Julián Hernández, “Julianillo”, el siervo fiel y prudente de Cristo (Mateo 24:45-47).

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"...todo lo he llenado del evangelio de Cristo"

(Romanos 15:19)

 

Julián Hernández,  nacido en Villaverde, en Tierra de Campos, Castilla, España, fue uno de los mártires de la Reforma Protestante del siglo XVI. Su apodo “Julianillo” devenía de su apariencia frágil, muy delgado, de piel fina y poca estatura; esto último, en parte debido a su marcada cifosis (exagerada encorvadura de la columna vertebral).

 

Había trabajado en Alemania y en los Países Bajos. Allí aprendió el oficio de cajista de imprenta y conoció las ideas de la Reforma, las que abrazó con inconmensurable pasión. Algunos historiadores sostienen que trabajó con Martín Lutero en la impresión de las primeras Biblias traducidas al idioma germano, así como en diversas publicaciones de éste y otros reformadores.

 

Julián Hernández, además de poseer una fe inmensa, abrigaba un intenso sentimiento patriótico, algo habitual de ver en muchos protestantes de su época. Desde esta perspectiva, deseaba compartir con sus conciudadanos las Buenas Nuevas que había conocido. En la Península Ibérica el oscurantismo era profundo, y Hernández entendía que una herramienta fundamental para hacer salir a su pueblo del atraso, era que la gente común aprendiera a leer y escribir, y muy especialmente, que conociera la Verdad de Cristo, tal como él la conocía.

Con esta idea, se abocó de lleno a la tarea de llevar la luz del Evangelio a los españoles. La misión sería arriesgada, pues eran tiempos no solo de ignorancia, sino también de intolerancia y crueldad.

 

Llevando la Palabra a sus compatriotas 

Junto a otros reformadores, algunos españoles, muchos de ellos judíos conversos, participó en la edición del primer Nuevo testamento en idioma castellano, fruto de la labor traductora del Dr. Juan Pérez de Pineda.

A pesar de ciertas dificultades, esta primera etapa se completó con éxito. Pero lo peor estaba en el paso siguiente: Ingresar los ejemplares en España y distribuirlos. Cualquiera que fuese atrapado transportándolos ,o simplemente poseyéndolos, sería quemado en la hoguera por los inquisidores.

Hernández era plenamente consciente de ello, tan consciente como lo era de su vocación irrenunciable.                            

                                                                        

Tras la fachada de un vendedor de telas (ocupación que en realidad cumplía escondía su verdadero objetivo: Introducir de contrabando Nuevos Testamentos. Viajando a través de toda España, se contactaba con los protestantes dispersos u ocultos y les llevaba la perla de la Palabra, así como noticias de los hermanos.

 

De la Roa, sacerdote y escritor católico, escribió en su libro Historia de la Compañía de Jesús en Sevilla, refiriéndose a Julianillo:”Con increíble habilidad, encontraba entradas y salidas secretas, y el veneno de la nueva herejía s divulgó con gran velocidad por toda Castilla y Andalucía (…) Adonde ponía su pie comenzaba el incendio (...)Él mismo, enseñó a los hombres y las mujeres en las malas doctrinas de los reformadores, logrando su fin con demasiado acierto, especialmente en Sevilla, donde formó, gracias a esto, un verdadero nido de herejes”. A todo esto, Julián Hernández solía decir: “Todos los que se crucen en mi camino oirán mi testimonio”.

Traición y martirio

 

Se cuenta que un día, mientras predicaba en las afueras de Sevilla, compartió el mensaje de Salvación con un lugareño que trabajaba como herrero, obsequiándole un ejemplar del Nuevo testamento. Este hombre lo delató ante las autoridades, de manera que Hernández debió huir rápidamente.

 

Por un tiempo, logró ocultarse de las garras de la “Santa Inquisición”, pero la pasión por su llamamiento pudo más que su instinto vital de conservación: Continuó predicando y distribuyendo las Escrituras. Una vez más sería descubierto. Ahora, sería una mujer quien habría de entregarlo. Hernández le había predicado, y ésta se mostró muy interesada por lo que aquél no dudó en regalarle un ejemplar del Nuevo testamento. Pero la mujer, inmediatamente, fue a dar aviso a los crueles inquisidores.

