La cara oculta del libro “EL HEREJE” (vista desde la óptica de un lector protestante).

    

     Siempre resulta agradable y estimulante el recibir un libro como regalo. En esta ocasión lo fue doblemente por dos motivos muy señalados: el primero de ellos, por provenir dicha atención de una persona muy amada en el Señor; y en segundo lugar por tratarse de una obra por la que sentía un interés muy especial desde su aparición en las estanterías: El hereje, del conocido -y justamente reconocido-escritor pucelano Miguel Delibes. El interés despertado se debía en gran parte al sugerente título que hacía presagiar un interesante y sustancial contenido. Nada más lejos de la realidad, estimados lectores. Debo confesar que, después de dedicarle una atenta y reposada lectura, he llegado a la conclusión –a pesar del sincero aprecio que me merece la dilatada obra de Miguel Delibes Setién- de que he tenido en mis manos una consciente y tendenciosa apología contra la Reforma y sus seguidores (evidentemente, mis hermanos amados en Cristo). Es El hereje un tratado hábilmente trabajado en su fondo y en su forma, con la única intención de ridiculizar y empobrecer la indiscutible grandeza espiritual de unos hombres y mujeres que fueron vilmente tratados por una sociedad oscurantista e idólatra, presa de la superstición y el fanatismo, que -instigada por un clero corrupto, cruel y ambicioso- daba su mejor mano a una déspota monarquía que sanguinariamente decía defender la pureza del Evangelio, no teniendo otro método que el de extender la sangre y las cenizas de sus más nobles y fieles hijos por toda nuestra amada España. Siglos después, las desoladoras consecuencias de aquellas tenebrosas páginas de nuestra Historia -que suponíamos olvidadas y enterradas en el vetusto y frío panteón escurialense- parecen emerger como ráfagas de gélido viento que azota la memoria de aquellos que aún sueñan con un imperio ya felizmente fenecido y enterrado para siempre. 

     El autor utiliza, sutil y hábilmente, un personaje central de ficción, Cipriano Salcedo, al que mezcla con señaladas personas que sí vivieron realmente la Reforma española de siglo XVI. A partir de aquí, entreteje un ingenioso entramado histórico, social y religioso de carácter urbano y periférico. Pero es detestable que, siendo oriundo de Valladolid, Miguel Delibes haya emponzoñado el testimonio de una de las más ilustres y señeras familias de la ciudad del Pisuerga que abrazaron la Reforma: los Cazalla. De paso, mancha a Carlos de Sesso, Antonio de Herrezuelo, Domingo de Rojas y una extensa lista de víctimas intachables que dieron sus vidas en prueba de su fe genuina y verdadera en aquel aciago y siniestro año de 1559.

 

     Y, en cuanto a la despiadada y grotesca manera con la que trata al mayor de los Cazalla, el Dr. Agustín de Cazalla, no tiene paliativo alguno. Todos los cristianos reformados sabemos de sus últimos momentos, de su difícil enfrentamiento a la terrible tortura inquisitorial y, posteriormente, al crepitar de las llamas y a la terrible agonía que precedió a su muerte. Pero también sabemos de su fiel y valiente trabajo para la causa del Evangelio de la gracia de Dios. A causa de su incansable testimonio, muchos corazones abrazaron la fe de Jesucristo, salvando sus almas del fuego eterno, “aquel que no puede ser apagado” (Mc. 9:45). De esta omisión, no podemos culpar al escritor, ya que posiblemente se encontrara -imaginariamente, claro- en las filas de aquellos que aportaron con solicitud entusiasta sus haces de leña ante tan preclaras figuras de la Reforma española.

 

      Sin encono alguno, debo confesar -respetando la reconocida talla literaria del Sr. Delibes, que no está siendo cuestionada, ni lo podrá ser debido a su brillante trayectoria- que esta novela -a la que por cierto, le ha sido concedido uno de los más importantes premios de las letras en España- roza lo sarcástico y vulgar, decepcionando por su pobre narrativa, a trechos monótona y amanerada.

Sorprende, al mismo tiempo, en una obra que ha sido comercializada con grandes pretensiones de ventas -basta con observar su espectacular difusión- ver a un Delibes dominado por los más sombríos de los arquetipos españoles: la innata intolerancia y despecho hacia todo lo que no represente el rancio y ancestral nacional catolicismo de siempre, recordándonos en otro orden a Menéndez y Pelayo y su particular Historia de los heterodoxos españoles, su posible fuente. 

Personalmente,utilizando el derecho a discrepar, debo manifestar que no me agrada su artificial y pueril manera de describir un cuadro histórico que supuso una trascendente experiencia en la vida religiosa, política y social de nuestro país. Como tampoco considero apropiado el tono frívolo y lascivo que se respira en algunas escenas del libro de referencia; no llegando a conseguir, pese a emplear todos sus recursos acumulados, la adecuada atmósfera para situar unos sucesos que, por dolorosos y cruentos, además de injustos, conmovieron a la sorprendida Europa de entonces.

