La ley del silencio 

 

¿Quién no ha oído en más de una ocasión la expresión «la ley del silencio»? Muchos (especialmente los mayores) la relacionarán inmediatamente con la antigua (1954) y famosa película homónima del director greco-estadounidense Elia Kazan, aunque su título original (On the Waterfront) no hablaba de ninguna ley ni de ningún silencio.

 

En su sentido más general, la expresión no tiene nada que ver con ninguna ley escrita o promulgada, sino que está relacionada con un procedimiento habitual en prisiones con reclusos de alta seguridad, y consiste en prohibir la interactuación total entre los reclusos.

 

Lamentablemente, se puede denominar «la ley del silencio» una realidad que trasciende con mucho el ámbito de una película o una situación carcelaria. Es una especie de ley tácita o implícita, como lo es la ley del «silencio administrativo». Se practica constantemente en todas las esferas de nuestra sociedad: y el ámbito religioso no es una excepción. Aunque sus ramificaciones pueden ser muchas y diversas, básicamente significa callar cuando se debe hablar; guardar silencio ante situaciones que justamente requieren una opinión, un consejo, una declaración, una decantación; dar la callada por respuesta a una interpelación razonable; mirar para otro lado cuando estamos ante una situación difícil que nos confronta o nos compromete; silenciar los méritos y virtudes de los que son objeto de nuestras censuras; ampararnos en una posición mayoritaria o prepotente para hacer invisibles a los débiles; condenar al ostracismo a los que nos resultan molestos. Parece como si el «derecho constitucional a no declarar» fuera extrapolable a todas las esferas de las relaciones humanas. Estas actitudes pueden estar motivadas por la imposición de otros o por mera cobardía, pero el resultado es siempre el mismo.

 

Dice Eclesiastés que hay «tiempo de callar, y tiempo de hablar» (Eclesiastés 3:7), y la Biblia aconseja guardar silencio en diversas circunstancias: «Aun el necio, cuando calla, es contado por sabio; El que cierra sus labios es entendido» (Proverbios 17:28)«Por tanto, el prudente se calla en ese tiempo, pues es tiempo malo» (Amós 5:13). Nuestro Señor Jesucristo mismo se negó a responder en varias ocasiones a aquellos que le trataban con burla o querían tenderle una trampa. Ese tipo de silencio es no solo correcto, sino también digno de ser imitado.

 

Existe, sin embargo, lo que podríamos llamar un silencio culpable, una especie de «ley del silencio» que adoptamos por razones injustas e injustificadas, y que se practica al callar cuando es «tiempo de hablar». Y esto puede darse en las más diversas circunstancias y situaciones.

 

Hay situaciones injustas e inhumanas en el mundo que demandan no solo palabras, sino también acciones. Dice en Proverbios 24:11«Libra a los que son llevados a la muerte, y retén a los que van con pasos vacilantes a la matanza. Si dices: Mira, no sabíamos esto. ¿No lo tiene en cuenta el que sondea los corazones? ¿No lo sabe el que guarda tu alma? ¿No dará a cada hombre según su obra?». Miles de personas están siendo masacradas en distintos lugares del planeta sin que se pongan medios efectivos para impedirlo. Millones de seres humanos están siendo exterminados antes de nacer con la connivencia de los gobiernos y de la sociedad en general, que no solo no condena este genocidio, sino que lo justifica diciendo que «no son personas» o, como dijo recientemente Hilary Clinton: «La persona no nacida no tiene derechos constitucionales» (o sea, que es persona pero se le puede matar legalmente). Y, triste es decirlo, los cristianos muchas veces permanecemos no solo inmóviles, sino también callados ante estas injusticias.

