UNA ENFERMEDAD CONTAGIOSA

 

Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo” (2º Reyes 5:9)

 

¡Cuántos siervos de Dios hubiesen recibido personalmente al distinguido general Naamán con todos los honores para darle la bienvenida en la propia casa, aún estando muy enfermo por la tan temida lepra! Pero no así el profeta Eliseo que estaba delante de Dios, andando en su presencia. Este profeta particular ni siquiera se molestó en salir de su casa para saludar al general de las tropas de Siria. Comisionó a su siervo para que le dijese a Naamán: “Vé, y lávate siete veces en el Jordán”(v. 10). Éste se mostró molesto: “Qué le parece a este hombre? ¿Será ésta la piedad tan alabada que trata de convencerme para una fe nueva? Tal comportamiento me repele, y se alejó de ahí con ira”. Realmente, Eliseo estaba delante del rostro de Dios. De no ser así, hubiese recibido a este hombre ilustre con honores y dignidad. Muchos de nosotros hubiésemos caído presos en el placer humano, sentimiento que está en todos nosotros.

 

¡Oh vosotros, santos de los días pasados y héroes con virginidad espiritual, cuánto hacéis avergonzar a tantos predicadores y labradores modernos que trabajan en la viña del Señor con soberbia y egoísmo, y por esto sin fuerza! ¿No queremos volver a las raíces auténticas de unas vidas llenas de fe y obediencia?Ciertamente, Dios se manifestaría con la misma gloria de antes, y tal vez añadiría a ella. Pero primero es necesario que encuentre frascos íntegros que no tengan grietas o partes endurecidas que saltan al menor toque, pues sus dones no son para ser pisados en el lodo. Las vidas de Sansón y de Saúl -y muchas “eminencias cristianas” de estos días presentes- lo demuestran con claridad terrible. Hoy, el Espíritu de Dios tendría que decir lo mismo que antes: “Cuando Uzías se hizo fuerte, su corazón se enalteció hasta corromperse” (2º Crónicas 26:16).

 

¡Oh vosotros, siervos de Dios, en estas cosas se nos han de abrir mucho los ojos! Aquí se encuentran los obstáculos y peligros principales para los hijos de Dios más bendecidos. Si para un tal Pablo, en el camino de Damasco, fue necesario un verdadero quebranto para su conversión, y posteriormente “un aguijón en lacarne” que le mantuvo humilde cara a las revelaciones sublimes, ¡cuánto más necesitamos nosotros estos caminos de educación. Pablo consideraba todas las cosas como“estiércol, a fin de ganar a Cristo”(Filipenses 3:8).

 

En nuestros días, en el pueblo de Dios se ha expandido una enfermedad contagiosa: la pestilencia de lagloria humana. Este veneno diabólico penetra en casi todos los círculos cristianos, e intenta paralizar el servicio espiritual de los más fieles santos de Dios. Por esto: ¡Fuera!, veneno del diablo: Sentimiento de superioridad, soberbia, jactancia, fanfarronada, “dar testimonio” de sus éxitos y el orgullo de haber recibido tal don precioso o bendiciones, etc. Los hermanos que nos conocen se han dado perfecta cuenta de este contagio del veneno del infierno. Pero nosotros mismos estamos ciegos, y no nos damos cuenta que el Señor ya se ha apartado de algunos de nosotros hace tiempo.

 

Dios saca cuentas exactas de sus siervos: han de obedecer a sus preceptos. Es un Dios celoso que no da a ninguno su honor. “El que se gloría, gloríese en el Señor”(2ª Corintios 10:17). Dios sabe tolerar estas cosas a los “niños” en Cristo, pero a los experimentados siervos suyos lo cuenta como pecado grave. Sólo quiero recordar a Moisés cuando golpeó la roca en lugar de hablarle, tal como le fue dicho. ¿Y cuál fue la consecuencia? No pudo entrar en la tierra prometida.

 

El pueblo de Dios carece en gran medida del temor santo y tierno ante la presencia del Omnipotente y del Hijo ensalzado y glorificado. Innumerables hijos de Dios utilizan y pronuncian el santo Nombre de Jesús con gran ligereza (hasta en las reuniones de oración). Es verdad que se oye repetidas veces frases como”Oh querido Salvador” o “Mi amado Jesús” (por lo general, no quiero decir nada contra esta invocación), pero muchos deberían de hacerse antes esta pregunta: ¿Dónde está mi amor a Jesús? El que le ama de verdad guarda su Palabra, en ello consiste el sincero amor a Jesús. Todo lo demás es hipocresía y abominación para Él. En el culto, uno puede arroparse de sentimientos sublimes y cantar con manos levantadas: “Jesús me es, hoy y eternamente, más precioso que el mundo entero”. Y un poco más tarde, uno se irrita a causa de unas pocas monedas o pequeñeces. ¿Qué es esto? ¿No es una lastimosa hipocresía? ¡Fuera con esta palabrería! No, no me refiero al cántico hermoso que en sí está muy bien. ¡Fuera con la miserable vida que se centra en sí misma, y que está en discordia con las hermosas canciones! Hermanos, ¡volvamos a ser tan espirituales como nuestros cánticos!

