Modestia y decoro

en el vestir de la

mujer cristiana

 

Engañosa es la gracia y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová ésa será alabada” (Proverbios 31:30)

 

Resulta muy preocupante el comprobar como cierto tipo de mujeres de nuestras iglesias, llamadas a sí mismas cristianas, van adoptando una forma de vestir poco modesta y decorosa, muy alejada del requerimiento bíblico (1ª Timoteo 2:9). Y, lo más inquietante, es que esta desobediencia al mandamiento divino va en aumento cada día, tanto en el atrevimiento como en la permisividad de las propias autoridades espirituales de las iglesias. No es de extrañar esta circunstancia, cuando vemos que miembros de la propia familia de muchos de los pastores -incluso sus propias esposas e hijas- acuden a los cultos exhibiendo atrevidos y sensuales vestidos, sin ningún tipo de recato ni respeto, contraviniendo todas las normas bíblicas y morales. Esta arrogancia y falta de pudor, en alguien que dice haber creído en Dios y en su Palabra, es una permanente contradicción con esa fe que dice practicar. Es el “espíritu” de Betsabé dentro de muchas congregaciones, el cual se exhibe impúdica y desafiantemente ante todos, despertando la concupiscencia en muchos corazones incautos (2º Samuel 11:2). Es esta una levadura malsana que está leudando a la iglesia, convirtiendo de paso a muchas mujeres cristianas en objeto de deseo y lujuria dentro y fuera del entorno eclesial.

 

En este contexto, podemos hablar de tres verdades irrefutables derivadas de la manera de vestir de una mujer cristiana:

La primera es que la forma de vestir muestra el testimonio espiritual y moral de cada creyente delante de Dios y de la Iglesia. Al cubrir su cuerpo decorosamente todos podrán establecer un manifiesto criterio de santidad y obediencia a la Palabra; mientras que, en sentido inverso, la propia evidencia define a esa creyente como a alguien que siembra para la carne, no para el Espíritu (Gálatas 6:7-8)  (Asumimos, por supuesto, que los niveles de santidad no dependen exclusivamente del modo de vestir, aunque si apuntan firmemente a ello (1ª Pedro 3:15).

 

Una segunda verdad,  es la que declara que por la costumbre en el vestir se muestra la moderada importancia dada al cuerpo en obediencia a la santa y justa demanda de Dios o, por el contrario, la desmedida inclinación a satisfacer las insistentes llamadas para dar culto al ego y  complacer  la vanidad de la carne. En su Palabra santa, el Señor advierte seriamente por medio del apóstol Pablo: "Digo, pues: Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis" (Gálatas 5:16-17). Por ello, tanto la mujer como el varón deben glorificar a Dios en sus cuerpos, al ser templos del Espíritu Santo (1ª Corintios 6:19-20) y exclusiva propiedad del Señor Jesucristo (Colosenses 2:17)

 

En tercer y último lugar, hacer constar una última verdad que es difícilmente rebatible: la aseveración de que las vestiduras ejercen una poderosa influencia en las personas, por lo que la forma de vestir influye grandemente en el ánimo de nuestros semejantes, aún sin una previa intencionalidad. Se olvida, de forma consciente o no, que la esposa debe ataviarse solamente para su marido -al igual que la Iglesia para Cristo (Apocalipsis 21:2)no para atraer a otros o provocar admiración o deseo. Esta vanidad carnal es, sin duda alguna, el principio de una descendente cadena de pecados.

  

Evidentemente, nos encontramos ante una grave ofensa a Dios y a la propia congregación, y una burla a la santa Palabra de Dios. Por ello, nos preguntamos: ¿Es esto propio de quién confiesa ser templo del Espíritu Santo? (1ª Corintios 6:19-20). ¿ Son estas las evidencias de alguien que ha nacido de nuevo? (1ª Juan 3:8-9). ¿Es posible adorar a Dios desde esta actitud desafiante? (1ª Tim. 2:9)

¡Cuán edificante es encontrar en labios del apóstol Pablo encendidos elogios hacia una serie de hermanas que entregaron sus vidas al servicio de Cristo y de su Iglesia, y no ocupadas en cosas vanas que no edifican! (Romanos 16: 1-2; 4; 6;12)

(Ilustración: “Mujer leyendo”, de Charles Edward Perugini/Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno)

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        ¿Cómo debe vestirse una mujer cristiana?

