El gran mandamiento de Jesús que define al verdadero cristiano

 

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros: como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34:35)

 

¡Qué gran error es pensar que se ama a Dios cuando no amamos al hermano! Por ello, es necesario considerar la respuesta dada por Jesús a un interprete de la ley que le interpela astútamente con el fin de atraparle en una grave herejía: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento” (Mateo 22:37). Este es, según Jesús, el primer mandamiento de la ley de Dios, pero el segundo, que viene incluido en la respuesta de Jesús, es igualmente importante en contenido y semejanza: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 38). Estos, aparentemente, figuran como dos mandamientos, pero en sí es una sola cosa la que el Señor manda en ambos, pues el amor con que recíprocamente se aman los cristianos entre sí podemos entenderlo como el mismo amor con el que Dios desea ser amado por sus hijos. Bien amemos a Dios, o bien amemos a nuestros hermanos en la fe, debemos contemplarlo como el mismo amor proveniente de Dios hacia nuestros corazones; porque de hecho, amamos a Dios en nuestros hermanos y amamos a nuestros hermanos a través de Dios. ¡Cuán grande misterio es éste, el de unir en uno estos dos mandamientos en una unidad indisoluble e indivisible! ¡Qué motivo más maravilloso nos muestra Dios por medio de esta Palabra para inclinarnos a amar a nuestros hermanos!

 

De igual manera, esta es la señal especial, evidente, por la cual han de ser conocidos los verdaderos cristianos; los fieles discípulos de Aquel que entregó su vida por aquellos que siendo enemigos fueron atraídos con cuerdas de amor. Por tal motivo, nos equivocamos gravemente al pensar que amamos a Dios cuando en realidad estamos lejos de amar a nuestros hermanos. El apóstol Juan aborda ,de forma similar al evangelista Mateo, tan importante tema: “Os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros...el que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas...y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos” (1ª Juan 2:8-9, 11). Todo creyente tiene la certeza de haber nacido de Dios, de haber pasado de las tinieblas a la luz de Dios en algo imposible de imitar: el amor a Dios y a los hermanos. La Palabra sigue declarando: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1ª Juan 4:20-21).

Tristemente, nos es inusual encontrarnos con muchos y reconocidos creyentes de nuestras iglesias que se ufanan delante de todos de un exultante amor a Dios, mientras por otro lado menosprecian a alguno de su hermanos, llegando su negativa actitud al aborrecimiento más enconado. Esta apariencia de piedad que muestran públicamente es fingida, engañosa a los ojos de Aquel que todo lo conoce, todo lo ve y todo lo sabe, como bien respondió Pedro al Señor Jesús: “Señor, tú lo sabes todo” (Juan 21:17).

 

Es imprescindible, amados hermanos, que el amor a Dios esté entrelazado con el amor al prójimo, al hermano. Es imposible que alguien ame a Dios verdaderamente y mantenga en su corazón aborrecimiento o rencor hacia un hermano que ha sido engendrado por el mismo Padre que le engendró a él. ¿Cómo entender que estos endurecidos corazones pretendan tener comunión con Dios cuando están cerrando el paso a la fraternidad santa deseada por el Padre entre sus hijos y estos con Él? Encontramos que muchas son las causas que originan esta falta de amor entre los hermanos, destacando entre todas las enemistades, los pleitos, celos, envidias, contiendas, disensiones, etc., todas ellas nacidas de nuestra inclinación carnal y de nuestras más degradantes imperfecciones humanas. Desde este contaminado manantial, ajeno al Espíritu Santo, es imposible que mane el puro amor de Dios hacia aquellos que comparten la misma filiación, la misma fe y el mismo sentir.

 

Es hora de que confesar delante de Dios nuestra falta de amor hacia nuestros hermanos en la fe. Es tiempo de reconocer humilde y sinceramente: “Señor, ¿en qué miserable actitud hacia mis hermanos he vivido hasta aquí, ufanándome orgullosamente de que los amaba cuando en lo más hondo de mi corazón destilaba aversión hacia ellos? Aparta de mí estos comportamientos altaneros, esos juicios injustos, esas actitudes frías y distantes, duras en extremo, hacia algunos de mis hermanos en Cristo. Dame un corazón perdonador, compasivo y amoroso con los fallos de aquellos que son débiles en la fe. Vísteme cada día con tu amor , para que viva cada día en el vínculo perfecto de tu unidad. Ayúdame a no ser de tropiezo para ningún hijo tuyo, pues todos lo son por la misma fe en Cristo Jesús y en su obra redentora en la cruz. Enciende mi corazón para que pueda andar en amor, “como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2). Hazme entender y practicar en mi vida la grandeza de tu amor, un amor que todo lo sufra, que no envidie, que no haga nada indebido, que no busque lo suyo, que no se irrite y que no guarde rencor. Por último, oh Dios mío, te suplico que me llenes de este tu amor y misericordia para que pueda alentar a los hermanos de poco ánimo, sostener a los débiles y demostrar paciencia para con todos (1ª Tesalonicenses 5:14). ¡Que así sea!

