¿Unión entre Todas las

IGLESIAS?

 

Antes de soltar las riendas y precipitarse ciegamente en una aventura unificadora (a veces nacida de una ruptura por divisiones y enfrentamientos antibíblicos y dolorosos), primeramente hay que ver lo que significa el adjetivo “evangélico”, pero también el sustantivo “unión”. Este asunto es demasiado importante para que sea tratado con ligereza. Errar en esto significa errar en cuanto a almas eternas, causándoles graves y perdurables perjuicios.

 

      Cualquier hermano despierto y de fe sana, observa que son las iglesias modernas y mundanas las que más insisten en la unión de todas las demás. Ellas creen “que la unión hace la fuerza”, pero es preciso preguntarse ¿qué naturaleza tiene esta fuerza? En la medida en que se produce una unión ¿qué significa esto en concreto, y hasta qué medida?. Efectivamente se produce una especie de  fuerza, pero... ¿es la del Espíritu Santo? ¿Es la que llama a la unión con Cristo, a la santificación y a la fidelidad a la Escritura? Evidentemente no, porque en los movimientos unionistas estos tres elementos fundamentales se buscan en vano; es imposible encontrarlos.

 

      ¿Cuál es, entonces, la naturaleza de esa "fuerza"? Sin duda alguna es humana, es la misma que amalgama un clan familiar, una sociedad deportiva, los círculos exclusivos, las comparsas y grupos folklóricos, y de manera específica entre las sociedades secretas. 

 

      En Jueces, capítulos 19 y 20, hay un ejemplo fatal dentro de la tribu de Benjamín. Una de las ciudades, Gabaa, pecó gravemente (práctica de la homosexualidad, abuso sexual de una mujer forastera hasta matarla). ¿Qué pasó? Todo Israel se juntó como un solo hombre para restablecer la justicia y el orden en Gabaa. Pero aquí está el detalle a meditar: toda la tribu de Benjamín se negó a acceder a la extradición de los malhechores. Y nos preguntamos: ¿Por qué toda la tribu? ¿No se trató de Gabaa solamente? Sí, pero por el simple hecho de pertenecer a la misma tribu, se perdió el sentido de la justicia. Leemos: “Más los de Benjamín no quisieron oir la voz de sus hermanos los hijos de Israel; sino que los de Benjamín se juntaron de las ciudades en Gabaa, para salir a pelear contra los hijos de Israel (Jueces 20:13-14). La consecuencia de esta terquedad fue una carnicería muy grande (Jueces 20:21, 25,31,39 (muertos de Israel),20: 35, 37,44, 45,46, 47 (muertos de Benjamín), una pérdida inútil de valientes hombres de guerra.

      El hecho de que Benjamín se uniese entre sí no fue por la justicia divina, ni por la Palabra de Dios, sino simplemente por el lazo natural de sangre (egoísmo tribal). Precisamente fue esta clase de unión la que invalidó la justicia divina. Lo mismo ocurre con el esfuerzo unificador de las denominaciones e iglesias evangélicas afines (por nacimiento o idiosincrasia). La justicia de Dios queda arrinconada porque molesta; y molesta porque contradice a todo unionismo carnal (Se ignoran, o se sacrifican, consciente e injustamente, aquellos aspectos éticos y bíblicos que puedan estorbar, para que prevalezca, a espaldas de Dios, la unión de conveniencia. Es así, y lo seguirá siendo siempre).

 

      A los discípulos de Cristo no nos ha de unir esta misma fuerza social porque ya no somos de este mundo (Juan 8:23; 17:14); somos “extranjeros y peregrinos” (1ª Pedro 2:11), y nuestra naturaleza es divina. Nos une el mismo Señor por medio del Espíritu Santo, desde “antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4).

La unión verdadera que viene de Dios ya está hecha: “En quién todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efesios 2:21). ¿Quién coordina este edificio santo? ¿Es el hombre, venga de donde venga? No, es únicamente Dios. La unión de los cristianos

verdaderos la hace Dios, porque esta unión obedece a su propósito eterno. La verdadera unión de los redimidos consiste en la unión de cada miembro con Cristo (Juan 17:20-21).

