¿Qué debo leer?

 

Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura...” (1ª Timoteo 4.13)

 

La pregunta que constituye el título del presente artículo es de significativo peso y de una gran importancia práctica. Ella encierra mucho más de lo quizás estaríamos dispuestos a admitir. Un conocido refrán dice: “Dime con quién andas, y te diré quién eres”. También podríamos decir, con igual verdad: “Muéstrame tu biblioteca y te diré como te encuentras”. Nuestras lecturas, por lo general, pueden tomarse como el gran indicador de nuestra condición moral, intelectual y espiritual. Los libros constituyen el alimento intelectual y espiritual, la sustancia de la que se nutre el hombre interior. De ahí la seriedad y la responsabilidad en cuanto a los temas de lectura del creyente. Por fidelidad al Señor y amor a nuestros lectores, escribimos unas palabras de advertencia respecto a este tema que consideramos de verdadera importancia para todo cristiano.

       Observamos, con profunda consternación, un creciente desinterés por la lectura de libros sólidos, especialmente entre los jóvenes creyentes, aunque por desgracia no se limita solamente a ellos. Diarios, novelas religiosas, obras sensacionalistas, todo tipo de literatura ponzoñosa y despreciable es devorada con avidez, mientras que los libros de importantes y preciosas verdades quedan intactos y abandonados en las bibliotecas.

 

       Es una alarmante señal de la decadencia espiritual. Ciertamente es difícil concebir cómo alguien que posee la vida divina puede hallar placer en la literatura contaminante de hoy día, la cual tristemente vemos en manos de muchos creyentes, incluyendo a algunos de los que han asumido un cargo de gran responsabilidad en el cristianismo. El apóstol Pedro exhorta a todos los cristianos con estas palabras: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis” (1ª Pedro 2:2). ¿Cómo podemos crecer si descuidamos la lectura de la Palabra de Dios y, en cambio, devoramos periódicos y libros superfluos y sin valor? ¿Cómo es posible que un cristiano se halle en una saludable condición espiritual cuando apenas dedica unos pocos momentos para hojear las Escrituras, mientras que se aplica durante horas a leer literatura trivial y efímera? Podemos estar seguros de que nuestras lecturas reflejan qué somos y cómo estamos. Si son fútiles y frívolas, ello prueba que nuestro estado es el mismo. Si nuestro cristianismo es de carácter sólido y diligente, ello será claramente evidenciado por nuestras lecturas habituales y voluntarias. 

       Puede ser que algunos arguyan: “No podemos estar leyendo siempre la Biblia y buenos libros”. A ello contestamos: La nueva naturaleza no tiene interés por las cosas del mundo. Además, preguntamos: ¿A quién deseamos alimentar: a la vieja naturaleza o a la nueva? Si a la nueva, entonces podemos estar seguros de que la literatura mundana no puede ser utilizada para tal fin. Es imposible que un creyente espiritual y serio pueda hallar placer con tales lecturas. Puede suceder que un cristiano, por el tipo de actividades que desarrolla -ya sea en el orden comercial, profesional o público- se vea obligado a remitirse a los periódicos. Pero esto es algo completamente diferente a hallar su verdadero deleite y recreación en ese tipo de lecturas. No hallará a Cristo en las revistas mundanas. (N. del E.: ¡Y qué decir de los medios audiovisuales que están en la mayoría de los hogares! El peligro está más en el interior de la casa que afuera). 

       El bajo tono espiritual de nuestra vida cristiana se debe, en muchos casos, a la lectura de literatura superflua e inútil. El efecto moral de todo ello es muy pernicioso. ¿Cómo puede un cristiano crecer en la vida divina, cuando no tiene un verdadero amor por la Biblia o por libros que desarrollan su precioso contenido? No es posible que esté en una saludable condición interior cuando prefiere alguna obra trivial en lugar de un libro destinado a la verdadera edificación espiritual. Todo creyente sincero y serio -todo aquel que de verdad desea compenetrarse de las cosas divinas, que ama realmente a Cristo y que suspira por el cielo y por las cosas de arriba- se aplicará con diligencia a la lectura de las Santas Escrituras y procurará echar mano de todo libro bueno y provechoso. No tendrá tiempo para leer literatura liviana; tampoco se sentirá atraído por ella. En él no se suscita la cuestión de si está bien o mal éste o aquel tipo de lectura; simplemente no la desea, pues tiene algo mucho mejor. ¿Tragaríamos cenizas si tuviéramos para comer sabrosos manjares? 

Confiamos en que los lectores comprenderán el porqué escribimos de esta forma tan clara y directa. Nos sentimos realmente constreñidos a hacerlo en vista del tribunal de Cristo. Instamos a los cristianos a evitar y a desaprobar la literatura fútil. Cuando estemos por echar mano de algún libro o revista, o planteémonos las siguientes preguntas: “¿Me gustaría que mi Señor viniese y me hallase con esto en la mano?”. “¿Podría tomar esto en la presencia de Dios y pedirle que bendijese su lectura?”. “¿Puedo leer esto para gloria del Nombre de Jesús?”. Si no podemos contestar afirmativamente a estas preguntas, entonces, pongamos aparte esos libros y dediquemos nuestros ratos libres a la bendita Palabra de Dios o a alguna obra espiritual que se relacione con ella. Así nuestras almas se verán nutridas y fortalecidas. Creceremos en la gracia, en el conocimiento y en el amor de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Los frutos de justicia abundarán en nuestra vida práctica, para gloria de Dios. 

