Un  fuego  modera-

damente caliente

 

Tenemos la impresión de que existe una agenda secreta para traer a nuestro país la nueva Reforma que propugnamos de una forma tan sutil, moderada e inapreciable que, precisamente por eso, nadie parece percatarse de que se esté produciendo. Nuestro impacto en el mundo evangélico tiene un valor poco más que testimonial. El evangelicismo español (en términos generales) se mueve en una dirección muy distinta a la que consideramos deseable.

 

Nadie duda de que hay hermanos que, con las mejores intenciones, desean cambiar la situación hacia posiciones más bíblicas, más fieles al cristianismo histórico. Lo que cuestionamos es que los medios y estrategias empleados sean los más adecuados para alcanzar dichos fines.

 

A nuestro parecer , el problema principal radica en el tipo de cristiano y, especialmente, de dirigente que buscamos. Este se podría caracterizar por un “fuego moderadamente caliente”

Ese es, aparentemente, el híbrido que muchos desean producir a toda costa con objeto de demostrar en el plano espiritual lo que siempre ha probado ser imposible en el plano físico. Se quejan de la frialdad de las iglesias, de la apatía de los creyentes, de la mediocridad de los jóvenes. Hasta puede ser que, en vista de esto, oren por un avivamiento.

Pero cuando viene el fuego del celo, el entusiasmo y la pasión espiritual y doctrinal, muchos se quejan. Les parece excesivo. Olvidan lo que dijo Spurgeon: “Nunca he encontrado aún un fuego que seamoderadamente caliente”. ¿Qué tipo de persona se está buscando, pues?

 

Alguien que no sea “anti-nada”. Hay que ser positivos, hablar bien de todo y de todos o guardar un discreto silencio en cuanto a lo que nos parece equivocado.

Alguien que no sea un Quijote. Un Sancho realista evita mucho mejor esos “entuertos” que su caballero afronta constantemente.

Alguien que no utilice palabras prohibidas, como elección o predestinación. No importa que estén en la Biblia: podrían herir la sensibilidad de algunos creyentes.

Alguien que diga lo que todos los demás (o muchos, al menos) están diciendo (cf. 2º Crónicas18:12).Predicar en el desierto es un ejercicio impopular en nuestros días.

Alguien que pueda ser intelectual y tener grandes conocimientos, siempre que su uso no cree problemas ni controversias.

Alguien cuyo talante esté en consonancia con estos tiempos tan tolerantes que nos ha tocado vivir.

Debe prescindir de dogmatismos trasnochados y cultivar lo políticamente correcto. Un político pragmático tiene más probabilidades de supervivencia que un profeta idealista e iluminado.

Alguien que esté bien “cuerdo” y sea tenido por tal. No importa que tanto Jesús como otros siervos del Señor fueran tildados de locos y necios (2º Reyes 9:11; Juan 10:20; Hechos 26:24: 1ª Corintios 4:10). Eran otros tiempos.

Alguien que sea realista:es importante tener principios y convicciones, pero siempre que no interfieran con el buen éxito de la empresa.

Alguien que sea totalmente interdenominacional y que, si pertenece a alguna denominación, actúe como si no perteneciera. Lo importante es que sea aceptado en toda clase de círculos. Debe hacer suyo el principio (tan malentendido) de Pablo:“A todos me he hecho de todo”(1ª Corintios 9:22 LBLA).

Alguien que pueda sentir un “fuego ardiente encerrado en (sus) huesos”(Jeremías 20:9 LBLA), pero que sepa guardarlo in pectore.

 

Este tipo de persona, desde luego, podrá considerarse moderada, pero difícilmente fogosa. Tanto bíblica como históricamente, no encontramos ejemplares de ese tipo. Ni los jueces, ni Samuel, ni Elías, ni Nehemías, ni Juan el Bautista ni el apóstol Pablo fueron hombres“moderadamente calientes”. Tampoco lo fueron Lutero, Calvino, Zwinglio, Farel, Cromwell, Spurgeon y otros personajes históricos grandemente utilizados por Dios. La Reforma del siglo XVI no se llevó a cabo mediante hombres de paja. Fueron dirigentes fogosos, exaltados, extremados, tajantes; y también por ello, es cierto, cometieron errores y crearon problemas. ¿Pero quién duda de su contribución esencial a la causa de Dios?; ¿quién no los alaba por sus logros?

