El espectáculo cristiano

 

En la verdadera adoración los hombres (…) dan poca importancia a los medios de la adoración; sus pensamientos se centran en Dios. La verdadera adoración se caracteriza por la humildad y carece de cualquier egocentrismo” (Geoffrey Thomas)

   Comentaba un creyente que había asistido por primera vez a cierta iglesia evangélica la sorpresa que había experimentado al percibir que lo que allí se celebraba parecía más un espectáculo que un culto cristiano. Esto, sin embargo, lejos de ser un fenómeno esporádico, se está extendiendo como una plaga por todas partes. Más que un “sacrificio de alabanza”, la adoración pública se está convirtiendo en un mero entretenimiento, cuando no en una diversión. Y una de las causas de esta situación (quizá la principal) es la descrita por A.W. Tozer cuando dijo que es cada vez más difícil conseguir que la gente vaya a un lugar donde la única atracción es Dios. Efectivamente, en esta época especialmente sensual y hedonista en que nos ha tocado vivir, hay una marcada inapetencia hacia Dios y su Palabra mientras se devora con avidez cualquier sucedáneo religioso, un menú que contenga algún ingrediente espiritual, pero con un marcado sabor sensual y mundano.

 

      El área donde se ubicaba el púlpito es ahora lo más parecido a un escenario con espacio para la banda o la orquesta de turno y las oportunas representaciones teatrales. La centralidad del púlpito y la predicación está siendo reemplazada por la actuación musical o dramática de turno. Ya sea en el local de la iglesia o en otros lugares, el concierto es el “plato fuerte” del menú religioso. ¿Pero que tiene que ver todo eso con el “sacrificio de alabanza a Dios, es decir el fruto de labios que confiesan su nombre”(Hebreos 13:15)?¿Qué tiene que ver oír un concierto con ofrecer un sacrificio?

 

      El que dirige el “culto” se parece cada vez más a un presentador de televisión. Ha de tener una personalidad carismática, buen sentido del humor y hacer sentir a la audiencia como si estuviera en el salón de su casa. Debe crear una atmósfera relajada (nada seria ni formal) en la que los espectadores puedan disfrutar al máximo de la que Enrique Iglesias llamaba en una de sus canciones “una experiencia religiosa”.

La predicación (cada vez más corta y, en algunos casos, inexistente) ya no consiste en una exposición de lo que dice la Escritura (eso ya no parece interesar a la gente), sino en una habilidosa mezcla de temas de actualidad, anécdotas y ocurrencias jocosas. Los asuntos “negativos” como el pecado, el arrepentimiento, el Infierno, etc. no tienen cabida en la amena charla que se ofrece al público. Que todo esto esté supuestamente basado en la vida y obra de alguien que fue despreciado, rechazado, escupido y crucificado no parece inquietar a los organizadores. Y para no desentonar con el ambiente así creado, la vestimenta ha de estar a tono. Aunque se supone que nos presentamos ante el Rey de reyes, no hay que ponerse lo mismo que uno se pondría para asistir a un acto oficial ante las autoridades o ante el rey. Queda mucho mejor el chándal que utilizamos en el gimnasio o la ropa casual de la excursión al campo. Todo lo que huela a “seriedad” y “formalismo” debe evitarse.

 

      Y cuando se trata de evangelizar, hay que evitar a toda costa que la gente tenga la impresión de que se les está sermoneando o que ha de “convertirse”. Jesús es un buen amigo que te va a resolver los problemas que tengas y te va a hacer feliz: solo tienes que “aceptarle”.Y como para demostrarlo, el mensaje se rodea con música a ritmo de rock, salsa, reggae y similares, amenizado con chicas que se contonean al son de la música y la consabida actuación de payasos y marionetas. Claro que, en un ambiente así,¿como se puede “aguar la fiesta” a los presentes diciéndoles que son pecadores y que deben huir de la ira venidera?

 

      La Iglesia está penosamente influida por un mundo ávido de sensaciones fuertes, que evita todo lo que es serio y trascendente, que se niega a meditar y reflexionar y que ahoga en la música y en las diversiones cualquier inquietud espiritual o trascendental. Y esa influencia se justifica en nombre de no se sabe qué contextualización o modernidad, cuando lo que debe atraer al mundo no es su similitud con la Iglesia sino su diferencia de esta.

