¿Qué es el hombre. . .?

"Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos; la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?"(Sal. 8:3-4

 

          Hace unos días tuve el gozo de poder ver cumplido un antiguo deseo que desde la propia ciudad era difícilmente realizable: el poder disfrutar con una limpia y hermosa noche estrellada, similar a la  vivida por el salmista. Allí, en una suave altura, sentado reposadamente en la fresca hierba, sin ruidos ni invasiones luminosas que pudieran velar la obra maravillosa del Gran Creador, pude deleitarme ante tamaña belleza salida de sus benditas manos, y alabarle en silencio con palabras de su propia revelación: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Salmo 19:1). En presencia de tan maravilloso y centelleante firmamento, no pude evitar que viniese a mi memoria un texto que habla de la insensatez del hombre frente a una evidente e incuestionable muestra de la existencia de Dios y de su poderosa obra: "Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido" (Romanos 1:20-21).

 

          De igual manera, ante la infinita grandiosidad de aquello que mis torpes ojos querían acaparar como un todo --algo imposible para una limitada mirada humana-- surgió en mi corazón una pregunta que desde hace muchos siglos ha venido interpelando a la humanidad: "¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?" (Salmo 8:3). El rey David, a pesar de su opulenta vida como monarca de Israel, se hizo esta pregunta muchas veces. Él vivió -muy posiblemente- muchas noches sin otear el hermoso cielo de Jerusalén, pero alguna vez sí que miró profundamente a su corazón debilitado por los deseos de la carne, llegando a derramar su alma agradecida ante tanto amor recibido de su Dios: "Oh Jehová, ¿qué es el hombre, para que en él pienses, o el hijo del hombre, para que lo estimes?" (Salmo 144:3). La respuesta muestra la humilde actitud de este varón de Dios: "El hombre es semejante a la vanidad; sus días son como la sombra que pasa" (Salmo 144:4).

No fue David el único que llegó a hacerse esta importante pregunta. El sufrido y paciente Job, en una de sus respuestas a su amigo Elifaz, se dirige a Dios con desgarradora angustia: "¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, y para que pongas sobre él tu corazón?" (Job 7:17).

 

          La respuesta a esta trascendente pregunta, la encontramos al principio de la Biblia: "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, entoda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra, Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó" (Génesis 1:26-27). El hombre salido de las manos de Dios no es ningún “animal racional”, o producto de este o aquel proceso evolutivo. Es un ser creado a imagen y semejanza de su propio Creador. De ahí el valor de la vida humana. A partir de ese momento, es una criatura dependiente de Aquel que le ha dado forma y vida. Solo él ha recibido el soplo divino para pasar a ser un ser viviente” (Génesis 2:7). Solo él fue hecho menor que los ángeles, siendo coronado de honra y gloria. Solo él, por voluntad soberana de su Señor, fue colocado con autoridad sobre las obras de Dios (Génesis 1:26; Salmo 8:5-8). Solo él es llamado corona de la creación. Solo, por último, él fue creado para vivir eternamente en comunión con su Hacedor. Por todo esto, el hombre debe conocerse a sí mismo y conocer el plan de Dios para su vida; propósito divino que fue truncado trágicamente por la decisión rebelde del propio hombre. De esta manera, la muerte y no la vida se enseñoreó de él y de su descendencia (Romanos 5:12; 6:23).

 

          Por último, el ser humano debe reconocer tres cosas decisivas para su vida: su estado de muerte espiritual y de separación eterna de su Creador; su impotencia para salvarse por sí mismo y ser consciente de que la única manera de restaurar su comunión con Dios es creer en Jesucristo y confesarlo como su Salvador y Señor (Romanos 10:9). No debemos olvidar, que fue creado no sólo para contemplar las estrellas, sino también para señorear  sobre ellas.

(Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/ Ilustración: Monumento  "Las Tres Edades del Hombre", obra de Nuria Guerra ubicada en Jerez de la Frontera)

 

 

 

 

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       LA DISCIPLINA EN LA IGLESIA

"Una Iglesia que no llamara pecado al pecado no podrá encontrar la fe c uando querrá perdonar el pecado --escribió Dietrich Bonhoeffer--,

Cometerá un pecado contra lo santo, andando de forma indigna del Evange-lio. . . Este es el uso correcto del poder de las llaves (Mat. 16:19; 18:18; Juan. 20:23), dado por el Señor a la Iglesia y del que los reformadores hablaban aún con tanta energía. Por amor a las cosas santas y a la Iglesia, hay obligación de utilizar las llaves. . .el ejercicio del control eclesiástico (o disciplina eclesiástica) es necesario para que la Iglesia camine de forma digna del Evangelio. . . La comunidad separada del mundo debe ejercer en su seno el control eclesiástico. Esto no sirve para edificar una comunidad de hombres perfectos, sino para construir  la comunidad de los que viven realmente bajo la misericordia divina que perdona. El control eclesiástico (la disciplina de la Iglesia) está al servicio de la gracia cara de Dios . . . El origen de todo ejercicio de control sigue siendo el anuncio de la Palabra."

 

Y en otro lugar el mismo autor escribe, en sintonía con el pensamiento de Lutero:  "El pecado contra la doctrina es más grave que el pecado contra la buena conducta. Quien roba el Evangelio a la comunidad merece una condenación ilimitada, mientras que el que peca en su conducta puede contar siempre con el Evangelio. La falsa doctrina corrompe la fuente de la vida de la Iglesia y de la disciplina comunitaria."

La disciplina doctrinal se aplica, ante todo, al portador del magisterio en la Iglesia.  El presupuesto de todo esto es que, al conferir un cargo, existe la garantía de que el ministro es "didaktikós", apto para la enseñanza (1ª Tim. 3:2; 2ª Tim.2:24; Tit. 1:9), "capaz de enseñar también a los otros" (2ª Tim. 2:2), y que a nadie se le imponen las manos precipitadamente, porque, de lo contrario, la culpa recaería sobre el que las haya impuesto (1ª Tim. 5:27).                  (Texto:JOSÉ GRAU-Ilustración:"Pablo disputando con Pedro", de Rembrandt, Museo del Prado).

Falsedad del Romanismo: La Biblia Protestante es falsa.

"Contra esta afirmación lanzada por el Romanismo, más para su propio descrédito que para vituperio del Protestantismo, tenemos una sólida argumentación: No existe más que una Biblia.

Debemos ante todo rechazar este título de “Biblia Protestante” con que se pretende rebajar la augusta majestad del Libro Sagrado, porque tal clase de Biblia ni ha existido ni puede existir.

 

No hay más que una sola Biblia, la ver-dadera, la auténtica, la que fue dirigida por el Verbo augusto del Espíritu Santo y movió la pluma de todos y cada uno de los escritores piadosos que dieron al mundo el contenido de la misma. Hablar de “Biblia Protestante”es hablar de dos Cristos o Evangelios diferentes, cuando uno solo, en verdad, es el Cristo de Dios y una ciertamente su maravi-llosa doctrina de gracia y amor . . .

La razón suprema de esta afirmación descansa en que el Autor de las Sagradas Escrituras no es otro sino Dios y en Dios no cabe admitir dos volunta-des antagónicas, dos propósitos distintos y dos métodos de inspiración opuestos. Así como Dios es uno, su Palabra no puede ser sino una sola.

Admitir la hipótesis de una dualidad verdadera en la Revelación de Dios, equivaldría a dar por hecho una duali-dad de naturalezas en el Ser Supremo, cosa totalmente opuesta a la verdad. Si existieran dos Biblias  en el sentido absoluto de la palabra uno de ellas necesariamente habría de ser falsa. . .Sin embargo, insistimos en que no existe sino una sola Biblia auténtica, tanto por su contenido como por la expresión de sus libros y afirmamos que esa Biblia verdadera es la única que puede y debe ser llamada "Biblia de Dios" o "Sagradas Escrituras", "Pala-bra de Dios" o simplemente "Palabra."              (CLAUDIO GUTIÉRREZ MARÍN)