¡LUCHADORES DE LA ORACIÓN: ADELANTE, AL FRENTE! 

 

"...orando en todo tiempo, con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ella con toda perseverancia y súplica por todos los santos" (Efesios 6:18).

 

Tenemos nuevamente que ser despertados interiormente y ser revestidos con poder de lo alto para, en este tiempo presente de tibieza y relajamiento espiritual, llevar la batalla victoriosa y poderosa contra las huestes infernales y espirituales de maldad (Efesios 6:12).

 

     En la oración, o nos haremos verdaderos luchadores contra los poderes de las tinieblas, defendiendo el terreno de Dios, o seremos derrotados y humillados. Mientras, el enemigo reconquistará una parcela tras otra hasta quitarnos el suelo bajo nuestros pies, tal como ocurrió en tiempos de Gedeón (Jueces 6).

 

     No podemos seguir siendo pasivos, indolentes, y quedarnos en la “tribuna de los espectadores”, leyendo las biografías de los hombres poderosos de Dios, y maravillándonos de su lucha valiente y decidida ,admirando la fe que tenían estos héroes de Dios en el tiempo pasado (Hebreos 11:33-34). No podemos estar fuera de la disposición de Dios, dejando de colocarnos en las filas de los vencedores por medio de la oración ferviente y confiada. ¡Creer significa luchar, creer significa seguir adelante por la fe! Un hombre de Dios dijo una vez que “con una simple defensa no se gana una batalla”. Esto ocurre en muchos creyentes sinceros con demasiada frecuencia.

 

     ¿No nos estaremos diferenciando y alejando mucho de aquellos luchadores de Dios, sobre todo al considerar la oración como cosa secundaria, mientras que para los encendidos y valerosos soldados de Cristo era una cosa principal, fundamental, vital, en sus vidas? (Basta observar el ejemplo de Josué, el cual “nunca se apartaba de en medio del tabernáculo” (Éxodo 33:11). De ahí sus contínuas victorias sobre los enemigos de Dios (Éxodo 17:8 ss.), y su inquebrantable fe en las promesas del Dios de Israel).

     Otro hombre escribe: “El Espíritu de oración, el Consolador, ha sido utilizado inadecuadamente por muchos creyentes, esperando solamente a que “consolase a los santos”, ayudando de esta manera a que se “apagase”en ellos su fuego”. Camas excesivamente cómodas para dormir, comidas abundantes durante el día, programas cristianos para entretenerse, excesivas reuniones vacías, vida devocional relajada, nos hacen muy blandos, demasiado blandos y cómodos para mantener una verdadera carga ferviente de oración. Somos demasiado débiles para mantener una lucha seria contra Satanás y los poderes de la tinieblas (Mateo 26:36-43). No estamos ejercitados para la guerra espiritual.

 

     En nuestras oraciones hay muy poca urgencia; nuestra respiración es demasiado corta para hacer frente a batallas largas, extenuantes. Somos demasiados egoístas para orar sin cesar (1ª Tesalonicenses 5:17). Nos amamos demasiado a nosotros mismos y a nuestra comodidad. Es, por esto, que no entendemos la seriedad y el significado de esta “hora tardía”, ni vemos los peligros que se ciernen sobre la Iglesia, así como los engaños finales que aparecen dentro de la cristiandad.

 

     Hermanos: Más y más constituimos el blanco de un ataque masivo del diablo. Creo que nunca, en el pasado, los poderes de las tinieblas han peleado tan insolentemente contra el pueblo del Señor como en nuestros días. Ejércitos infernales se agrupan y llevan a cabo un gran ataque bélico contra los escogidos de Dios. Por ello, para poder sobrevivir espiritualmente fuertes, la acción ofensiva, de acuerdo a la estrategia de guerra divina, nos es absolutamente necesaria.

 

     El Espíritu de Dios recluta a los verdaderos luchadores para la oración, y en momentos nocturnos experimentan y sufren “horas solitarias de Getsemaní” a solas con su Maestro, “experimentado en quebrantos” (Isaías 53:3). ¡Qué triste es recibir la velada reprensión del Cordero de Dios: “¿No has podido velar una hora?”(Marcos 14:37)! El Rey de reyes encuentra pocos de esos soldados en su ejército, aquellos que se niegan a sí mismos, que velan junto a su Señor en los momentos de lucha espiritual y le siguen tomando su cruz (Mateo 16:24-25).

     Un antiguo predicador del pasado escribió: “Necesitamos a hombres espirituales de acero, varones que hayan sido purificados en el fuego de la negación de sí mismos”. Josué no conquistó la tierra de Canaán desde una cómoda mecedora; tampoco nosotros conquistaremos la “tierra prometida” en un delicioso viaje vacacional tan en boga en nuestros días. El romanticismo espiritual no gana batallas “contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo” (Efesios 6:12). Aquellos hombres de Dios que se apoderen de esta hora y se dejen usar por Dios, han de ser atrevidos, valerosos, apasionados y testigos sin miedo. Si somos siervos temerosos de este tiempo, codiciando posiciones sociales altas y reconocidas, si complacemos a los hombres por conveniencia o los tememos, estamos demostrando que somos inútiles para el servicio en primera línea del reino de Dios (1º Reyes 19:1-10).

