El peligro de los deseos terrenales

y carnales

 

"Amados , yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma" (1ª Pedro 2:11)

 

          Para muchos hombres, --tiranizados por una creciente cantidad de deseos nunca satisfechos del todo-- la mayor dicha en este mundo radica precisamente en llegar a cumplir estos deseos que van aflorando en una imparable e ininterrumpida cascada. No se debe ignorar que los deseos crecen, y a la vez se aborrecen, conforme se van cumpliendo. Este caso lo encontramos en la propia Palabra de Dios: Amnón, hijo del rey David, deseó ardientemente a su propia hermana Tamar, y no dejó de acosarla hasta que la forzó y cumplió su horrendo propósito. Después de ser consumado tan infame acto, la aborreció hasta el punto de humillarla echándola de la cámara por mano de su criado (2º Samuel 13). Gravísimo pecado de incesto que acarreó un desgraciado enfrentamiento con su hermano Absalón, el cual degeneró en la muerte del violador y, posteriormente, la del propio Absalón en una dolorosa concatenación de circunstancias en la vida de su padre, el rey David.

 

          El corazón insatisfecho del ser humano, desde el principio, no ha dejado de desear cosas razonables o no;  permitidas o prohibidas .  Eva, que se extasiaba cada día mirando el árbol de la ciencia del bien y del mal, se vio arrastrada finalmente a tomar de su fruto y comer de él (Génesis 3:6). Una vez tomado el primer bocado, las consecuencias amargas de una decisión equivocada corroyeron su alma, atormentada al instante por el pecado cometido. Lo perdió todo sin alcanzar satisfacer nada. A partir de entonces un gran vacío dominaría su corazón engañado, como ocurre con muchos hombres y mujeres que se ven arrastrados por los deseos carnales que les llevan a la infelicidad y al desengaño más frustrante y desgraciado. Es la rebelde experiencia del pueblo de Israel durante el éxodo: "Se entregaron a un deseo desordenado en el desierto; y tentaron a Dios en la soledad. Y él les dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos"  (Salmo 106:14

 

           Decía un conocido escritor que los deseos del hombre "son como accesos de fiebre causados por alguna pasión . . .La ambición, la cólera, la codicia, la lujuria y la avaricia son como diferentes especies de hidropesía; cuanto más se bebe, más sed se padece. Nuestros deseos son los que consumen y deterioran la salud con las exigencias que engendran, con las fatigas que causan, con los disgustos que producen y con los gastos que ocasionan." El apóstol Juan, guiado por el Espíritu Santo, nos llama a no dejarnos atraer por los deseos que el mundo ofrece: "No améis el mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1ª Juan 2:15-17).

 

          El hombre verdaderamente dichoso y feliz en este mundo es el que nada desea. Sólo en Dios halla todo lo que su alma anhela y desea; solo Él es capaz de saciar su corazón de la paz y felicidad que ningún bien de este mundo le puede reportar. Solo Dios es el supremo bien para su alma necesitada del amor supremo que puede empapar su corazón sediento . Solo el Señor lo es todo en su vida y todos sus deseos están en Él, el único que los puede satisfacer plenamente, como bien declaró el salmista Asaf: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra"(Salmo 73:25). También David, confiado, presenta a Jehová todos sus deseos: "Señor, delante de ti están todos mis deseos" (Salmo 38:9). Alguien dijo: "Señor, conviene desear pocas cosas de la tierra, y conviene desearlas poco". Sigue diciendo más adelante: "Si quieres ser dichoso en este mundo, nada desees que tú puedas perder, o que te pueda perder a ti. Dirige a Dios todos tus deseos: Él es el único que los puede satisfacer." Sí, amado hermano, el Señor siempre "cumplirá el deseo de los que le temen" (Salmo 145:19 )                                                               

 

                                                                                                      (Jesús Mª Vázquez Moreno)

ImagenTexto
 
 

 

IGLESIA EVANGÉLICA EL

ALFARERO.COM

Avda. Blas Infante, núm. 37

Jerez de la Frontera (Cádiz)

Móvil: 669 018 797

"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

 Después de caminar ardua  y dolorosa-mente por los caminos pedregosos de la vida, experimentando adversas pruebas  no deseadas  en este impío teatro del mundo, mi alma sólo ansiaba  la paz suave, dulce, consoladora de mi Señor. ¡No más miedos, no más viajes hacia la aflicción inacabada, no más días sin sol!

Al final del camino,junto a aguas de reposo, me esperaba una amorosa y firme promesa del que ama mi alma: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (Mat.25:21).  (R. de S.)

El Catecismo reformado de Heidelberg (s. XVI)

En estos últimos tiempos, estamos viviendo circunstancias muy preocupantes en nuestras iglesias reformadas con relación a los funda-mentos doctrinales que las rigen. Consideramos, pues, como una imperante necesidad el volver de nuevo a las valiosas confesiones de fe de nuestros antiguos hermanos de la Reforma;  tratados de fe que han sido arrinconados en mucha iglesias históricas por sucedáneos que en nada reflejan la pureza bíblica que sustentó la vida espiritual y el íntegro testimo-nio de muchos hombres y mujeres que honraron el nombre del Señor Jesucristo, a pesar de vivir en medio de graves dificultades y peligros.

 

Con el fin de estimular la vuelta a la lectura y meditación de dichos tratados de fe, incluimos la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg (1563):

¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

 

Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte (Rom. 14:8) , no me pertenezco a mí mismo (1 Co. 6:19), sino a mi fiel Salvador Jesucristo (1 Co. 3:23; Tit.2:14) , que me libró de todo el poder del diablo (Heb. 2:14; 1Juan 3:8; Jn. 8:34-36), satisfaciendo enteramente con su preciosa sangre por todos mis pecados (1 P. 1:18-19; 1J.1:7; 2:2-12), y me guarda de tal manera (Jn. 6:39; 10:28; 2 Ts. 3:3; 1  P. 1:5) que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un sólo cabello de mi cabeza puede caer (Mt.10:30; Lc. 21:18), antes es necesario que todas las cosas sirvan para  mi salvación (Ro. 3:28).

Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante su santa voluntad (Ro. 8:14; 1 Jn. 3:3)".

    ¡Cuán pocos son los que aman la          cruz de Cristo!

"Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy poquitos que lleven su cruz. Tiene muchos que deseen la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros para la mesa, y pocos para la abstinencia: todos quieren gozar con Cristo, mas muy pocos quieren sufrir algo por Él. Muchos siguen a Jesús hasta partir el pan, mas pocos a beber el cáliz de la pasión. Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz. Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades: muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él consolaciones: mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían, o desesperarían.

Mas los que aman a Jesús por él mismo y no por su propia consolación, bendícenlo en la tribulación y angustia tan bien como en la consolación, siempre lo alabarían y harían gracias."  (Texto literal de Tomás de Kempis )