Julianillo” huyó, pero enseguida fue atrapado en Adamuz, Córdoba, y enviado a una cárcel en Sevilla. Allí, el Tribunal del Santo Oficio se ensañó con el predicador. Después de haberlo sometido a las más crueles e inimaginables torturas, y de haberle desarticulado la mayoría de sus miembros en el “potro”, fue puesto en una pica en donde se le quemó vivo. Esto ocurrió en Sevilla el 22 de diciembre de 1560.

Los testigos cuentan que “Julianillo” cantaba un villancico mientras era trasladado a la pira donde había de morir: “¡Vencidos los frailes, vencidos van! ¡Corridos los lobos, corridos van!”.                                                                                                   

 

 

Su legado espiritual

 

Si bien la Inquisición española logró frenar la expansión protestante en la península, no pudo matar las ideas. Se cuenta que Hernández escondió algunos ejemplares del Nuevo testamento en el lugar menos pensado para buscar: en un convento. Esta muestra de extraordinaria audacia tendría frutos no menos extraordinarios. La Palabra llegaría a manos de los propios monjes, muchos de los cuales serían movilizados por ella. En el monasterio de San Isidoro del Campo (en Santiponce, Sevilla), el lugar donde Hernández había escondido sus ejemplares, se encontraban nada más y nada menos queCipriano de Valera y Casiodoro de Reina.

Ellos y otros monjes, llegaron a conocer la verdad del Evangelio, por lo que fueron considerados protestantes herejes, debiendo huir del país para salvarse de la muerte a manos de la Inquisición.

 

La versión completa de la Biblia en castellano traducida por Casiodoro de Reina, y luego corregida por Cipriano de Valera (conocida como la Biblia Reina Valera) ha sido la herramienta más poderosa que se haya conocido para la difusión del Evangelio de Jesucristo en el mundo hispano, trascendiendo los tiempos y los continentes.

 

¡Gracias, "Julianillo"!

                                                                   (P.Rubin- E.Dañeiluk)


 

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"Los que buscan la ruina de los escogidos de Dios solo preparan su propia ruina" (Salmo 62:3)

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"Los grandes méritos no protegen a los hombres de las mayores humillaciones y afrentas en este ingrato mundo"                                                          (Éxodo 32:1)

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"No sabemos lo que pedimos cuando pedimos la gloria de llevar la corona, y no pedimos la gracia para llevar la cruz en nuestro camino a ella "

                                           (Mateo 20:22)

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"Cristo murió para pagar nuestra deuda, y resucitó para obtener nuestra carta de pago".

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"El honor es como la sombra, que huye de aquellos que la persiguen y la agarran, pero sigue a los que huyen de ella" (Mateo 23:12)

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"Cuando están en el púlpito, predican tan bien que es una pena que salgan; pero, cuando están fuera del púlpito, viven tan mal que es una pena que entren de nuevo" (Mateo 23:3)

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"La aplicación es la vida de la predica-ción" (Mateo 21:42-43)

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"Nunca hemos de ser ahuyentados de nuestro deber por la malicia de nuestros enemigos, o por la falta de amabilidad de nuestros amigos" (Mateo 21:18) 

    (Recopiladas por Demetrio Cánovas)

     EL CAMBIO NO VIENE DEL HOMBRE

"Algunas personas  hacen de la buena vecindad una especie de religión.. Creen que si ponen el vino nuevo de la buena vecindad en el viejo odre todo irá bien para sus almas al final.

Considerad la necesidad de esto. Una persona no es cambiada, simplemente, por añadir a su vida ciertos buenos hechos, pero cuando haya hecho estas adiciones y sustracciones, ¿qué será? Será el mismo hombre viejo.

¿Por qué es así? Y ¿por qué se equivocan de este modo los hombres? Parece que es porque no comprenden la naturaleza del problema humano. Se cree comúnmente que los hombres están bajo la condena-ción de Dios a causa de sus pecados. Si un hombre miente, estafa, roba, blasfema el nombre de Dios, profana el día del Señor, pero llega a quitar estos pecados de su vida, tendrá la salvación de su alma. Pero el hombre no está bajo la condenación de Dios principalmente a causa de sus pecadosNo os sorprendáis: Lo está porque es pecador por naturaleza. Esto es, porque tiene una naturaleza separada de Dios, corrompida, depravada, y está en mala relación con Dios. Pablo lo explicó de esta manera: "Somos por naturaleza --dijo--hijos de ira". No venimos  a ser hijos de ira porque pecamos, sino que pecamos porque somos hijos de ira."   

(Tomado de "Dios no está muerto" ,

de Gordon H. Girod,)