     Alguien escribió también desde el campo de batalla espiritual: “Nosotros, los que seguimos al crucificado, no estamos aquí para hacernos la vida agradable. Hemos sido llamados a sufrir por un mundo avergonzante y condenado a la destrucción. El Señor nos perdone nuestras excusas y nuestra demora, de las cuales debemos avergonzarnos.

La cabeza de nuestro Capitán y Rey, a quien le pertenecemos y seguimos, fue coronada de espinas. ¿Y nosotros buscamos laureles para nuestra coronación? Sus manos fueron taladradas por clavos, ¿y las nuestras están adornadas con anillos de oro? Sus pies llevaron las marcas de caminar largas distancias y, al final, fueron agujereados y fijados por el clavo, mientras que los nuestros reposan suavemente en el forro de unas zapatillas de marca para pasar horas triviales de ocio. ¿Qué sabemos nosotros de esos dolores amargos, de lágrimas acaloradas y de un corazón quebrantado (2ª Corintios 11:23-33)? Que Dios nos perdone el amor que tenemos hacia la flojedad y la desidia. Que nos perdone el culto que damos a nuestra comodidad, a nuestros afectos, a nuestros tesoros terrenales, a nuestras posesiones y logros”. El apóstol Pablo escribió: “De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús” (Gálatas 6:17).

 

John Henry Jowett , siervo de Dios nacido en Inglaterra en 1864, y fallecido en ese país en 1923, supo lo que significaban estas cicatrices con las cuales este luchador estaba cubierto. “No me puedo imaginar -dijo-que un servicio espiritual pueda ser fructífero si uno no está lleno con el espíritu de una verdadera compasión. Los hombres que no pueden llorar, no pueden ser mensajeros de los sufrimientos de Cristo. Nuestro corazón tiene que sangrar si queremos mostrar a otros el camino hacia el Crucificado. Si nuestro corazón permanece frío en la oración, ya no seremos siervos del Crucificado. La verdadera intercesión es algo como un sacrificio cruento. Hermanos míos, ese es el ministerio que ejerció nuestro Maestro”.

 

(Extracto del boletín alemán “Santidad a Jehová”.

Publicado por “FIRMES HASTA EL FIN").

 

 

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         Las tribulaciones del cristiano

"El sufrimiento, en cualquiera de sus formas, enfermedad, pérdida de bienes, muerte de seres queridos, adversida-des, desengaños, etc., siempre es aprovechado por el diablo para hacer su obra. Como hemos mencionado antes, la aflicción es terreno abonado para la duda. Y cuando el adversario no consigue sembrar la duda trata de hundir al creyente en el abatimiento y la desespera-ción, reduciéndolo así a la impotencia espiritual.

 

¿Por qué permite Dios el sufrimiento de sus hijos? ( . . .) En algunos casos  Dios permite que suframos a causa de nuestros pecados. No es que en tal caso el sufrimiento tenga  como objeto expiar la culpa, pues esto lo hizo Cristo por todos nuestros pecados.  Se trata de un castigo con carácter disciplinario a fin de corregirnos y santificarnos. Es magistral la enseñanza que a este respecto encontramos en Hebreos 12:7-13 donde se comenta un antiguo proverbio: "Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor ni desmayes cuando eres de El reprendido, porque el Señor al que ama castiga y azota a cualquiera que recibe por hijo" (Heb. 12:5,6; Prov. 3:11,12) ."                                (José M. Martínez)           

     El ineludible juicio final de Dios

Existe un día grande del que muy a menudo se habla en la Escritura: es el día del juicio, el día en que Dios juzgará lo oculto de los corazones de los hombres por el Señor Jesucristo.

 

Toda alma no cristiana no podrá mante-nerse en el día del juicio. Los impíos no permanecerán en el día del juicio. Actualmente, los pecadores son muy atrevidos y desvergonzados; su cuello se mantiene erguido como si su nervio fuese de hierro, y su frente parece de duro metal.

 

La mayoría de ellos no se avergüenzan cuando son sorprendidos en pecado. Hablando entre nosotros, ¿no es extraordinaria la osadía con que los pecadores participan muchas veces de los actos religiosos, con hipocresía, como si realmente sintiesen lo que no sienten? ¡Con qué desfachatez y sarcasmo juran  a veces y hacen sus votos! ¡Con cuánta osadía algunos impíos se acercan a la mesa del Señor! Ah, pero ello durará solo muy poco tiempo.  Cuando aparecerá el Señor Jesús, el Santo Jesús en toda su gloria, entonces los pecadores, de rostro endurecido por la desvergüenza, serán humillados. . .

Muchos impíos se consuelan ahora pensando que su pecado no es conocido, que ningún ojo humano les ha visto; pero en aquel día los más secretos e íntimos pecados de cada uno serán sacados y llevados a la luz. . .

 

¡Cómo debierais temblar y caer cubiertos de vergüenza, oh hombres impíos que os introducís hipócrita-mente en las congregaciones!

                       (Roberto M. McCheyne)