      El creyente ha de unirse al Señor y su Palabra, “obedeciendo sus preceptos” y apartándose de todas las cosas que no cuentan con el pleno agrado de su Dios. En esta base de lealtad a su Rey, Jesucristo, se encuentra con todos aquellos que hacen lo mismo (no en aventuras "babelónicas" que desagradan a Dios). Es decir, el esfuerzo por la unión ha de pasar primero por la unión indispensable con Cristo, el Amado. Y el resultado será: “ Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (Juan 1:7).  Y de la manera que   hay una unión espiritual/orgánica de todos los “miembros de Cristo” (1ª Corintios 6:15), hay también una separación necesaria que viene de Dios (Apocalipsis 18:4). El espíritu del mundo une lo que es del mundo (ellos opinan : “la unión hace la fuerza”, “la mayoría no se equivoca”,etc.), pero el Espíritu de Dios une lo que es de Dios, levantando un muro de separación entre lo limpio y lo inmundo, entre lo santo y lo profano, y entre el reino de Dios y el mundo (2ª Corintios 6:14-18). En este sentido, la fuerza social, cuando obra en el ámbito espiritual, es diabólica. Esta fuerza no tiene ningún reparo en unir todo tipo de “creyentes”. Según la Palabra de Dios, la unión humano/religiosa está en constante querella (Salmo 2) con el Espíritu de Cristo y sus más altos valores espirituales y éticos (sana doctrina y obediencia práctica).

 

      Como conclusión decir que, si queremos que nuestra congregación reciba el golpe de una parálisis espiritual (no númerica, claro), unámonos con todas las denominaciones, iglesias, ministros y ministerios evangélicos (algunos difusos e indefinidos doctrinal y corporativamente).

En cuanto a una futura unión visible de todos los que de alguna manera se definen evangélicos cabe preguntarse: ¿Llegará el día de la perfecta unión entre todos los evangélicos? No, nunca llegará, porque conforme a la naturaleza de las cosas espirituales, todo pie que no se encuentra con toda firmeza en la Roca, Jesucristo, se encuentra en arena movediza que se mueve inexorablemente hacia Satanás . En otras palabras: una unión final no existirá, ya que las uniones con iglesias cada vez más liberales, más "modernas" y más comprometidas con el mundo, hasta llegar a la misma "Madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra" (Apocalipsis 17:5), sería una trampa mortal y definitiva para toda iglesia que juegue con estas cosas. Tristemente, muchas lo están haciendo irresponsablemente.

 

                                   Fraternalmente agradecidos al Pastor,

                            Peter Neuhaus (Firmes hasta el fin) 

                                                  

 

 

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  “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que  todos sean  uno; como tú, oh Padre, en mi, y yo en ti, que  también ellos sean uno en nosotrospara que el mundo crea  que tu me enviaste"

 

                                                      (Juan 17:20-21) 

 

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

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  Solo a Dios gloria 

      El amor del Espíritu Santo     "Estamos acostumbrados a hablar del amor del Padre y de la gracia de Jesucristo y de la comunión del Espíritu Santo. Pero también nos es permitido y podemos hablar tranquilamente del amor del Espíritu Santo  y de la gracia del Espíritu. ¡Cuán grande debe ser ese amor y esa gracia! Porque Él, el Santo, quiere vivir con y obrar en criaturas  pecadoras, débiles y defectuosas, que únicamente han ganado y merecido la ira y la maldición de Dios.

¡Cuánta paciencia ha de tener el Espíritu Santo con nosotros! Por nues-tra parte nos oponemos constante-mente a su acción, nos inclinamos a entristecerle, a resistirle  y a apagarle. Por naturaleza preferimos vivir según la carne que según el Espíritu, y según nuestra propia  corrupción somos más "bestiales" que "espirituales".   

¡Cuánto debemos avergonzarnos del desamor que mostramos frente al amor del Espíritu! ¡Y cuán agradecidos debemos estar que el Espíritu Santo se nos ha dado con su soberano poder para vencer nuestra debilidad y flaqueza!                     (Dr. H.J.Jager)

       Actitud frente a Dios en oración 

  "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro"  (Hebreos 4:16)

La humildad en la oración no excluye la confianza. En nuestra vida de oración, la humildad y la confianza no constituyen una contradicción. La primera la obtenemos mirando al yo, y la segunda, se obtiene mirando a Cristo.

Se precisa de confianza para compare-cer ante el trono de un rey, un símbolo de su poder y majestad. Pero, ¡cuánta más confianza se precisa para comparecer ante el trono del Rey de reyes! ¿Quién se atreve a acercarse allí donde aun los ángeles cubren sus rostros, como vio Isaías en una visión y exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto; porque (soy) hombre inmundo de labios" (Isaías 6:5). No nos estamos refiriendo a la confianza del fariseo que entraba en el Templo de Dios sin vacilación. Esta es una falsa confianza. Nos estamos dirigiendo a aquellos que han visto su propia vileza delante de la santidad de Dios y que, mirando a sus vidas diarias, se preguntan: "¿No se estará cansando Dios de mí?"

(Tomado de "Orad sin cesar", de FRANS BAKKER; libro que recomendamos)