EL ESCÁNDALO

DE LA CRUZ

_______________________

 

Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”. (1ª Corintios 1:18)

 

El mensaje del evangelio es el mensaje de la cruz. Un evangelio sin cruz es como un río sin agua o un fuego sin calor. La cruz no es sólo esencial al Evangelio, sino que constituye su centro mismo y su razón de ser. Es la cruz la que hace que el Evangelio sea “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Sin cruz no hay perdón, ni reconciliación, ni salvación ni esperanza. Es por eso que en muchas de nuestras iglesias se exhibe el texto bíblico: “Predicamos a Cristo crucificado” (1ª Corintios 1:23).

 

      La cruz, sin embargo, como tantas otras verdades bíblicas, es susceptible de enfoques erróneos. Desde derrota a martirio, pasando por ejemplo de abnegación, las falsas interpretaciones de la crucifixión se han multiplicado hasta el infinito. Resulta, pues, de vital importancia que cuando alguien habla de la cruz nos aseguremos de qué clase de cruz nos está hablando, porque puede ser que, a pesar de mencionar la cruz, resulte ser un enemigo de la cruz de Cristo”(Filipenses 3:18).

 

       Aún los evangélicos, que nos gloriamos en la verdadera cruz (Gálatas 6:14), podemos tener o expresar un concepto más bien superficial de la misma. Especialmente a la hora de evangelizar, la cruz puede convertirse meramente en un meloso símbolo de amor que enternece al pecador y le mueve a “aceptar” a Cristo, tal vez hasta compadecido de él. No es que neguemos que la cruz manifieste el amor de Dios; es más: ella constituye el máximo exponente de su amor por esta humanidad caída. Pero la cruz implica mucho más que eso.

 

      La cruz es, ante todo, la demostración suprema de la infinita santidad de Dios y su justa ira contra el pecado. En las “Siete Palabras” de Cristo en la cruz nos encontramos un canto filantrópico al amor de Dios, sino más bien una concisa elegía a la tragedia del pecado, que llevó al Padre eterno a desamparar al Hijo de su amor al verle cubierto con la inmundicia de nuestra iniquidad. Las tinieblas que cubrieron la tierra en aquella hora no eran sino el marco más adecuado para tan terrible espectáculo.  

 

      La cruz nos habla de las justas demandas de la santa ley de Dios, que habían de ser satisfechas para que los pecadores pudieran entrar en el cielo. En resumen, la cruz nos habla del único medio para que Dios sea propicio (es decir, apartar su ira) de forma que el pecador pudiera tener acceso a su santa presencia. Estos conceptos, sin embargo, resultan inadmisibles al hombre moderno. Este no puede aceptar que haya un infierno eterno, ni que Dios esté “airado contra el impío todos los días”, ni que la ley de Dios condene inexorablemente al pecador. Es mucho más popular, y mucho más agradable, levantar una pancarta que diga: “Sonríe, Dios te ama ”.Es mucho más fácil hablar del amor de la cruz que de la ira y la santidad de la cruz. A toda costa se quiere evitar “el tropiezo o escándalo de la cruz”: una cruz que ensalza a Dios y humilla al hombre. No hacemos ningún favor al pecador al presentarle una cruz aceptable y “descafeinada”.

 

      A fin de cuentas, “la palabra de la cruz es locura a los que se pierden”, y nuestra única esperanza es que “a los que se salvan...es poder de Dios”. (1ª Corintios 1:18). ¿Y quiénes son los que se salvan sino los llamados irresistiblemente por el Espíritu de Dios? Pero muchos nos tememos que algunos ya no creen en el poder de la cruz porque tampoco creen en el poder del Espíritu Santo para convencer de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8).

 

      Querido hermano, no te conformes con un concepto superficial de la cruz. Profundiza en su mensaje. No te avergüences de asumir “el escándalo de la cruz”. Lejos esté de ti gloriarte “sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gálatas 6:14). No te dejes influir por los portadores de una cruz psicológica, intelectual o social. Haz de la verdadera cruz tu estandarte, tu gloria y tu confianza. Sólo así podrás ser para Dios un “grato olor de Cristo en los que se salvan” (2ª Corintios 2:15).

 

 

 

                                                           (D.C.M.)

IGLESIA EVANGÉLICA EL

ALFARERO.COM

Avda. Blas Infante, núm. 37

Jerez de la Frontera (Cádiz)

Móvil: 669 018 797

"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

     Cree que la sangre del Señor ha             vencido el ataque de Satanás 

¿Cómo pueden los cristianos vencer a Satanás? "Por la sangre del Cordero"      (Apocalipsis  12:11). Por medio de la muerte del Señor Jesús, estamos unidos con Dios. El objetivo primario del ataque satánico es separarnos de Dios. En tanto que estamos con Dios, Satán no tiene manera alguna de dañarnos. ¿Qué es pues lo que nos separa de Dios? Sólo el pecado nos separa, pero la sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos limpia de todos nuestros pecados

Apocalipsis 12:11 nos dice que los hermanos vencieron a Satanás por medio de la sangre del Cordero. Con la purificación de la sangre del Señor Jesús, fuimos hecho uno con Dios. Cuando tenemos conciencia de pecado, el diablo empieza su ataque. Sin esta conciencia el diablo no tiene manera de lanzar su ataque. Gracias a Dios, la sangre del Cordero ha vencido a Satán. Hoy, incluso el más débil de los hijos de Dios puede vencer a Satán, porque cada uno de nosotros tiene la sangre.

Es posible que no tengas muchas otras cosas, pero la sangre la tienes de modo definido y claro. Por medio de la sangre del Señor Jesús puedes de modo natural  declarar que todos tus pecados han sido limpiados. Hoy Dios es tu Dios. Si Dios es por ti, ¿quién puede prevalecer contra ti? Con Dios a tu lado, el diablo no puede atacarte."              (Texto:Watchman Nee/Ilustración: Obra de Rembrandt)

      Llamados a ser consoladores

"Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna miseri-cordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa"                                          (Filipenses 3:1-2)

        Estando sentado en la sala de espera de una clínica privada dedicada a la rehabilitación física de personas con problemas de movilidad, pude constatar algo que impresionó mi corazón en gran manera: los enfermos que allí esperaban su turno, así como los que iban saliendo de las salas de consulta y rehabilitación, se trataban con una ternura y comprensión que llegó a conmover mi corazón. Aquel lugar, aquella situación especial, era como una isla en medio de la cruel indiferencia y frialdad de una sociedad atrofiada en sus sentimientos más primarios. 

Sin gran dificultad, llegué a deducir que aquellas personas estaban dañadas físicamente, pero las propias dificultades físicas, el sufrimiento y el dolor, habían ablandado sus corazones, siendo solidarios con sus compañeros de infortunio, mientras las que estaban fuera del simple cristal de la puerta de entrada a la clínica arrastraban una existencia cauterizada por el egoísmo y la más acentuada dureza de corazón. 

        Hermanos amados,¡cuánto necesita-

mos meditar sobre nuestra actitud y comportamiento hacia los demás hombres que están hechos a la misma imagen y semejanza de Dios como nosotros! 

"Vestíos, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia" (Colosenses 3:12)

¡Que no tengamos que pasar los hijos de Dios por  circunstancias tan amargas y dolorosas como son los daños físicos y la enfermedad,  para que lleguemos  a aprender lo que la Palabra de Dios nos insta y muestra un día tras otro!

( Rodrigo de Sotomayor/ Ilustración: Pierre Subleyras)