Sin embargo, si esos mismos hombres resucitaran y actuaran de igual manera en nuestras iglesias, serían expulsados de todas partes y condenados al ostracismo. Muchos se sentirían incómodos si su fuego se manifestara en medio de nosotros. Pero antes de juzgarles, preguntémonos si estamos teniendo un impacto que sea la mínima parte del de ellos.

 

Existe una especie de burocracia o respetabilidad espiritual que obstaculiza y sofoca cualquier iniciativa que vaya en contra de las normas establecidas que, por supuesto, se consideran bíblicas e inamovibles. Así, la mujer encorvada tendrá que esperar al día siguiente para ser sanada, porque hoy es día de reposo (cf.Lucas 13:10-17). Una de las maldiciones de la era victoriana en Inglaterra fue la moderación, la corrección, el estilo impecable,etc. Por eso muchos en aquella época despreciaban a Spurgeon por su estilo llano y directo que llegaba a las masas. Con razón, el Dr. Lloyd-Jones acusaba a algunos de su tiempo de ser “completamente ortodoxos y completamente inútiles”.

 

¿Y qué diremos de los avivamientos? En ellos se producen excesos indeseables y manifestaciones extrañas, pero ¿quién se atrevería a negar la realidad esencial de una obra del Espíritu Santo en tales ocasiones? Sin embargo, Brian Edwards relata cómo “el avivamiento que llegó en tiempos de Evan Roberts fue denunciado por un pastor congregacionalista, Peter Price, como 'una falsedad (…) una mofa, un disfrazblasfemo de la verdad'”.

No es de extrañar, pues, que el Dr. Lloyd-Jones nos diga que“en su miedo a los excesos y al frenesí emocional que tan a menudo se ha confundido con la verdadera obra del Espíritu, hay muchoscristianos que han sido culpables de apagar el Espíritu” (libro “Dios el Espíritu Santo”, pag. 307).

 

Es ahí, precisamente donde radica el problema y también la solución. La actitud correcta no es tanto apagar como controlar. Todo fuego necesita ser controlado. Como dice el anuncio: “La potencia sin control no sirve para nada” Pero no confundamos controlar con apagar. Por supuesto, hacemos bien en rechazar cualquier “fuego extraño”, pero es un error ponerle esa etiqueta al fuego que viene del Señor. “No apaguéis el Espíritu”, es la sabia amonestación paulina. Cuando el propio pueblo de Israel ató a Sansón -quien estaba manifestando (literal y metafóricamente) un “fuego inmoderado”-- para entregarlo a los filisteos (Jueces15:13-14), lo que estaba haciendo no era controlar sino apagar la llama de la esperanza de una liberación. Ni siquiera los discípulos entendieron a Jesús cuando arrojó a los mercaderes del Templo. Seguramente algunos le acusaron de inmoderado, excéntrico o extremado. Hasta el Dr. Lloy-Jones h a sido acusado de abrir la puerta al carismatismo por creer que el Espíritu Santo puede avivar o bautizar a los creyentes.

 

Las dos necesidades más apremiantes del pueblo evangélico hoy son reforma y avivamiento.Una reforma que nos devuelva la fidelidad a la Biblia y un avivamiento que dé a la Iglesia el poder que necesita. Y si bien ambas son, esencialmente, una obra soberana de Dios, no es menos cierto que los métodos de Dios son hombres. Y los hombres que Dios utiliza son (como hemos probado) a menudo incómodos.

Necesitamos dirigentes que prediquen sin temor la sana doctrina, especialmente las doctrinas de la gracia, que hoy, en términos generales, apenas se predican. Lo que a veces se llama un “secreto familiar” (solo para creyentes) ha pasado a ser un “secreto ministerial” (solo para ser tratado entre pastores de la misma persuasión). ¿Cómo, pues, podemos pretender que la preciosa verdad de la soberanía de Dios cale hondo en el evangelicismo moderno y lleve a cabo su efecto transformador? Pero no se piense que aquí abogamos por una mera insistencia en unos cuantos puntos doctrinales a modo de caballo de batalla. Aquí de lo que se trata es, en primer lugar, de sentir en nuestro corazón el fuego de la gracia de Dios hasta que nos haga arder de amor y gratitud hacia Aquel quede antemano (…) preparó para gloria los vasos demisericordia” (Romanos 9:23 LBLA). Esto es lo que Spurgeon llamaba “la gracia de las doctrinas”. Y cuando esto sea una realidad en nuestras vidas, y en nuestra meditación se encienda fuego (cf. Salmo 39:3),entonces el fuego saldrá de nosotros espontáneamente y consumirá a nuestro alrededor, quemando la superficialidad y el humanismo que tanto abundan.

