El espíritu de la 

Reforma 

Protestante 

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El pasado 1 de noviembre se celebró en diversos puntos de España y del mundo el Día de la Reforma. Desde distintos enfoques y organizaciones, se ofrecieron conferencias y actividades que sirvieron de recordatorio, explicación y proclamación de los principios descubiertos por los reformadores del siglo XVI. Vistas así las cosas, solo cabe esperar que los creyentes hayan sido bendecidos con una recuperación de la memoria histórica (casi perdida para muchos) y el estímulo para seguir las pisadas de aquellos “héroes de la fe” que no se encuentran solamente en Hebreos 11.

 

Es bueno que se hable de la Reforma sin ambages ni cortapisas, que no nos avergoncemos de nuestro pasado ni de aquellos que, en muchos casos, vertieron su sangre para que ahora nosotros participemos de esa herencia y ese patrimonio que ellos nos legaron. “Has dado un estandarte a los que te temen, para que sea alzado porcausade la verdad” (Salmo 60:4).

 

Pero, por desgracia, la Reforma no es un concepto de un solo significado, no solo para el mundo en general sino para los protestantes en particular. Desde los que la han tildado en tiempos recientes de “trágico error” hasta los que la idolatran, hay un amplio abanico de interpretaciones y aplicaciones de aquel poderoso movimiento que cambió la faz de Europa y del mundo. Pero lo más triste es que aun aquellos que sostienen una interpretación más fiel y exacta, y que no solo conocen y creen sino que proclaman los “principios de la Reforma”, yerren en cuanto a la aplicación práctica de dichos principios. Esto puede adoptar una multiplicidad de formas, pero esencialmente tiene que ver con ignorar el espíritu de la Reforma y quedarse solo con algunos aspectos; es decir, perder de vista el bosque por causa de los árboles, dejar a un lado lo esencial y desviarse a lo periférico.

 

El espíritu de la Reforma hay que buscarlo en los cinco grandes “solos”: solo una fe, sola gracia, sola Escritura, solo Cristo, solo a Dios la gloria. Desviarse de estos principios es no solo desviarse de la Reforma, sino de la Biblia misma. Estos “cinco puntos” (en su correcta interpretación) son el mínimo exigible para considerarse reformado, pero a su vez deberían ser suficientes para aceptar a otros en la familia reformada sin necesidad de añadir otros requisitos. Por supuesto que hay lugar para las confesiones de fe, pero cuidado que la letra de dichas confesiones no mate el espíritu de la Reforma, sino que más bien sea vivificada por este. El espíritu de la Reforma es un talante, una visión, una actitud. Tiene un concepto elevado de Dios, de su Reino, de su causa, al tiempo que tiene un concepto muy bajo del hombre, sus motivaciones y sus recursos. Busca, pues, ensalzar a Dios y humillar al hombre. Y todo ello se debe materializar en las relaciones fraternales, en la conducta eclesiásticas, en las organizaciones cristianas.

 

Cuando no se tiene esta visión, los nombres son meras etiquetas, las iglesias se convierten en guetos y las organizaciones pierden su razón de ser. Por mucho bombo y platillo que se utilice, no dejan de ser ”metal que resuena o címbalo que retiñe” (1ªCorintios13:1). Han perdido el espíritu de la Reforma quienes, por ejemplo, pretenden tener el monopolio de la Reforma: los que excluyen (más o menos solapadamente) todo lo que se salga de su interpretación personal o de su denominación o de su manera de entender la Reforma.

 

Pero el espíritu de la Reforma es también plural, no lo olvidemos. En el siglo XVI no había una sola corriente reformada: Lutero, Calvino y Zuinglio marcaron tendencias divergentes, así como los dirigentes moderados de la Reforma radical. Los puritanos hicieron su peculiar lectura de la Reforma y aun entre ellos hubo considerables discrepancias. El Despertar evangélico del siglo XVIII en Inglaterra adoptó matices muy distintos a los de los puritanos. Sin embargo,nadie se atrevería a acusar a ninguno de ellos de estar fuera de la Reforma.

 

Este espíritu es necesario recuperarlo en nuestro días en nuestro país, donde parece hacerse una distinción (no escrita, por supuesto) entre lo que es Reformado (con R mayúscula) y lo que pertenece a otra categoría por muy reformado que quiera llamarse. Eso es una clara negación del espíritu de la Reforma. Tenemos que aceptar que nadie es el representante exclusivo de la Reforma, que hay toda clase de tendencias e interpretaciones dentro de la fidelidad a la Reforma, que hay quienes ni siquiera quieren llevar una etiqueta identificativa, que unos son muy puritanos y otros menos, que unos están asociados y otros van por libre, que unos tienen el enfoque inglés y otros el holandés, etc.