 

Es comprensible, estimados lectores, que después de todo lo expuesto en la presente reseña sobre la novela El hereje, no recomiende la compra y lectura del citado título; aunque sí me atrevería a sugerir al autor del mismo (*) una obra perfecta y santa que nadie ha podido superar en verdad y pureza: la Santa Biblia, la Palabra de Dios para el hombre. Ella le enseñará a comprender las sublimes motivaciones que llevaron a muchos cristianos de todos los tiempos -incluidos los mártires de Valladolid- a dar sus vidas en fragante ofrenda por amor a Jesucristo. ¡Oh que gran diferencia existe entre arder en las hogueras de la Inquisición, dando fiel testimonio de fe en Jesucristo, y arder en el fuego del castigo eterno (Jud. 7)!

 

(*) Este artículo fue publicado en la revista Nueva Reforma (núm. 50) con anterioridad al fallecimiento del Sr. Delibes Setién.

                                                                        

                                                (Jesús Mª Vázquez Moreno)

 

Direcciones web de interés:

 http://vallisoletvm.blogspot.com.es/2010/01/los-autos-de-fe-de-1559-el-proceso-de.html

 

http://saavedrafajardo.um.es/WEB/archivos/LIBROS/Libro0779.pdf

(leer especialmente, por su interés, las páginas 283-346)

 

http://www.iglesiapueblonuevo.es/index.php?codigo=bio_cazalla&lang=spa

 

http://historiaevangelicacazalla.blogspot.com.es/ (muy interesante)

 

http://es.scribd.com/doc/16924726/Reforma-Protestante 

 

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   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

      EL PREOCUPANTE DETERIORO 

        DEL MINISTERIO PASTORAL

"Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar.; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?; no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo."   (1ª Timoteo 3:1-7).

 

El ministerio pastoral es, sin duda alguna, el cargo más honroso  que el Señor ha podido conceder a aquellos que Él ha elegido y adoptado como hijos amados por medio de la obra redentora de su Hijo Jesucristo.

Pero, a su vez, el pastor está obligado por la propia Palabra de Dios, y por su compromiso delante de Aquel que lo eligió y llamó de entre muchos hermanos para  tan privilegiado trabajo en la Iglesia del Cordero de Dios,  a cumplir -responsable y fielmente- las ordenanzas y obligaciones inherentes a su cargo. Pero debe hacerlo con un corazón humilde, dispuesto y  abnegado; mostrando el mismo amor y solicitud hacia las almas que Jesucristo, el Príncipe de los pastores; el perfecto y único modelo para su vida y ministerio.

 

Ante la proliferación de comportamientos ministeriales que están produciendo gran dolor y sufrimiento a las ovejas del Señor, , conviene hacernos la siguiente doble pregunta: ¿Tienen estos hombres realmente el llamamiento de Dios para ministrar? ¿Están capacitados para asumir las demandas de Dios y de la Iglesia?

Consideramos que muchos de estos llamados pastores deberían meditar en las Escrituras, con oración y ayuno,  si sus vidas se ajustan a las condiciones exigidas por el Señor de la grey. En caso contrario, deberían abandonar aquello para lo que no están llamados ni capacitados. ¡Sería beneficioso  para sus vidas espirituales y para las de los propios creyentes!                                                      (J.Mª V.M.)

      ¿Evangélicos o protestantes?

Un hermano muy querido, de aquellos que  aún están comprometidos, gracias al Señor, con la línea conservadora del Evangelio, no de aquellos que han sido arrastrados por las novedosas influencias neoliberales que dominan a la iglesia actual, me informó de cierta reunión  en la que se trataron asuntos muy diversos.

Uno de ellos, de suma importancia para la marcha de las congregaciones de esa ciudad, fue la aprobación de un documen-to muy trabajado por los responsables del mismo. En él se denominaba a la iglesia de dos maneras distintas: iglesia evangélica o iglesia protestante.

Un cierto participante de esa reunión, al tener conocimiento de que se empleaba la palabra "protestante" mostró su discon-formidad con su uso, argumentando que "somos evangélicos", no protestantes, ya que "eso quedó atrás y no tiene nada que ver con nosotros".

Resulta muy extraño, a todas luces, que escaso tiempo después de que "toda" la iglesia evangélica haya celebrado con enorme resonancia  el V Centenario de la Reforma Protestante, donde todas las corrientes evangélicas de nuestro país han participado entusiásticamente en todas las reuniones y ponencias, empiecen ahora a cuestionar su identidad protestante.

 

Por ello, no resulta difícil suponer que todo ha sido un aprovechamiento interesado de una efemérides honrosa que para los verdaderos protestantes ha significado un sentido y justo recuerdo hacia aquellos valientes y fieles hermanos  que nos han precedido. ¿Qué podrían pensar los integrantes de esta larga lista de héroes de la fe de estas actitudes reticentes hacia ellos, hombres íntegros, consagrados,  que se consideraron honrados por ser llamados cristianos protestantes aún a costa de sus propias vidas? Corresponde a cada cual dar una respuesta sincera a esta pregunta. La nuestra no admite dudas:  ¡Nos sentimos muy honrados de ser protestantes!

"El creyente cuya doctrina es poco firme, será poco firme en todos los aspectos de su vida" (Martyn Lloyd-Jones)