LO DÉBIL DE DIOS SIGUE SIENDO MÁS FUERTE QUE LOS HOMBRES.

 

Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1ª Corintios 1:25)

 

Uno de los distintivos del cristianismo evangélico a través de la Historia ha sido el lugar preponderante que ha dado a la exposición de las Escrituras en los cultos de adoración. Es por eso que a raíz de la Reforma Protestante del siglo XVI el púlpito comenzó a ocupar el lugar central en los edificios destinados para la adoración a Dios, a diferencia de las iglesias católicas, las cuales tenían en el centro el altar para la celebración del sacrificio de la misa.

Hay una teología detrás de esa disposición. El centro del culto católico es el la misa, mientras que los protestantes dieron preeminencia a la predicación de la Palabra. Ahora, yo me pregunto, ¿sigue ocupando el púlpito ese lugar de preeminencia en nuestras iglesias? Y no me refiero a su ubicación física. La pregunta no es si las iglesias siguen colocando el púlpito en el centro de la plataforma en el edificio de adoración.

 

     Lo que estamos preguntando es si la predicación de la Palabra que se lleva a cabo desde el púlpito sigue ocupando ese lugar relevante que durante cientos de años ocupó en las iglesias protestantes. Tristemente, diversas razones nos mueven a responder que no. Muchas personas consideran que la predicación de las Escrituras, tal como la hemos conocido hasta ahora, jugó un papel importante en una época de la Historia de la Iglesia, cuando los libros eran escasos, y cuando no había medios masivos de comunicación como la radio, la TV o Internet. Entienden que el hombre de nuestra generación, el hombre de la era postmoderna que describíamos anteriormente, se encuentra en una situación muy diferente, por lo que la predicación de la Escrituras al modo tradicional no es el mejor medio para alcanzarlo.

     ¿Acaso no sería mejor que tengamos cultos más llamativos y entretenidos, con mucha música especial, películas, dramas, testimonios, conjuntamente con una presentación más dinámica de las Escrituras, donde se le dé más participación a la gente, como sugirió en cierta ocasión un pastor “emergente”?

¿Por qué no sustituir la predicación por grupos de discusión, por ejemplo? ¿Qué es lo que tiene de especial la predicación de la Palabra que deba ser preservada en las iglesias, aun a pesar de los cambios sustanciales que ha sufrido el mundo en materiade comunicación en los últimos 40 años?

 

      Es interesante notar el contexto cultural en el que la iglesia de Cristo se desenvolvió en sus primeros años, porque algunos podrían pensar que la predicación tenía tal preeminencia en los días del Nuevo Testamento porque, a diferencia de ahora, la cultura le era favorable. Pero nada más lejos de la realidad. Precisamente lo que debe llamar nuestra atención es que haya sido en ese contexto cultural donde la iglesia de Cristo haya colocado la predicación en un lugar tan importante.

     La iglesia cristiana nace y se desarrolla en el contexto de tres culturas principales: la judía, la romana y la griega. Y para cada uno de estos grupos étnicos, la predicación del evangelio era una locura, un tropiezo y una necedad (1ª Corintios 1:18.25). Comencemos por Roma, el poder imperial de aquellos días. Una de las mayores dificultades de los romanos para aceptar el Evangelio radicaba en el orgullo que tenían en su poder. El imperio romano fue el más poderoso que el mundo había visto hasta entonces. Ahora, imagínense el desprecio que estos romanos tendrían que sentir por la predicación del Evangelio. ¡Los cristianos proclamaban que el Salvador del mundo era un judío que había sido crucificado, condenado como un malhechor precisamente por un gobernador romano!

     ¿Cómo podía ser el Salvador un Hombre que no pudo impedir su propia ejecución? Eso no tenía ningún sentido. Y para colmo, sus seguidores no contaban con ninguna cosa espectacular para ganar adeptos, excepto predicar la Palabra.

Sin embargo, ahí está Pablo, deseoso de ir a Roma a predicar el Evangelio. “Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma” (Romanos 1:15). ¿Saben por qué? “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Este mensaje de salvación, que proclama a un Salvador que fue crucificado en debilidad, es el poder de Dios que salva y transforma a todo aquel que cree. “No necesito otro recurso para conquistar a estos romanos orgullosos – dice Pablo; el evangelio es poder de Dios para salvación”. Como diría en su carta a los Corintios: “Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1ª Corintios 1:25)

 

      En el caso de los judíos el problema es distinto. Así como la mentalidad del romano giraba en torno al poder, los judíos estaban más interesados en los milagros. “Los judíos piden señales”, dice Pablo en 1ª de Corintios 1:22. Ellos querían ver demostraciones extraordinarias de la veracidad del Evangelio. ¿Cómo podían aceptar la idea de un Mesías crucificado? La predicación del Evangelio era un tropiezo para los judíos, una piedra de escándalo.

