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¿Moderación o complicidad?

 

Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro” (Mateo 16:13)

 

La moderación es, sin duda, una virtud. Reprimir los excesos y los extremismos facilita las relaciones humanas y ayuda a crear un clima de diálogo y entendimiento que no puede por menos que resultar beneficioso. Pero, desgraciadamente, bajo el paraguas de la moderación pueden cobijarse una serie de actitudes acomodaticias, despreocupadas y aun cobardes que nada tienen que ver con la misma.

En ningún otro terreno es el concepto de moderación tan prominente como en el religioso. En esta época de proliferación de creencias y religiones en que nos ha tocado vivir, sólo se consideran aceptables las moderadas: las que no pretenden ser la única verdadera, las que dicen que todos los caminos llevan a Dios, las que buscan un ecumenismo sin distinciones doctrinales, las que no practican ningún tipo de proselitismo.

 

La paradoja es que el mundo secular no conoce ninguna clase de moderación a la hora de atacar la religión (la evangélica, por supuesto). Cuando se trata de denunciar, desprestigiar y aun calumniar la religión, no se tiene en cuenta a veces el más mínimo comedimiento.

 

       El cristianismo bíblico cree y predica la moderación. Nuestro Señor Jesucristo era “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29) y exhortó a sus discípulos a que aprendieran de él esta virtud. Pero la mansedumbre y la humildad no deben entenderse como pasividad o pusilanimidad. Cristo no actuó con “moderación” cuando arrojó a los mercaderes del templo (Mateo 21:12-13), cuando llamó a los escribas y fariseos hipócritas y sepulcros blanqueados (Mateo 23:23,27) o cuando reprendió a Pedro llamándolo Satanás (Marcos 8:33).

 

       Hay circunstancias y situaciones que demandan lo que pudiéramos llamar una santa inmoderación: cuando la verdad está en la picota, cuando la Iglesia se ve acechada por diversos peligros, cuando la gloria de Dios está en juego o cuando el Evangelio es atacado y perseguido. Es en casos semejante en los que debe producirse una justa y fervorosa indignación que esté en consonancia con la gravedad de la situación. Y, como decía Spurgeon, no existe un fuego que sea moderamente caliente.

 

       El pueblo evangélico español, y en especial sus dirigentes, parecen haber entendido mal este asunto de la moderación. Lo que importa aquí es estar a bien con todo el mundo. No importa si se practica un ecumenismo encubierto a través de Ferede u otras entidades similares, o si se dejan las puertas abiertas para que el carismatismo divida nuestras iglesias. Lo contrario sería falta de moderación y altamente impopular.

 

       ¿Tan poco vale la verdad?; ¿tan poco importa la Iglesia?; ¿tan poco se estima la gloria de Dios? Sí, dirán muchos, hay que dar la debida importancia a estas cosas, pero con moderación. La verdad, sin embargo, es que hay ocasiones en que no se puede actuar con moderación. Una moderación que calla ante el mal, es pasiva ante el error y pasa por alto lo que deshonra a Dios, equivale a complicidad. Por el contrario, dice el apóstol Pablo: “No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien, desenmascaradlas” (Efesios 5:11).

 

       Querido hermano, practica la moderación en todos los ámbitos de tu vida, pero no olvides que la moderación tiene un límite: la gloria de Dios. Cuando la gloria de Dios es puesta en entredicho, es tiempo de actuar con todo vigor y fervor. Ojalá pueda decirse de ti y de mí lo que se dijo del Señor: “El celo por tu casa me ha consumido” (Salmo 69:9).

 

                                                                                               ( D. C. M. )

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VERDADERA ORACIÓN EN EL ESPÍRITU 

"El hombre que presenta de veras una petición a Dios  jamás podrá expresar con su boca o pluma los inefables deseos, experiencias, afectos y anhelos que subieron al Señor en aquella oración. Las mejores oraciones contienen a menudo más gemidos que palabras ; y las palabras que contienen no son sino una sombra pobre y superficial del corazón, la vida y el espíritu de esa oración. No están escritas las palabras de la oración que pronunció Moisés cuando partió de Egipto y fue perseguido por Faraón ; pero sabemos que hizo resonar el cielo con sus clamores; clamores producidos por los indescriptibles e inescrutables gemidos de su alma en y con el Espíritu. Dios es Dios de espíritus, y sus ojos calan hasta el corazón. Dudo que tengan este detalle en cuenta aquellos que pretenden ser considerados como pueblo de oración.

 

Cuanto más se acerca un hombre a la perfección en la obediencia de una obra mandada por Dios, tanto más difícil la encuentra; y ello se debe a que la criatura, como criatura no puede hacerla. Pero la oración (como antes se ha dicho) no es solamente un deber, sino una de las obligaciones más eminentes, y, por consiguiente, más difíciles. Bien sabía Pablo lo que decía, cuando escribió: "Oraré con el Espíritu" (1ª Corintios 14:15). Sabía muy bien que no era lo que otros hubieran escrito o dicho lo que podía hacer de él un hombre que ora; solamente el Espíritu podía hacerlo".

(De  la obra "La Oración", de John Bunyan y Thomas Goodwin; trabajo que recomendamos para edificación).

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 Ante la grave preocupación existente en muchos creyentes de distintas iglesias y denominaciones sobre la antibíblica posición en que se están colocando muchos pastores, en relación al concepto de  autoridad y obediencia exigidas arbitrariamente en ciertas  iglesias; olvidando o ignorando, en todo caso, que la máxima autoridad no es el hombre sino Jesucristo por medio de su Espíritu, transcribimos un  clarificador escrito con el fin de establecer la firme verdad de la Palabra sobre tan importante doctrina:

 

"Cristo es la Cabeza única de la Iglesia que es su Cuerpo. En ningún lugar de las Escrituras se hace mención de alguna otra en ningún sentido, ni literal ni figurado, ni visible ni invisible. No hay absolutamente nadie en quien Cristo haya delegado la Facultad de ser Cabeza. 

La dignidad de la Cabeza de la Iglesia está íntimamente relacionada con la resurrección (v.18) y, en consonancia, con la muerte de la cruz. "Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios" (Rom. 8:34). Sólo Cristo murió. Sólo Cristo resucitó. Sólo Cristo ha sido dado como Cabeza a la Iglesia (Efesios 1:20-23).

"Para que en todo tenga la preeminen-cia". Cristo ostenta la primacía en todo lo que concierne a autoridad sobre la Iglesia. Sólo El es el Maestro y el Legislador, el Señor y Juez."

 (De "Cristo, el incomparable", de José M. Martínez)