 

Pero si injusta es la «ley del silencio» en el plano secular, mucho más lo es aún en el ámbito cristiano. Elías en el monte Carmelo se enfrentó al silencio cobarde y culpable de Israel («el pueblo no le respondió ni una palabra»). En el libro de Hechos se nos dice que «por medio de una visión durante la noche, el Señor dijo a Pablo: No temas, sigue hablando y no calles» (Hechos 18:9). Pero muchos creyentes, con mucho menos peligro que Pablo, no contribuyen prácticamente en nada a la obra de la evangelización; y al igual que aquellos leprosos, deben confesar: «Hoy es día de buenas nuevas, pero nosotros estamos callados» (2 Reyes 7:9). Y es triste que el Señor tenga que decir «que si éstos callan, las piedras clamarán» (Lucas 19:40).

 

Pero lo más lamentable es cuando la «ley del silencio» se practica en las relaciones con hermanos en la fe. Hay ocasiones en las que guardar silencio nos hace culpables o cómplices de situaciones injustas. Callar es pecado cuando los inocentes están siendo calumniados, cuando deberíamos mostrar agradecimiento y no lo hacemos, cuando los débiles están sufriendo la prepotencia de los fuertes, cuando las minorías son aplastadas por las mayorías, cuando los pastores abusan de su poder (véase el libro Pastores que abusan, de Erdely Jorge), cuando la verdad es desvirtuada por las conveniencias, cuando lo políticamente correcto prevalece sobre lo bíblicamente correcto. Callar puede ser cómodo, conveniente, aséptico; pero callar cuando es tiempo de hablar no deja de ser cobarde. Hablar puede ser peligroso (y escribir lo es más aún) porque nos hace vulnerables. Pero callar no nos protege del juicio divino.

 

La única manera de contrarrestar la ley del silencio es mediante la ley de la verdad, la justicia, la honestidad, la transparencia: en definitiva, la ley del amor. Dice Pablo que «el amor no hace mal al prójimo» (Romanos 13:10), y es posible hacerle mucho mal simplemente callando, aunque nadie se percate de ello. Si estamos del lado de la verdad y la justicia, clamemos a voz en cuello y alcemos nuestra voz como trompeta (cf. Isaías 58:1). La ley del silencio no cuadra con aquellos que, dejando a un lado la falsedad, son llamados a hablar «verdad cada cual con su prójimo» (Efesios 4:25).                                  

(Ilustración: Fragmento de obra de Daniele da Volterra/ Texto:  D.C.M.) 

 

 

 

 

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El honor de Dios sigue siendo el asunto más importante de esta vida. Y está siendo pisoteado en este mundo moderno, sobre el cual él, a pesar de todo, es misericordioso, sí, pero sobre el cual él también gobierna enviando sus juicios. Todo esto debería hacer  que nos conmoviéramos.  El especta-culo de ver a la Iglesia del Señor Jesucristo presa de la confusión y el error debería hacer que nos consumié-ramos. El Señor Jesucristo ganó a su Iglesia al precio de su inmaculada sangre, de incalculable e infinito valor. Él merece, por tanto, reinar sobre una Iglesia visible conforme a las ordenanzas que él ha establecido y que proclame la verdad que él ha revelado.

Esta, y no otra, es la necesidad de la Reforma de la Iglesia, ayer y hoy.

(Texto: Jorge Ruiz /Ilustración: Fragmento obra de Sébastien Bourdon-Museo Hermitage)

           Nuestra reverencia hacia Dios

Que la sangre de Cristo nos haya limpiado de todos nuestros pecados, no debería disminuir nuestra reverencia hacia Dios, sino más bien aumentarla. La obra redentora de Cristo es una clara indicación de que nuestro Dios  no toma el pecado con ligereza. De ahí la solemne reverencia del autor de la Epístola en el vers. 25: "Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháramos al que nos amonesta desde los cielos" (Heb. 12:25). 

A la luz de esta realidad, el autor nos advierte en los versículos 28 y 29: " Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor".

 

Los creyentes del nuevo pacto poseen una percepción más clara de la santidad de Dios que los santos en el antiguo; ellos saben ahora que, por causa de sus pecados, Dios envió a su propio Hijo a derramar su sangre en la cruz, pues de otro modo nadie habría podido ser salvo; consecuentemente, los creyentes del nuevo pacto deberían experimentar una reverencia más profunda cuando se acercan a ese Dios en adoración.     (Sugel Michelén)