DOS Preguntas comprometidas

 

¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? (Salmo 24:3)

 

(Vista actual de la ciudad de David) 

El hombre se ha hecho muchas preguntas a través de los siglos, y continúa haciéndoselas cada día. El planteamiento de ellas es el motor que permite buscar salidas para las situaciones en que nos encontramos. Pero estas dos preguntas que preocupaban a David, no se las plantean demasiadas personas en la actualidad. Siendo sinceros, tampoco muchos cristianos llegan a hacerselas. Para David la respuesta a dichas preguntas eran de vital importancia, lo que le permitiría alcanzar aquello que consideraba, acertadamente, lo más importante para su vida. Él quería saber como llegar a la misma presencia de Dios y, una vez allí, cómo permanecer en ella. Él sabía que “el monte de Jehová” era un lugar muy especial. Estaba por encima de todo y de todos, un lugar en contacto con el mismo cielo. Pero, aún más, mediante el paralelismo nos dice que “el monte de Jehová”, es “el lugar de su santidad”.

 

      Con ello, no estaba haciendo referencia al monte de Sión. Él podía ir allí en cualquier momento. No tenía ningún secreto para cualquier judío. Uno decidía ir a Jerusalén, y una vez allí nadie lo iba a echar de la ciudad. Él estaba pensando en aquello que ilustraba “el monte de Sión”, la misma presencia de Dios, donde mora Dios en santidad, y a donde ningún ser humano, en su triste condición caída, se puede aproximar (Por medio de nuestra de fe en la obra expiatoria de Jesucristo, por su sangre derramada, sí podemos acercarnos confiadamente al Lugar Santísimo: Hebreos 10:19-22).

 

      Es un lugar muy especial, un lugar de íntima relación con el Eterno Dios. Él quería subir, pero no como una experiencia esporádica. Él quería disfrutar de una experiencia constante de intimidad con Dios. Por eso, repetimos, no solamente se preguntaba quien subiría, sino que además quería saber quien podría permanecer allí.

Sería conveniente para nuestras vidas, el que tomemos las preguntas de David como un cuestionario para analizar nuestra propia condición espiritual.

 

 Primera pregunta: “¿Quién subirá al monte de Jehová?” (Salmo 24:3; 15:1) ¿Es nuestro misma presencia de Dios como nunca se ha experimentado antes, pero que no evidencia una transformación de la vida diaria, un testimonio cristiano santo. ¿Es posible penetrar a la misma presencia de Dios y después seguir viviendo en las mismas inmundicias? Para subir hay que dejar. Esto nos revela una terrible realidad: “el monte de Jehová”, en la actualidad, está siendo muy poco visitado por los cristianos (¡Qué gran problema para la vida espiritual de la Iglesia de Jesucristo!) Muchos viajan, emocionados, a Jerusalén de vacaciones pagando el alto precio que se les pide, pero pocos están dispuestos a viajar “al monte de Jehová” pagando el precio que Dios mismo exige y demanda. Si no podemos responder afirmativamente a la primera pregunta, es mejor olvidarse de la segunda. Pero ahí no queda todo en verdad, lo máximo que llegamos a desear son esos escasos viajes esporádicos “al monte de Sión”.

 

 Segunda pregunta: En esta ocasión, David se pregunta: “¿Y quién estará en su lugar santo” (Salmo 24:3).  David había estado muchas veces en “el monte de Jehová”, le era un lugar muy conocido, pero su deseo era permanecer allí. Por ese motivo, se hace esta crucial pregunta. Y nosotros, sí, tu y yo, ¿deseamos algo más que acercarnos cada fin de semana al monte de Jehová? ¿Queda todo en algo propio, solamente, de los cultos del domingo? Aunque hemos de confesar, y reconocer, que las formas de culto actuales en muchas iglesias, ajenas e independientes a la dirección de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo, y dependientes de la voluntad humana, hace muy difícil que los creyentes asistentes puedan ser guiados a través de ellas “al monte de Jehová”, al “lugar santo”. Más bien, se dirige a los hermanos al monte de la religiosidad y la experiencia puramente carnal, no espiritual. Esto, evidentemente, no produce ninguna obra santificadora en los asistentes.

 

      “Subir” y “estarse” nos habla de una experiencia espiritual de comunión con Dios, de santificación permanente (Es estar de forma contínua bajo la nube de Dios). Es una experiencia que tiene que ver con la llenura “de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:19), por medio del Espíritu Santo. Es la manifestación de nuestra nueva naturaleza ,según Dios.