 

Pastor SUGEL MICHELÉN

Como vimos en la entrada anterior Dios no nos ha dejado en oscuridad con respecto al tema de la vestimenta. Él ha hablado y, como siempre, lo que Él dice sobre este asunto es completamente contrario a lo que el mundo dice.


Pero si eres creyente, los criterios de Dios revelados en la Palabra de Dios son los que deben amarrar tu conciencia y guiar tus pasos, no la revista Vogue, ni Harper’s Bazar, ni Cosmopolitan, ni GQ para los hombres;
sino la infalible, inerrante y todo suficiente Palabra de Dios. “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso”(Rom. 3:4).

¿Qué nos dice Dios en Su Palabra sobre la vestimenta, qué nos ordena?

Pablo dice en
1Tim. 2:9: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia”.
Lo primero que Pablo reconoce aquí es el deseo legítimo de las mujeres de adornarse. La frase “que se atavíen de ropa decorosa”, puede ser traducida literalmente: “que se adornen con una ropa adornada”.

Las dos palabras que Pablo usa en el texto, y que RV traduce como atavío y decoro, proceden de la misma raíz: kosmos y kosmeo, de dónde proviene nuestra palabra “cosmético”. La palabra kosmos significa “orden, arreglo o sistema”. Lo contrario de kosmos es caos.

De manera que lejos de reprimir ese deseo natural de las mujeres a arreglarse, Pablo lo pone más bien en perspectiva.
“Adórnense, pero como mujeres piadosas, mujeres que le temen a Dios y que desean agradarle a Él y reflejar Su carácter por encima de todas las cosas”.

Una mujer de Dios no debe parecer un caos, sino que debe estar arreglada y en orden. Su arreglo personal debe reflejar al Dios de orden que ella adora. Ahora bien, ese arreglo personal debe poseer dos características fundamentales.

A. La mujer debe vestirse con pudor:
La palabra griega que Pablo usa aquí conlleva tanto la idea de modestia como de humildad. Significa literalmente “sentido de vergüenza”.
Una mujer piadosa debería sentirse avergonzada y culpable si por causa de su vestimenta alguien es distraído en su adoración a Dios o llevado a tener pensamientos impuros.

La modestia es todo lo opuesto a la arrogancia y al deseo de llamar la atención. Cuando esta mujer se viste ella está delante de Dios, no delante de los hombres. Por eso la modestia evita el exceso y la sensualidad. Como alguien ha dicho: “el vestido de esta mujer no dice: sexo, orgullo, dinero, sino mas bien pureza, humildad, moderación” (Pollard; pg. 6).

Lo que Pablo está diciendo, entonces, es que la ropa de una mujer cristiana debe estar en perfecta consonancia con su profesión de fe. Una mujer que ama a Jesucristo no trata de causar furor con su vestido.
Su principal interés es mostrar el carácter de nuestro Dios y Padre en todo cuanto hace y en todo cuanto usa.

Si te vistes para la gloria de Dios, tu vestimenta revelará pureza y castidad. En vez de mostrar las formas de tu cuerpo para provocar a otros, vas a cubrirlo adecuadamente porque no quieres ni pensar que por causa de un capricho tuyo un hombre sea llevado a pecar contra el Dios al que tú dices amar, adorar y servir.

De más está decir que ese no es el pensamiento del mundo en cuanto a este asunto. La industria de la moda no cree que el principal propósito de la ropa sea cubrir el cuerpo, sino más bien atraer las miradas de los hombres sobre ti; pero eso es exactamente a lo que se opone la modestia cristiana.

La mayoría de la moda hoy día es diseñada para provocar una atracción sexual. Se usan telas que se pegan al cuerpo para revelar sus formas, y son cuidadosamente diseñados para resaltar ciertas partes que son cubiertas de tal manera que provoquen el deseo de ver más.

