He aquí  yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?...Así menospreció Esaú la primogenitura” (Génesis 25:32-34). Más adelante, nos asombramos al ver como Rebeca, con artimañas y engaños no propias de una madre íntegra y justa, induce a su hijo Jacob a robarle a su propio hermano la irrevocable bendición paterna. Dolorosa experiencia que sirvió para romper la familia para siempre.

 

Amado hermano, al igual que ocurre en la familia natural, el pueblo de Dios está formado por miembros que han nacido del mismo Padre, formando una familia espiritual indivisible. Mientras que en las relaciones naturales ocurren cosas como las descritas anteriormente, en la familia de Dios debe imperar la unidad en el amor. Jesucristo ora al Padre para que esta unidad en el Dios Trino sea una realidad visible y gloriosa ante el mundo (Juan 17:20-23). Nosotros, según la Palabra, estamos llamados a “guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3). Si atendemos el siguiente texto joánico, asumiremos más fácilmente la importancia del amor entre los hermanos en Cristo: “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1ª Juan 2:9). “Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1ª Juan 4:21)¿Amas a tu hermano de palabra o de hecho y en verdad? ¿Huyes de aquellas intrigas que no agradan a Dios? ¿Está tu corazón lleno de celos porque tu hermano prospera en el Señor? ¿Quizás anhelas el lugar que Dios ha dado a tu hermano?¿Miras a tu hermano con engañosa superioridad espiritual? La Palabra del Señor te dice: "...el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña" (Gálatas 6:3). "Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano ... Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación." (Romanos 14:13, 19)

                                                                                                    (Jesús Mª Vázquez Moreno)

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Día 2 de abril

 

¿Qué es lo que debemos arrojar fuera de nuestras vidas?

 

Entonces mandó el rey...que sacasen del templo de Jehová todos los utensilios que habían sido hechos para Baal...y los quemó fuera de Jerusalén “ (2ºReyes 23:4-16).

 

Es parte de nuestra cultura latina el guardar en nuestras casas todo aquello que ya no nos sirve pensando -entiendo que erróneamente-, que más adelante puede sernos de utilidad. No llego a comprender cómo algo que demuestra su inutilidad puede servirnos en el futuro. Posiblemente, todos hemos heredado parte del pensamiento de la posguerra, cuando las cosas se guardaban "por si acaso". O, tal vez, todos tengamos algo del “síndrome de Diógenes”, aquel que -según interpretación popular no muy acertada- se caracteriza por un afán acumulativo de grandes cantidades de deshechos materiales en las casas . La verdad, es que vivimos rodeados de cosas que ocupan, inútilmente, un lugar en nuestra vida cotidiana, en menoscabo de aquellas que realmente sí deben de importarnos. Nos falta la determinación necesaria para desechar aquello que nos entorpece y condiciona negativamente adquiriendo, de esta forma, un protagonismo que no merece. En cierta manera, podemos considerarlo como “la dictadura del pasado”.

 

Esto mismo ocurre en la vida espiritual. Muchos cristianos sienten nostalgia por aquellas cosas heredadas del pasado, tales como vestimentas y costumbres de los pueblos sin Dios; juegos de azar, horóscopos, aficiones no compatibles, fetiches, festividades, tradiciones religiosas (primeras comuniones, bautizos, fiestas católicas),diversiones del mundo, obras de la carne (Gálatas 4:8-11; 5:17-21) etc., y les cuesta desprenderse de ellas, a pesar de las continuas advertencias del Señor por medio de su Palabra (Efesios 4:22-32). En el texto inicial, encontramos al piadoso rey Josías, hijo del rey Amón (el cual “hizo lo malo ante los ojos de Jehová” 2º Reyes 21:20), restaurando el templo agrietado, entronizando la Palabra abandonada en su lugar, confirmando el pacto de Dios y purificando la casa de Jehová de  imágenes impías y de utensilios contaminados que su padre había introducido en el Templo, las cuales fueron quemadas sin contemplaciones (2º Reyes 23:4-16) (comp. 29:15-19). Entonces, sólo entonces, se podría celebrar la Pascua del Señor en ese lugar purificado y santificado (vers. 21-22).