Para ello, dada nuestra evidente torpeza e ignorancia, aunque ello ofenda el alto concepto que tenemos de nosotros mismos, Dios nos ha indicado ,por medio de este salmo inicial, lo que hemos de hacer:

 

      En primer lugar, hemos de examinar nuestras manos (Salmo 24:4; Sant. 4:8). Las manos limpias, de las que nos habla el Señor por boca de David, se refiere a manos santificadas y purificadas. Es conveniente que miremos nuestras manos, que examinemos nuestras obras, que observemos si hay algo por lo que Dios pueda considerarnos culpables y sucios. En caso afirmativo, lo primero que hemos de hacer es confesar ante el Señor nuestro pecado, nuestro mal obrar, y suplicarle , al igual que el publicano . No podemos presentarnos en el lugar santo como el fariseo (Lucas 18:9-14) “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1ª Juan 1:9) No olvidemos que “la sincero deseo “subir” a la misma presencia de Dios? (ver Salmos 26:8) ¿Estamos dispuestos a despegarnos de las cosas de aquí abajo, para introducirnos en las cosas celestiales? No estoy hablando de esa “espiritualidad” falsa que practicamos actualmente, que dice acceder a lasangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1ª Juan 1:7).

 

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¡Un ungido mensaje del Pastor Juan C. Ryle (1816-1900) que debemos recibir humildemente de parte de Dios por el Espíritu! 

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"El hombre que presenta de veras una petición a Dios jamás podrá expresar con su boca o pluma los inefables deseos, experiencias, afectos y anhelos que subieron al Señor en aquella oración. . . Cuanto más se acerca un hombre a la perfección en la obediencia de una obra mandada por Dios, tanto más difícil la encuentra; y ello se debe a que la criatura, como criatura, no puede hacerla. Empero la oración (como antes se ha dicho) no es solamente un deber, sino una de las obligaciones más eminentes, y, por consiguiente, más difíciles. Bien sabía Pablo lo que decía, cuando escribió: "Oraré con el espíritu" (1ª Corintios 14:15). Sabía muy bien que no era lo que otros hubieran escrito o dicho lo que podía hacer de él un hombre que ora; solamente el Espíritu podía hacerlo. Ha de ser con el Espíritu, pues de lo contrario, al haber un defecto en el acto mismo, lo habrá también en su continuación; es más, se producirá un desfallecimiento. 

 

La oración es una ordenanza de Dios que debe perdurar necesariamente en el alma en tanto que ésta se halle al lado de acá de la gloria. Mas, como dije antes, si no es posible para un hombre levantar el corazón a Dios en oración, tampoco es posible mantenerlo allí sin la ayuda del Espíritu. Y siendo así, para que persevere en el tiempo orando a Dios, es preciso que sea con el Espíritu".                                      (John Buyan, 1628-1688)

     ¿QUÉ HACÉIS DE MÁS? (Mateo 5:47)

"El cristiano, según la definición de nuestro Señor, es no sólo alguien que da más que los demás; hace lo que otros no pueden hacer. Esto no es quitarle nada a la capacidad y habilidad del hombre natural; pero el cristiano es alguien que puede hacer cosas que nadie más puede hacer. Podemos poner esto más de relieve de esta forma. El cristiano es alguien que está por encima, y va más allá, del hombre natural mejor del mundo. Nuestro Señor lo demostró aquí en su actitud respecto a la norma moral y de conducta de los escribas y fariseos. Eran los maestros del pueblo, y exhortaban a los demás. Dice a los que escuchaban: "Debéis ir más allá". También nosotros debemos ir más allá.

 

Hay muchas personas en el mundo que no son cristianos pero que son muy morales y éticos, hombres cuya palabra es 'sagrada', y que son escrupulosos, honestos, justos. Nunca se los encuentra haciendo nada sospechoso a nadie; pero no son cristianos, y lo dicen. No creen en el Señor Jesucristo y quizá han rechazado toda la enseñanza del Nuevo Testamento con burla. Pero son completamente rectos y honestos. El cristiano, por definición, es alguien que es capaz de hacer algo que el mejor hombre natural no puede hacer. Va más allá y hace más; supera. Está separado de todos los demás, y no sólo de los malos, sino también de los mejores. Se esfuerza en la vida diaria por demostrar esta capacidad del cristiano de amar a sus enemigos y de hacer el bien a los que lo odian, y de orar por aquellos que lo ultrajan y persiguen"  (M. Lloyd-Jones    

              ¡¡¡ MUY IMPORTANTE!!!

¿Está llamado el cristiano a juzgar y criticar, junto al mundo, a las autoridades civiles puestas por el Señor o bien a orar por ellas? La Palabra de Dios es manifiestamente clara al respecto:  "Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador" (1ª Timoteo 2:1-3).