¡Se han llevado a mi Señor!


Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé donde lo han puesto” (Juan 20:13)

 

       Una de las características alarmantes del evangelicismo moderno es la notoria ausencia de una predicación cristocéntrica. Aun en los casos (no muy frecuentes, por desgracia) en que se expone fielmente la Biblia, Cristo no suele ser el protagonista. Se pueden traer a la atención de los oyentes multitud de doctrinas bíblicas -todas ellas justas y necesarias- y hasta se llegará a mencionar a Jesús de paso; pero el alma, la esencia y el fundamento del mensaje no están centrados en la divina persona del Hijo de Dios, y menos aún en su Cruz. Cristo parece estar de incógnito en la Iglesia del siglo XXI.

 

       La situación, desde luego, no es nueva. Hace ya siglo y medio, el gran predicador Carlos H. Spurgeon se quejaba de esta carencia. Decía en uno de sus sermones: “La pobre María dijo: “Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto”(Juan 2013). Y podría decir lo mismo en nuestros días si pudiera resucitar del sepulcro”. Y a continuación añadía: “¡Oh, tener un ministerio que exalte a Cristo! ¡Oh, tener una predicación que magnifique a Cristo en su persona, que exalte su divinidad, que ame su humanidad!; ¡tener un ministerio que le muestre como profeta, sacerdote y rey a su pueblo!; ¡tener una predicación mediante la cual el Espíritu manifieste al Hijo de Dios a sus hijos!; ¡tener una predicación que diga: "Mirad a mí, y sed salvos todos los términos de la tierra"  ( Isaías 45:22)!; ¡predicación del Calvario, teología del Calvario, libros del Calvario, sermones del Calvario!”. Hoy, esta necesidad es aún mayor si cabe.

      

        ¡Qué lejos parecen aquellos días de la Reforma en que se proclamaba el lema “solo” Cristo! La Iglesia moderna parece marchar bajo un estandarte sin Cristo. No negamos que, al evangelizar, se presente a Cristo, pero se trata de una especie de Jesús utilitario que sirve como remedio para toda clase de problemas psicosociales más bien que del Señor de gloria que recibe a pecadores que, conscientes de su pecado y su justa condenación, huyen de la ira venidera. Y si nos referimosa la edificación de los santos, el fundamento parece un amasijo de moralidad y buenas costumbres con ribetes de santidad en lugar de la Roca que es Cristo. No solo se edifica con madera, heno y hojarasca, ¡sino que además se hace sin fundamento! 

 

       Spurgeon se lamentaba de su tiempo: "¿No has escuchado nunca un sermón que te ha hecho sentir que si Cristo descendiese en ese momento sobre el predicador, le diría: ¿Qué estás haciendo? Para que estás aquí? te envié a que predicases acerca de mí y, sin embargo, estás predicando otras cosas. Vete a tu casa y aprende de mí, y entonces ven y habla". El sermón que no conduce a Cristo, que no habla de Él del principio al fin, es un tipo de sermón que haría reira los demonios en el Infierno, pero que haría llorar a los ángeles, si estos pudieran hacerlo".

 

      El comezón de oídos que profetizaba Pablo se manifiesta hoy en día en una marcada desgana hacia la predicación. Los mensajes deben ser cada vez más cortos y amenos. El poco tiempo disponible hay que llenarlo con temas de actualidad, anécdotas y pinceladas (o brochazos) de humor, por lo que queda poco tiempo para hablar seriamente de Cristo. Lo importante es que haya mucha música (eufemísticamente llamada alabanza) y mucha participación sentimentaloide. La cristología parece ser una mera asignatura de seminario que se archiva cuando el estudiante pasa a trabajar en la obra.

 

       ¿Y la Cruz? La Cruz ha desaparecido también. La encontraremos, como el arpa de Bécquer, cubierta de polvo en el desván de muchas iglesias "modernas" que prefieren poner en escena un poco de teatro, música rock y cosas por el estilo que resultan más atractivas al hombre natural. ¡Ah, eso sí, encontramos grandes cruces de madera colocadas en los paredes frontales de muchos lugares de cultos, mientras se ignora en los púlpitos!

¡Qué gran error! La centralidad de Cristo y de la Cruz son temas recurrentes en el Nuevo Testamento (por no remontarnos a las profecías, tipos y símbolos del Antiguo).

 

       El apóstol Pablo apenas podía construir tres frases seguidas sin matizar "en Cristo". Según el Apóstol, fuimos escogidos en Él, sellados en Él. Y no solo esto. Pablo insiste en que hemos sido crucificados, sepultados y resucitados con Cristo y en que estamos sentados con Él en los lugares celestiales (Efesios 1:20)Especialmente, la Cruz y la muerte de Cristo constituyen el estribillo del cántico del Cordero que entona todo el Nuevo Testamento. Lo que para el mundo era motivo de horror, vergüenza y escándalo, para los Apóstoles era motivo de gloria y satisfacción: "Jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo", decía Pablo (Gálatas 6:14 ).