 

(Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/Ilustración: Obra de Pelegri Clavé i Roquer )

 

 

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"Vivimos tiempos muy extraños (*). Los acontecimientos se suceden con extraordinaria rapidez. Nunca sabemos "lo que el día nos traerá", ¡cuánto menos lo que nos traerá el año! En nuestros días se hace gran profesión de religiosidad. En muchas partes del país la gente expresa vivo deseo de seguir un curso de vida santo y un grado más alto de espiritualidad. Es muy común ver como la gente recibe la Palabra con gozo, pero después de dos o tres años se aparta y vuelve a sus pecados. Y es que hay muchas personas que no consideran lo que cuesta ser un verdadero cristiano y un creyente santo.

       Nuestros tiempos requieren de una manera muy especial el que nos paremos a considerar el coste y el estado espiritual de nuestras almas. Este tema debe preocuparnos. Sin duda, el camino de la vida eterna es un camino delicioso; pero sería locura, por nuestra parte, cerrar los ojos al hecho de que se trata de un camino estrecho y de que la cruz viene antes que la corona. . .

       No cuesta gran cosa ser un cristiano de apariencia. Sólo requiere el que una persona asista dos veces a los cultos del domingo y que durante la semana sea medianamente moral. Este es el "cristianismo" de la vasta multitud de nuestro tiempo. Se trata, pues, de una profesión de fe fácil y barata; no implica abnegación ni sacrificio. Si esto es el cristianismo que salva y el que nos abrirá las puertas de la gloria al morir, entonces no habrá más remedio que alterar la descripción del camino de la vida eterna y decir: "¡Ancha es la puerta y amplio es el camino que conduce al cielo!".                    (Juan Carlos Ryle)

(* ) Se escribió en el siglo XIX.

                  ¡La soberanía de Dios!

¿Qué queremos decir con esta expresión? Queremos decir la supremacía de Dios. que Dios es Rey, que Dios es Dios. Decir que Dios es soberano es declarar que es el Altísimo, el que hace todo conforme a su voluntad en los huestes de los cielos y entre los habitantes de la tierra, de modo que nadie puede detener Su mano ni decirle: ¿Qué haces? (Daniel 4:35). Decir que  Dios es soberano es declarar  que es el Omnipotente, el Poseedor de toda potestad en los cielos y en la tierra, de modo que nadie puede frustrar Sus consejos, impedir Sus propósitos, ni resistir Su voluntad (Salmo 115:3). Decir que Dios es Soberano es declarar que "se enseñoreará de las gentes" (Salmo 22:28), levantando reinos, derrumbando imperios y determinando el curso de las dinastías según le agrada. Decir que Dios es soberano es declarar que es el "solo soberano", Rey de reyes, y Señor de señores" (1ª Timoteo 6:15). Tal es el Dios de la Biblia".         

 (Del libro "La soberanía de Dios", de A.W. Pink)

       La gran ocupación del ministro

La gran obra del ministro, en la que debe radicar su fortaleza de cuerpo y mente, es la predicación. Por flaco y despreciable, o loco (en el mismo sentido en que llamaron a Pablo loco) que pueda perecer, es el gran instrumento  que Dios tiene en sus manos por el que los pecadores serán salvos y los santos serán hechos aptos para la gloria. Plugo a Dios, por la locura de la predicación, salvar a los que creen. Fue para ello que nuestro bendito Señor dedicó los años de su propio ministerio. ¡Oh, cuánta honra ha dado Jesús a la obra de la predicación, al predicar Él en las sinagogas, o en el templo, o bien sobre las quietas aguas del mar de Galilea!  ¿No hizo Él a este mundo como el campo de su predicación? Ésta fue la gran obra de Pablo y de todos los apóstoles. Por esto dio el Señor el mandamiento: "Id por  todo el mundo y predicad el evangelio". ¡Oh, hermanos, ésta es nuestra gran obra!"

                          (R.M. McCheyne)