El precio de las convicciones

 

     El cristiano es, por naturaleza, una persona con convicciones. Por la gracia de Dios, ha dejado la corriente de este siglo y la senda amplia que lleva a la perdición (Mateo 7:13) ; se ha negado a sí mismo y ha tomado su cruz para seguir a Cristo (Mateo 16:24); es consciente de que es necesario que a través de muchas tribulaciones entre en el reino de Dios (Hechos 14:22); al igual que el apostol Pablo dice: “Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mi mismo, con tal de que acabe mi carrera con gozo” (Hechos 20:24). Todo esto requiere convicciones y convicciones muy profundas. Pero una una cosa es tener convicciones y otra es ser consecuente con las mismas. Aarón tenía, sin duda, convicciones muy profundas acerca del Dios viviente, pero a pesar de ello cayó en la inconsecuencia del becerro de oro (Éxodo 32:1-5) , Saúl tenía la convicción de que debía destruir a los amalecitas y sus posesiones, pero temió al pueblo y cayó en la inconsecuencia de tomar lo mejor de las cosas dedicadas al anatema (1º Samuel 15).

Tarde o temprano, todos nosotros nos vemos confrontados con el dilema entre seguir nuestras convicciones o nuestras corrupciones. La decisión no es fácil, pero su importancia es crucial.  Aunque por un tiempo queramos seguir ambas, finalmente nos daremos cuenta de que son absolutamente divergentes (Dios se ocupará de mostrárnoslo). Podemos tomar el camino de la inconsecuencia pero sólo para darnos cuenta de que es el más corto para perder, en última instancia, nuestras convicciones.

 

      Tener convicciones y ser consecuentes con ellas puede llegar a ser muy difícil. Sobre todo cuando comenzamos a subir por la escalera de la promoción, es fácil ser tentados a sacrificar las convicciones con el objeto de subir más alto y más de prisa. La popularidad y el aplauso dependen de la buena opinión que merezcamos a los demás, pero ser consecuente con nuestras convicciones puede diezmar el número de nuestros admiradores y aun hacernos caer en desgracia a los ojos de la mayoría cuando, paradójicamente, buscábamos esa posición de influencia para ser de bendición al mayor número de personas.

Si es ése nuestro caso, no nos desanimemos: estamos en buen camino porque seguimos las pisadas de los héroes de la fe. Muchos hombres de Dios, el Antiguo y el Nuevo Testamento, no sólo no fueron aplaudidos, sino que fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba y muertos a filo de  espada (Hebreos 11:37), Los apóstoles llegaron a ser un espectáculo para el mundo (1ª Corintios 4:9), así como los siervos de Dios que continuaron su obra, los reformadores que ahora admiramos, los cuales fueron recibidos con excomuniones, persecuciones y hogueras. Es el testimonio de Carlos H. Spurgeon (1834-1892) que, pese al éxito y el avivamiento que acompañaron a su ministerio, no fue popular en su tiempo debido a sus firmes convicciones bíblicas y a su fidelidad a la Palabra frente al liberalismo imperante, como ocurre en nuestros días en muchas de las iglesias. La fuerte oposición que sufrió afectó gravemente su salud, lo que le llevó a una muerte prematura después de 37 años de ungido servicio al Señor. 

 

      Es cierto que unas convicciones no atemperadas por la Gracia y por la debida humildad pueden convertirse en nuestro peor enemigo. Es posible que induzcan al orgullo, la intransigencia , la intolerancia y el sectarismo más acerbado. En esto, como en todo, hemos de seguir la verdad en amor (Efesios 4:15) y buscar la fraternidad con los que invocan al Señor con un corazón puro, aún cuando puedan diferir de nosotros en cosas secundarias.

Lo que no debemos hacer, en nombre de una pretendida paz y armonía, es sacrificar, ocultar, negar y contradecir nuestras convicciones. El amor a los hermanos no debe conducirnos a justificar sus errores y pecados. Lo que a veces llamamos amor no es sino un temor disfrazado al hombre, temor a caer en su oposición, desagrado o marginación. Cuánto necesitamos recordar las palabras de Pablo: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10).

     Querido hermano, busquemos tener convicciones firmemente arraigadas en la Palabra de Dios, seamos consecuentes con ellas y luchemos para compartirlas con los demás. Probablemente no obtengamos en este mundo el apoyo, la alabanza o la admiración de la mayoría, pero puedes estar seguro de que nuestras lágrimas están todas en la redoma del Señor y en su libro (Salmo 56:8). Acordémonos, pues, de las confiadas palabras del sufrido Spurgeon: "El futuro más distante me vindicará". 

(Texto:D.C.M./Ilustración: “Procesión de disciplinantes", de Francisco de Goya, Real Academia de Bellas Artes de Madrid)

 

                                                     

                                            

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

 Después de caminar ardua  y dolorosa-mente por los caminos pedregosos de la vida, experimentando adversas pruebas  no deseadas  en este impío teatro del mundo, mi alma sólo ansiaba  la paz suave, dulce, consoladora de mi Señor. ¡No más miedos, no más viajes hacia la aflicción inacabada, no más días sin sol!

Al final del camino,junto a aguas de reposo, me esperaba una amorosa y firme promesa del que ama mi alma: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (Mat.25:21).  (R. de S.)

El Catecismo reformado de Heidelberg (s. XVI)

En estos últimos tiempos, estamos viviendo circunstancias muy preocupantes en nuestras iglesias reformadas con relación a los funda-mentos doctrinales que las rigen. Consideramos, pues, como una imperante necesidad el volver de nuevo a las valiosas confesiones de fe de nuestros antiguos hermanos de la Reforma;  tratados de fe que han sido arrinconados en mucha iglesias históricas por sucedáneos que en nada reflejan la pureza bíblica que sustentó la vida espiritual y el íntegro testimo-nio de muchos hombres y mujeres que honraron el nombre del Señor Jesucristo, a pesar de vivir en medio de graves dificultades y peligros.

 

Con el fin de estimular la vuelta a la lectura y meditación de dichos tratados de fe, incluimos la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg (1563):

¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

 

Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte (Rom. 14:8) , no me pertenezco a mí mismo (1 Co. 6:19), sino a mi fiel Salvador Jesucristo (1 Co. 3:23; Tit.2:14) , que me libró de todo el poder del diablo (Heb. 2:14; 1Juan 3:8; Jn. 8:34-36), satisfaciendo enteramente con su preciosa sangre por todos mis pecados (1 P. 1:18-19; 1J.1:7; 2:2-12), y me guarda de tal manera (Jn. 6:39; 10:28; 2 Ts. 3:3; 1  P. 1:5) que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un sólo cabello de mi cabeza puede caer (Mt.10:30; Lc. 21:18), antes es necesario que todas las cosas sirvan para  mi salvación (Ro. 3:28).

Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante su santa voluntad (Ro. 8:14; 1 Jn. 3:3)".

    ¡Cuán pocos son los que aman la          cruz de Cristo!

"Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy poquitos que lleven su cruz. Tiene muchos que deseen la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros para la mesa, y pocos para la abstinencia: todos quieren gozar con Cristo, mas muy pocos quieren sufrir algo por Él. Muchos siguen a Jesús hasta partir el pan, mas pocos a beber el cáliz de la pasión. Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz. Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades: muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él consolaciones: mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían, o desesperarían.

Mas los que aman a Jesús por él mismo y no por su propia consolación, bendícenlo en la tribulación y angustia tan bien como en la consolación, siempre lo alabarían y harían gracias."  (Texto literal de Tomás de Kempis )