Y al tercer día...resucitó

 

Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana” (1ª Corintios 15:14)


La resurrección, fundamento de la Iglesia Cristiana

       Si los Evangelios se hubieran cerrado con sus relatos sobre la persona y el ministerio de Jesús, hoy tendríamos una colección maravillosa de escritos religiosos; el más precioso, el de Jesús con su vida, sus milagros y sus enseñanzas. Pero su biografía tendría el más oscuro y deprimente de los desenlaces posibles: Jesús se convirtió en victima inocente por parte del pueblo judío y sus autoridades.

 

       Rechazado y denostado por haberse hecho Rey en el Reino de Dios, fue apresado sin culpa en la colina de Getsemaní y conducido al pretorio para ser juzgado. El gobernador romano, Pilato, el único que podía condenar a muerte, confesó la inocencia del preso: “No veo en él delito alguno” (Lucas 23:14); pero la multitud exacerbada no cesaba de clamar: ”¡Crucifícale, crucifícale!” (vers. 21). Y Pilato les autorizó la cruel ejecución. Seis horas duró la tortura, al final de las cuales Jesús ya muerto fue depositado en el sepulcro nuevo de José de Arimatea(Mateo 27:57-61). 

       Así, del modo más desconsolador, tuvieron fin todas las ilusiones de los seguidores de Jesús. ¿Ilusiones? Sí, las esperanzas abrigadas por los apóstoles y sus seguidores estaban fuertemente teñidas de aspiraciones mundanas, de ambiciones inconfesadas de poder temporal. La experiencia de ver a Jesús agonizando en el Gólgota con el más horrible sufrimiento había de afectar la fe en el Maestro procedente de Galilea, iba a originar un desmoronamiento espiritual tan profundo como desgarrador. Así lo confesaron los dos discípulos de Emaús: “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel” (Lucas 24:21). Pero esta esperanza debía ser corregida. Lo que se veía con ojos ofuscados debía ser depurado por la presencia y la palabra del Cristo resucitado. Esa visión totalmente nueva está vinculada a uno de los grandes textos cristológicos del apóstol Pablo que relaciona la muerte de Cristo con su encarnación: Él, Cristo, era el Señor de la gloria, pero “se despojó a sí mismo tomando forma de siervo,...y estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,...para que todo hombre confiese que Jesucristo es el Señor” (Filipenses 2:6-11). 

       De este modo, lo que aparentamente era una derrota sin paliativos vino a ser la más grande de las victorias. Daba la razón a Pablo en otra de sus osadas declaraciones: “Sorbida es la muerte con victoria”(1ª Corintios 15:54).

 

       Así, pues, al considerar la enseñanza bíblica en su globalidad se ve que la importancia teológica de la resurrección de Jesús nunca será ensalzada desmedidamente. Por el contrario, viene a ser el centro y meollo de la revelación. Según el apóstol Pablo, la resurrección es tan decisiva que de su veracidad depende la fiabilidad de todo el edificio de la fe cristiana , porque “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe (1ª Corintios 15:14).


Cristo vive en mí: las implicaciones espirituales de la resurrección

       Podríamos ahondar más en las evidencias de la resurrección. Es importante disponer de una buena defensa -una apologética- con argumentos persuasivos. Pero ante la resurrección de Cristo no basta con tener buenas evidencias; hay que conocer también susconsecuencias. La historicidad de la resurrección conlleva el poder de la resurrección. Creer en su historicidad es la llave que nos franquea la puerta para contemplar el glorioso paisaje que este hecho implica. No podemos quedarnos en una lectura meramente histórica; es un hecho que tiene unas consecuencias espirituales y existenciales decisivas para cada ser humano. Por esta razón las doctrinas bíblicas más destacadas guardan relación con la resurrección. Cabe señalar, por ejemplo, la contraposición de las dos figuras más determinantes en la historia de la humanidad: Adán y Cristo. Por el primero, el pecado entró en el mundo, por el segundo, la salvación tal como argumenta el apóstol Pablo, una vez más nuestro gran mentor doctrinal (Romanos 5:12-21). A la doctrina de la justificación por la fe, debemos añadir la inmortalidad y la resurrección de los creyentes (1ª Corintios 15:12-58), esperanza cimentada en la resurrección corporal de Cristo. Mucho podríamos hablar también de la resurrección del Señor en relación con su Iglesia: somos un pueblo justificado porque Cristo fue “entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25).

 

       Todas estas doctrinas vinculadas a la resurrección no son algo teórico, frío. Tienen una consecuencia gloriosa para nosotros: si Cristo vive, Él también vive en mí. El poder del Cristo resucitado puede operar en cada ser humano una transformación interior semejante a la vivida por los discípulos de Emaús y por los apóstoles. Es una transformación que nos proporciona gozo, nuevas fuerzas y esperanza, la esperanza del Reino eterno de Cristo y la Parusía -el regreso en gloria de nuestro Señor. De tal manera que exclamamos exultantes “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

 

       Ésta es la mejor manera de recordar y honrar la resurrección.

 

                                       José M. Martínez

                                       Porción tomada de                                            

                             http://www.pensamientocristiano.com/

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El poder de su resurrección

 

Acuerdate de Jesucristo resucitado de los muertos”(2ª Timoteo 2:8).


