¿Iglesia Evangélica sin Evangelio?

 

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 3:22)

 

(Primera biblia de Gutenberg 1455)

 

Parece que ya pasó la época en que ser un “cristiano evangélico” era sinónimo de una manera de conducirse honesta, limpia, recta...en una palabra: santa. Cada vez es más común y generalizada la evidencia de que las cosas ya no son así. No sólo lo dicen “los contrarios”, sino que ya se oye en boca de los “simpatizantes” e incluso de “los de dentro”. El nivel espiritual y moral ha emprendido un proceso de marcha atrás, que en algunos ambientes es imparable, y en todos preocupante.

 

Cada vez hay menos diferencias con la gente que nos rodea ¿Será que la sociedad ha ido avanzando a niveles más altos de moralidad? ¿Será que los cristianos renacidos somos tan mayoritarios en nuestra sociedad que los patrones de conducta de ésta están cambiando para mejor? Tristemente no es este el caso. La sociedad cada vez acepta cosas más terribles: divorcio, aborto, homosexualidad, lesbianismo...Los cristianos bíblicos, aquellos que son auténticamente renacidos de Dios, no representan un número importante en nuestra sociedad. Las causas tienen que ser otras.

 

Creo que una de las claves para entender la situación que vivimos la encontramos en las palabras del Señor a la Iglesia en Laodicea, en Apocalipsis 3:14-22. Desde una perspectiva histórico-profética la Iglesia en Laodicea nos revela el carácter de la Iglesia de los últimos días; una Iglesia de profesantes, pero no de verdaderos creyentes bíblicos. El espíritu que actúa en dicha “iglesia” es vomitivo para Cristo, no lo puede tolerar. Es un espíritu de falta de discernimiento espiritual, pues ha dejado de oír al Señor, al Espíritu y a la Palabra. Es un espíritu de autosuficiencia que desprecia la gracia de Dios en favor de los méritos humanos. Un espíritu que excluye a Cristo y lo deja a las puertas, sin quererlo dentro (Lucas 4:26-29). Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, nos dice que “es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios (1ª Pedro 4:17). Permitamos que el Señor juzgue nuestra situación por su Palabra y su Espíritu en relación al “espíritu laodicense”. Este está presente en la Iglesia profesante actual de una manera u otra. Unos lo han incorporado totalmente. Otros tienen la influencia de ese espíritu de forma muy patente. Y, a otros, nos está influenciando de una manera imperceptible, pero real .

 

 En verdad, Cristo está siendo desplazado del centro de su Iglesia . Se le confiesa como Señor, pero la autoridad del hombre va usurpando poco a poco el lugar que sólo le corresponde a él. Se tiene su Palabra, e incluso se lee (aunque cada vez menos), pero ya no es la voz autoritativa y final que antes era. Se reduce su acción, en el mejor de los casos, al área doctrinal y moral, y eso con matizaciones y prevenciones. A su Espíritu Santo no se le deja actuar con libertad, se ponen trabas a su acción redargüidora, santificadora y guiadora. A los pecados se les llaman errores, fallos, debilidades. A la vida santa se le llama fanatismo anticuado, fundamentalismo espiritual. Y se cambia su acción guiadora por las estructuras organizativas humanas, que trasladan a la Iglesia las formas de organización seculares.

 

Ahora somos más “importantes”: Salimos en la radio, en la televisión y en la prensa; tenemos emisoras y programas “evangélicos”; los representantes políticos y sociales asisten a “nuestros actos...y nuestra forma de conducirnos cada vez está más alejada de lo que demanda la Palabra de Dios para los renacidos espirituales .Cada vez más pensamos, juzgamos, actuamos, vestimos, y nos organizamos siguiendo parámetros contextuales no bíblicos. Y bajo el paraguas “evangélico” se agrupan tantas posiciones dispares que algunos comienzan a tener dificultades en usar dicho nombre genérico, pues provoca más confusión que clarificación.

 

 ¿Dónde está aquella sencilla dependencia del Señor, de su Palabra perfecta y de su Espíritu Santo, algo que caracterizó a muchos de los que nos precedieron en la fe? ¿En qué hemos decaído? ¿Qué hemos perdido? ¿De qué nos hemos olvidado? ¿En qué hemos claudicado y transigido? Escuchemos, en verdad, lo que el Espíritu dice a las iglesias. Contrastemos nuestra experiencia personal y comunitaria a la luz de las palabras del Señor “a las siete iglesias que están en Asia” (Apocalipsis 1:4), para conocer nuestra condición y recibir del Señor la alabanza, la prevención o la corrección necesarias, y para ordenar nuestros pasos y mantener un candelero de testimonio en el lugar en que el Señor nos ha colocado (Apocalipsis 2:5). Aceptemos la invitación del Señor, que nos habla por su Palabra en la carta a los Hebreos: “Por lo cual, también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir"  (Hebreos 14:12).

