Desde una vida conCristo hacia una vida enCristo

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20)

 

La mayoría de las almas llamadas por Dios quedan estancadas en los comienzos de la vida cristiana; llevan una vida débil que se orienta en y hacia lo exterior. Por cierto, han experimentado una contrición y tristeza a causa de sus pecados, tienen hambre y sed de la gracia de Dios, y una actitud de rechazo frente a los pecados “grandes”, pero con esto creen haber satisfecho las exigencias del Reino de Dios. Tal vez no consideren haber alcanzado la meta de la santificación, pero el supuesto progreso es en realidad un moverse en el mismo sitio, si no un regreso. Su caminar consiste comúnmente en leer la Palabra, escuchar, hablar, cantar y orar en voz alta y en otros ejercicios en sí útiles.

 

       Por lo general, se tiene conciencia también de algunas experiencias emocionales que enriquecen la vida de manera agradable, pero mayormente prevalece la queja de algún grave sufrimiento interior, pensando a veces que Dios ha abandonado a su hijo. Con todo, las maldades y los vicios que permanecen son a veces desmentidos o excusados, pero no vencidos. Se les llama “fallos” y “debilidades”, alegando que son un tanto “invencibles” y hasta forman parte de la vida terrenal. Hermanos de este pensar no llegan a una victoria sobre el mundo; una verdadera extirpación del pecado, de las concupiscencias y emociones desordenadas, del egoísmo y de la búsqueda de sí mismos. Tampoco llegan a la destrucción de los “miembros terrenales” de la vida vieja, ni se consideran privilegiados por el pacto nuevo, el amor profundo a la voluntad de Dios, el deleite y la inclinación libre de sus corazones hacia Él.

 

       Debido a estas cosas no alcanzan la paz verdadera y duradera con Dios. Por más que hablen del disfrute y del gozo en Cristo en ciertas ocasiones, el pobre corazón sabe en realidad poco de esto, con excepción de lo que han leído u oído. Y si hay ocasionalmente algún ejercicio aparentemente bueno que produce gozo, en la mayoría de las veces no dura, porque pueden más las acostumbradas acusaciones de la conciencia. Porque lo que crece en tal estado interior -inconscientemente—se basa en los esfuerzos propios de la carne que nunca tienen duración. Esto, a la vez, engendra una falta de ánimo, o bien una autocomplacencia en la propia justicia que no puede dar una paz auténtica a la conciencia.

Con todo, estas personas piensan y creen que su estado interior es correcto en sí y complaciente a Dios, siendo evidente que son miserables y frágiles en todas estas cosas (Apocalipsis 3:17).

Pero, gracias a Dios, se encuentran también almas que no están contentas con tal estado de cosas ni hallan reposo, porque anhelan una perfección anunciada por el Señor (Mateo 19:21). Con voluntad santa están dispuestas al sacrificio de “holocausto”, haciendo de la causa de Cristo su única ocupación interior. Queda claro que entre ellos hay también diferencias en cuanto al progreso; el uno está conducido más rápidamente, el otro más lentamente, conforme a la complacencia del Señor y a la luz que cada uno recibe para ello.

 

       El paso de estas almas a lo esencial e interior de una vida que es Cristo, ocurre generalmente de esta manera: Uno comienza a darse cuenta de que las obras que se hacían desde la propia definición del cristianismo, en realidad no satisfacen y hasta hartan. La lectura, la escucha, el habla y las oraciones verbales, etc. ya no se considera el todo. El entendimiento que antes estaba ocupado en muchos quehaceres, es considerado ineficiente; le falta disposición para seguir con el mismo pensar y meditar como antes. La voluntad ya no encuentra la misma facilidad, ni el gozo en obrar desde uno mismo y en sus ejercicios. En lugar de estos disfrutes y gustos limitados que predominaban en el alma, uno siente no sólo poca plenitud, sino sequedad, impotencia e insatisfacción. Se presiente la necesidad evidente de una inclinación a la calma y la soledad, tanto en sentido exterior como profundamente interior; así como al reposo y a un amor más sufrido, viéndose debilitado en los recursos naturales del alma. Siendo más sensible y sencillo cara a las cosas creadas, uno las ve en luz diferente, menos importantes, olvidando a veces su misma presencia. Se siente una suave y amorosa atracción e inclinación a Él con una fe infantil.

 

       Ahora, pues, si un alma presiente esta guía bendita e interior, -aunque extraña a la razón humana-, si sigue esta atracción divina, puede esperar auxilio desde lo alto: “Así dijo el Señor Jehová, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos, en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Y no quisisteis...” (Isaías 30:15).

 

       De esta manera pierde, poco a poco, la costumbre de pensar y obrar desde sí mismo, y fija su atención -con silencio humilde- en la disciplina íntima, esperando la instrucción divina. Dios entonces dirige la vista a la vida escondida con Cristo en Dios, ocultando a la vez las demás “extensiones” y cosas inferiores de la vida. En otras palabras: Es un morir continuo de sí mismo y de todos con Cristo.

 

                   (Tomado de “Firmes hasta el Fin”/ Extracto del prólogo de “Das verborgene

                   Leben mit Christo in Gottt” (La vida escondida con Cristo en Dios).

 

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

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              El valor de las Escrituras

"Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis

la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí" (Juan 5:39)

 

"Cuando Cristo comenzó su ministerio en la sinagoga de Nazaret con las palabras de Isaías: "El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres", Él dijo: "Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos" (Lc. 4:17-21). En el Sermón del Monte nuestro Señor dijo: "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir. Porque de cierto os digo, que hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas" (Mat. 5:17-19).

 

En estos días tenemos muchos libros acerca de la Biblia, pero hay muy poco escudriñamiento de las mismas Escrituras. Un estudio detenido de lo que Jesús mismo dice acerca de las Escrituras del Antiguo Testamento, con el ruego de que la luz del Espíritu Santo sea arrojada sobre las páginas, recompensaría bien al estudiante de la Biblia.  Muy pocos tienen idea de cuán numerosas son las citas del Antiguo Testamento hechas por nuestro Señor. Él hace referencia a veinte personajes del Antiguo Testamento, Cita de diecinueve libros diferentes. . ."¿No habéis leído?" o "Escrito está", es el fundamento del constante llamado de Cristo".         

(Texto: A.M.Hodgkin/Ilustración: Obra de Rembrandt) 

                  ¡La soberanía de Dios!

¿Qué queremos decir con esta expresión? Queremos decir la supremacía de Dios. que Dios es Rey, que Dios es Dios. Decir que Dios es soberano es declarar que es el Altísimo, el que hace todo conforme a su voluntad en los huestes de los cielos y entre los habitantes de la tierra, de modo que nadie puede detener Su mano ni decirle: ¿Qué haces? (Daniel 4:35). Decir que  Dios es soberano es declarar  que es el Omnipotente, el Poseedor de toda potestad en los cielos y en la tierra, de modo que nadie puede frustrar Sus consejos, impedir Sus propósitos, ni resistir Su voluntad (Salmo 115:3). Decir que Dios es Soberano es declarar que "se enseñoreará de las gentes" (Salmo 22:28), levantando reinos, derrumbando imperios y determinando el curso de las dinastías según le agrada. Decir que Dios es soberano es declarar que es el "solo soberano", Rey de reyes, y Señor de señores" (1ª Timoteo 6:15). Tal es el Dios de la Biblia".         

 (Del libro "La soberanía de Dios", de A.W. Pink)