El Espíritu y

la letra

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Resulta cuando menos paradójico que hoy día, cuando disponemos de toda clase de medios impresos, audiovisuales, informáticos y cibernéticos para alimentarnos de la Biblia, exista tal hambruna a escala mundial en cuanto al conocimiento de Dios y de su camino. Aunque no aboguemos por aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, hemos de reconocer el enanismo ministerial que padecemos en nuestro tiempo si comparamos a nuestros predicadores con aquellos gigantes de siglos pasados que nos precedieron.

 

Hablando en términos generales (y con honrosísimas pero escasísimas excepciones), ni los creyentes ni los inconversos están siendo claramente impactados por la predicación cristiana. La gente se aburre y muchos no se sienten motivados a oír dos veces el domingo al predicador. Muchos demandan mensajes más cortos: más música, más teatro y menos predicación. Raramente se ven conversiones durante el acto mismo de la proclamación del mensaje. Y, lo que es peor, muchos parecen estar “inmunizados” contra todo sermón que puedan oír y sus vidas continúan igual por muchas exhortaciones que se hagan desde el púlpito. Si creemos que el Evangelio “es poder de Dios”, ¿cómo es que no vemos ese poder con más frecuencia y de forma más evidente? ¿A qué se debe esto? O, como pregunta Al Martin en su librito ¿Qué está fallando con la predicación de hoy?

Cuando tratamos de hacer un análisis de este tipo, corremos el peligro de ser simplistas, de confundir las partes con el todo,de mezclar lo principal con lo secundario, de sustituir lo general por lo particular. El mencionado autor hace referencia a los problemas derivados tanto de la persona como del mensaje del predicador y, sin duda, su análisis es acertado. El carácter, la autoridad moral, del mensajero es importante; y también lo es el contenido y la forma del mensaje. Pero, en un sentido, este problema ha existido siempre: no todos los predicadores del pasado rayaban la excelencia, evidentemente.

 

¿Cuál es entonces el problema específico de nuestro tiempo? Hay, sin duda, un consenso generalizado en cuanto a que nuestra sociedad se caracteriza por la superficialidad. El hombre moderno ha alcanzado elevadas alturas de conocimiento, tecnología y progreso, pero padece una gran carencia de profundidad. Se ha empeñado en una lucha titánica por extender y ampliar los límites que le rodean, pero ha abandonado el esfuerzo por ahondar en su interior.

 

Y, querámoslo o no, nuestras iglesias y predicadores están siendo influidos por nuestro ambiente social. En un afán por estar “a la altura”, se está recurriendo a toda clase de adelantos para hacer que la Iglesia avance, aun a costa de una gran falta de profundidad. Hoy podemos encontrar textos bíblicos en milésimas de segundos con nuestras biblias electrónicas; disponemos de cientos de volúmenes en un solo CD o DVD que podemos consultar instantáneamente; por si esto fuera poco, podemos navegar por la internet y buscar con enorme velocidad entre cientos de miles de sermones o estudios bíblicos escritos o hablados, además de descargar suficientes bosquejos para abastecernos el resto de nuestra vida. Ya no nos conformamos con una mera exposición hablada del mensaje, pues mediante el PowerPoint (o el Keynote de la otra plataforma) se puede hacer una presentación con toda clase de efectos visuales y sonoros.

 

¿Pero realmente supone todo esto un avance en términos espirituales? Aclaramos que no somos cavernícolas o amish contrarios a todo progreso o civilización. Lo que nos preocupa es la confianza en que estas cosas, per se, van a significar una mejora sustancial y espiritual en la vida de iglesia. Es más, si no las controlamos o nos dejamos controlar por ellas, pueden convertirse en aquellos carros y caballos en que confiaban los israelitas y que tan claramente condenó Dios (cf. Sal. 20:7).

Hoy es relativamente fácil componer un sermón a base de una biblia electrónica, un CD o una descarga cibernética. Por eso, a veces se oyen prédicas que más parecen comida enlatada que alimento espiritual, por lo que se sale del culto con la cabeza llena de datos y el corazón vacío. ¿A qué se debe esto? Una de las principales razones, diríamos, es la falta de contenido bíblico, teológico y espiritual del predicador. Este contenido no se obtiene con unas cuantas sesiones cibernéticas aprisa y corriendo, sino pasando muchas horas en la presencia de Dios, meditando su Palabra. John Wesley menospreciaba a quienes pasaban menos de cuatro horas diarias en oración. ¿Qué diría de aquellos que preparan un sermón en media hora tras una oración de dos minutos?

 

Y es que la misión del predicador no consiste en hacer una recopilación apresurada de textos (ya sea con la Thompson o sin “Thomp ni son”), sino en ahondar en el significado profundo de la Palabra, amplificar su contenido y aplicarlo todo a la mente, el corazón y la conciencia de los oyentes. Porque la clave de la predicación cristiana no radica en la letra (por muy profusa que esta sea), sino en el espíritu que acompaña la letra. Por eso se dice de Esteban (el protomártir cristiano): «No podían resistir a la sabiduría ni al Espíritu con que hablaba» (Hch. 6:10), donde quizá “espíritu” debería ir con minúscula, como en la versión inglesa del Rey Jacobo. «Porque —como dijo Pablo— el reino de Dios no [consiste] en palabras, sino en poder» (1 Co. 4:20).

 

Querido hermano, alguien ha dicho que «las palabras son baratas hoy día», quizá más baratas que nunca. Pero el Reino de Dios es muy costoso. Requirió la vida del Hijo de Dios y ahora requiere el poder del Espíritu Santo. Esforcémonos, pues, porque nuestra “letra” sea plenamente bíblica y nuestro “espíritu” esté controlado por el Espíritu de Dios. Y que ambos vayan juntos.

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

                       El honor de Dios

El honor de Dios sigue siendo el asunto más importante de esta vida. Y está siendo pisoteado en este mundo moderno, sobre el cual él, a pesar de todo, es misericordioso, sí, pero sobre el cual él también gobierna enviando sus juicios. Todo esto debería hacer  que nos conmoviéramos.  El especta-culo de ver a la Iglesia del Señor Jesucristo presa de la confusión y el error debería hacer que nos consumié-ramos. El Señor Jesucristo ganó a su Iglesia al precio de su inmaculada sangre, de incalculable e infinito valor. Él merece, por tanto, reinar sobre una Iglesia visible conforme a las ordenanzas que él ha establecido y que proclame la verdad que él ha revelado.

Esta, y no otra, es la necesidad de la Reforma de la Iglesia, ayer y hoy.

(Texto: Jorge Ruiz /Ilustración: Fragmento obra de Sébastien Bourdon-Museo Hermitage)

           Nuestra reverencia hacia Dios

Que la sangre de Cristo nos haya limpiado de todos nuestros pecados, no debería disminuir nuestra reverencia hacia Dios, sino más bien aumentarla. La obra redentora de Cristo es una clara indicación de que nuestro Dios  no toma el pecado con ligereza. De ahí la solemne reverencia del autor de la Epístola en el vers. 25: "Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháramos al que nos amonesta desde los cielos" (Heb. 12:25). 

A la luz de esta realidad, el autor nos advierte en los versículos 28 y 29: " Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor".

 

Los creyentes del nuevo pacto poseen una percepción más clara de la santidad de Dios que los santos en el antiguo; ellos saben ahora que, por causa de sus pecados, Dios envió a su propio Hijo a derramar su sangre en la cruz, pues de otro modo nadie habría podido ser salvo; consecuentemente, los creyentes del nuevo pacto deberían experimentar una reverencia más profunda cuando se acercan a ese Dios en adoración.     (Sugel Michelén)