 

Amado hermano, la Palabra nos confirma que somos “templo del Espíritu Santo”, el cual está en nosotros (1ª Corintios 6:19); pero también nos interpela: "¿Qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?" (2ª Corintios 6:16). Más adelante, exhorta: “...limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (7:1). "Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois" (1ª Corintios 5:7) En tu confiada dejadez, posiblemente estés olvidando que “la noche está avanzada, y se acerca el día" (Romanos 13:12) . Por ello, todo aquel que tiene la esperanza de ver a Jesús “tal como él es...se purifica a sí mismo, así como él es puro”(1ª Juan 3:2-3). ¿Te has decidido, como el rey Josías, a arrojar al fuego aquellas cosas contaminadas, inútiles, que tienes guardadas en tu corazón? ¡Hazlo ahora mismo en el nombre de Jesucristo !                     

                                  ¡Pero cuántas cosas eran para mí ganancia, 

                                  las he estimado como pérdida por amor de Cristo"

                                                                                (Filipenses 3:7)

                                                                                                                                 (J. Mª V. M)

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¿A quién tienes en los cielos, iglesia de Jesucristo?

 

¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” (Salmos 73:25, 26 RVR60)

Al empezar a leer estos versículos, no podemos dudar en mirar al cielo por un momento y pararnos a ver su grandeza e inmensidad. Nuestros ojos desean verlo todo, abarcarlo todo, pero no logran captar su gran esplendor. Sea de noche, con sus brillantes estrellas, o de día con su bello y esplendente sol, no podemos retener ni absorber toda su infinita belleza.
Pero el salmista Asaf reconoce, después de contemplar esa maravillosa creación, que sólo su Creador y Señor es el que se enseñorea en los cielos. Por ello, exclama exultante: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?” (v. 25)

 

Muchos y reconocidos poetas han cantado y exaltado la magnificencia del cielo y las estrellas con hermosas palabras que han sido repetidas en multitud de ocasiones y a través de diferentes generaciones hasta nuestros días. De igual manera, las podemos encontrar en novedosas películas de Hollywood; pero sólo en la Palabra de Dios se canta a los cielos y a las estrellas -morada del Dios Altísimo- de la manera sublime, gozosa en la que lo hace este poeta de Dios.

Pero al mismo tiempo, Asaf considera, y cree, con estas palabras, decirle a su Dios que no tiene ningún apoyo en esta tierra, si no es en la mirada amorosa del Señor desde los celestes cielos hacia él. Y lo más profundo, sincero y desgarrador que su alma confiesa es: "... fuera de Ti nada deseo en la tierra"(v.25).
Desear, querer, obtener... son verbos que sólo tienen validez y sentido espiritual en cuanto a su Señor. Acercarse a Dios es su bien y su esperanza (v.28).

 

Al salir de tu país, al alejarte del pequeño círculo que conforma tu vida -como es mi caso-, analizas el estado y la situación de la Iglesia de Jesucristo con una visión reposada y coherente. Observas con preocupación, que la iglesia actual está sufriendo un gran desamparo y ceguera espiritual al no saber -ni querer- mirar a los cielos y desgarrar su corazón, para que le lleve a decir -con una actitud contrita y humillada- como el salmista: "... fuera de Ti nada deseo en la tierra".

 

¡Cuanta riqueza espiritual revela el Espíritu por medio del levita Asaf en tan cortos versículos! ¡Mi carne( cuerpo) y mi corazón ( alma ),-todo mi ser entero-, desfallecen si no te veo, si no te siento, si no percibo tu aliento, si a mi corazón no llega tu consuelo, si tus manos no acarician mi alma....¡oh, cuán maravilloso eres a mi vida, Señor!

