El Espíritu y

la letra

_______________ 

 

Resulta cuando menos paradójico que hoy día, cuando disponemos de toda clase de medios impresos, audiovisuales, informáticos y cibernéticos para alimentarnos de la Biblia, exista tal hambruna a escala mundial en cuanto al conocimiento de Dios y de su camino. Aunque no aboguemos por aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, hemos de reconocer el enanismo ministerial que padecemos en nuestro tiempo si comparamos a nuestros predicadores con aquellos gigantes de siglos pasados que nos precedieron.

 

Hablando en términos generales (y con honrosísimas pero escasísimas excepciones), ni los creyentes ni los inconversos están siendo claramente impactados por la predicación cristiana. La gente se aburre y muchos no se sienten motivados a oír dos veces el domingo al predicador. Muchos demandan mensajes más cortos: más música, más teatro y menos predicación. Raramente se ven conversiones durante el acto mismo de la proclamación del mensaje. Y, lo que es peor, muchos parecen estar “inmunizados” contra todo sermón que puedan oír y sus vidas continúan igual por muchas exhortaciones que se hagan desde el púlpito. Si creemos que el Evangelio “es poder de Dios”, ¿cómo es que no vemos ese poder con más frecuencia y de forma más evidente? ¿A qué se debe esto? O, como pregunta Al Martin en su librito ¿Qué está fallando con la predicación de hoy?

Cuando tratamos de hacer un análisis de este tipo, corremos el peligro de ser simplistas, de confundir las partes con el todo,de mezclar lo principal con lo secundario, de sustituir lo general por lo particular. El mencionado autor hace referencia a los problemas derivados tanto de la persona como del mensaje del predicador y, sin duda, su análisis es acertado. El carácter, la autoridad moral, del mensajero es importante; y también lo es el contenido y la forma del mensaje. Pero, en un sentido, este problema ha existido siempre: no todos los predicadores del pasado rayaban la excelencia, evidentemente.

 

¿Cuál es entonces el problema específico de nuestro tiempo? Hay, sin duda, un consenso generalizado en cuanto a que nuestra sociedad se caracteriza por la superficialidad. El hombre moderno ha alcanzado elevadas alturas de conocimiento, tecnología y progreso, pero padece una gran carencia de profundidad. Se ha empeñado en una lucha titánica por extender y ampliar los límites que le rodean, pero ha abandonado el esfuerzo por ahondar en su interior.

 

Y, querámoslo o no, nuestras iglesias y predicadores están siendo influidos por nuestro ambiente social. En un afán por estar “a la altura”, se está recurriendo a toda clase de adelantos para hacer que la Iglesia avance, aun a costa de una gran falta de profundidad. Hoy podemos encontrar textos bíblicos en milésimas de segundos con nuestras biblias electrónicas; disponemos de cientos de volúmenes en un solo CD o DVD que podemos consultar instantáneamente; por si esto fuera poco, podemos navegar por la internet y buscar con enorme velocidad entre cientos de miles de sermones o estudios bíblicos escritos o hablados, además de descargar suficientes bosquejos para abastecernos el resto de nuestra vida. Ya no nos conformamos con una mera exposición hablada del mensaje, pues mediante el PowerPoint (o el Keynote de la otra plataforma) se puede hacer una presentación con toda clase de efectos visuales y sonoros.

 

¿Pero realmente supone todo esto un avance en términos espirituales? Aclaramos que no somos cavernícolas o amish contrarios a todo progreso o civilización. Lo que nos preocupa es la confianza en que estas cosas, per se, van a significar una mejora sustancial y espiritual en la vida de iglesia. Es más, si no las controlamos o nos dejamos controlar por ellas, pueden convertirse en aquellos carros y caballos en que confiaban los israelitas y que tan claramente condenó Dios (cf. Sal. 20:7).

Hoy es relativamente fácil componer un sermón a base de una biblia electrónica, un CD o una descarga cibernética. Por eso, a veces se oyen prédicas que más parecen comida enlatada que alimento espiritual, por lo que se sale del culto con la cabeza llena de datos y el corazón vacío. ¿A qué se debe esto? Una de las principales razones, diríamos, es la falta de contenido bíblico, teológico y espiritual del predicador. Este contenido no se obtiene con unas cuantas sesiones cibernéticas aprisa y corriendo, sino pasando muchas horas en la presencia de Dios, meditando su Palabra. John Wesley menospreciaba a quienes pasaban menos de cuatro horas diarias en oración. ¿Qué diría de aquellos que preparan un sermón en media hora tras una oración de dos minutos?

