LA GRATITUD,

 

una virtud olvidada

 

Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? (Lucas 17:17)

El leproso agradecido

 

Suele decirse que es de bien nacidos el ser agradecidos. Y, generalmente, se admite que la gratitud es un signo de nobleza y dignidad. Pese a ello, lo que parece prevalecer en nuestro mundo no es el agradecimiento, sino su antónimo: la ingratitud. Ejemplo patético de ello lo hallamos en el relato de Lucas sobre los diez leprosos sanados por Jesús (Lucas 17:11-19).

 

      La narración se hace más vívida e impresionante si recordamos lo horrible de la lepra en días del primer siglo. No sólo era repugnante, destructiva e incurable. Era también temible por sus efectos sociales. El leproso debía ser aislado de su familia y del resto de la sociedad, aunque frecuentemente estaba en compañía de otros leprosos. Tan rigurosa era la prohibición de contacto físico para evitar el contagio que, cuando alguien se acercaba al desdichado, éste había de avisar gritando: ¡Inmundo! (Levítico 13:3, 45).Para que nadie se le acercase. Padecer tan horrorosa enfermedad era prácticamente vivir una prolongada experiencia de muerte, de la que sólo la muerte misma podía librar. Ningún médico humano tenía capacidad para poner fin a tan horrible azote.

 

      Pero un día, diez de tales leprosos tuvieron un encuentro con Jesús. No se nos dice cómo le reconocieron ni qué conocimiento tenían de él pero, inevitablemente, sabían que era un Maestro hacedor de maravillosas curaciones. ¿Podría sanarlos a ellos? No se detienen en razonamientos y especulaciones. Sin pérdida de tiempo, claman a él: “Ten misericordia de nosotros”(v. 13). Jesús les dice que vayan a mostrarse a los sacerdotes para que acrediten su curación. Ellos obedecieron y, "mientras iban, fueron limpiados(v. 14). ¡Sorprendente! Pero más sorprendente aún es el final del acontecimiento: “Uno de ellos (samaritano), viendo que había sido sanado, volvió glorificando a Dios a gran voz y se postró en tierra a los pies de Jesús dándole gracias. Jesús le preguntó: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quién volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? (v.15-17).

 

      ¿Tiene alguna explicación el comportamiento de los nueve? ¿Qué hicieron después de verse sanados? Probablemente, tras la acreditación de su sanidad por algún sacerdote, correr a sus casas respectivas para abrazar a sus seres queridos, lo que en sí habría sido loable. O tal vez, empezaron a planear y decidir su nueva vida con posibilidades insospechadas. Volvían a ser ciudadanos normales, por lo que tenían que reorganizar sus actividades sin demora. Pero cualquiera que fuese la explicación, quedaba sin justificación el hecho de no volver inmediatamente al lugar en que se habían encontrado con Jesús para darle las gracias por el maravilloso milagro obrado en ellos. No podía ser más innoble y egoísta su orden de prioridades.

 

      Desgraciadamente los nueve desagradecidos han tenido multitud de imitadores a lo largo de los siglos. En un momento dado de su vida se han visto sorprendidos por algún beneficio inesperado. Lógicamente, se han alegrado; pero no se han detenido a pensar en la causa de tal experiencia. Muchos la atribuyen a la suerte, casi divinizando al destino o a la vida misma. Más de una vez hemos oído decir: ”La vida me ha dado muchas alegrías”, sin pensar que la vida es solamente el camino por donde transitamos, y que lo que a lo largo de ella recibimos lo debemos o a circunstancias determinadas (controladas por Dios) o a personas de nuestro entorno; en último término, a Dios mismo. ¿ Por qué esa resistencia a reconocer en Dios y su amor la causa de nuestros momentos felices, la fuente de innumerables bienes? El hijo pródigo descrito por el poeta Rilke es un hombre que no quería ser amado porque ese don le exigía agradecimiento, lo cual le parecía una forma de esclavitud insufrible. Y no quería amar a otros para no forzarlos a tener que estarle agradecidos.¿Podría pensarse en un egocentrismo antisocial más refinado?

 

      La gratitud no humilla ni esclaviza a nadie. Lo que nos esclaviza es el orgullo. La gratitud es manifestación de magnanimidad, grandeza de espíritu. Según la Real Academia, es “sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera”. ¿Qué hay de indeseable en esa estimación y en esa correspondencia? Los antiguos griegos veían en la gratitud eumnemia, buena memoria de los beneficios. Esa memoria prolonga el goce de los mismos. Además, entre la persona que da y la que recibe se establece una comunión de sentimientos que se entrelazan y enriquecen la personalidad de ambas. Renunciar a tal comunión puede ser indicativo de ruindad moral. En ella caen quienes corresponden al don o el favor recibido con indiferencia o incluso con enemistad. No exageraba Séneca cuando decía que “nuestros más capitales enemigos lo son no sólo después de haber recibido beneficios, sino precisamente por haberlos recibido”. ¿Inexplicable?