 

     Y luego estaban los griegos. Estos habían perdido por completo el poder que una vez tuvieron en la época de Felipe de Macedonia, y sobre todo en la época del hijo de Felipe, Alejandro el Grande. Todo su poderío se había desvanecido bajo el dominio de Roma, Pero había algo que los griegos tenían (y que Roma no poseía en el mismo grado): sabiduría, conocimiento. Gracia produjo los más grandes filósofos y pensadores de la antigüedad. De hecho, en los hogares romanos que tenían una buena posición económica, un esclavo se encargaba de la educación de los hijos; y nueve de cada diez de estos maestros era griego.

 

      Los griegos estaban orgullos de su sabiduría y de su oratoria. Entre ellos descollaban los sofistas, hombres entrenados en el arte de discutir y ganar la discusión. Más que que interesarles la verdad, a estos sofistas les interesaba argumentar bien y destruir el argumento del contrario.

Ahora imaginen a estos griegos, escuchando a un predicador decirles en un lenguaje llano y sencillo, que Dios había venido en carne para morir en una cruz y proveer salvación a los hombres; eso tampoco tenía sentido para ellos. Uno de los postulados básicos de la filosofía griega era la total separación entre la mente y la materia, el cuerpo y el espíritu. La idea de un Dios encarnado era inconcebible para los griegos, el colmo de la estupidez.

 

 

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"He de hacerme la solemne pregunta: "¿Está mi Dios, para mí, por encima de todas las circunstancias?" Hermano, ¿has aprendido a vivir tu vida sabiendo que Dios está contigo, con tal realidad, en todo momento, que en las circunstancias más difíciles Él está más cerca y más presente que cualquiera de los que te rodean? Cualquier conocimiento que tengamos de la Palabra de Dios nos va a servir de poco a menos que podamos contestar afirmativamente esta pregunta en nuestras vidas.

 

¿Por qué tantos amados hijos de Dios se quejan continuamente: "Mis circunstan-cias me separan de Dios; mis pruebas, mis tentaciones, mi carácter, mi tempera-mento, mis amigos, mis enemigos, todo puede interponerse entre Dios y yo"? ¿No es Dios capaz de tomar posesión de modo que pueda estar más cerca de mí que cualquier cosa o persona en el mundo?". . .  

¡Oh, si en nuestras vidas particulares nuestra vista se posara en el Dios vivo, y cada corazón exclamara: "Mi alma tiene sed de Dios", ¡qué poder, qué bendición y qué presencia del Dios eterno se nos revelaría!

                            (Andrew Murray)

  Consecuencias de la incredulidad

La incredulidad ciega los ojos del entendimiento de muchas personas. Aún entre los que dicen tener conoci-miento de Cristo, hay muy pocos que entienden su gloria y que son transfor-mados a su semejanza. Nuestro Señor Jesucristo dijo a los fariseos que, no obstante su jactancia de poseer el conocimiento de Dios,, "Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su parecer." (Juan 5:37) Es decir, que no le conocían realmente y que no tenían una visión espiritual de su gloria. Nadie jamás llegará a ser semejante a Cristo simplemente  imitando sus obras y acciones o pose-yendo un conocimiento intelectual de El. Solamente una experiencia de la gloria de Cristo tiene poder para hacer al creyente semejante a El.  (John Owen)  

Cristo,  el único camino para el  pecador sin salvación (Juan 14:6)

"Puesto que Cristo es el único camino de salvación ¿qué podemos pensar de tantas personas en el mundo sin Cristo? Creo que muchos estarán de acuerdo con lo que he dicho hasta aquí, pero no se atreverían a ir más lejos. Y es que piensan que va contra los principios del amor el decir cosas que puedan condenar a otras personas. Por lo que a mí respecta, nunca he podido entender tal amor. El amor de estas personas es el amor de aquellos que , viendo al vecino ingerir veneno, deciden no intervenir y optan por dejarlo solo; es el amor que mostraría aquél que viendo a un pobre ciego acercarse a un precipicio, pensara ser malo chillar y prevenirle del peligro. El amor más grande consiste en decir la verdad más grande."

                      (Juan Carlos Ryle)