 

Hoy por hoy, resulta inimaginable la existencia de una “casa común” para todos lo que amamos y proclamamos la Reforma: el espíritu español es demasiado individualista para eso, entre otros factores, y confunde el ser con el estar. Pero sí es factible y deseable tener un “espíritu común”, el espíritu de la Reforma, que se plasme en fraternidad, amistad, apoyo y cooperación: sin más distinciones. Si no somos capaces de eso, entonces lo que hay que cuestionar no es nuestra adhesión a la Reforma sino el propio cristianismo.

 

Querido hermano, vivimos en tiempos de confusión, fragmentación, personalismos,etc., y lo peor es que todo esto ocurre cuando estamos rodeados de enemigos formidables que amenazan no solo a la Reforma sino a la Biblia misma. Corremos el peligro de parecernos a aquellos judíos del año 70 en Jerusalén que luchaban entre sí mientras los romanos rodeaban la ciudad, o aun a los famosos bizantinos. Es hora de dejar las banderías y presentar un frente común ante todo lo que milita contra el espíritu de la Reforma. Que cada uno cumpla con su responsabilidad. Que no tenga que decirnos el Señor: “Vosotros no sabéis de que espíritu sois”(Lucas 9:55).

                                         

                                                       D. C.

 

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

VERDADERA ORACIÓN EN EL ESPÍRITU 

"El hombre que presenta de veras una petición a Dios  jamás podrá expresar con su boca o pluma los inefables deseos, experiencias, afectos y anhelos que subieron al Señor en aquella oración. Las mejores oraciones contienen a menudo más gemidos que palabras ; y las palabras que contienen no son sino una sombra pobre y superficial del corazón, la vida y el espíritu de esa oración. No están escritas las palabras de la oración que pronunció Moisés cuando partió de Egipto y fue perseguido por Faraón ; pero sabemos que hizo resonar el cielo con sus clamores; clamores producidos por los indescriptibles e inescrutables gemidos de su alma en y con el Espíritu. Dios es Dios de espíritus, y sus ojos calan hasta el corazón. Dudo que tengan este detalle en cuenta aquellos que pretenden ser considerados como pueblo de oración.

 

Cuanto más se acerca un hombre a la perfección en la obediencia de una obra mandada por Dios, tanto más difícil la encuentra; y ello se debe a que la criatura, como criatura no puede hacerla. Pero la oración (como antes se ha dicho) no es solamente un deber, sino una de las obligaciones más eminentes, y, por consiguiente, más difíciles. Bien sabía Pablo lo que decía, cuando escribió: "Oraré con el Espíritu" (1ª Corintios 14:15). Sabía muy bien que no era lo que otros hubieran escrito o dicho lo que podía hacer de él un hombre que ora; solamente el Espíritu podía hacerlo".

(De  la obra "La Oración", de John Bunyan y Thomas Goodwin; trabajo que recomendamos para edificación).

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 Ante la grave preocupación existente en muchos creyentes de distintas iglesias y denominaciones sobre la antibíblica posición en que se están colocando muchos pastores, en relación al concepto de  autoridad y obediencia exigidas arbitrariamente en ciertas  iglesias; olvidando o ignorando, en todo caso, que la máxima autoridad no es el hombre sino Jesucristo por medio de su Espíritu, transcribimos un  clarificador escrito con el fin de establecer la firme verdad de la Palabra sobre tan importante doctrina:

 

"Cristo es la Cabeza única de la Iglesia que es su Cuerpo. En ningún lugar de las Escrituras se hace mención de alguna otra en ningún sentido, ni literal ni figurado, ni visible ni invisible. No hay absolutamente nadie en quien Cristo haya delegado la facultad de ser Cabeza. 

La dignidad de la Cabeza de la Iglesia está íntimamente relacionada con la resurrección (v.18) y, en consonancia, con la muerte de la cruz. "Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios" (Rom. 8:34). Sólo Cristo murió. Sólo Cristo resucitó. Sólo Cristo ha sido dado como Cabeza a la Iglesia (Efesios 1:20-23).

"Para que en todo tenga la preeminen-cia". Cristo ostenta la primacía en todo lo que concierne a autoridad sobre la Iglesia. Sólo El es el Maestro y el Legislador, el Señor y Juez."

 (De "Cristo, el incomparable", de José M. Martínez)