 

Y es que la misión del predicador no consiste en hacer una recopilación apresurada de textos (ya sea con la Thompson o sin “Thomp ni son”), sino en ahondar en el significado profundo de la Palabra, amplificar su contenido y aplicarlo todo a la mente, el corazón y la conciencia de los oyentes. Porque la clave de la predicación cristiana no radica en la letra (por muy profusa que esta sea), sino en el espíritu que acompaña la letra. Por eso se dice de Esteban (el protomártir cristiano): «No podían resistir a la sabiduría ni al Espíritu con que hablaba» (Hch. 6:10), donde quizá “espíritu” debería ir con minúscula, como en la versión inglesa del Rey Jacobo. «Porque —como dijo Pablo— el reino de Dios no [consiste] en palabras, sino en poder» (1 Co. 4:20).

 

Querido hermano, alguien ha dicho que «las palabras son baratas hoy día», quizá más baratas que nunca. Pero el Reino de Dios es muy costoso. Requirió la vida del Hijo de Dios y ahora requiere el poder del Espíritu Santo. Esforcémonos, pues, porque nuestra “letra” sea plenamente bíblica y nuestro “espíritu” esté controlado por el Espíritu de Dios. Y que ambos vayan juntos.

https://lacuevadeadulam.wordpress.com/2017/05/08/el-espiritu-y-la-letra/?iframe=true&theme_preview=true

 

IGLESIA EVANGÉLICA EL

ALFARERO.COM

Avda. Blas Infante, núm. 37

Jerez de la Frontera (Cádiz)

Móvil: 627 137 280

"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

        El peligro de la herejía gnóstica

"Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como también habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado" (2ª Ped. 2:1-2)

 

"En los tres primeros siglos, la Iglesia tuvo que defender numerosas herejías. Se ponían en peligro las verdades reveladas.

 

El gnosticismo ha sido el peligro más grave que ha corrido la Iglesia. Pasó por más de treinta sistemas gnósticos diferentes, a base de elementos de todas las filosofías y pensamientos regidos por el pensamiento libre. Fue un auténtico anticristianismo y una degradación de la revelación divina.

 

Marción, "el lobo de Ponto", fue uno de los adversarios más serios en el siglo II. Tenía cualidades de jefe y arrastraba tras de sí a muchas personas, a las que llamaba discípulos; fundó sólidas iglesias, que permanecieron fieles hasta el martirio.

Su doctrina se difundió rápidamente. Hacia el año 150, Justino escribía: "Siembra el mundo de blasfemias, ayudado por todos los demonios. Los que le siguen, no pueden probar lo que afirman, pero se dejan llevar y son presa del ateísmo".

Le combatieron Dionisio en Corinto, Ireneo en Lyon, Teófilo en Antioquía, Tertuliano en Cartago, Hipólito y Rodón en Roma y Bar Daisán en Edesa."

                                     (Italo Volpi)

     La Biblia  y Miguel de Cervantes 

" La Biblia no es un libro de fácil penetración ni su contenido es para ser leído descuidadamente. Todo cuanto sus páginas contiene es la palabra de Dios, y el secreto maravilloso de esas palabras sólo puede ser descubierto por una mente espiritual. Esto explica los ruidosos fracasos de toda la caterva de racionalistas baratos cuando se han puesto a dogmatizar  sobre la Biblia y a sentar conclusiones sobre sus doctrinas. La Biblia puede comprenderse sólo y exclusivamente cuando se ha comprendido a su Autor. Nunca se repetirá bastante ese esencial principio de la hermenéutica bíblica. Sólo cuando penetramos en esa mente amplia, tan amplia como el mismo Universo, podemos llegar a conocer las verdaderas riquezas de la Biblia.

 

Miguel de Cervantes, que tenía por verdadera y por valiosa la existencia de Dios, que creía con una fe que le nacía de lo íntimo del corazón, manifestada en multitud de ocasiones por la calma que inundaba su alma en los momentos de apuro  -y fueron muchos en su vida-, leyó, comprendió y amó la Biblia. Y este amor no le nació del estudio frío y calculado de los escritos sagrados. Su cariño hacia ellos trascendía más  allá de las simples funciones del entendimiento y la voluntad. Supo penetrar en las páginas divinas con profunda sensibilidad espiritual y los sublimes misterios se le descubrieron como tesoros accesibles, enriqueciendo y fortaleciendo su experiencia religiosa y espiritual."   (De "La Biblia en el Quijote", de Juan A. Monroy).