El ‘gran avivamiento’ que afectaría a toda Nueva Inglaterra, a otras colonias americanas y a varias partes de Gran Bretaña llegaría diez años después (1740-42) con la llegada del gran predicador George Whitefield. La influencia de este anglicano de convicciones calvinistas sobrepasó a la influencia de cualquier político americano de la época. Con una tremenda voz y una excelente retórica se dirigía a multitudes, en ocasiones de más de 10.000 personas, en iglesias, campos y parques. Benjamin Franklin, más tarde político y fundador de los Estados Unidos, calculaba que Whitefield podía dirigirse a 30.000 personas y ser oído con claridad. Aunque John Wesley, que también era anglicano, ha sido considerado el predicador más influyente de esta época, lo cierto es que la influencia de Whitefield en las colonias americanas fue mucho mayor. Mucho podríamos decir de este personaje, pero aquí mencionaremos brevemente cuál fue su relación con Jonathan Edwards.

     La congregación de Northampton tuvo la oportunidad de escuchar la predicación de Whitefield y un testigo presente en aquella ocasión afirmó que las lágrimas no cesaron de fluir por el rostro de Edwards. La predicación de Whitefield era sencilla y directa. Abundaba en los temas del nuevo nacimiento y la justificación por la fe, llamando en nombre de Dios a todos al arrepentimiento y a volverse a Dios por medio de Jesucristo. Más tarde se formaría una gran polémica en torno a su forma de predicar y a la forma en que este avivamiento se estaba desarrollando. Para los más críticos, se estaba fomentando el desorden ya que en ocasiones las reuniones se interrumpían con el clamor de gente desesperada por saber cómo ser salvos de la ira de Dios. Otras veces, la gente que había experimentado la conversión o una renovación de su compromiso con Cristo compartían de manera espontánea sus experiencias. Todo esto se salía del orden normal del culto y algunos llegaron a afirmar que todo este desorden se debía a una influencia satánica. Aunque Edwards se tomaba muy en serio el orden en la iglesia, siempre enfatizó que en un tiempo de avivamiento el Espíritu Santo operaba de un modo extraordinario y que, por tanto, era de esperar que se dieran circunstancias distintas a las habituales en la vida de la congregación. En cuanto a la forma de predicar, hizo especial hincapié en que al hablar de las cosas del Señor, del juicio eterno, de nuestro Redentor, el predicador no se podía expresar de forma monótona o falta de sentimiento. Predicar así sobre estos temas era una contradicción. Para Edwards el nivel de emoción y fuerza en el mensaje tenía que ser proporcional al tema que se tratase, por lo que la predicación del evangelio debería tocar el corazón de los oyentes además de la mente. La verdad de Dios no sólo llenaba la cabeza de información sino que movía y transformaba los corazones. En definitiva, Edwards consideraba a George Whitefield un predicador modélico tanto por la doctrina que enseñaba como por la forma en que la comunicaba.

     Jonathan Edwards fue, a nivel internacional, el promotor más destacado del avivamiento y de los “conciertos” de oración para pedir a Dios por la iglesia en el mundo y por el avance de Su Reino. Sus escritos se publicaron en Boston, Londres, Escocia e incluso se tradujeron a otros idiomas.  
 
 

     Pruebas

     Pasado el avivamiento, Edwards seguiría instruyendo y exhortando desde el púlpito a su congregación durante varios años con sermones Cristo-céntricos y teológicamente profundos. Pero a finales de los años 40 se produjo un choque con la congregación que acabaría con su expulsión. Edwards consideraba que el modelo de membresía heredado de su abuelo, el anterior pastor, no era bíblico. Hasta ese momento, las personas que hubiesen sido bautizadas (normalmente de pequeños) y llegasen a una edad adulta sin llevar una vida de disolución o de pecado manifiesto, podían participar de la santa cena y ser miembros de la congregación. Para Edwards era necesario demandar del candidato a miembro una profesión de fe y de conversión sincera y explícita. Consideraba que para que la mesa del Señor no se abriese a gente indigna, era mejor exigir una prueba positiva de conversión que conformarse con una negativa, o sea, no andar en un pecado o escándalo manifiesto. Finalmente, fue expulsado por mayoría ya que, según el modelo congregacionalista, el poder para tomar decisiones residía en la congregación y Edwards no había sido capaz de convencer a la iglesia de su posición.

     Con casi 50 años, mujer e hijos, y con una salud muy frágil, Edwards pasaría sus últimos años como misionero entre los indios (o ‘nativos americanos’) en el asentamiento fronterizo de Stockbridge. Desde antes Edwards ya había promovido las misiones entre las gentes no alcanzadas por el evangelio. Una de sus obras publicadas y más leídas era La vida de David Brainerd, que era simplemente el diario (editado) de un joven misionero que estuvo durante años predicando el evangelio a los indios de las zonas fronterizas. Este misionero cayó gravemente enfermo y murió mientras se alojaba en casa de Edwards. El fruto durante esta etapa misionera de la vida de Edwards no fue tan notable como el que Dios le concedió durante su pastorado en Northampton. Las conversiones fueron escasas y el asentamiento se vio atrapado en medio de un conflicto militar, convirtiendo la casa de la propia familia Edwards en un fuerte para los soldados británicos.

     Jonathan Edwards moriría a causa de la viruela en 1758 estando lejos de su mujer y sus hijos, ya que realizaba un viaje para conocer la incipiente universidad de Princeton, donde se le había ofrecido el puesto de rector. 

 

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                       El honor de Dios

El honor de Dios sigue siendo el asunto más importante de esta vida. Y está siendo pisoteado en este mundo moderno, sobre el cual él, a pesar de todo, es misericordioso, sí, pero sobre el cual él también gobierna enviando sus juicios. Todo esto debería hacer  que nos conmoviéramos.  El especta-culo de ver a la Iglesia del Señor Jesucristo presa de la confusión y el error debería hacer que nos consumié-ramos. El Señor Jesucristo ganó a su Iglesia al precio de su inmaculada sangre, de incalculable e infinito valor. Él merece, por tanto, reinar sobre una Iglesia visible conforme a las ordenanzas que él ha establecido y que proclame la verdad que él ha revelado.

Esta, y no otra, es la necesidad de la Reforma de la Iglesia, ayer y hoy.

(Texto: Jorge Ruiz /Ilustración: Fragmento obra de Sébastien Bourdon-Museo Hermitage)

           Nuestra reverencia hacia Dios

Que la sangre de Cristo nos haya limpiado de todos nuestros pecados, no debería disminuir nuestra reverencia hacia Dios, sino más bien aumentarla. La obra redentora de Cristo es una clara indicación de que nuestro Dios  no toma el pecado con ligereza. De ahí la solemne reverencia del autor de la Epístola en el vers. 25: "Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháramos al que nos amonesta desde los cielos" (Heb. 12:25). 

A la luz de esta realidad, el autor nos advierte en los versículos 28 y 29: " Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor".

 

Los creyentes del nuevo pacto poseen una percepción más clara de la santidad de Dios que los santos en el antiguo; ellos saben ahora que, por causa de sus pecados, Dios envió a su propio Hijo a derramar su sangre en la cruz, pues de otro modo nadie habría podido ser salvo; consecuentemente, los creyentes del nuevo pacto deberían experimentar una reverencia más profunda cuando se acercan a ese Dios en adoración.     (Sugel Michelén)