LA IGLESIA NECESITA

UNA NUEVA REFORMA

 

La Reforma del siglo XVI ha sido calificada -incluso en círculos evangélicos- como de “trágico error”. Y si bien la mayoría de nosotros nos llevaríamos las manos a la cabeza ante semejante afirmación, no es menos cierto que los evangélicos españoles, en general, “pasan” de la Reforma.

 

En la literatura evangélica de habla hispana se aprecia una notable ausencia del tema de la Reforma. El escaso material disponible goza de poca popularidad y menos circulación. Y si encuestamos a nuestro pueblo sobre el particular, nos toparemos con una supina ignorancia en un elevado porcentaje de casos.

Lo más preocupante, sin embargo, es la actitud generalizada de indiferencia, cuando no de desdén, hacia la Reforma. Algunos evangélicos parecen sentirse incómodos e incluso avergonzados de sus raíces históricas, y más de una iglesia se considera como la redescubridora del cristianismo bíblico por primera vez desde los apóstoles (!).

 

Ese es, sin embargo, el error de las sectas. El cristianismo bíblico, por el contrario, debe trazarse en línea ininterrumpida desde Abel hasta nuestros días, incluyendo de forma destacada la Reforma. Como tantas veces se ha dicho: “El pueblo que desconoce (u olvida) su historia está condenado a repetirla”. Como herederos espirituales de la Reforma, no sólo tenemos el deber de conocerla, sino también de asumirla y aprender las importantes lecciones que tiene que enseñarnos. De esta manera no sólo evitaremos cometer los errores del pasado, sino que avanzaremos con paso firme en la senda de la verdad.

 

La Reforma del siglo XVI fue un poderoso movimiento del Espíritu de Dios, mediante el cual El obró para librar a su iglesia de la cautividad babilónica en que se hallaba, devolviendo a su Palabra el lugar que le correspondía y echando por tierra los errores y tradiciones que se le habían añadido. La Reforma es el instrumento usado por Dios para hacer llegar hasta nosotros el Evangelio en toda su pureza. Nuestra deuda con ella es incalculable.

 

Una de las grandes lecciones de la Reforma consiste en que la iglesia debe estar en un constante proceso de reforma. Como John R. W. Stott nos recuerda: “Cada iglesia debe estar empeñada en una continua auto-reforma”. La Reforma no debe ser una pieza de museo para ser admirada, sino una realidad actual para ser vivida y proclamada. Cada generación de creyentes necesita una nueva reforma.

 

¿Quién puede poner en duda que necesitamos una reforma? ¿Cómo podemos permanecer impasibles cuando el ecumenismo, el liberalismo, el humanismo, la superficialidad y la mundanalidad -por citar algunos ejemplos- se nos están colando en nuestra iglesias? Con el profeta Jeremías hemos de exclamar: "Quebrantado estoy por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo.”(8:21), y exhortar al pueblo: “Preguntad por las sendas antiguas” (6:16). Con el buen rey Josías hemos de emprender una reforma que erradique la idolatría y el error del pueblo de Dios (2º Crónicas 34).

 

No nos dejemos llevar por la actitud “de los reposados de Sión, y de los confiados en el monte de Samaria” (Amós 6:1). No permitamos que nos engañen los falsos profetas del triunfalismo, que dicen: “Paz, paz, y no hay paz” (Jeremías 8:11), aquellos que “no se afligen por el quebrantamiento de José” (Amós 6:6), los que se encogen de hombros ante los errores doctrinales, sin darse cuenta que, como ha dicho Juan Blanchard, “la indiferencia doctrinal no es una solución al problema de las diferencias doctrinales”.

 

El concepto de reforma, sin embargo, no sólo conlleva connotaciones negativas, sino también positivas. No se trata sólo de denunciar el error, sino también de proclamar la Verdad. Queremos, pues, alzar desde aquí , por causa de la Verdad, la bandera que Dios ha dado a los que le temen (Salmo 60:4); dar un sonido claro, porque “si la trompeta diere sonido incierto ¿quién se preparará para la batalla?”(1ª Corintios 14:8). Queremos levantar muy alto el lema de la Reforma:“Sola fe, sola gracia, sola Escritura, Solo Cristo, Solo a Dios gloria.” Queremos anunciar “todo el consejo de Dios”(Hechos 20:27), y no sólo las doctrinas que resulten aceptables a la mayoría.

Sobre todo, queremos devolver a nuestro pueblo un concepto alto de Dios. Erradicar la idea de un Dios pequeño, limitado, débil y manipulado por la voluntad del hombre, y proclamar a un Dios soberano, sentado en su trono, rodeado de gloria, gobernando su iglesia y, el mundo, sin que nadie “detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Daniel 4:35).

 

Querido hermano, quienquiera que seas, tú también tienes el enorme privilegio y responsabilidad de participar en este movimiento reformador. Recibe y propaga el mensaje de la Reforma. Por amor a Dios y a su reino. Y a Él solamente sea toda la gloria.

 

                                       D.C.

 

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

  LA ABNEGACIÓN QUE DIOS DEMANDA

"Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" . (Mateo 16:24)

 

Todo discípulo de Jesucristo de asumir que si quiere seguir al  Maestro, si decide ir en pos de Él, debe considerar si está dispuesto a afrontar las dos demandas del Señor: negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día.  No es una opción voluntaria que hay que meditar, sino una demanda que hay que cumplir como discípulo fiel y verdadero de Jesús. 

Por otro lado, también hay que considerar que la negación de sí mismo es imprescindible para la propia perfección y santidad espiritual. Negarse a sí mismo es negarse a nuestro amor  propio; es dejar de amar la propia vida, los bienes y atracciones de este mundo y la fuerte seducción de la carne y de los sentidos; en definitiva, todo aquello que domina y esclaviza nuestro corazón.   (J.Mª V.M.)

         LA GRAN OCUPACIÓN DEL

                   FIEL MINISTRO

  "La gran obra del ministro, en la que debe radicar su fortaleza de cuerpo y mente, es la predicación. Por flaco y despreciable, o loco (en el mismo sentido en que llamaron a Pablo loco) que pueda parecer, es el gran instrumento que Dios tiene en sus manos por el que los pecadores serán salvos y los santos serán hechos aptos para la gloria. Plugo a Dios , por la locura de la predicación, salvar a los que creen. Fue para ello que nuestro bendito Señor dedicó los años de su propio ministerio. ¡Oh, cuánta honra ha dado Jesús a la obra de la predicación, al predicar Él en las sinagogas, o en el templo, o bien sobre las quietas aguas del mar de Galilea! ¿No hizo Él a este mundo como el campo de su predicación? Esta fue la la gran obra de Pablo  y de todos los apóstoles. Por esto dio el Señor el mandamiento: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio". ¡Oh, hermanos, ésta es nuestra gran obra!  Buena obra es visitar a los enfermos, y enseñar a los niños, y vestir a los desnudos. Bueno es también atender el ministerio del diaconado; también lo es escribir o leer libros. Pero la principal y más grande misión es predicar la Palabra. "El púlpito --como dijo Jorge Herbert-- es nuestro gozo y trono." Es  nuestra torre de alerta. Desde aquí hemos de avisar al pueblo. La trompeta de plata nos ha sido concedida. El enemigo nos alcanzará si no predicamos el evangelio.              (Robert M. McCheyne)