 

       Todas las doctrinas de la Escritura tienen su lugar y su importancia. Debemos predicar "todo el consejo de Dios". Pero Cristo es el hilo conductor de toda la trama bíblica. Quitar o pasar por alto a Cristo es como tener una novela sin argumento, un matrimonio sin amor, un negocio sin dinero, un automóvil sin motor, un velero sin velas.

 

       ¿No es esta notoria ausencia de Cristo la causa de muchos males que aquejan a la Iglesia moderna? Jesús está siendo sustituido, por un lado, por el subjetivismo, el emocionalismo y las experiencias y, por otro, por formulaciones doctrinalesáridas y secas mezcladas con filosofías humanas. Con semejante dieta, ¿qué estado espiritual podemos esperar de los creyentes? ¿No es la carne y la sangre de Jesús la verdadera comida y bebida de los hijos de Dios?¿No es su muerte la que nos da vida? ¿No es su expiación la que da paz a nuestro espíritu?¿No es su resurrección la que nos da la victoria? ¿Cómo, pues, podemos estas cosas a un lado ni por un momento? Como dice Pablo: "¿Habiendo comenzado por el Espíritu, vais a terminar ahora por la carne?" (Gálatas 3:3).

 

       Querido hermano, si has llevado al Señor a tu iglesia y no se sabe dónde le han puesto, tu deber es llamar a capítulo a los responsables e ir a buscarlo en el único lugar posible: la Escritura; y una vez encontrado allí, tráele de nuevo a tu iglesia, a tu predicación, a tus cultos, a tu evangelización. No descanses hasta que Cristo "tenga en todo la primacía" (Colosenses 3:18) y que, como ocurrió en Efeso, "el nombre del Señor Jesús (sea) exaltado" (Hechos 19:17).

 

                                                                                                   (Revista "Nueva Reforma")

 

 

 



 



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     La misericordia y la justicia

"El hombre misericordioso percibe los peligros de la injusticia, pues ésta contiene un veneno  comunicativo que pasa de aquél que comete la injusticia a aquél que la padece, y engendra en éste un deseo de devolver mal por mal.; y esto lo haría a su vez injusto. 

La primera batalla del hombre miseri-cordioso se libra en su propio corazón.: debe vencer en sí mismo el deseo del mal, que por fuera se reviste de la justicia lesionada, y debe vencer los sobresaltos del amor propio herido, con el fin de que se sobreponga la voluntad de bien, la misericordia, que hace a la justicia dinámica y generosa. Así el bien empieza a sobreponerse al mal en nuestro corazón, siguiendo la recomendación de san Pablo: "Sin devolver mal por mal; procurando lo bueno delante de todos los hombres" (Romanos 12:17).

Habiendo de esta manera expulsado la dureza mala del espíritu de venganza, el misericordioso sabrá mejor que nadie juzgar con clarividencia y con benevolencia lo que conviene hacer en favor de la verdadera justicia.

Comprenderá que no puede contentarse con restablecer una justicia externa, sino que al mismo tiempo debe dar testimonio a favor de la justicia misericordiosa de Dios que ha aprendido, que él mismo ha recibido a pesar de sus faltas.

Sabrá ver en el perdón juiciosamente aplicado, generosamente practicado, la mejor arma de la que dispone para abrir los caminos de la justicia de Dios y tocar el corazón de quien le ha ofendido."

(Texto: Servais Pinckaers/Ilustración: obra de Pelegris Clavé i Roquer)

                  La guerra cristiana

La razón por la que tantos cristianos fracasan en toda su vida es sencilla-mente esta: aprecian demasiado bajo el poderío del enemigo. Mis queridos amigos, ustedes y yo tenemos que contender con un terrible enemigo. Que no les engañe Satanás. A no ser que ustedes estén muertos espiritualmente, habrá guerra. Casi todo lo que nos rodea tiende a alejarnos de Dios. No es un solo paso desde Egipto al trono de Dios. Hay un viaje por el desierto y hay enemigos en la tierra. No crea ningún hombre o mujer que todo lo que hay que hacer es constituirse miembro de una iglesia; en esto no se encuentra la salvación. La cuestión es ¿están ustedes constantemente venciendo al mundo? O de lo contrario, ¿está venciendo el mundo a ustedes? ¿Tienen ustedes hoy más paciencia que hace cinco años? ¿Son ustedes más amables? Si no, el mundo les está venciendo,aun cuando sean ustedes miembros de una iglesia. En la epístola que Pablo escribió a Tito, él dice que hemos de ser sanos en paciencia, en la fe y en el amor  (Tito 2:2). Hay muchos cristianos que son en parte buenos, pero en otras malísimos. Parece que nada más un pedacito de ellos se ha salvado. Sus caracteres no están redondeados. Esto solamente es el resultado de no haber sido enseñados que tienen que luchar contra un terrible enemigo." (Tomado de "La Vida Vencedora", de D.L.Moody

 /Ilustración: John Wycliffe frente a sus acusadores católicos.)