El precio real del discipulado

 

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:37-39).

 

El Señor Jesucristo no se equivoca. Cuando un hombre se da de alta en su servicio, Él le enseña el lado obscuro, le dice que tiene que vivir una vida de abnegación. Si algún hombre no quiere ir al cielo por la vía del Calvario, no puede ser de ninguna manera pasar. Muchos hombres quieren una religión sin cruz, pero no pueden entrar en el cielo de este modo. Si vamos a ser discípulos de Jesucristo, nos hemos de negar a nosotros mismos, llevar nuestra cruz y seguirle. Por lo tanto sentémonos y calculemos el costo. No crean ustedes que no habrá batallas, porque siguiendo al Nazareno, les esperan muchas batallas. Con todo, si yo tuviera diez mil vidas, a Jesucristo daría cada una de ellas. Los hombres no temen la batalla si están convencidos de que van a obtener la victoria, y gracias a Dios, todos y cada uno de nosotros podemos triunfar si queremos.

 

La razón por la que tantos cristianos fracasan en toda su vida es sencillamente ésta: aprecian demasiado bajo el poderío del enemigo. Mis queridos amigos, ustedes y yo tenemos que contender con un terrible enemigo. Que no les engañe Satanás. A no ser que ustedes estén muertos espiritualmente, habrá guerra. Casi todo lo que nos rodea tiende a alejarnos de Dios. No es solo un paso desde Egipto al trono de Dios. Hay un viaje por el desierto y hay enemigos en la tierra. No crea ningún hombre ni mujer que todo lo que hay que hacer es constituirse miembro de una Iglesia; en esto no se encuentra la salvación. La cuestión es, ¿están ustedes constantemente venciendo al mundo? O de lo contrario, ¿está venciendo el mundo a ustedes?¿Tienen ustedes hoy más paciencia que hace cinco años? ¿Son ustedes más amables? Si no, el mundo les está venciendo, aun cuando sean ustedes miembros de una Iglesia. . . Si ustedes no están venciendo las tentaciones, el mundo les está venciendo. En este caso arrodíllense y pidan a Dios que les ayude. Mis caros amigos, acerquémonos a Dios y pidámosle que nos examine. Supliquémosle que nos despierte y no pensemos que por el hecho de ser miembros de alguna Iglesia, todo está bien. Al contrario todo está mal, sino gozamos de la victoria sobre el pecado. . .

 

Ahora, si vamos a vencer, debemos empezar desde adentro. Dios siempre comienza de adentro. Un enemigo dentro de la fortaleza es mucho más peligroso que uno que está afuera.

La Escritura enseña que en cada creyente hay dos naturalezas luchando una contra otra. Pablo dice en su epístola a los Romanos, capítulo siete, versículos catorce a veintitrés: Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido a sujeción del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; ni lo que quiero, hago; antes lo que aborrezco, aquello hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no obro aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien; porque tengo el querer, mas efectuar el bien no lo alcanzo. Porque yo no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, ésto hago. Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios: Mas veo otra ley en mis miembros que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.” También en la epístola a los Gálatas, capítulo cinco, versículo diez y siete, dice: “Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne: y estas cosas se oponen la una a la otra, para que hagáis lo que quisiereis.”

Cuando fuimos engendrados de Dios, recibimos su naturaleza, pero Él no quita toda la vieja naturaleza luego. . . La vieja naturaleza en el creyente nunca muere, aunque puede ser subyugada; y a no ser que haya vigilancia y oración tendrá ventaja y llevará al creyente al pecado. . . De modo que el peor enemigo que ustedes tienen que vencer es ustedes mismos.”    (D. L. Moody)

 

 

Es evidente, mis amados hermanos en Cristo, que nuestra lucha contra los apetitos de la carne estaría perdida si no fuésemos ayudados por el Espíritu Santo, fortaleciendo nuestra mente y corazón cada día en Él.  Bien que lo recomendó el Señor a sus discípulos antes de su partida: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 17:5). Solo por medio de la sangre del Cordero podemos vencer a aquel que nos incita día y noche al pecado, a la desobediencia a nuestro Dios y Señor. El apóstol Juan nos aporta un importante consejo para no caer en la astuta trampa del enemigo, así como de nuestro propio corazón: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama el mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseo de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1ª Juan 2:15-17). Esto es tomar la cruz y seguir las pisadas de nuestro Redentor y Maestro... ¡pero cuánto pesa nuestra cruz si la llevamos lejos de la voluntad santa de nuestro Ayudador!   (J.Mª V.M.)    

