¡gloria a dios !

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nombre. Porque Jehová es bueno” (Salmos 100:4-5)

 

El tema de la alabanza está recibiendo un énfasis especial en nuestros días, particularmente en ciertos círculos evangélicos. Aunque esto no quiere decir necesariamente que los que más hablan de la alabanza sean los que más alaben. Pero, en cualquier caso, todos los verdaderos creyentes estarán de acuerdo en que hay que dar toda la alabanza y toda la gloria a Dios. ¿Es teoría, sin embargo, consecuente con la práctica?

El tema no es nuevo. El lema reformadoSoli Deo Gloriaya estaba en pie siglos antes que cualquier creyente moderno exclamara: “¡Gloria a Dios!” En realidad, fue la Reforma la que, al redescubrir la grandeza de Dios y de su obra, sentó las bases para que el nombre de Dios fuese honrado y glorificado. Porque la alabanza, no lo olvidemos, no empieza con las emociones subjetivas del creyente, sino con un conocimiento bíblico y espiritual de Dios.

Dios debe ser alabado, en primer lugar, por lo que El es en sí mismo, no porque nos está bendiciendo, o nos sintamos bien o nos mueva a ello un “ambiente de alabanza”. En palabras de Job: “Aunque él me matare, enél esperaré”(13:15); o, como lo explicó Lutero:“Correría a Cristo aunque blandiera una espada en susmanos”.

En segundo lugar, Dios debe ser alabado por lo que El ha hecho por nosotros, no por lo que nosotros creemos haber hecho por El. Es muy fácil caer en la inconsecuencia de dar gloria a Dios con nuestros labios por nuestra salvación o la de otros, cuando en nuestro interior nos estamos regocijando en nuestra “intervención”.Algo así como: “Te doy gracias porque no soy...” (Luc. 18:11). Sólo cuando de todo corazón podemos decir: “La salvación es del Señor” (Jon. 2:9), y: “Siervos inútiles somos”(Lc. 17:10), es que comienza la verdadera alabanza.

Una de los grandes errores de nuestros días consiste en circunscribir la alabanza a ciertas reuniones concretas (que además reciben ese nombre), en las que abundan las expresiones externas de alabanza, mientras que el día siguiente, en la rutina cotidiana, desaparece la efervescencia y el júbilo que parecían tan reales en la reunión del día anterior; especialmente al afrontar circunstancias adversas.

Por supuesto que debemos alabar y glorificar a Dios con nuestros labios (cf. Heb. 13:15), pero esto debe ser sólo el fruto de la “abundancia del corazón” (Mt. 12:34) y no el efecto causado por la música o la influencia de los demás. Las expresiones de alabanza son buenas, pero siempre que estén en consonancia con nuestras experiencias de Dios, y no correspondan simplemente a un modelo estereotipado o una tradición eclesiástica.

Es triste reconocer que mucha de la alabanza moderna revela un énfasis antropocéntrico. La alabanza se convierte a veces en una experiencia orientada a satisfacer el ansia de emociones fuertes que tiene el ser humano. La música en ciertas iglesias no difiere mucho de la que se puede escuchar en una discoteca. El canto congregacional, enfatizado por la Reforma, está dando lugar gradualmente a la “actuación”del grupo musical de turno que, en algunas ocasiones, hasta recibe el aplauso de los “espectadores”.Gloria...¿a Dios?

¿Y qué diremos de la moda que se está introduciendo de dar un aplauso a Dios?¿No se da con ello la gloria a El? Sí, respondemos, pero la misma gloria que se pueda dar a un cantante o a un actor. ¿Es que hemos olvidado la gloriosa santidad de Dios para reducirle a mero receptor de los aplausos de un espectáculo?

Querido hermano, lo que más glorifica a Dios no son nuestras palabras, sino nuestra vida entera (cf.Mt.5:16). Dios quiere que, en todo nuestro ser, “seamos para alabanza de su gloria”(Ef. 1:12). No permitas que la alabanza de tus labios esté divorciada de la alabanza de tu vida. Haz, más bien, que ambas cosas proclamen ”las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1ª Pd. 2:9).

                                                               (D.C.M.)

(Ilustración: Martín Lutero toca el laúd y canta junto a su esposa Catalina e hijos)

 

 

 

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  LA ABNEGACIÓN QUE DIOS DEMANDA

"Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" . (Mateo 16:24)

 

Todo discípulo de Jesucristo de asumir que si quiere seguir al  Maestro, si decide ir en pos de Él, debe considerar si está dispuesto a afrontar las dos demandas del Señor: negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día.  No es una opción voluntaria que hay que meditar, sino una demanda que hay que cumplir como discípulo fiel y verdadero de Jesús. 

Por otro lado, también hay que considerar que la negación de sí mismo es imprescindible para la propia perfección y santidad espiritual. Negarse a sí mismo es negarse a nuestro amor  propio; es dejar de amar la propia vida, los bienes y atracciones de este mundo y la fuerte seducción de la carne y de los sentidos; en definitiva, todo aquello que domina y esclaviza nuestro corazón.   (J.Mª V.M.)

         LA GRAN OCUPACIÓN DEL

                   FIEL MINISTRO

  "La gran obra del ministro, en la que debe radicar su fortaleza de cuerpo y mente, es la predicación. Por flaco y despreciable, o loco (en el mismo sentido en que llamaron a Pablo loco) que pueda parecer, es el gran instrumento que Dios tiene en sus manos por el que los pecadores serán salvos y los santos serán hechos aptos para la gloria. Plugo a Dios , por la locura de la predicación, salvar a los que creen. Fue para ello que nuestro bendito Señor dedicó los años de su propio ministerio. ¡Oh, cuánta honra ha dado Jesús a la obra de la predicación, al predicar Él en las sinagogas, o en el templo, o bien sobre las quietas aguas del mar de Galilea! ¿No hizo Él a este mundo como el campo de su predicación? Esta fue la la gran obra de Pablo  y de todos los apóstoles. Por esto dio el Señor el mandamiento: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio". ¡Oh, hermanos, ésta es nuestra gran obra!  Buena obra es visitar a los enfermos, y enseñar a los niños, y vestir a los desnudos. Bueno es también atender el ministerio del diaconado; también lo es escribir o leer libros. Pero la principal y más grande misión es predicar la Palabra. "El púlpito --como dijo Jorge Herbert-- es nuestro gozo y trono." Es  nuestra torre de alerta. Desde aquí hemos de avisar al pueblo. La trompeta de plata nos ha sido concedida. El enemigo nos alcanzará si no predicamos el evangelio.              (Robert M. McCheyne)