Una minoría

 con dignidad

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       En una entrevista realizada en televisión a un conocido dirigente comunista, el entrevistador le preguntó, en cierto momento, como podía mantener su postura política cuando hay tan pocos que parecen compartirla, en comparación con los grandes partidos. A esto respondió apelando a la historia del cristianismo con referencia a los momentos cuando ha sido minoritario y ha estado a punto de desaparecer. ¡Quién lo iba a decir! ¡Qué desafío para los cristianos!

 

       No es cómodo estar en minoría en ningún ámbito (excepto, quizá, en el de los premiados por la lotería, quinielas, etc.). Sobre todo cuando se han tenido tiempo y oportunidades para aumentar en número. Todo huele a fracaso. Los demás se refieren a nuestro grupo con la hiriente contumelia (oprobio, injuria u ofensa) de ser “cuatro gatos”, y quizá en nuestro fuero interno lo pensemos nosotros también. 

 

       El evangelicismo español se encuentra en esas condiciones. Los últimos 130 años de nuestra historia no han supuesto un crecimiento numérico substancial. Es cierto que las persecuciones sufridas no han sido de ayuda en este sentido: la sangre (y sudor y lágrimas) de nuestros mártires ha sido una semilla poco fructífera. Pero los decenios de libertad que hemos disfrutado en tiempos recientes tampoco han producido el “ciento por uno” deseable. ¿Cómo responder a esta situación?

 

       Se puede reaccionar con pesimismo: limitarse a lamerse las heridas, llorar en el hombro del hermano, recordar tiempos mejores (si es que los hubo), criticarlo todo (excepto a nosotros mismos) y resignarse a lo que parece ser inevitable. Esto, por supuesto, es una actitud errónea e indigna de un cristiano.

Pero también se puede reaccionar con triunfalismo: aumentar el rebaño de forma artificial contando ovejas y cabras igualmente, ver avivamiento donde sólo hay rebumbio (ruido retumbante) y movimiento, informar de “decisiones” en vez de conversiones, etc. Esta postura no sólo es irreal y engañosa sino que queda inmediatamente desmentida por unas estadísticas medianamente honradas y una mera comprobación visual.

 

       Gracias a Dios hay un camino más excelente: ser una minoría con dignidad, y esto a base de reconocer honradamente las circunstancias externas, apreciar la realidad interna y, motivados por un santo inconformismo, esforzarse y trabajar por cambiar las cosas.

El pueblo de Dios siempre ha tenido y tendrá un carácter minoritario.La doctrina del remanente empapa toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Es cierto que hay grados de minoría, pero minoría al fin y al cabo. Cristo llamó a los suyos manada pequeña y advirtió que son pocos los escogidos: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lucas 12:32),”...porque muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mateo 20:16). Como dijo Pablo citando a Isaías: “Aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, sólo el remanente será salvo” (Romanos 9:27). Pero es más: cuantificar al pueblo de Dios es no sólo una pérdida de tiempo sino un peligro. Recordemos lo que ocurrió cuando David hizo un censo (1º Crónicas 21:1-2).

Lo que debemos hacer es centrarnos en la realidad espiritual del pueblo de Dios: que pocos o muchos, sus miembros han sido comprados con la sangre de nuestro Señor Jesucristo y que, como nos recuerda la Confesión de Fe de Westminster,el número de los elegidos “es tan cierto y definido que no se puede aumentar ni disminuir” (III, IV). ¿Acusaremos a Dios de no haber redimido un número suficiente de hijos?

Lo importante no es la cantidad sino la calidad del pueblo de Dios. Los 300 soldados de Gedeón fueron suficientes para poner en fuga a un ejército inmensamente superior en número (Jueces 7:7, 12). Lo importante, a fin de cuentas, no son los recursos humanos que nosotros podamos aportar, sino que “mayor es el que está (con nosotros), que el que está en el mundo” (1ª Juan 4:4). Como alguien ha dicho: “Uno con Dios es mayoría”.