 

¿Cómo es posible que tantos que se llaman creyentes lleven una doble vida? No pueden decir en verdad, y en todo momento, lo que confesó el profeta:“Vive Jehová, en cuya presencia estoy”(2º Reyes 5:16). Parece que uno se olvida de esta santa presencia de Dios, no permaneciendo en Jesús y en su Palabra. Pero, amados hijos de Dios, es necesario que lleguemos a este estado. ¿Por qué lo digo? Porque Dios lo quiere así y nos lo manda, y además Jesús lo preparó así. Pero es necesario que consintamos de una vez y lo asumamos. Hace ya mucho que Dios lo quiere, de otra manera no podríamos hacerle caso. Debes poner tu voluntad de corazón, y no sólo quedándote en el deseo. Tal vez objetes: “Pero Dios ha de obrar las dos cosas, tanto el querer como el hacer”. ¡Muy correcto! Esto es lo que Él quiere, porque es de su complacencia. Pero es necesario que tú consientas. Deja de resistirle y oponerte a Él, y tendrás fuerza. Dios te esta esperando. La obra de Jesús está consumada y abierto el camino; ¡entra, pues, confiadamente!

 

¿Qué tiene que ocurrir, hermano, hermana, hasta que comiences a creer de corazón en estas realidades e involucrarte en ellas? Vivir una vida en la presencia de Dios no sólo es posible para cada creyente sincero, sino que es lo único correcto y normal. Para ello nos fue dado el Espíritu Santo. Los hechos maravillosos de la redención deben llevar a cabo la obra en los que creen y ponen toda diligencia en una obediencia permanente.

¡Fuera con la miserable vida que se centra en sí misma!”

 

(Nuestra gratitud a la revista “FIRMES HASTA EL FIN”, de la cual ha sido tomado este edificante trabajo)

 

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         Las tribulaciones del cristiano

"El sufrimiento, en cualquiera de sus formas, enfermedad, pérdida de bienes, muerte de seres queridos, adversida-des, desengaños, etc., siempre es aprovechado por el diablo para hacer su obra. Como hemos mencionado antes, la aflicción es terreno abonado para la duda. Y cuando el adversario no consigue sembrar la duda trata de hundir al creyente en el abatimiento y la desespera-ción, reduciéndolo así a la impotencia espiritual.

 

¿Por qué permite Dios el sufrimiento de sus hijos? ( . . .) En algunos casos  Dios permite que suframos a causa de nuestros pecados. No es que en tal caso el sufrimiento tenga  como objeto expiar la culpa, pues esto lo hizo Cristo por todos nuestros pecados.  Se trata de un castigo con carácter disciplinario a fin de corregirnos y santificarnos. Es magistral la enseñanza que a este respecto encontramos en Hebreos 12:7-13 donde se comenta un antiguo proverbio: "Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor ni desmayes cuando eres de El reprendido, porque el Señor al que ama castiga y azota a cualquiera que recibe por hijo" (Heb. 12:5,6; Prov. 3:11,12) ."                                (José M. Martínez)           

     El ineludible juicio final de Dios

Existe un día grande del que muy a menudo se habla en la Escritura: es el día del juicio, el día en que Dios juzgará lo oculto de los corazones de los hombres por el Señor Jesucristo.

 

Toda alma no cristiana no podrá mante-nerse en el día del juicio. Los impíos no permanecerán en el día del juicio. Actualmente, los pecadores son muy atrevidos y desvergonzados; su cuello se mantiene erguido como si su nervio fuese de hierro, y su frente parece de duro metal.

 

La mayoría de ellos no se avergüenzan cuando son sorprendidos en pecado. Hablando entre nosotros, ¿no es extraordinaria la osadía con que los pecadores participan muchas veces de los actos religiosos, con hipocresía, como si realmente sintiesen lo que no sienten? ¡Con qué desfachatez y sarcasmo juran  a veces y hacen sus votos! ¡Con cuánta osadía algunos impíos se acercan a la mesa del Señor! Ah, pero ello durará solo muy poco tiempo.  Cuando aparecerá el Señor Jesús, el Santo Jesús en toda su gloria, entonces los pecadores, de rostro endurecido por la desvergüenza, serán humillados. . .

Muchos impíos se consuelan ahora pensando que su pecado no es conocido, que ningún ojo humano les ha visto; pero en aquel día los más secretos e íntimos pecados de cada uno serán sacados y llevados a la luz. . .

 

¡Cómo debierais temblar y caer cubiertos de vergüenza, oh hombres impíos que os introducís hipócrita-mente en las congregaciones!

                       (Roberto M. McCheyne)