Nuevas Religiones

 

Decía el católico Chesterton que “cuando alguien deja de creer en Dios, cree en cualquier otra cosa”. El cacareado laicismo que preconizan nuestros incoherentes gobernantes no deja de ser una maniobra torticera (injusto, retorcido, falaz) para escamotear las religiones tradicionales y sustituirlas por otras más populares. No se trata de cambiar la creencia por la increencia o la ciencia o la racionalidad, sino de reemplazarla por otras formas de “culto” que nada tienen de científicas o racionales pero que agradan al pueblo hambriento de “pan y circo”. Si se tercia, se arroja a los cristianos a los leones, con tal de que la plebe rinda pleitesía al “Cesar” de turno, que se convierte en otro dios.

 

        Las nuevas religiones (que realmente son muy antiguas, pero que ahora están adquiriendo dicho carácter) no tienen nada de espirituales. Fenómenos como el Carnaval, Halloween, el Orgullo Gay, el Botellón, la falsa Navidad, etc., se decantan por lo carnal, lo morboso, lo aberrante, lo intoxicante y lo puramente consumista. Sin embargo, se pueden considerar religiones porque en ellas se rinde culto a personas, cosas o conceptos; tienen sus celebraciones y fiestas; cantan (vociferan) sus “himnos”; despliegan toda una parafernalia que nada tiene que envidiar a las más elaboradas manifestaciones litúrgicas; y, por supuesto, cuentan con una amplia gama de dioses (ídolos los llaman a veces sus seguidores) en su particular Olimpo.

 

       No solo son religiones, sino que, además, nos muestran la peor cara de la religiosidad humana. Son puras invenciones populares (no proceden de una mente preclara), se basan en tradiciones ancestrales (Halloween se remonta a los celtas) y tienen un carácter claramente dogmático, intolerante y exclusivista.

 

       Y este último aspecto es el más preocupante. En estos tiempos de falso “pluralismo y convivencia”, las nuevas religiones están claramente enrocadas en el pensamiento único que nos quieren imponer desde las altas esferas. Se da por supuesto que todo el mundo debe aceptarlas, aplaudirlas y practicarlas. Aquellos que rechazan (con razón) el nacionalcatolicismo asumen sin reservas el “nacionalcarnavalismo” hasta el punto de inculcarlo a nuestros hijos desde su más tierna infancia. Aquellos que se escandalizan porque haya manifestaciones cristianas (o católicas) en los colegios imponen sin ambages, en su forma más incipiente, la cultura del culto a la carne a los colegiales, de manera que, a medida que crezcan, se adentren paulatinamente en sus formas más groseras. Si ya se les enseña la homosexualidad (como una opción moralmente válida) como un estilo de vida  perfectamente aceptable, qué podemos esperar de otras expresiones más populares. Todo cabe en ese gran cajón de sastre que es la Educación para la Ciudadanía.

 

       Las nuevas religiones tienen “patente de corzo” gubernamental para practicar su piratería espiritual, de manera que no conocen restricciones a la hora de captar adeptos, embaucar ingenuos y adquirir el rico botín que las capacite para poner en marcha sus fastuosos despliegues. Todo son facilidades para ellas: se cortan calles, se detiene el tráfico, se levantan vallas, se paralizan las ciudades y se inunda todo con el color y el estruendo de omnipresencia (con la connivencia de los ayuntamientos que se engalanan para la ocasión)). Resulta prácticamente imposible escapar de su radio de acción y su influencia. A las autoridades parece no importarles si se hieren sensibilidades, se ofenden sentimientos o simplemente se molesta a ciudadanos que no “comulgan” con tales “ceremonias”. Diga lo que diga la Constitución, estas religiones parecen tener carácter estatal: el Gobierno las aprueba, las subvenciona y las facilita como si de un bien cultural o un patrimonio de la humanidad se tratara.

 

Otro gallo le canta, sin embargo, al pobre cristiano: esa “especie en vías de extinción” que no cuenta con la protección, el mimo y el cariño que gozan estas especies protegidas. Considerado un cantamañanas por las autoridades competentes, apenas se le permite asomar tímidamente la cabeza para solicitar poner un puesto de libros, tener una pequeña reunión al aire libre o cualquier otra manifestación que trascienda el umbral de su local de cultos: (otra cosa ocurre cuando se invita a los preclaros representantes del pueblo a un determinado acto público con resonancia mediática organizado por alguna iglesia: día internacional de la mujer, algún festival benéfico, etc.,) solicitud que es tajantemente denegada con cualquier pretexto o se vende a un alto precio, como ocurrió en Alcalá de Henares hace no mucho tiempo. Y aun dentro de su propio local, se le controlan a la milésima los pocos decibelios que puedan percibirse en el piso de arriba, mientras que el ruido del Botellón se oye a kilómetros de distancia.