 

      ¡Cuánto necesitamos recuperar el concepto bíblico de la adoración! Hemos de reconocer que el cristianismo actual sí ofrece un gran espectáculo al mundo en el mejor sentido de la palabra: el mayor espectáculo del mundo. ¿Porque qué mayor espectáculo que ver a todo un Dios clavado en una cruz? Con razón nos dice Lucas que “todas las multitudes que se habían reunido para (presenciar) este espectáculo, al observar lo que había acontecido, se volvieron golpeándose el pecho” (Lucas23:48). Pablo reconocía:“Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles en último lugar, como a sentenciados a muerte; porque hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres”(1ª Corintios 4:9). Y los cristianos primitivos fueron“hechos un espectáculo público en oprobios y aflicciones, y (...) siendo compañeros de los que eran tratados así” (Hebreos 10:33). Ese es el verdadero espectáculo cristiano. Pero, a diferencia de los espectáculos mundanos, este solo lo pueden apreciar quienes miran “a Aquel a quien han traspasado. Y se (lamentan) por Él, como se llora por un primogénito”(Zacarías 12:10). Estos son los que salen “a Él fuera del campamento, llevando su oprobio”(Hebreos 13:13). Estos son los verdaderos actores del espectáculo cristiano: no los que se limitan a tocar una guitarra o representar un papel.

 

      Querido amigo, el cristianismo es un espectáculo espiritual que algunos quieren convertir en un espectáculo mundano. ¿Con cuál de los dos te identificas tú?

                                       

                                                   D. C. 

                               http://www.editorialperegrino.com/nueva-reforma

 

Veamos ahora a qué nos referimos por el culto legítimo de Dios.  Su fundamento principal es reconocerlo como Él es, la única fuente de toda virtud, justicia, santidad, sabiduría, verdad, poder, bondad, misericordia, vida y salvación; de acuerdo con esto, el atribuirle y rendirle la gloria de todo lo que es bueno, buscar todas las cosas sólo en Él, y en cada necesidad recurrir a Él solamente.  De aquí nace la oración, de aquí la alabanza y la acción de graciasque son las pruebas de la gloria que le atribuimos. Esto es aquella santificación genuina de su nombre que Él requiere de nosotros por encima de todas las cosas. A esto se le une la adoración, por la cual le manifestamos la reverencia debida a su grandeza y excelencia;y a esta adoración las ceremonias le están subordinadas, como ayudas o instrumentos, para que, en el desempeño del culto divino, el cuerpo pueda ejercitarse al mismo tiempo con el alma.  Después de esto viene la renuncia propia de uno mismo,cuando (renunciando al mundo y la carne) somos transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento: y ya no vivimos más para nosotros mismos, sino que nos sometemos para ser gobernados y movidos por él. Por esta renuncia propia de uno mismo se nos instruye y regula todas las acciones de nuestras vidas”

 

(Del libro “La necesidad de reformar la Iglesia”, de Juan Calvino)

 http://www.presbiterianoreformado.org/doctrina/necesidadreformar.php#toc

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                       El honor de Dios

El honor de Dios sigue siendo el asunto más importante de esta vida. Y está siendo pisoteado en este mundo moderno, sobre el cual él, a pesar de todo, es misericordioso, sí, pero sobre el cual él también gobierna enviando sus juicios. Todo esto debería hacer  que nos conmoviéramos.  El especta-culo de ver a la Iglesia del Señor Jesucristo presa de la confusión y el error debería hacer que nos consumié-ramos. El Señor Jesucristo ganó a su Iglesia al precio de su inmaculada sangre, de incalculable e infinito valor. Él merece, por tanto, reinar sobre una Iglesia visible conforme a las ordenanzas que él ha establecido y que proclame la verdad que él ha revelado.

Esta, y no otra, es la necesidad de la Reforma de la Iglesia, ayer y hoy.

(Texto: Jorge Ruiz /Ilustración: Fragmento obra de Sébastien Bourdon-Museo Hermitage)

           Nuestra reverencia hacia Dios

Que la sangre de Cristo nos haya limpiado de todos nuestros pecados, no debería disminuir nuestra reverencia hacia Dios, sino más bien aumentarla. La obra redentora de Cristo es una clara indicación de que nuestro Dios  no toma el pecado con ligereza. De ahí la solemne reverencia del autor de la Epístola en el vers. 25: "Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháramos al que nos amonesta desde los cielos" (Heb. 12:25). 

A la luz de esta realidad, el autor nos advierte en los versículos 28 y 29: " Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor".

 

Los creyentes del nuevo pacto poseen una percepción más clara de la santidad de Dios que los santos en el antiguo; ellos saben ahora que, por causa de sus pecados, Dios envió a su propio Hijo a derramar su sangre en la cruz, pues de otro modo nadie habría podido ser salvo; consecuentemente, los creyentes del nuevo pacto deberían experimentar una reverencia más profunda cuando se acercan a ese Dios en adoración.     (Sugel Michelén)