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IGLESIA EVANGÉLICA EL

ALFARERO.COM

Avda. Blas Infante, núm. 37

Jerez de la Frontera (Cádiz)

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

     "La impiedad de atribuir una forma          visible a Dios" 

Últimamente, está proliferando de forma alarmante la presencia de imágenes del Señor en distintos medio evangélicos de todo el mundo, principalmente en tierras americanas, aunque en nuestra nación también están siendo utilizadas profusa-mente en vídeos, libros, revistas, material de escuelas dominicales, cartelería, etc. Desde aquí, entendemos que advertir a los responsables del peligro que esto conlleva para la Iglesia, según la siempre vigente y actual Palabra de Dios, nos resulta labor realmente embarazosa, pero considera-mos que por encima del respeto al hombre, se encuentra la obediencia a la voluntad soberana de Dios y la firme defensa apologética de la Verdad bíblica frente a toda aquella influencia contraria a las enseñanzas de la Palabra.

Con el fin de apoyar esta prioridad de la pureza doctrinal de nuestras congrega-ciones, y ante la falta de un sonido cierto por parte de los líderes llamados a ello, incluimos el siguiente escrito de un gran servidor del Evangelio, así como de un oomprometido  y reconocido adalid doctrinal: Juan Calvino (1509-1564).

 

Dios se opone a los ídolos para que todos sepan que él es el único apto para dar testimonio de sí mismo. A fin de acomodarse al intelecto rudo y burdo del hombre, las Escrituras usualmente usa términos populares para lograr su objetivo de marcar una clara diferencia entre el Dios verdadero y los dioses ajenos. De manera específica se opone a los ídolos. No que apruebe lo que los filósofos enseñan con más elegancia y sutileza, sino para poder exponer mejor la insensatez y la locura del mundo en sus interrogantes relacionados con Dios, cuando cada uno se aferra a sus propias especulaciones. Esta definición exclusiva, que uniformemente encontramos en las Escrituras, anula toda deidad que los hombres conciben para sí mismos de motu propio; siendo que el propio Dios es el único apto para dar testimonio de sí mismo. Dado que esta brutal estupidez se ha extendido por todo el globo, que los hombres ansían contar con formas visibles de Dios, y por ende fabrican deidades de madera, piedra, plata y oro, o de cualquier otra materia muerta y corruptible, nosotros debemos mantener como un principio primordial que toda vez que alguna forma es vista como Dios, su gloria se corrompe por una mentira impía. En consecuencia, en la Ley, Dios se adjudicó la gloria de la divinidad a él mismo solamente, cuando pasa a mostrar qué clase de adoración aprueba y rechaza, agrega inmediata-mente: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra” (Éxodo 20:4). Con estas palabras frena cualquier intento licencioso que podemos hacer para representarlo por medio de una forma visible”. (J. C) 

 

No hace falta decir que los insostenibles y antibíblicos argumentos de aquellos que defienden la utilización didáctica de las imágenes de la Deidad (incluidas las del Hijo de Dios) están desautorizadas por la propia Palabra de Dios de forma firme e incuestionable. Ante esto sólo queda la obediencia, y si ésta no aparece se encontrarán frente al justo e inapelable juicio de Dios. Por lo tanto, es hora de reflexionar sobre una grave e invasiva influencia que está corrompiendo la inerrable doctrina de la Iglesia de Jesucristo.

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"¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?. . ."¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó?"  (Isaías 40:18,21).

 

"¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?  dice el Santo?" (Isaías 40:25).

 

"Así dijo Jehová: No aprendáis el camino de las naciones. . . porque las costum-bres de los pueblos son vanidad"   (Jeremías 10:2,3).