 

       Y que no se le ocurra al cristiano decir que la homosexualidad es un enfermedad o algo parecido, porque entonces será victima de la denuncia, la calumnia y la persecución del colectivo gay, “justamente ofendido” por tales declaraciones. No importa que dicho colectivo ofenda a personas decentes o niños con sus obscenas e impúdicas manifestaciones públicas. La diferencia reside en que el cristiano representa una fe incompatible con el laicismo, mientras que el colectivo gay está perfectamente integrado en el statu quo.

 

       Querido hermano, el lado positivo de tanta arbitrariedad, injusticia e intolerancia es que estas cosas nos confirman que “estamos en aquel que es verdadero” (1ª Juan 5:20), y que “si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo – dice Cristo-, por eso el mundo os odia (Juan 15:19): y que esta persecución “es señal de perdición para ellos, pero de salvación para nosotros, y esto, de Dios” (Filipenses 1:28). Regocíjate, pues, yérguete y levanta la cabeza, pues “se acerca (tu) redención” (Lucas 21:28).                                 

                                                             (D.C.M.)


 

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          FRASES DE MATTHEW HENRY

"Desdichado es el pueblo cuyos enemi-gos son sus gobernantes" (Levit. 26:17)

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"Los que buscan la ruina de los escogidos de Dios solo preparan su propia ruina" (Salmo 62:3)

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"Los grandes méritos no protegen a los hombres de las mayores humillaciones y afrentas en este ingrato mundo"                                                          (Éxodo 32:1)

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"No sabemos lo que pedimos cuando pedimos la gloria de llevar la corona, y no pedimos la gracia para llevar la cruz en nuestro camino a ella "

                                           (Mateo 20:22)

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"Cristo murió para pagar nuestra deuda, y resucitó para obtener nuestra carta de pago".

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"El honor es como la sombra, que huye de aquellos que la persiguen y la agarran, pero sigue a los que huyen de ella" (Mateo 23:12)

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"Cuando están en el púlpito, predican tan bien que es una pena que salgan; pero, cuando están fuera del púlpito, viven tan mal que es una pena que entren de nuevo" (Mateo 23:3)

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"La aplicación es la vida de la predica-ción" (Mateo 21:42-43)

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"Nunca hemos de ser ahuyentados de nuestro deber por la malicia de nuestros enemigos, o por la falta de amabilidad de nuestros amigos" (Mateo 21:18) 

    (Recopiladas por Demetrio Cánovas)

     EL CAMBIO NO VIENE DEL HOMBRE

"Algunas personas  hacen de la buena vecindad una especie de religión.. Creen que si ponen el vino nuevo de la buena vecindad en el viejo odre todo irá bien para sus almas al final.

Considerad la necesidad de esto. Una persona no es cambiada, simplemente, por añadir a su vida ciertos buenos hechos, pero cuando haya hecho estas adiciones y sustracciones, ¿qué será? Será el mismo hombre viejo.

¿Por qué es así? Y ¿por qué se equivocan de este modo los hombres? Parece que es porque no comprenden la naturaleza del problema humano. Se cree comúnmente que los hombres están bajo la condena-ción de Dios a causa de sus pecados. Si un hombre miente, estafa, roba, blasfema el nombre de Dios, profana el día del Señor, pero llega a quitar estos pecados de su vida, tendrá la salvación de su alma. Pero el hombre no está bajo la condenación de Dios principalmente a causa de sus pecadosNo os sorprendáis: Lo está porque es pecador por naturaleza. Esto es, porque tiene una naturaleza separada de Dios, corrompida, depravada, y está en mala relación con Dios. Pablo lo explicó de esta manera: "Somos por naturaleza --dijo--hijos de ira". No venimos  a ser hijos de ira porque pecamos, sino que pecamos porque somos hijos de ira."   

(Tomado de "Dios no está muerto" ,

de Gordon H. Girod,)