La gracia:

fundamento

o edificio

 

Tanto en el plano físico como en el espiritual, tan inútil resulta construir un edificio sin cimiento que un cimiento sin edificio. El primero, porque acaba derrumbándose; y el segundo, porque no cumple su función.

Muchos lectores estarán de acuerdo en que, doctrinalmente hablando, la gracia es el mejor fundamento que podemos poner: esa gracia que procede del propósito electivo del Padre, que se realiza por medio de la obra sustitutiva del Hijo y que es aplicada irresistiblemente por el Espíritu. En última instancia, no solo es el mejor fundamento sino el único: «Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto…» (1 Corintios 3:11 LBLA).

El problema, sin embargo, es que, sobre este magnífico cimiento, muchos edifican «madera, heno, paja» (v. 12), que es como si no edificaran nada, pues —como dice Pablo— «si la obra de alguno es consumida [por el fuego], sufrirá pérdida» (v. 15). Lo único que les queda al final es su propia salvación personal, pues serán salvos «aunque así como por fuego» (v. 15).

Debido a esto, algunos pueden llegar a renegar aun del cimiento, echándole la culpa del mal resultado de su labor. Y otros aprovecharán para justificar su «libre albedrío» o su legalismo, arguyendo que obtienen mejores resultados.

Tanto unos como otros están equivocados, pues «el sólido fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: El Señor conoce a los que son suyos…» (2 Timoteo 2:19 LBLA). El problema reside en que lo que se edifica sobre el fundamento de la gracia en esos casos no tiene nada que ver con la gracia. En otras palabras, la gracia no es solo el fundamento sino también el edificio mismo.

No son pocos los que han errado pensando que, por suscribir una determinada confesión, o definirse con una determinada etiqueta o mencionar de vez en cuando ciertas doctrinas, iban a construir un magnífico edificio. No se percataron de que los materiales debían estar en consonancia con el cimiento.

¿Cómo, pues, se construye con gracia sobre el fundamento de la gracia? Ante todo es necesaria una experiencia personal y profunda de la gracia. No es suficiente una aprehensión intelectual de la gracia o esgrimir nuestra personal dialéctica sobre la misma. Pero, además, una vez experimentada la gracia, esta debe empapar todo lo que somos y hacemos: nuestra vida devocional, nuestro andar diario, las relaciones con los demás, la vida de iglesia, nuestras oraciones públicas, nuestra predicación, el servicio cristiano, la evangelización, etc. En otras palabras, la gracia no consiste simplemente en uno o más puntos doctrinales, sino en una vivencia de esos puntos que se siente y se expresa, «pues de la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Según el paradigma que nos muestra Lucas, la gracia debe ser «visible» (cf. Hechos 11:23).

Es triste contemplar ministerios que, teniendo un claro fundamento de gracia, edifican con materiales legalistas, humanistas, decisionistas, moralizantes, manipuladores, carnales. Nos imaginamos al apóstol Pablo diciéndoles: «¿Tan insensatos sois? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿vais a terminar ahora por la carne?» (Gálatas 3:3 LBLA). Esta gran dicotomía, esta flagrante incoherencia no puede edificar nada sólido ni duradero.

Quizá nos preguntemos a qué se debe semejante fenómeno. Ante todo, tenemos que decir con Jeremías: «Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?» (Jeremías 17:9 LBLA). Pero hay más. La gracia no es una planta que crezca espontáneamente en nuestros depravados corazones; de los diez leprosos que fueron sanados, solo uno «se volvió glorificando a Dios en alta voz» (Lucas 17:15 LBLA). El fariseo que subió al Templo a orar se gloriaba de no ser como los demás. Los judíos del tiempo de Cristo recibían gloria los unos de los otros, y no buscaban la gloria que viene del Dios único (cf. Juan.5:44). Así somos por naturaleza y, a menos que nos dejemos moldear constantemente por la gracia, volvemos una y otra vez a nuestra tendencia natural tan ciertamente como el perro vuelve a su vómito.

La desviación de la gracia es tan sutil e imperceptible que frecuentemente necesitamos hacernos un chequeo espiritual para detectarla. Hay tres elementos clave cuyo descuido manifiesta nuestro índice de desviación: la exaltación de Dios, la humillación del hombre y la centralidad de Cristo. Cuanto más evidentes sean estos elementos en nuestra vida y obra, tanto más cerca estaremos del fundamento de la gracia. Por el contrario, cuanto más nos alejemos de ellos, más debe preocuparnos nuestro estado espiritual.

Querido hermano, si has descubierto el fundamento de la gracia, alaba al Señor por ello, pues aun eso lo debes a la pura gracia de Dios. Pero no olvides que, por esa misma razón, tienes el deber y el privilegio de sobreedificar para la gloria de Dios. Resiste la tentación de volverte a «otra vez a las cosas débiles, inútiles y elementales» (cf. Gálatas 4:9) a las cuales tendemos a esclavizarnos una y otra vez. Toma buena nota de la advertencia de Pablo: «De Cristo os habéis separado, vosotros que procuráis ser justificados por [la] ley; de la gracia habéis caído»  (Gálatas 5:4 LBLA); y cualquiera que sea tu interpretación de estas palabras, recuerda que cualquier desviación de la gracia es una desviación de Cristo: con todo lo que esto conlleva. (Tomado de “La Cueva de Adulam”) 

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      El amor del Espíritu Santo     "Estamos acostumbrados a hablar del amor del Padre y de la gracia de Jesucristo y de la comunión del Espíritu Santo. Pero también nos es permitido y podemos hablar tranquilamente del amor del Espíritu Santo  y de la gracia del Espíritu. ¡Cuán grande debe ser ese amor y esa gracia! Porque Él, el Santo, quiere vivir con y obrar en criaturas  pecadoras, débiles y defectuosas, que únicamente han ganado y merecido la ira y la maldición de Dios.

¡Cuánta paciencia ha de tener el Espíritu Santo con nosotros! Por nues-tra parte nos oponemos constante-mente a su acción, nos inclinamos a entristecerle, a resistirle  y a apagarle. Por naturaleza preferimos vivir según la carne que según el Espíritu, y según nuestra propia  corrupción somos más "bestiales" que "espirituales".   

¡Cuánto debemos avergonzarnos del desamor que mostramos frente al amor del Espíritu! ¡Y cuán agradecidos debemos estar que el Espíritu Santo se nos ha dado con su soberano poder para vencer nuestra debilidad y flaqueza!                     (Dr. H.J.Jager)

       Actitud frente a Dios en oración 

  "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro"  (Hebreos 4:16)

La humildad en la oración no excluye la confianza. En nuestra vida de oración, la humildad y la confianza no constituyen una contradicción. La primera la obtenemos mirando al yo, y la segunda, se obtiene mirando a Cristo.

Se precisa de confianza para compare-cer ante el trono de un rey, un símbolo de su poder y majestad. Pero, ¡cuánta más confianza se precisa para comparecer ante el trono del Rey de reyes! ¿Quién se atreve a acercarse allí donde aun los ángeles cubren sus rostros, como vio Isaías en una visión y exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto; porque (soy) hombre inmundo de labios" (Isaías 6:5). No nos estamos refiriendo a la confianza del fariseo que entraba en el Templo de Dios sin vacilación. Esta es una falsa confianza. Nos estamos dirigiendo a aquellos que han visto su propia vileza delante de la santidad de Dios y que, mirando a sus vidas diarias, se preguntan: "¿No se estará cansando Dios de mí?"

(Tomado de "Orad sin cesar", de FRANS BAKKER; libro que recomendamos)