 

                                                                                      Tomado de “KOINONíA”

                                                              Edicions Cristianes Bíbliques

                                                  __________________

 

(No hay duda alguna, de que “el caballo de Troya” del postmodernismo y del sutil y falso ecumenismo, ha logrado atravesar las inexpugnables murallas de “Troya” (la Iglesia visible). Los troyanos, al igual que muchas iglesias evangélicas en nuestros días, fueron engañados por los astutos griegos, ya que con sutiles mentiras lograron introducir el enorme caballo de madera. Una vez dentro, de su vientre salieron guerreros que abrieron las puertas de la ciudad al ejército invasor, siendo tomada y destruída con suma facilidad.

 

¡Cuánto nos recuerda este hecho mítico lo que, en la actualidad, está ocurriendo dentro de las murallas de nuestras iglesias! ¡Y los siervos que deben de tocar la trompeta para defenderla (1ª Corintios 14:8), se dedican a tener comunión y amistad con aquellos que, perspicazmente, están hurtando, matando y destruyendo el rebaño (Juan 10:10)!¡ O, en algunos tristes casos,  relajados como el rey David en su terraza, nefasto balcón que se asoma imprudentemente al mundo y al pecado  (2º Samuel 11:2)! ¡Pero aún es más pecaminoso y horrendo ante Aquel que pesa los corazones el pertinaz e inútil ocultamiento de la culpa ante Dios y su Iglesia, "porque no hay nada oculto que no haya deser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz" (Marcos 4:22) 

 

El Señor Jesucristo ya lo advirtió a sus discípulos: “Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos” (Mateo 16:6-12) No olvidemos, hermanos “que un poco de levadura leuda toda la masa" (Gálatas 5:9).  

 

                                                                          J.Mª V.M.

                                                                              

 

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        El peligro de la herejía gnóstica

"Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como también habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado" (2ª Ped. 2:1-2)

 

"En los tres primeros siglos, la Iglesia tuvo que defender numerosas herejías. Se ponían en peligro las verdades reveladas.

 

El gnosticismo ha sido el peligro más grave que ha corrido la Iglesia. Pasó por más de treinta sistemas gnósticos diferentes, a base de elementos de todas las filosofías y pensamientos regidos por el pensamiento libre. Fue un auténtico anticristianismo y una degradación de la revelación divina.

 

Marción, "el lobo de Ponto", fue uno de los adversarios más serios en el siglo II. Tenía cualidades de jefe y arrastraba tras de sí a muchas personas, a las que llamaba discípulos; fundó sólidas iglesias, que permanecieron fieles hasta el martirio.

Su doctrina se difundió rápidamente. Hacia el año 150, Justino escribía: "Siembra el mundo de blasfemias, ayudado por todos los demonios. Los que le siguen, no pueden probar lo que afirman, pero se dejan llevar y son presa del ateísmo".

Le combatieron Dionisio en Corinto, Ireneo en Lyon, Teófilo en Antioquía, Tertuliano en Cartago, Hipólito y Rodón en Roma y Bar Daisán en Edesa."

                                     (Italo Volpi)

              Seguridad de salvación

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios"    (1ª Juan 5:13)

 

"Hay dos clases de personas que no deben tener seguridad alguna. La primera: esos que pertenecen a la Iglesia, pero que no son convertidos, no habiendo jamás nacido del Espíritu. La segunda: esos que no quieren hacer la voluntad de Dios, y que no se apresuran a ocupar el lugar que Dios les ha designado, sino que quieren ocupar cualquier otro puesto.

 

Alguien preguntará: "¿Tienen seguridad todos los que pertenecen a la Iglesia?" 

No; creo que muchos de los amados de Dios no tienen seguridad de la salva-ción; pero es privilegio de todos los hijos de Dios, sin ninguna duda, disfrutar del conocimiento de su propia salvación ya en esta vida.  El hombre que vive dudando no está preparado para servir a Dios. Y si el hombre no está seguro de su salvación, ¿cómo podrá ayudar a otro para que entre en el reino de Dios?

Si me veo en peligro de ahogarme, y no creo llegar jamás a la orilla, ¿cómo podré socorrer a otro? Primero debo yo poner pie en tierra firme, y luego podré ayudar a mi prójimo. . . Nadie puede servir a Dios con gusto, si no está seguro de su propia salvación"  (D. L. MOODY)