La vocación

al ministerio cristiano
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La preparación de jóvenes para el ministerio presenta tópicos que reclaman la máxima atención. En nuestros días se está sintiendo la necesidad de que los futuros ministros del Evangelio obtengan una formación sólida, y son muy loables los esfuerzos y la labor que en este sentido educativo vienen realizando no pocos seminarios y escuelas bíblicas.

Pero tan importante, por no decir más, como la capacitación es la vocación, sin la cual nadie debería entrar al ministerio. No habría de rehuirla nadie que de veras la sintiera; la resistencia de Jonás no fue ningún acierto. Pero jamás debiera aspirar a un lugar de responsabilidad en la obra del Señor aquel que no haya sentido un verdadero llamamiento. A un falso profeta del Antiguo Testamento (Hananías) se le dijo: “Jehová no te envió, y tú has hecho confiar en mentira a este pueblo” (Jeremías 28:15-17)”, y su castigo fue la muerte, por usurpador.

 

      Hay una vocación falsa que conviene distinguir. En este caso el llamamiento no proviene del Señor por medio de su Santo Espíritu, sino de los atractivos humanos del ministerio. Ser pastor, por ejemplo, puede parecer a los ojos de algunos hombres una hermosa carrera con amplias posibilidades de satisfacer aspiraciones intelectuales, sociales o determinados gustos particulares (generalmente poco espirituales), una figura respetable (triste figura la del pastor que tal pensara) en la que no faltan honores, a la par que se sale de la monotomía de una vida gregaria dentro de un taller, almacén u oficina. ¡Ay de los que siguen los dictados de este falso llamamiento! ¡Ay de los pies sacrílegos que se atreven a hollar el camino sagrado del ministerio con miras carnales y humanas!

 

      La verdadera vocación es producto del Espíritu Santo y el único móvil en quienes la sienten es un gran amor a Cristo y una compasión profunda por las almas perdidas. Se caracteriza por un deseo irresistible de consagrarlo todo a Cristo, un afán intenso de predicar y honrar el Evangelio con todas las energías, un sentimiento aplastante de responsabilidad que hace exclamar: "¡ay de mí si no anunciare el evangelio"! (1ª Corintios 9:16). Alguien dijo con mucho tino: "No entréis en el ministerio si podéis evitarlo".

 

      Este deseo que corresponde a la verdadera vocación está siempre cargado de desinterés y abnegación. No quiere decir esto que el ministro o aspirante al ministerio haya de hacer el riguroso "voto de pobreza" católico-romano; pero ha de estar dispuesto a afrontar toda clase de circunstancias con gozo y sin fluctuaciones en su lealtad.

 

      También debiera examinarse a sí mismo objetivamente quien cree ser llamado por el Señor, a fin de ver si sus aptitudes están en consonancia con sus deseos. Cuando Dios quiso que algunos animales volaran les dio alas y cuando quiere que un hombre sea ministro suyo le da antes, aunque sea en potencia, de modo embrionario, la capacidad y el carácter propios para el desempeño de su obra. Por lo general, harían bien en dudar de lo real de su vocación los que no tienen certeza de su compromiso con Cristo, los que no tienen ideas muy claras sobre su llamamiento, los que carecen de decisión y de firmeza en la fe y los que por poseer un carácter deficiente ya endurecido apenas pueden ajustarse satisfactoriamente a los obligatorios requisitos que aparecen en la palabra (1ª Timoteo 3:2-7; Tito 1:5-9).

 

      Al lado de un juicio personal de sí mismo hecho con toda sinceridad, sería prudente colocar el juicio de otras personas competentes en el Espíritu. También puede ser valioso el criterio de la iglesia a que pertenece el aspirante al ministerio, así como los resultados que obtenga en sus actividades cristianas. Un trabajo pequeño pero bendecido por Dios puede ser señal de aprobación para labores de mayor reponsabilidad.

A todo esto debe añadirse una gran dosis de oración y una viva confianza en la providencia divina por parte del que se siente llamado. El ministerio no es una ocupación laboral más con la que mantenemos nuestra vida y familia (en el ministerio no hay jubilación, ni desempleo, ni paro: "...de gracia recibisteis, dad de gracia" (Mateo 10:8). El ministro del Señor, más que nadie, debe poner en práctica aquel precioso texto bíblico: "Encomienda a Jehová , y confía en él; y él hará" (Salmo 37:5). Todos los pasos, después de la vocación, deben ser guiados por la sabiduría certera de Dios y no por la impaciencia y la torpeza propias de los hombres.

 

      Sirvan estas consideraciones de estímulo a cuantos realmente sienten la vocación celestial, y de valladar a los demás que intenten medrar a costa del Evangelio de Jesucristo.

