La gracia y la ley

No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano:Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.” (Mateo 7:1-5)

 

Es una cualidad peculiar de un necio percibir las faltas de los demás y olvidar las propias” (Cicerón)

Límpiate los dedos antes de señalar mis faltas” (Benjamín Franklin)

Cuando busques faltas, utiliza un espejo, no un telescopio” (Anónimo)

 

Los cristianos evangélicos somos, por así decirlo, los abanderados de la gracia. Es una de los cinco “solas” de la Reforma que nos distingue y separa de cualquier otra religión, y aun de los llamados cristianos. Conocer la gracia de Dios por primera vez constituye toda una liberación del peso de la culpa y de la inseguridad en cuanto a la salvación. Y a lo largo de la vida cristiana, la gracia nos sostiene y anima cuando nos sentimos indignos o estamos a punto de “tirar la toalla”. Como dice un himno inglés: “La gracia es un sonido encantador, armonioso para el oído”.

 

Sin embargo, esa gracia que tanto nos agrada experimentar, por alguna razón, nos resulta muy difícil de aplicar a los demás. Con demasiada frecuencia los cristianos recreamos la parábola de los dos deudores (cf. Mateo 18). Nos levantamos de nuestras rodillas saboreando la gracia del perdón por nuestras graves ofensas y a continuación salimos corriendo detrás del hermano que ha actuado mal (o nos parece que lo ha hecho) y lo hacemos picadillo (“hachis”en francés“); o, peor aún, vamos tras sus espaldas y efectuamos la misma operación ante los demás. En otras palabras, los beneficiarios de la gracia aplicamos la ley pura y dura a los demás, y esto de forma inmisericorde.

La raíz de esta perversa dicotomía reside sin duda en lo que se ha dado en llamar legalismo. Sugel Michelén, en su blog, nos dice que “alguien escribió siete pasos sencillos para convertirse en un legalista:

 

1)Inventa reglas que no están en la Biblia. 2) Esfuérzate por cumplir estas reglas. 3) Castígate a ti mismo cuando no las cumplas. 4) Enorgullécete cuando las obedezcas. 5) Constitúyete a ti mismo en juez de los demás. 6) Enójate con aquellos que rompan tus reglas o que tengan reglas distintas a las tuyas. 7) 'Golpea' a los perdedores”.

Este mismo autor cita la parábola del hijo pródigo y la actitud del “hermano mayor”, que es vívido retrato del creyente legalista, y define el legalismo como “un espíritu de superioridad que es al mismo tiempo hostil hacia los demás”.

Quizá se podría añadir un octavo paso a la lista antes citada, y es: “Aplica el máximo rigor a los pecados públicos de los demás y el mínimo a los privados tuyos”, como si para Dios no fueran ambos igualmente graves (“ya cometió adulterio con ella en su corazón”, Mateo 5:28).

 

Este tipo de actitud revela una supina ignorancia tanto de la gracia como de la ley. La gracia no nos sitúa en un rango superior que nos permita justificar lo que eufemísticamente llamamos “debilidades”siempre y cuando tengamos la precacución de ocultarlas a los demás. Y la ley no es ni debe ser una especie de mecanismo jurídico mediante el que acusamos, juzgamos, condenamos y penalizamos a los demás, simplemente porque sus pecados no parecen estar en la lista de los que nosotros cometemos. Tales usos de la gracia y de la ley son antibíblicos y contradictorios. Los hijos de la gracia deben mostrar gracia a los demás (“y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben”(Lucas 11:4). Y la ley debe utilizarse, ante todo, para mostrarnos la negrura de nuestro propio corazón y hacer resplandecer más aún la gracia con que Dios nos ha favorecido. La ley debe ayudarnos a quitarnos la viga que hay en nuestro propio ojo antes de quitar la paja del ojo de nuestro hermano (cf. Mateo 7:5). No olvidemos que cuando apuntamos a alguien con el índice ¡otros tres dedos nos apuntan a nosotros!

 

Alguien ha dicho que nunca encontraremos a un legalista feliz. Pensar“soy más santo que tú” (Isaías 65:5) y sentirnos superiores a los demás podrá proporcionarnos cierta satisfacción, pero nunca nos proporcionará verdadera felicidad, porque para eso tendremos que minimizar nuestro pecado y maximizar el de los demás: y eso es una abominación delante de Dios que él nos mostrará tarde o temprano.

 

                                                                                                       (Tomado de “Nueva Reforma”)

 

 

 

 

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              La verdadera humildad 

Ser humilde es tenerse a sí mismo en poca estima. Es ser modesto, sencillo, estar dispuesto a pasar desapercibido. La humildad se retira de la vista pública, no busca la publicidad y los lugares altos, ni le importan las posiciones prominentes. La humildad es por naturaleza retraída. Nunca se exalta así misma en los ojos de los otros, ni siquiera en los propios. La modestia es una de sus características predominantes.

 

La humildad carece totalmente de orgullo, y se encuentra a la mayor distancia de cosas como la vanidad o el engreimiento. No hay autoadulación en la humildad. Más bien tiene la disposición para alabar a otros. "En cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros". No tiende a exaltarse a sí misma. La humildad no gusta de los asientos principales, ni aspira a los lugares más importantes. Está dispuesta  a ocupar los asientos más bajos, y prefiere los lugares donde pasará inadvertida.

La humildad no tiene los ojos puestos sobre sí misma, sino sobre Dios y sobre los otros. Es pobre de espíritu, mansa en su conducta, de corazón sufrido. "Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor" (Efesios 4:2).

 

(. . .) Dios da mucho valor al corazón humilde. Es bueno vestirse de humildad como si fuera un manto. "Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes." Lo que acerca a Dios el alma del que ora, es su corazón humilde.Lo que da alas a la oración, es una mente mansa. Lo que pronto da acceso al trono de la gracia, es el saberse incapaz de nada. El orgullo, la vanagloria y el amor propio cierran completamente la puerta de la oración.

                                (E.M. BOUNDS)             

                 EL SUPREMO VALOR DE

                 LA PALABRA DE CRISTO

"Cada palabra pronunciada por el Señor Jesús esta repleta de profunda enseñanza para los cristianos. Es la voz del Pastor supremo. El es la Cabeza de la Iglesia dirigiéndose a todos su miembros, el Rey de reyes hablando a sus súbditos, el Señor de la casa hablando a sus siervos, el Capitán de nuestra salvación hablando a sus soldados. Por encima de todo, es la voz de Aquel que dijo: "Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió,él  me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar" (Juan 12:49). El corazón de todo creyente debiera arder en su interior cuando oye las palabras de su Señor, debiera decir: "¡La voz de mi amado!"

(Cantares 2:8)  (Del libro "Advertencias a las iglesias", de Juan Carlos RYLE (Editorial Peregrino), título que recomendamos .