Manuel Matamoros,

 adalid del protestantismo español contemporáneo.

 

(Juan B.Vilar, Edicions Gascogne,2003)

 

Manuel Matamoros, baluarte del protestantismo español del siglo XIX, constituye una de las escasas figuras a través de las que podemos acercarnos al reformismo interior contemporáneo. La difusión de esta corriente en España, con unos antecedentes que se remontan al siglo XVI, ha de interpretarse como uno de los movimientos que van a reivindicar la libertad religiosa a lo largo del periodo decimonónico, lo que sugiere una lectura más compleja que la que podría efectuarse en un primer instante. Este protestantismo muestra diferencias del renacentista en el momento en que se atiende a la composición social de sus seguidores, pues si bien el primero quedó configurado por una élite intelectual y burguesa, el segundo se nutrirá de las capas populares de la sociedad. Pero la singularidad además es de carácter geográfico, de manera que el protestantismo español presenta unos rasgos que le confieren una personalidad diferente del reformismo francés, el británico o el norteamericano. No obstante, del protestantismo decimonónico fundamentalmente se resalta su carácter combativo en cuanto que deberá afrontar las persecuciones de un Estado que basaba su cohesión nacional en la unidad religiosa -nada nuevo, por otra parte-. Así, el adverso itinerario de Manuel Matamoros se convierte en un vehículo que nos aproxima a la rigidez ideológica de los intervalos políticos conservadores del Diecinueve en España.

Manuel Matamoros nace en Lepe, Huelva, el 8 de abril de 1834, en el seno de una familia de clase media que le orientará hacia la carrera militar, al igual que su progenitor, teniente coronel de Artilleria. En 1.858, durante una estancia en Gibraltar, entrará en contacto con el protestantismo a través del pastor Francisco de Paula Ruet, quien guiará a su discípulo a lo largo de su vida.

Tras una conversión rápida que se consolida al entrar en relación con  Fernando Bonhome, otro discípulo de Ruet, Matamoros inicia una campaña de proselitismo por la península que estará avalada por el Comité pour l'evangélisation de l'Espagne de París. La nueva comunidad funcionará desde sus inicios como una sociedad clandestina -con un funcionamiento parecido al de otras corporaciones secretas, como las obreras- animada por la documentación propagandística protestante llegada desde Gibraltar, enclave estratégico por donde también eran insufladas importantes subvenciones que se hacían indispensables teniendo en cuenta la humildad de sus miembros.

Si bien el núcleo más importante del protestantismo español se había fraguado en Andalucía, Cataluña constituyó otro bastión de interés por su proximidad a Europa, lo que propiciará el traslado de Matamoros a Barcelona en 1859, ciudad en la que es detenido, iniciándose una represión antiprotestante que se extenderá con violencia a lo largo de varias décadas. A partir de ese momento comienza una odisea para el líder del reformismo español, que deberá afrontar un ignominioso calvario de torturas encaminadas a disuadir al resto del protestantismo de la adhesión a la nueva fe y, por lo tanto, a remarcar el carácter fundamentalista de la religión católica.

La cruel reina Isabell II  

El empeño de algunas facciones políticas por identificar el movimiento evangélico español con oscuras tramas llevará al órgano oficial del Estado a considerar la existencia de una estrecha colaboración entre los núcleos protestantes y socialistas, hasta el punto de acusar a los primeros de participar en el levantamiento de Loja de 1861 con el fin de desbaratar el orden político-religioso en España. Algunos oportunistas aprovecharon la ocasión para difundir injurias encaminadas a ofrecer una imagen truculenta de los protestantes españoles, lo que determinó que se solicitase para el cabecilla del movimiento la pena de muerte. Pero las presiones internacionales -sobre todo la de Inglaterra- sobre la intransigente reina Isabel II, contribuirían a ablandar el proceso judicial. Así, las draconianas sentencias para los inculpados -Matamoros fue condenado a ocho años de trabajos forzados, incapacidad civil y el pago de una cuantiosa multa- fueron conmutadas por la deportación. En este momento, Matamoros inicia un periplo por Inglaterra, Francia y Suiza. La estancia en el primer país será breve a consecuencia de la dificultad del idioma, la inconveniencia de su clima lluvioso para la débil salud de Matamoros (enfermó gravemente en la Cárcel de la Audiencia en Granada) y la frialdad con la que el español fue acogido por sus hermanos de fe ingleses. En Francia, donde encontrará un recibimiento más caluroso, desempeñó una importante labor con las comunidades de jóvenes protestantes. Su deseo de una mayor formación teológica le guiará hasta el cantón de Vaud, en el país helvético, donde se instalará para completar su formación universitaria y, al mismo tiempo, desarrollar una intensa actividad en la Iglesia Libre del Cantón de Vaud, donde muere enfermo de tuberculosis el 31 de julio de 1.866 (contraída en la dura cárcel granadina). Al marchar con el Señor, sólo contaba 32 años de edad.