      A continuación exponemos unas ungidas y sabias palabras del experimentado siervo de Dios Carlos H. Spurgeon:

 

      "Cuando pienso en los males sin cuento que pueden resultar de un error en cuanto a nuestra vocación al pastorado cristiano, me siento abrumado por el temor de que alguno de nosotros se muestre remiso en el éxamen de sus respectivas credenciales; y preferiría que nos halláramos en grande duda y nos examináramos muy a menudo, a que nos constituyéramos en estorbo de esa profesión...Es lo mismo profesar cristianismo sin conversión, que ser pastor sin vocación. En ambos casos se adopta un nombre, y nada más".

 

                                       (Revista "El Cristiano español" 1952)

      

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   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

"¿Quién de vosotros, queriendo edificar una casa, no se sienta primero y calcula los gastos?" (Lucas 14:28)

 

"Vivimos tiempos muy extraños (*). Los acontecimientos se suceden con extraordinaria rapidez. Nunca sabemos "lo que el día nos traerá", ¡cuánto menos lo que nos traerá el año! En nuestros días se hace gran profesión de religiosidad. En muchas partes del país la gente expresa vivo deseo de seguir un curso de vida santo y un grado más alto de espiritualidad. Es muy común ver como la gente recibe la Palabra con gozo, pero después de dos o tres años se aparta y vuelve a sus pecados. Y es que hay muchas personas que no consideran lo que cuesta ser un verdadero cristiano y un creyente santo.

       Nuestros tiempos requieren de una manera muy especial el que nos paremos a considerar el coste y el estado espiritual de nuestras almas. Este tema debe preocuparnos. Sin duda, el camino de la vida eterna es un camino delicioso; pero sería locura, por nuestra parte, cerrar los ojos al hecho de que se trata de un camino estrecho y de que la cruz viene antes que la corona. . .

       No cuesta gran cosa ser un cristiano de apariencia. Sólo requiere el que una persona asista dos veces a los cultos del domingo y que durante la semana sea medianamente moral. Este es el "cristianismo" de la vasta multitud de nuestro tiempo. Se trata, pues, de una profesión de fe fácil y barata; no implica abnegación ni sacrificio. Si esto es el cristianismo que salva y el que nos abrirá las puertas de la gloria al morir, entonces no habrá más remedio que alterar la descripción del camino de la vida eterna y decir: "¡Ancha es la puerta y amplio es el camino que conduce al cielo!".                    (Juan Carlos Ryle)

(* ) Se escribió en el siglo XIX.

                  ¡La soberanía de Dios!

¿Qué queremos decir con esta expresión? Queremos decir la supremacía de Dios. que Dios es Rey, que Dios es Dios. Decir que Dios es soberano es declarar que es el Altísimo, el que hace todo conforme a su voluntad en los huestes de los cielos y entre los habitantes de la tierra, de modo que nadie puede detener Su mano ni decirle: ¿Qué haces? (Daniel 4:35). Decir que  Dios es soberano es declarar  que es el Omnipotente, el Poseedor de toda potestad en los cielos y en la tierra, de modo que nadie puede frustrar Sus consejos, impedir Sus propósitos, ni resistir Su voluntad (Salmo 115:3). Decir que Dios es Soberano es declarar que "se enseñoreará de las gentes" (Salmo 22:28), levantando reinos, derrumbando imperios y determinando el curso de las dinastías según le agrada. Decir que Dios es soberano es declarar que es el "solo soberano", Rey de reyes, y Señor de señores" (1ª Timoteo 6:15). Tal es el Dios de la Biblia".         

 (Del libro "La soberanía de Dios", de A.W. Pink)

       La gran ocupación del ministro

La gran obra del ministro, en la que debe radicar su fortaleza de cuerpo y mente, es la predicación. Por flaco y despreciable, o loco (en el mismo sentido en que llamaron a Pablo loco) que pueda perecer, es el gran instrumento  que Dios tiene en sus manos por el que los pecadores serán salvos y los santos serán hechos aptos para la gloria. Plugo a Dios, por la locura de la predicación, salvar a los que creen. Fue para ello que nuestro bendito Señor dedicó los años de su propio ministerio. ¡Oh, cuánta honra ha dado Jesús a la obra de la predicación, al predicar Él en las sinagogas, o en el templo, o bien sobre las quietas aguas del mar de Galilea!  ¿No hizo Él a este mundo como el campo de su predicación? Ésta fue la gran obra de Pablo y de todos los apóstoles. Por esto dio el Señor el mandamiento: "Id por  todo el mundo y predicad el evangelio". ¡Oh, hermanos, ésta es nuestra gran obra!"

                          (R.M. McCheyne)