       En el calendario cristiano ocupa un lugar destacado la llamada Semana Santa, cuando se recuerda la pasión y muerte de Cristo seguida de su resurrección. Desde el principio de la revelación cristiana, la crucifixión del señor se ha considerado la clave de nuestra salvación. En la cruz del Calvario Jesús cargaba con nuestros pecados y mediante su sacrificio cruento los expiaba. Así abrió la puerta de nuestra reconciliación con Dios, principio de una vida nueva en su Reino. Sin embargo, glorioso como es en sí el mensaje de la cruz, perdería su eficacia si nuestro Salvador no hubiese resucitado de entre los muertos. De ahí el empeño de los escritores sagrados, testigos del gran milagro. En destacar y acreditar este hecho. El apóstol Pablo, en una síntesis inigualada del Evangelio (1ª Corintios 15:3 y 4) lo declara en tres frases que lo resumen todo: “Cristo murió por nuestros pecados”, “fue sepultado”, “resucitó al tercer día conforme a las Escrituras”. Y el resto del capítulo lo dedica a demostrar la veracidad histórica de este último acontecimiento. Tal importancia le concede que lo convierte en piedra de toque del mensaje cristiano: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe(v. 14).

 

                                                                                                                                       Siguiente...2

 

 

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       LA DISCIPLINA EN LA IGLESIA

"Una Iglesia que no llamara pecado al pecado no podrá encontrar la fe c uando querrá perdonar el pecado --escribió Dietrich Bonhoeffer--,

Cometerá un pecado contra lo santo, andando de forma indigna del Evange-lio. . . Este es el uso correcto del poder de las llaves (Mat. 16:19; 18:18; Juan. 20:23), dado por el Señor a la Iglesia y del que los reformadores hablaban aún con tanta energía. Por amor a las cosas santas y a la Iglesia, hay obligación de utilizar las llaves. . .el ejercicio del control eclesiástico (o disciplina eclesiástica) es necesario para que la Iglesia camine de forma digna del Evangelio. . . La comunidad separada del mundo debe ejercer en su seno el control eclesiástico. Esto no sirve para edificar una comunidad de hombres perfectos, sino para construir  la comunidad de los que viven realmente bajo la misericordia divina que perdona. El control eclesiástico (la disciplina de la Iglesia) está al servicio de la gracia cara de Dios . . . El origen de todo ejercicio de control sigue siendo el anuncio de la Palabra."

 

Y en otro lugar el mismo autor escribe, en sintonía con el pensamiento de Lutero:  "El pecado contra la doctrina es más grave que el pecado contra la buena conducta. Quien roba el Evangelio a la comunidad merece una condenación ilimitada, mientras que el que peca en su conducta puede contar siempre con el Evangelio. La falsa doctrina corrompe la fuente de la vida de la Iglesia y de la disciplina comunitaria."

La disciplina doctrinal se aplica, ante todo, al portador del magisterio en la Iglesia.  El presupuesto de todo esto es que, al conferir un cargo, existe la garantía de que el ministro es "didaktikós", apto para la enseñanza (1ª Tim. 3:2; 2ª Tim.2:24; Tit. 1:9), "capaz de enseñar también a los otros" (2ª Tim. 2:2), y que a nadie se le imponen las manos precipitadamente, porque, de lo contrario, la culpa recaería sobre el que las haya impuesto (1ª Tim. 5:27).                  (Texto:JOSÉ GRAU-Ilustración:"Pablo disputando con Pedro", de Rembrandt, Museo del Prado).

Falsedad del Romanismo: La Biblia Protestante es falsa.

"Contra esta afirmación lanzada por el Romanismo, más para su propio descrédito que para vituperio del Protestantismo, tenemos una sólida argumentación: No existe más que una Biblia.

Debemos ante todo rechazar este título de “Biblia Protestante” con que se pretende rebajar la augusta majestad del Libro Sagrado, porque tal clase de Biblia ni ha existido ni puede existir.

 

No hay más que una sola Biblia, la ver-dadera, la auténtica, la que fue dirigida por el Verbo augusto del Espíritu Santo y movió la pluma de todos y cada uno de los escritores piadosos que dieron al mundo el contenido de la misma. Hablar de “Biblia Protestante”es hablar de dos Cristos o Evangelios diferentes, cuando uno solo, en verdad, es el Cristo de Dios y una ciertamente su maravi-llosa doctrina de gracia y amor . . .

La razón suprema de esta afirmación descansa en que el Autor de las Sagradas Escrituras no es otro sino Dios y en Dios no cabe admitir dos volunta-des antagónicas, dos propósitos distintos y dos métodos de inspiración opuestos. Así como Dios es uno, su Palabra no puede ser sino una sola.

Admitir la hipótesis de una dualidad verdadera en la Revelación de Dios, equivaldría a dar por hecho una duali-dad de naturalezas en el Ser Supremo, cosa totalmente opuesta a la verdad. Si existieran dos Biblias  en el sentido absoluto de la palabra uno de ellas necesariamente habría de ser falsa. . .Sin embargo, insistimos en que no existe sino una sola Biblia auténtica, tanto por su contenido como por la expresión de sus libros y afirmamos que esa Biblia verdadera es la única que puede y debe ser llamada "Biblia de Dios" o "Sagradas Escrituras", "Pala-bra de Dios" o simplemente "Palabra."              (CLAUDIO GUTIÉRREZ MARÍN)