 

Juan B. Vilar concede una especial atención a la repercusión internacional del proceso judicial de Matamoros y sus compañeros (Antonio Carrasco, Manuel Marín, José González, José Alhama y Miguel Trigo). En este caso cabe resaltar la presión diplomática desde países protestantes y no protestantes, como Inglaterra, Países Bajos, Prusia, Suiza, Suecia y Rusia, que ejercerán una defensa de los acusados muchas veces condicionada por las relaciones internaciones de cada uno de estos países con españa, lo que finalmente se tradujo en una actuación tibia y poco comprometida. No obstante, la difusión de este asunto en la prensa internacional contribuyó a que se pusiese en cuestión la intolerancia religiosa de la España isabelina, inmersa en un proceso de modernización contradictorio en el que tenían sitio la defensa de las libertades y la condena por  defender una religión diferente de la del Estado.

 

                                                                                     Aurora Aranda Báez

http://www.protestantes.net/enciclo/matamoro.htm

 

http://www.protestantedigital.com/ES/Blogs/articulo/3884/Persecucion-a-manuel-matamoros-documentos

 

http://lacomunidad.elpais.com/historiaparaeldebate/category/historia-protestantismo 

 

(Lean, por su interés, la bien documentada biografía que aparece en el libro "Reforma y Contrarreforma en Andalucía", del historiador del C.E.R., D.Gabino Fernández Campos).

 

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   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

    -              Al servicio de Cristo

"Dios no nos ha salvado para ser meros ornamentos en su Reino, sino para ser útiles. La grosura de su Palabra no tiene como objeto cebarnos para mantener-nos en una vida de misticismo insulso, sino proporcionarnos fuerzas para en los pasos de Jesús, viviendo activamente para el bien de otros y para la gloria de Dios.

La gran misión de Cristo queda descrita en sus propias palabras: "El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir" (Marcos 10:45). En Él se encarnaba aquel "Siervo de Jehová" del que tan maravillosamente profetizó Isaías. Y Él es nuestro ejemplo.

 

Desde el momento mismo en que nos convertimos, debe haber en nosotros la decisión de vivir para Aquel que nos amó y nos salvó. La conversión debe situarnos en la posición de siervos a la par que en la de amigos. Cristo debe ser para nosotros Señor además de Salvador. Ello exigirá, sin duda, una manifestación abierta de nuestra relación con Cristo. Tendremos que confesarle abiertamente ante el mundo, sea cual sea la reacción del mundo frente a nuestro testimonio. El verdadero cristiano no puede ocultar la luz de la verdad ni puede reprimirlos impulsos de su nueva vida. Nicodemo trató de esconder su fe durante algún tiempo, porque quizá aún no estaba suficientemente madura; pero llegó el momento en que no pudo seguir callando y abiertamente intervino al ser visto de Jesús. Dichoso el creyente que desde el principio entiende el significado de aquellas palabras del Señor: "El que me confesare delante de los hombres yo también le confesaré delante de mi Padre, y el que me negare, yo también le negaré" (Mateo 10:32-33).        

(Del libro "Tu vida cristiana", de José M. Martínez)

                  ¡La soberanía de Dios!

¿Qué queremos decir con esta expresión? Queremos decir la supremacía de Dios. que Dios es Rey, que Dios es Dios. Decir que Dios es soberano es declarar que es el Altísimo, el que hace todo conforme a su voluntad en los huestes de los cielos y entre los habitantes de la tierra, de modo que nadie puede detener Su mano ni decirle: ¿Qué haces? (Daniel 4:35). Decir que  Dios es soberano es declarar  que es el Omnipotente, el Poseedor de toda potestad en los cielos y en la tierra, de modo que nadie puede frustrar Sus consejos, impedir Sus propósitos, ni resistir Su voluntad (Salmo 115:3). Decir que Dios es Soberano es declarar que "se enseñoreará de las gentes" (Salmo 22:28), levantando reinos, derrumbando imperios y determinando el curso de las dinastías según le agrada. Decir que Dios es soberano es declarar que es el "solo soberano", Rey de reyes, y Señor de señores" (1ª Timoteo 6:15). Tal es el Dios de la Biblia".         

 (Del libro "La soberanía de Dios", de A.W. Pink)