 

 

 

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"¿Quién de vosotros, queriendo edificar una casa, no se sienta primero y calcula los gastos?" (Lucas 14:28)

 

"Vivimos tiempos muy extraños (*). Los acontecimientos se suceden con extraordinaria rapidez. Nunca sabemos "lo que el día nos traerá", ¡cuánto menos lo que nos traerá el año! En nuestros días se hace gran profesión de religiosidad. En muchas partes del país la gente expresa vivo deseo de seguir un curso de vida santo y un grado más alto de espiritualidad. Es muy común ver como la gente recibe la Palabra con gozo, pero después de dos o tres años se aparta y vuelve a sus pecados. Y es que hay muchas personas que no consideran lo que cuesta ser un verdadero cristiano y un creyente santo.

       Nuestros tiempos requieren de una manera muy especial el que nos paremos a considerar el coste y el estado espiritual de nuestras almas. Este tema debe preocuparnos. Sin duda, el camino de la vida eterna es un camino delicioso; pero sería locura, por nuestra parte, cerrar los ojos al hecho de que se trata de un camino estrecho y de que la cruz viene antes que la corona. . .

       No cuesta gran cosa ser un cristiano de apariencia. Sólo requiere el que una persona asista dos veces a los cultos del domingo y que durante la semana sea medianamente moral. Este es el "cristianismo" de la vasta multitud de nuestro tiempo. Se trata, pues, de una profesión de fe fácil y barata; no implica abnegación ni sacrificio. Si esto es el cristianismo que salva y el que nos abrirá las puertas de la gloria al morir, entonces no habrá más remedio que alterar la descripción del camino de la vida eterna y decir: "¡Ancha es la puerta y amplio es el camino que conduce al cielo!".                    (Juan Carlos Ryle)

(* ) Se escribió en el siglo XIX.

                  ¡La soberanía de Dios!

¿Qué queremos decir con esta expresión? Queremos decir la supremacía de Dios. que Dios es Rey, que Dios es Dios. Decir que Dios es soberano es declarar que es el Altísimo, el que hace todo conforme a su voluntad en los huestes de los cielos y entre los habitantes de la tierra, de modo que nadie puede detener Su mano ni decirle: ¿Qué haces? (Daniel 4:35). Decir que  Dios es soberano es declarar  que es el Omnipotente, el Poseedor de toda potestad en los cielos y en la tierra, de modo que nadie puede frustrar Sus consejos, impedir Sus propósitos, ni resistir Su voluntad (Salmo 115:3). Decir que Dios es Soberano es declarar que "se enseñoreará de las gentes" (Salmo 22:28), levantando reinos, derrumbando imperios y determinando el curso de las dinastías según le agrada. Decir que Dios es soberano es declarar que es el "solo soberano", Rey de reyes, y Señor de señores" (1ª Timoteo 6:15). Tal es el Dios de la Biblia".         

 (Del libro "La soberanía de Dios", de A.W. Pink)

       La gran ocupación del ministro

La gran obra del ministro, en la que debe radicar su fortaleza de cuerpo y mente, es la predicación. Por flaco y despreciable, o loco (en el mismo sentido en que llamaron a Pablo loco) que pueda perecer, es el gran instrumento  que Dios tiene en sus manos por el que los pecadores serán salvos y los santos serán hechos aptos para la gloria. Plugo a Dios, por la locura de la predicación, salvar a los que creen. Fue para ello que nuestro bendito Señor dedicó los años de su propio ministerio. ¡Oh, cuánta honra ha dado Jesús a la obra de la predicación, al predicar Él en las sinagogas, o en el templo, o bien sobre las quietas aguas del mar de Galilea!  ¿No hizo Él a este mundo como el campo de su predicación? Ésta fue la gran obra de Pablo y de todos los apóstoles. Por esto dio el Señor el mandamiento: "Id por  todo el mundo y predicad el evangelio". ¡Oh, hermanos, ésta es nuestra gran obra!"

                          (R.M. McCheyne)