Todo fue creado por medio de Él y todo lo creado permanece por causa de Él. Las famosas leyes del universo no son más que nombres que los hombres usan para referirse a la actividad preservadora de Cristo de todas las cosas creadas.

Como dice John MacArthur: Cristo “mantiene el delicado balance necesario para la existencia de la vida… Él es el poder detrás de la consistencia en el universo. Él es la fuerza de la gravedad, la centrífuga y la centrípeta. Él es aquel que mantiene en movimiento todas las entidades del espacio. Él es la energía del universo” (Colossians; pg. 49). Sin la fuerza cohesionadora de Cristo operando continuamente, este mundo se desintegraría en un instante.

Una de las características más extraordinarias del átomo, esa pequeña partícula que forma parte de la composición de todas las cosas, es que sus componentes se mantienen cohesionados. Todas las partículas de carga positiva se mantienen juntas en el núcleo, mientras las cargas negativas se mantienen alrededor. Pero una de las leyes fundamentales de la física es que los polos opuestos se atraen y los iguales se repelen. ¿Por qué no se disparan los protones del núcleo por todos los lados?

Y ya nosotros conocemos la increíble fuerza que se desata cuando los protones se separan. George Gamow, uno de los primeros físicos que habló de la teoría del Big Ban, dijo en cierta ocasión: “El hecho es que vivimos en un mundo en donde prácticamente todo objeto es un explosivo nuclear en potencia” (Ibíd.).


¿Por qué no se separan los protones del átomo? ¿Qué los mantiene cohesionados? Pablo dio la respuesta hace 2,000 años: El poder “cohesionador” de Cristo actuando sobre el universo. El día llegará en que ese poder nuclear entrará en acción y todo el universo explotará literalmente para dar paso a una creación renovada, libre de todo vestigio del pecado:

“Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán! (2ª Pedro 3:10-12).

¿Qué tan conscientes vivimos de ese hecho? ¿Que sin el poder de Cristo sustentando el universo nos desintegraríamos en un instante? ¿O el hecho de que si Él no guía el curso de los planetas y nos acercamos un poquito al Sol nos quemaríamos, y si nos alejamos aunque sea un poquito nos congelaríamos? Si la fuerza de gravedad dejara de funcionar un instante, saldríamos disparados por todo el espacio exterior.

Pero Pablo no sólo nos dice que Cristo es el Creador y sustentador de todas las cosas, sino también…


La Meta de todas las cosas:

“Todo fue creado por medio de Él y para Él” (Colosenses 1:18). Dios diseñó todas las cosas para Cristo, para que la gloria de Su poder pueda ser contemplada por todos los hombres a través de la creación. La creación es el teatro donde podemos contemplar cuán gloriosa es la persona de Dios el Hijo. Es a la luz de esa realidad que Pablo nos exhorta a vivir aquí y ahora para la gloria de nuestro Señor (comp. Colosenses 3:17).

Finalmente, Pablo nos dice que Él es…

El Reconciliador de todas las cosas:

 

Compare Colosenses 1:18-20. El punto que Pablo quiere enfatizar aquí es que de la misma manera que en Él fueron creadas todas las cosas, la Iglesia encuentra Su origen en Él. Para que hoy existiera la Iglesia, el Señor tuvo que morir, pagar la deuda del pecado y luego vencer la muerte para siempre resucitando de los muertos.


Y Dios lo hizo de ese modo, dice Pablo, “para que en todo tenga la preeminencia(vers. 18). A Dios el Padre le plugo dar al Hijo la preeminencia en todo, tanto en la creación natural como en la creación espiritual.

Pero esa obra de reconciliación que Cristo obró por medio de Su muerte en la cruz obtuvo resultados de mucho más amplio alcance: “y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (vers. 20).

Este texto no enseña una salvación universal, ya que estaría en contra de una multitud de textos que muestran la condenación de los impíos. Más bien parece referirse a la restauración de todo el universo que quedó profundamente afectado por la caída del hombre.