En un libro secular sobre la moda titulado “Hombres y mujeres” escrito por Claudia Kidwell y Valerie Steele, dice que “la ropa es especialmente sexy cuando llama la atención al cuerpo desnudo que está debajo”. Por eso mientras más corto y ajustado mejor.

Y en eso debemos reconocer con pena que los impíos son más honestos que muchos cristianos. Ellos nos dicen francamente lo que muchos creyentes no se atreven a decir: “Nos vestimos así para provocar, para llamar la atención sobre nuestra figura, para que puedas tener una idea clara de mis formas”.

Como decía en un anuncio sobre trajes de baño: “Es glamoroso… es exótico… definitivamente esto no tiene que ver con nadar”. ¡Por supuesto que no tiene que ver con nadar! Esto tiene que ver con la sensualidad y la provocación.

Las formas del cuerpo del hombre y de la mujer no son pecaminosas; el cuerpo fue diseñado por un Dios bueno y santo, que luego de hacerlo lo declaró bueno y santo.

Pero el hombre pecó y se corrompió y por esa causa el cuerpo descubierto de una mujer es como un barril de pólvora que pasa en medio de candelabros encendidos. Es por eso que nuestro Señor y Salvador nos advierte con tanta fuerza que tengamos cuidado con lo que ven nuestros ojos:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno”(Mt. 5:27-29).

Para el hombre es un problema ver a una mujer vestida en una forma reveladora e insinuante. Si la codicia, dice Cristo, ya adulteró con ella en su corazón; y la mujer que provocó tal pensamiento por llevar una falda demasiado corta, o un pantalón ajustado, o una blusa ceñida al pecho que revela claramente sus formas, esa mujer tendrá que darle cuenta a Dios en el día del juicio.

Por eso decía Thomas Brooks, que la mujer debe vestirse con el vestido “que le gustaría llevar el día de su muerte… con el que quisiera aparecer delante del Anciano de días… con el que le gustaría presentarse en el día del juicio” (cit. por Pollard; pg. 40).

Mírate, mujer creyente, y mira a tus hijas cómo visten usualmente, y pregúntate si pasan esta prueba. ¿Es así cómo te gustaría estar vestida en el día que te presentes delante de Dios para dar cuentas? ¿Es así como te gustaría que tus hijas estén vestidas en aquel solemne día?

Yo no estoy diciendo, ni es lo que Brooks está implicando, que al morir nos presentaremos delante de Dios con la ropa que llevemos puesta. Ese no es el punto. Pero ciertamente nos presentaremos delante de Él y daremos cuenta. ¿Puedes tú responder a Dios por la ropa que usas, por la que tienes puesta en este mismo momento, por la que usaste esta semana?

Escucha lo que dice nuestro Señor acerca de aquellos que ponen tropiezo a otros:
“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!” (Mt. 18:6-7).

Un vestido ajustado que revela claramente las formas del cuerpo, o demasiado corto como para cubrir lo que debe ser cubierto no es algo neutral. Eso es pecaminoso porque violenta la santidad de Dios y la modestia que estamos llamados a exhibir como hijos de Dios.

Y que nadie nos acuse de legalistas por decir esto. Urgir a los creyentes a cubrir su cuerpo no es legalismo, porque la modestia es un mandamiento escritural, un mandamiento que muchos parecen estar olvidando. Cada vez se nota menos la diferencia entre nosotros y los paganos que no conocen a Dios.


¿Es tu vestimenta un reflejo de la humildad y castidad que debe caracterizar a un creyente? Cristo nuestro Salvador, derramó Su preciosa sangre en la cruz para comprar tu alma y tu cuerpo, y el Espíritu de Dios ha venido a hacer morada en ti. ¿Sabes qué debes hacer ahora a la luz de esa realidad?
Dedicarte en cuerpo y alma a perseguir la gloria de Dios en todas las áreas de tu vida.

Dice Pablo en
1Cor. 6:19-20:“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

¿Te vistes como es apropiado vestir al templo del Espíritu Santo? ¿Es tu vestido un reflejo claro del carácter santo y puro de Dios?


