Misericordia

 

Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”(Lucas 6:36) 

 

En nuestros días, estamos siendo testigos -y a veces copartícipes- de una preocupante falta de misericordia en las vidas de muchos creyentes de nuestras iglesias. Prevalece, egoístamente, una actitud extremista de autojusticia que ignora el amor y la misericordia emanadas de un genuina conversión. Estas columnas del carácter cristiano, junto a la verdad, nos identifica con la enseñanza del Señor en su Palabra y con su propio comportamiento hacia los ofensores y extraviados. El apóstol Pablo, asimismo, es pródigo en transmitir este consejo a la iglesia en sus escritos, recordándoles de paso la misericordia recibida de Cristo: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados,de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia...De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”(Colosenses 3:12-14).

Por considerar, pues, extrema y pertinente la necesidad de ser exhortados por el Señor, incluimos parte de un interesante trabajo publicado en el número 32 de la revista “Nueva Reforma”, al que rogamos accedan con solicitud y humildad de corazón:

 

Sin duda, nuestro Señor Jesucristo era consciente de tales tendencias de la humana naturaleza y, por ello, tras haber enfatizado la importancia de la justicia (“hambre y sed”) en la cuarta Bienaventuranza, pasa inmediatamente a la quinta a enseñar la necesidad de la misericordia. Bien sabía Él que un carácter domineado exclusivamente por el sentido de la justicia podía desembocar en posiciones rigoristas, draconianas y legalistas, tales como aquellas en que los fariseos habían caído (v.gr. Juan 8:1-11). Un carácter cristiano equilibrado, según el Maestro, incluye tanto la justicia como la misericordia, reflejando así el carácter del Padre, que Cristo nos presenta como paradigma del discípulo cristiano (Mateo 5:48), y que asume ambos conceptos (Salmo 89:14).

 

Positivamente, pues, los misericordiosos de quienes habla Cristo son, en primer lugar, aquellos que han experimentado la misericordia divina. En la parábola de los dos deudores (Mateo 18), se nos hace ver que el primero debería haber mostrado misericordia para con su consiervo por haberla experimentado él primero de su señor. De la misma manera, el cristiano puede y debe mostrar misericordia hacia sus semejantes en vista de la misericordia recibida ante “el trono de la gracia”(Hebreos 4:16). Sabe que, por su pecado, tiene una deuda tan grande con Dios que sólo una eternidad en el infierno la puede saldar, pero por la fe se apropia del pago que hizo Cristo en la Cruz y es perdonado. Entonces su corazón se llena de gratitud y por ello está dispuesto a perdonar a sus “deudores” (Mateo 6:12) y amar aun a sus enemigos (Mateo 5:44). La misericordia que Dios nos muestra a los creyentes es la compasión que Él tiene en su corazón ante el deplorable estado de miseria espiritual en que nos ha dejado el pecado(Mateo 9:36).” 

 

La palabra “misericordia” viene del latín (miseri =miseria y cordia= corazón). La misericordia que Dios nos muestra a los creyentes es la compasión que Él tiene en su corazón ante el deplorable estado de miseria espiritual en que nos ha dejado el pecado (cf. Mateo 9:36). Es la actitud que manifestó el Buen Samaritano hacia el hombre que había sido despojado y golpeado por los salteadores (Lucas 10:33). La misericordia se diferencia de la gracia en que ésta tiene que ver con la culpa del pecado, mientras que aquélla se refiere a las consecuencias del mismo. Pues bien, esta misericordia divina es la que informa, motiva, impulsa, fundamenta y posibilita la misericordia del cristiano.

Sin embargo, los misericordiosos de que habla el Señor no son sólo aquellos que han experimentado la misericordia de Dios, sino que también la manifiestan en sus relaciones con los demás: “Sed misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6:36). Esto lo expresan de distintas maneras.

Primero, mostrando compasión hacia aquellos que rechazan la salvación o actúan con impiedad. Esteban fue un buen ejemplo de esto: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7:60).

 

Segundo, no dándonos por ofendidos fácilmente. Alguien ha dicho que podemos ofender inconscientemente, pero que no podemos darnos por ofendidos inconscientemente. Santiago nos recuerda que “todos tropezamos (u, ofendemos) de muchas maneras” (Santiago 3:2)...Lo que caracteriza al creyente es su disposición a sufrir la injusticia, a ser defraudado (cf.1ª Corintios 6:7). Esto es ser misericordioso.