Cuando Dios creó el universo, “vio todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Pero el pecado entró en el universo causando la maldición de todas las cosas (Génesis 3:17-18; Romanos 8:20-22). La muerte de Cristo no sólo proveyó salvación para los hombres, sino que también proveyó el remedio para la maldición del universo, el cual será restaurado a un esplendor más glorioso que el que tuvo en un principio (Efesios 1:10; Isaías 11: 6-9; Apocalipsis 21:1ss).

Conclusión:

A Dios el Padre le plugo diseñar todas las cosas situando al Hijo de Su amor en el centro de todo. El Hijo llena por completo el corazón del Padre, es en Él donde el Padre encuentra toda su complacencia.
      

       -Pero ¿qué lugar ocupa Cristo en nuestras propias vidas?  

       -¿Es Él el centro de todo lo que hacemos o decimos?

       -¿Estamos plenamente satisfechos en Cristo, o nos hace falta       algo más?
        -El corazón del Padre se satisface completamente con Él ¿y el     nuestro?
        -¿Estamos conscientes de la grandeza del Cristo en el que           hemos creído?
        -¿O de Su plena participación en nuestras vidas a cada instante? “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Que el Señor nos conceda dar a Cristo el lugar que merece en nuestras vidas, y que en Sus iglesias podamos adorarle como Él merece, en Espíritu y en Verdad.

 

 

                                                                    Por Sugel Michelén                                              http://todopensamientocautivo.blogspot.com    

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                El canto congregacional

 Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios"  (Hechos de los apóstoles 16:25).

 

"El día de la Reforma cantamos casi siempre el gran himno "Castillo fuerte en nuestro Dios". Este es probablemente el himno más querido de la Reforma. Y solamente es uno de entre muchos. Menos conocido es el hecho de que Juan Calvino también fue autor de por lo menos un himno, que todavía se canta hoy día, aunque no aparece en todos nuestros himnarios. Tenemos que hacer notar, como introducción, un hecho  interesante: que la Reforma restauró el canto congregacional.

¿Por qué decimos "restauró"? Porque el canto congregacional es tan antiguo como la iglesia. Los salmos dan testimonio de que la iglesia del Antiguo Testamento cantaba. La Iglesia del Nuevo Testamento era también una iglesia de cantores desde su mismo principio.

 

 (. . .) Lo más importante es que la Reforma produjo gente que podía cantar. Cantar significa algo más que poner un verso en música; el canto espiritual nace del corazón. Sólo el canto gozoso --el corazón que ha experimentado el gozo de la salvación-- es apto para cantar alabanzas a Dios".  (Texto: Gordon H. Girod/ Del libro "Dios no ha muerto"/Ilustración: Interior catedral protestante de san Pedro de Ginebra).

          Cuando la misericordia lucha                                    por la justicia

El que sigue la justicia y la misericor-dia hallará la vida, la justicia y la honra”     (Proverbios 21:21)

 

"El perdón, el verdadero perdón es el fruto de una lucha entre dos justicias, entre la justicia corta de los hombres y la justicia ancha y generosa de Dios.

Con frecuencia oponemos la misericordia a la justicia, como si el perdón no hiciera más que apartar a un lado las exigencias de la justicia. Esto es una visión falsa, que hace injusta a la misericordia y cree que en la justicia no hay piedad. La realidad es más compleja, más rica y más profunda. La misericordia quiere la justicia, y lleva su preocupación por ésta más allá de lo que nosotros mismos hacemos habitualmente.

 

A los ojos del misericordioso, la más grande miseria no es sufrir la injusticia, sino ser un hombre injusto, que comete la injusticia y acaba por amarla. Por encima de los actos que se suponen injustos, el misericordioso considera a la persona capaz siempre, si no por sí misma al menos por la gracia de Dios, de volver a la justicia, y sigue amándola a pesar de sus equivocaciones. Para él, la conversión del corazón a la justicia tiene mayor precio que todos los perjuicios exteriores que haya podido sufrir, y así es su misericordia: volver las armas y los actos de la injusticia contra la misma para vencerla en el corazón de los demás y en su propio corazón."                                          (Servais Pinckaers)