Pero esta realidad no debe conducirnos a la indolencia, sino a la lucha. Como dijo Joab a su hermano Abisai: “Esfuérzate y mostrémonos valientes por amor a nuestro pueblo...y que el Señor haga lo que bien le parezca “ (1º Crónicas 19:13). Esto no consiste en mero activismo, sino en algo mucho más profundo. La Iglesia podrá no ser numerosa, pero tiene que ser indispensablemente fuerte. Esta fortaleza se encuentra, ante todo, en un conocimiento profundo de Dios y su Palabra. Pero también en un compromiso inquebrantable con los principios bíblicos que rechace toda contemporización. Y, en el plano colectivo, debe haber lealtad y unanimidad con aquellos que, imbuidos de la misma mente y espíritu, busquen solamente la gloria de Dios en todas sus actuaciones.

 

       Querido hermano, si quieres, puedes cantar como nuestros antepasados: “Somos un pequeño pueblo muy feliz”, pero la enseñanza bíblica es otro cantar: somos un gran pueblo porque“grande es en medio de (nosotros) el Santo de Israel” (Isaías 12:6). Dejemos, pues, de contar, y empecemos a pesar al pueblo de Dios. Nos sorprenderán los resultados.



La excelencia de la Iglesia no consiste en multitud sino en pureza” (Juan Calvino)

No existen las iglesias pequeñas; todas las iglesias tienen el mismo tamaño a los ojos de Dios”

(A.W. Tozer)

La iglesia cristiana es gloriosa en su naturaleza misma” (R. B. Kuiper)

                                                                                                                                      

                                                                                                                                       (D. C. M.)

 

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

VERDADERA ORACIÓN EN EL ESPÍRITU 

"El hombre que presenta de veras una petición a Dios  jamás podrá expresar con su boca o pluma los inefables deseos, experiencias, afectos y anhelos que subieron al Señor en aquella oración. Las mejores oraciones contienen a menudo más gemidos que palabras ; y las palabras que contienen no son sino una sombra pobre y superficial del corazón, la vida y el espíritu de esa oración. No están escritas las palabras de la oración que pronunció Moisés cuando partió de Egipto y fue perseguido por Faraón ; pero sabemos que hizo resonar el cielo con sus clamores; clamores producidos por los indescriptibles e inescrutables gemidos de su alma en y con el Espíritu. Dios es Dios de espíritus, y sus ojos calan hasta el corazón. Dudo que tengan este detalle en cuenta aquellos que pretenden ser considerados como pueblo de oración.

 

Cuanto más se acerca un hombre a la perfección en la obediencia de una obra mandada por Dios, tanto más difícil la encuentra; y ello se debe a que la criatura, como criatura no puede hacerla. Pero la oración (como antes se ha dicho) no es solamente un deber, sino una de las obligaciones más eminentes, y, por consiguiente, más difíciles. Bien sabía Pablo lo que decía, cuando escribió: "Oraré con el Espíritu" (1ª Corintios 14:15). Sabía muy bien que no era lo que otros hubieran escrito o dicho lo que podía hacer de él un hombre que ora; solamente el Espíritu podía hacerlo".

(De  la obra "La Oración", de John Bunyan y Thomas Goodwin; trabajo que recomendamos para edificación).

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 Ante la grave preocupación existente en muchos creyentes de distintas iglesias y denominaciones sobre la antibíblica posición en que se están colocando muchos pastores, en relación al concepto de  autoridad y obediencia exigidas arbitrariamente en ciertas  iglesias; olvidando o ignorando, en todo caso, que la máxima autoridad no es el hombre sino Jesucristo por medio de su Espíritu, transcribimos un  clarificador escrito con el fin de establecer la firme verdad de la Palabra sobre tan importante doctrina:

 

"Cristo es la Cabeza única de la Iglesia que es su Cuerpo. En ningún lugar de las Escrituras se hace mención de alguna otra en ningún sentido, ni literal ni figurado, ni visible ni invisible. No hay absolutamente nadie en quien Cristo haya delegado la Facultad de ser Cabeza. 

La dignidad de la Cabeza de la Iglesia está íntimamente relacionada con la resurrección (v.18) y, en consonancia, con la muerte de la cruz. "Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios" (Rom. 8:34). Sólo Cristo murió. Sólo Cristo resucitó. Sólo Cristo ha sido dado como Cabeza a la Iglesia (Efesios 1:20-23).

"Para que en todo tenga la preeminen-cia". Cristo ostenta la primacía en todo lo que concierne a autoridad sobre la Iglesia. Sólo El es el Maestro y el Legislador, el Señor y Juez."

 (De "Cristo, el incomparable", de José M. Martínez)