 

Tercero, no buscando la venganza. “Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios” (Romanos 12:19). La venganza es una reacción natural de los seres humanos, un sentido primitivo de justicia mal encauzado...Pero el creyente sabe que hay un “juez de toda la tierra", ante quien todos hemos de dar cuenta de nuestros actos. Por eso, la misericordia del cristiano no está en contra del ejercicio de la justicia, sino que remite el caso a Dios.

 

Cuarto, no actuando con legalismo. ..Es, otra vez, la antigua historia de la parábola de los dos deudores (Mateo 18:23-35). ¡Con qué gozo proclamamos haber sido liberados de la maldición de la Ley! ¡Y con qué rigor aplicamos esa misma Ley a quienes ofenden en lo más mínimo!

 

Quinto, soportando con paciencia a las personas difíciles. "Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo" (Gálatas 6:2). La Iglesia no es un club de personas unidas por su afinidad, sino una asamblea de lo más heterogéneo, unida no por intereses humanos comunes, sino por una común fe...La única fuerza capaz de mantener la unidad en ese conglomerado de temperamentos, culturas, edades y sexos es el vínculo del amor que se manifiesta en la misericordia.

 

Finalmente -y quizá lo más importante-. estando siempre dispuestos a perdonar. "Perdonándoos unos a otros, si alguno tuviere queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros" (Colosenses 3:13). Es imposible no pecar nunca, pero siempre es posible perdonar. Si Cristo nos ha perdonado nuestros pecados más abominables, entonces no hay pecadoque se pueda cometer contra nosotros que no podamos o debamos perdonar, no sólo "hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mateo 18:22). 

(Tomado de Nueva Reforma)

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   Solo la Fe

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  Solo a Dios gloria 

 Después de caminar ardua  y dolorosa-mente por los caminos pedregosos de la vida, experimentando adversas pruebas  no deseadas  en este impío teatro del mundo, mi alma sólo ansiaba  la paz suave, dulce, consoladora de mi Señor. ¡No más miedos, no más viajes hacia la aflicción inacabada, no más días sin sol!

Al final del camino,junto a aguas de reposo, me esperaba una amorosa y firme promesa del que ama mi alma: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (Mat.25:21).  (R. de S.)

El Catecismo reformado de Heidelberg (s. XVI)

En estos últimos tiempos, estamos viviendo circunstancias muy preocupantes en nuestras iglesias reformadas con relación a los funda-mentos doctrinales que las rigen. Consideramos, pues, como una imperante necesidad el volver de nuevo a las valiosas confesiones de fe de nuestros antiguos hermanos de la Reforma;  tratados de fe que han sido arrinconados en mucha iglesias históricas por sucedáneos que en nada reflejan la pureza bíblica que sustentó la vida espiritual y el íntegro testimo-nio de muchos hombres y mujeres que honraron el nombre del Señor Jesucristo, a pesar de vivir en medio de graves dificultades y peligros.

 

Con el fin de estimular la vuelta a la lectura y meditación de dichos tratados de fe, incluimos la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg (1563):

¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

 

Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte (Rom. 14:8) , no me pertenezco a mí mismo (1 Co. 6:19), sino a mi fiel Salvador Jesucristo (1 Co. 3:23; Tit.2:14) , que me libró de todo el poder del diablo (Heb. 2:14; 1Juan 3:8; Jn. 8:34-36), satisfaciendo enteramente con su preciosa sangre por todos mis pecados (1 P. 1:18-19; 1J.1:7; 2:2-12), y me guarda de tal manera (Jn. 6:39; 10:28; 2 Ts. 3:3; 1  P. 1:5) que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un sólo cabello de mi cabeza puede caer (Mt.10:30; Lc. 21:18), antes es necesario que todas las cosas sirvan para  mi salvación (Ro. 3:28).

Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante su santa voluntad (Ro. 8:14; 1 Jn. 3:3)".

    ¡Cuán pocos son los que aman la          cruz de Cristo!

"Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy poquitos que lleven su cruz. Tiene muchos que deseen la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros para la mesa, y pocos para la abstinencia: todos quieren gozar con Cristo, mas muy pocos quieren sufrir algo por Él. Muchos siguen a Jesús hasta partir el pan, mas pocos a beber el cáliz de la pasión. Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz. Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades: muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él consolaciones: mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían, o desesperarían.

Mas los que aman a Jesús por él mismo y no por su propia consolación, bendícenlo en la tribulación y angustia tan bien como en la consolación, siempre lo alabarían y harían gracias."  (Texto literal de Tomás de Kempis )