Finalmente, considera que su vida está plantada sobre la roca, la Palabra de Dios, y sobre Jesucristo, al que David, otro ungido cantor de Dios,dirige un encendido cántico: “Te amo, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio” (Salmo 18:1-2). Su corazón arde en esa porción de la Palabra de Dios. De igual manera, Asaf anhela escuchar la voz de Dios, pero para ello debe acercarse y conocerle; saber de Él, escuchar quietamente su voz, como el joven Samuel, y meditar en su Palabra bendita de día y de noche (Salmo 1:2). Igualmente, le es necesario encaminar sus deseos hacia Él y dejarlos en su reposo eterno.

 

Hermanos, acerquémonos al trono de Dios y digámosle cuánto le necesitamos y cuánto significa Él para nosotros. Si hay este deseo en tu corazón, como lo tuvo el salmista Asaf, eres nacido de nuevo, eres un hijo de Dios, estás sobre la Roca fuerte; estás sentado en los lugares celestiales con Cristo y te gozarás en su presencia ¡Aleluya!

                                           

                                          Jesús Vázquez Toro (Fully-SUIZA)

 

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         Las tribulaciones del cristiano

"El sufrimiento, en cualquiera de sus formas, enfermedad, pérdida de bienes, muerte de seres queridos, adversida-des, desengaños, etc., siempre es aprovechado por el diablo para hacer su obra. Como hemos mencionado antes, la aflicción es terreno abonado para la duda. Y cuando el adversario no consigue sembrar la duda trata de hundir al creyente en el abatimiento y la desespera-ción, reduciéndolo así a la impotencia espiritual.

 

¿Por qué permite Dios el sufrimiento de sus hijos? ( . . .) En algunos casos  Dios permite que suframos a causa de nuestros pecados. No es que en tal caso el sufrimiento tenga  como objeto expiar la culpa, pues esto lo hizo Cristo por todos nuestros pecados.  Se trata de un castigo con carácter disciplinario a fin de corregirnos y santificarnos. Es magistral la enseñanza que a este respecto encontramos en Hebreos 12:7-13 donde se comenta un antiguo proverbio: "Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor ni desmayes cuando eres de El reprendido, porque el Señor al que ama castiga y azota a cualquiera que recibe por hijo" (Heb. 12:5,6; Prov. 3:11,12) ."                                (José M. Martínez)           

     El ineludible juicio final de Dios

Existe un día grande del que muy a menudo se habla en la Escritura: es el día del juicio, el día en que Dios juzgará lo oculto de los corazones de los hombres por el Señor Jesucristo.

 

Toda alma no cristiana no podrá mante-nerse en el día del juicio. Los impíos no permanecerán en el día del juicio. Actualmente, los pecadores son muy atrevidos y desvergonzados; su cuello se mantiene erguido como si su nervio fuese de hierro, y su frente parece de duro metal.

 

La mayoría de ellos no se avergüenzan cuando son sorprendidos en pecado. Hablando entre nosotros, ¿no es extraordinaria la osadía con que los pecadores participan muchas veces de los actos religiosos, con hipocresía, como si realmente sintiesen lo que no sienten? ¡Con qué desfachatez y sarcasmo juran  a veces y hacen sus votos! ¡Con cuánta osadía algunos impíos se acercan a la mesa del Señor! Ah, pero ello durará solo muy poco tiempo.  Cuando aparecerá el Señor Jesús, el Santo Jesús en toda su gloria, entonces los pecadores, de rostro endurecido por la desvergüenza, serán humillados. . .

Muchos impíos se consuelan ahora pensando que su pecado no es conocido, que ningún ojo humano les ha visto; pero en aquel día los más secretos e íntimos pecados de cada uno serán sacados y llevados a la luz. . .

 

¡Cómo debierais temblar y caer cubiertos de vergüenza, oh hombres impíos que os introducís hipócrita-mente en las congregaciones!

                       (Roberto M. McCheyne)