 

      Para el cristiano, el deber de la gratitud es claro e indeclinable. Le es impuesto por la Palabra de Dios. El apóstol Pablo exhortaba a los Efesios a vivir gozosamente ”dando siempre gracias por todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo(Efesios 5:19-20). A los Tesalonicenses les instaba a “dar gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1ª Tesalonicenses 5:18). Y a los Colosenses les recuerda, entre otros, ese mismo deber: “ Y sed agradecidos” (Colosenses 3:15). La ausencia de gratitud no sólo afea nuestra carácter, sino que revela la negrura de la mente y el corazón humanos cuando hacemos oídos sordos a la revelación natural. Pablo traza atinadamente el perfil de los pagano de su tiempo diciendo que, “habiendo conocido a Dios (vv.19-20), no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias” (Romanos 1:19-21). Es el retrato del incrédulo de todos los tiempos. Los textos citados nos muestran que el agradecimiento debe distinguir al cristiano en sus relaciones humanas, pero también -y sobre todo- en su relación con Dios. Es la mejor evidencia de que hemos entendido el significado y el alcance del amor divino, pues, como alguien ha dicho, “la gratitud es una actitud del corazón”. “Amamos a Dios porque él nos amó primero(1ª Juan 4:19)

 

      A lo largo de toda la Escritura, vemos muchos bienes que Dios nos concede en Cristo, por los cuales debemos estarle agradecidos. Todos fluyen de su gracia (curiosamente gracia -gratia- y gratitud están emparentadas etimológicamente). Y todas corresponden al propósito eterno de Dios de bendecirnos “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3).

                                                                       

                                               José M. Martínez            http://www.pensamientocristiano.com/Mes/200309.shtml                    

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       VICTORIA DE LA MANSEDUMBRE

"Si el espíritu del príncipe se exaltare contra ti, no dejes tu lugar; porque la mansedumbre hará cesar grandes ofensas" (Eclesiastés 10:4).

 

"También tenemos la violencia especial que la injusticia provoca, cuando nos afecta personalmente. ¿Hay alguna cosa que sea más recia de soportar que ésta? La injusticia nos toca directamente en el alma y contradice en nosotros --por nuestro sentido innato de la justicia-- el senti-miento de lo que nos he debido en bienes y en estima. Por eso la injusticia suscita indefectiblemente en nosotros una réplica inmediata de violencia contra la violencia, al menos en los sentimientos y en el pensamiento, ya que el miedo u otros motivos pueden impedirnos pasar a los hechos. Este es el motivo por el cual el precepto del perdón es tan difícil de cumplir, aunque es cómodo hablar de él cuando concierne a los demás. Con razón el Evangelio insiste en este tema: si no perdonáis a vuestro hermano desde el fondo de vuestro corazón, vuestro Padre tampoco podrá perdonaros ni abriros la puerta del Reino.

 

(. . .)Pero si conseguimos dominar la violencia que nos impulsa y que se revuelve en nuestro corazón como una bestia furiosa, si, aplacándonos poco a poco, tenemos la valentía de poner en las manos del Señor nuestra causa, todo este asunto de justicia y de venganza, y de abrir nuevamente la puerta a la benevolencia de Dios, que nos está invitando a buscar el bien, a vencer el mal por medio del bien en esas mismas personas que nos han ofendido, ¡qué paz repentina y qué suavidad encuentran lugar en nosotros! Una benevolencia y una suavidad ya invencibles y poderosas para buscar el bien, pues la prueba de la injusticia es la tentación suprema que penetra hasta las raíces mismas de esa violencia que hay en nosotros."( Servais Pinckaers)

    INUTILIDAD DE LOS SACRIFICIOS Y                PENITENCIAS DEL HOMBRE

"Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional" (Romanos 12:1)

 

Muchos a través de los siglos del cristianismo han interpretado este pasaje como una invitación al hombre a sacrificar su propia vida personal con el duro trato de su cuerpo a base de duras penitencias y sacrificios para merecer ante Dios toda clase de gracias y favores divinos. Nada más lejos de la realidad. Pablo, aquí, les hace saber a los cristianos de Roma lo que ellos son por la misericordia de Dios mediante el sacrificio único e irrepetible de Cristo en la cruz. Por la gracia de Dios mediante la fe han sido asociados a ese sacrificio del Amado Hijo de Dios y este sacrificio sigue vivo, santo y agradable a Dios, haciéndose realidad cada día en el cuerpo de los creyentes, limpiados por la sangre de Jesucristo de todo pecado, que se prolonga en el tiempo hasta el día de la próxima venida del Señor Jesús. Y esto es así porque en Él "somos santificados nmediante la ofrenda del cuerpo de Cristo hecha una vez para siempre. . . habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados. . . y con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados" (Hebreos 10:10,12,14).

El hombre natural no puede ofrecer a Dios algo que sea "vivo, santo y agradable" porque está muerto en delitos y pecados. Solo en Cristo está la verdadera vida para el hombre, y Jesús nos dice: "El que cree en Mí, tiene vida eterna" (Juan 5:47). Es un error de muerte dedicar toda tu vida al sacrificio y a la penitencia corporal para alcanzar la santidad personal y el favor de Dios. Así estás negando que Cristo fue y es el único sacrificio vivo, santo y agradable a Dios que te "hace santo y sin mancha delante de Él" (Efesios 1:4,13), "y habiendo creído en Él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa"   (Efesios 1:13)                             (Francisco Rodríguez)