 

Asimismo necesitamos dirigentes que anhelen y experimenten un verdadero avivamiento en sus almas que se contagie a los demás. Pero ”pedimos –decía Spurgeon-- el verdadero fuego pentecostal, y no unas chispas encendidas por la pasión humana”. En otras palabras, el fuego y el avivamiento deben venir de lo alto: no de la bajeza de los deseos y artimañas de la carne.

 

Querido hermano, no tomes a la ligera la advertencia del Señor: “¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puestoque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”(Apocalipsis 3:15a-16 LBLA) No intentes moderarel fuego celestial con tu carácter, tu tradición, tu trasfondo eclesiástico o tus prejuicios. Por el contrario, dejemos que el fuego consumidor del Espíritu se apodere de nosotros y de todo nuestro país para la sola gloria de Dios.

 

                                                                 (D.C.M.)

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      EL PREOCUPANTE DETERIORO 

        DEL MINISTERIO PASTORAL

"Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar.; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?; no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo."   (1ª Timoteo 3:1-7).

 

El ministerio pastoral es, sin duda alguna, el cargo más honroso  que el Señor ha podido conceder a aquellos que Él ha elegido y adoptado como hijos amados por medio de la obra redentora de su Hijo Jesucristo.

Pero, a su vez, el pastor está obligado por la propia Palabra de Dios, y por su compromiso delante de Aquel que lo eligió y llamó de entre muchos hermanos para  tan privilegiado trabajo en la Iglesia del Cordero de Dios,  a cumplir -responsable y fielmente- las ordenanzas y obligaciones inherentes a su cargo. Pero debe hacerlo con un corazón humilde, dispuesto y  abnegado; mostrando el mismo amor y solicitud hacia las almas que Jesucristo, el Príncipe de los pastores; el perfecto y único modelo para su vida y ministerio.

 

Ante la proliferación de comportamientos ministeriales que están produciendo gran dolor y sufrimiento a las ovejas del Señor, , conviene hacernos la siguiente doble pregunta: ¿Tienen estos hombres realmente el llamamiento de Dios para ministrar? ¿Están capacitados para asumir las demandas de Dios y de la Iglesia?

Consideramos que muchos de estos llamados pastores deberían meditar en las Escrituras, con oración y ayuno,  si sus vidas se ajustan a las condiciones exigidas por el Señor de la grey. En caso contrario, deberían abandonar aquello para lo que no están llamados ni capacitados. ¡Sería beneficioso  para sus vidas espirituales y para las de los propios creyentes!                                                      (J.Mª V.M.)

      ¿Evangélicos o protestantes?

Un hermano muy querido, de aquellos que  aún están comprometidos, gracias al Señor, con la línea conservadora del Evangelio, no de aquellos que han sido arrastrados por las novedosas influencias neoliberales que dominan a la iglesia actual, me informó de cierta reunión  en la que se trataron asuntos muy diversos.

Uno de ellos, de suma importancia para la marcha de las congregaciones de esa ciudad, fue la aprobación de un documen-to muy trabajado por los responsables del mismo. En él se denominaba a la iglesia de dos maneras distintas: iglesia evangélica o iglesia protestante.

Un cierto participante de esa reunión, al tener conocimiento de que se empleaba la palabra "protestante" mostró su discon-formidad con su uso, argumentando que "somos evangélicos", no protestantes, ya que "eso quedó atrás y no tiene nada que ver con nosotros".

Resulta muy extraño, a todas luces, que escaso tiempo después de que "toda" la iglesia evangélica haya celebrado con enorme resonancia  el V Centenario de la Reforma Protestante, donde todas las corrientes evangélicas de nuestro país han participado entusiásticamente en todas las reuniones y ponencias, empiecen ahora a cuestionar su identidad protestante.

 

Por ello, no resulta difícil suponer que todo ha sido un aprovechamiento interesado de una efemérides honrosa que para los verdaderos protestantes ha significado un sentido y justo recuerdo hacia aquellos valientes y fieles hermanos  que nos han precedido. ¿Qué podrían pensar los integrantes de esta larga lista de héroes de la fe de estas actitudes reticentes hacia ellos, hombres íntegros, consagrados,  que se consideraron honrados por ser llamados cristianos protestantes aún a costa de sus propias vidas? Corresponde a cada cual dar una respuesta sincera a esta pregunta. La nuestra no admite dudas:  ¡Nos sentimos muy honrados de ser protestantes!