Pero la mujer no solo debe vestirse con pudor, sino también, en segundo lugar…

B. La mujer debe vestirse con buen juicio:
Ese es el significado de la palabra que RV traduce como “modestia” en
1Tim. 2:9. También podemos traducirla como “auto control”, “sentido común” o “pureza mental”.

Se trata de una mujer juiciosa que no se deja llevar por sus impulsos. Cuando se viste lo hace en una forma discreta y apropiada: apropiada para su edad, para su situación económica y para su época.

En cuanto a esto último dice Richard Baxter: “Es siempre legítimo seguir la moda sobria de la gente sobria; pero no es legítimo seguir la moda vana, inmodesta y enfermiza de los rebeldes, desenfrenados, orgullosos y disolutos” (Christian Directory; pg. 393).

Así que debemos vestirnos con pudor y buen juicio. Y digo “debemos” porque aunque Pablo se está refiriendo en este texto a las mujeres de manera particular, el espíritu general de la Escritura nos permite aplicar estos principios a los hombres también.

Que Dios nos ayude a glorificarle en todo cuanto hacemos, incluyendo la forma como nos vestimos. Nuestra vestimenta dice mucho de la realidad de nuestro corazón.

                                      

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      (Fraternalmente agradecidos por el uso de este trabajo en nuestra página web.)

 

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Inutilidad de las obras para la salvación

(El trágico engaño de la religión romana)

"Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia" (Isaías 64:6).

 

La historia refiere de un general romano que después de haber prestado grandes servicios a la república, fue acusado de un delito capital. Confiado en sus méritos, se presentó muy animoso y  tranquilo  ante el Senado; y  mostrando a los jueces las gloriosas y múltiples heridas que había recibido en defensa de la patria, exclamó:  ¿Es posible que servicios tan eminentes, que acciones tan valientes, que heridas tan honrosas queden borradas por un solo delito?

 

Muchos religiosos sinceros, a semejanza de aquel general romano, se han presentado, se presentan y se presentarán muy confiados ante el tribunal de Dios; apoyados en una larga lista de buenas obras y de acciones religiosas y morales que consideran válidas para obtener la anhelada salvación de sus almas.  ¡Cuánta desesperación, cuánto dolor, cuántas lágrimas al comprobar que se encuentran ante la justicia de Dios con las manos vacías¡  Esa es la trágica consecuencia del pecado en la vida del hombre caído. Entonces muchos hombres se preguntarán inútilmente: ¿Es posible que tanto bien quede olvidado por causa de algunos pecados y transgresiones? Sí, porque según la voluntad de Dios las obras no significan nada en cuanto a la salvación: solo la fe en la perfecta obra expiatoria de Cristo tiene validez para la reden-ción del pecador sin esperanza. Bien que lo expresa el apóstol Pablo:"Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8). 

El mismo Jesús abre el camino a la vida eterna a través de su Palabra: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Juan 5:24).

Él nos dejó palabras de esperanza frente al dolor y desesperación de Marta : "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11:25).

(J.Mª V.M./Inspirado en un texto de 1862)

     La presencia de Dios debe ordenar                      nuestra manera de vivir 

Al alma a la que Dios se manifiesta y le da el deleite de su presencia, está obligada a demostrar fidelidad a Él. No debe involucrarse en ningún negocio que no corresponda a la vocación recibida  o a una necesidad obvia. Debe desempeñar sus negocios sin preocuparte en cuanto a la continuación de los mismos, con la intención solamente de cumplir la voluntad de Dios, voluntad que obra tanto en un aparente mal como en un bien.

 

Debe ocuparse más en Dios que en las criaturas, y creer que no hay ejercicio , más importante y excelente que el de guardar la unión con el Dios presente. A Él debe la complacencia. Agradar al hombre lleva a la distracción y nos aleja de Dios.

 

El alma que está en Dios debe sujetarse al orden y a la providencia, y aceptar con voluntad la pobreza, la miseria, el abandono y el sufrimiento de toda índole. Tampoco debe buscar carnalmente la liberación de ello, sino más bien gozarse de que la propia presunción sufra una quiebra. Como Pablo debe gloriarse en las debilidades (2ª Corintios 12:9-10).

          (Johann v. Bernières-Louvigni)