       Puede ser, no obstante, que algunos creyentes tengan la costumbre de no leer escritos humanos, sino solamente la Biblia. Dicen que encuentran en ese Libro incomparable todo lo que les hace falta, y que los escritos humanos son más bien un estorbo que una ayuda.

 

       En cuanto a esto, cada uno debe juzgar por sí mismo. Ninguno puede ser una regla para el otro. Bendecimos cada día al Señor, más y más, por toda la ayuda que nos brinda a través de los escritos de sus amados siervos. Es una preciosa corriente de refresco y bendición espiritual que brota de nuestra glorificada Cabeza en los cielos, ¿Se nos ocurriría dejar de oír a un hermano en la iglesia de la misma forma que rehusaríamos leer sus escritos? Son éstas dos ramas del ministerio -oral y escrito- un don de Dios para nuestro provecho y edificación.  

       Sin duda, debemos tener gran cuidado de no darle una importancia desmedida al ministerio, ya sea oral o escrito. Pero el posible abuso de una cosa no constituye ningún argumento válido contra el uso de la misma. Hay peligro de ambos lados. Seguramente es algo muy peligroso despreciar el ministerio. Ninguno de nosotros es autosuficiente. Es el propósito de Dios que seamos de ayuda los unos a los otros. No podemos prescindir de ninguna de “las coyunturas que se ayudan mutuamente” (Efesios 4:16). No todos los cristianos tienen la misma capacidad para sondear las vivientes profundidades de las Escrituras ni para discernir sus glorias morales. No cabe duda de que, si no tuviéramos ministerio oral ni escrito, el Espíritu Santo podría alimentarnos directamente con los verdes pastos de las Santas Escrituras. Pero nadie se atrevería a negar que los escritos de los siervos de Dios constituyen un medio poderoso en las manos del Espíritu Santo para la edificación de los cristianos.

 

       Debemos alabar a Dios con corazones rebosantes, ardientes, y perseverar en la oración para que él conceda aun más bendición a los escritos de sus siervos; para que profundice su tono persuasivo, acreciente su poder y amplíe su ámbito de acción. Los escritos humanos, si no están revestidos del poder del Espíritu Santo, no son más que papel de deshecho. Del mismo modo, la voz del predicador o del maestro en público, si no fuera el vehículo viviente del Espíritu Santo, no sería más que “metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1ª Corintios 13:1). Sin embargo, el Espíritu Santo se sirve de ambos medios para la bendición de las almas y la difusión de la verdad.

 

                                                                                      C.H. Mackintosh

                                                                                      Publicación “Creced”

 

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

              El valor de las Escrituras

"Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis

la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí" (Juan 5:39)

 

"Cuando Cristo comenzó su ministerio en la sinagoga de Nazaret con las palabras de Isaías: "El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres", Él dijo: "Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos" (Lc. 4:17-21). En el Sermón del Monte nuestro Señor dijo: "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir. Porque de cierto os digo, que hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas" (Mat. 5:17-19).

 

En estos días tenemos muchos libros acerca de la Biblia, pero hay muy poco escudriñamiento de las mismas Escrituras. Un estudio detenido de lo que Jesús mismo dice acerca de las Escrituras del Antiguo Testamento, con el ruego de que la luz del Espíritu Santo sea arrojada sobre las páginas, recompensaría bien al estudiante de la Biblia.  Muy pocos tienen idea de cuán numerosas son las citas del Antiguo Testamento hechas por nuestro Señor. Él hace referencia a veinte personajes del Antiguo Testamento, Cita de diecinueve libros diferentes. . ."¿No habéis leído?" o "Escrito está", es el fundamento del constante llamado de Cristo".         

(Texto: A.M.Hodgkin/Ilustración: Obra de Rembrandt) 

                  ¡La soberanía de Dios!

¿Qué queremos decir con esta expresión? Queremos decir la supremacía de Dios. que Dios es Rey, que Dios es Dios. Decir que Dios es soberano es declarar que es el Altísimo, el que hace todo conforme a su voluntad en los huestes de los cielos y entre los habitantes de la tierra, de modo que nadie puede detener Su mano ni decirle: ¿Qué haces? (Daniel 4:35). Decir que  Dios es soberano es declarar  que es el Omnipotente, el Poseedor de toda potestad en los cielos y en la tierra, de modo que nadie puede frustrar Sus consejos, impedir Sus propósitos, ni resistir Su voluntad (Salmo 115:3). Decir que Dios es Soberano es declarar que "se enseñoreará de las gentes" (Salmo 22:28), levantando reinos, derrumbando imperios y determinando el curso de las dinastías según le agrada. Decir que Dios es soberano es declarar que es el "solo soberano", Rey de reyes, y Señor de señores" (1ª Timoteo 6:15). Tal es el Dios de la Biblia".         

 (Del libro "La soberanía de Dios", de A.W. Pink)