Juan Pérez de Pineda,

 

un defensor de la Palabra de Dios (1500-1567)

 

Juan Pérez de Pineda nació en la ciudad de Montilla (Córdoba) hacia finales del siglo XV. Fue rector del Colegio de la Doctrina, de Sevilla, un Centro de enseñanza evangélica, por el año 1.550; y fue amigo personal e íntimo de dos adalídes: los doctores Egidio y Constantino Ponce de la Fuente. Pérez de Pineda, como otros reformadores españoles, tuvo que huir de España para librar su vida de las llamas inquisitoriales.

 

       Aquel hombre que hizo gran defensa de los horrores de la Inquisición, Marcelino Menéndez Pelayo, no tiene más remedio que, a intervalos en su libro, rendir pleitesía al gran siervo de Dios como escritor. Dice de él: “Este elegante escritor”. Refiriéndose a su traducción de los Salmos, dice también: “Así la dedicatoria como la Declaración del fruto y utilidad de los Salmos para todo cristiano están gallardísimamente escritas”. Y sigue reconociendo los méritos del reformador español, diciendo: “Juan Pérez es prosista sobrio y vigoroso...No era escritorvulgar el que acertó a decir de los Salmos que “son como eslabones de acero, que hieren el pedernal de nuestro corazón, y como paraíso terreno, donde se oyen diversos cantos espirituales de grande melodía y suavidad, donde se hallan divinos y celestiales deleites”. Y añade poco después: “La traducción es hermosa como lengua, no la hay mejor de los Salmos en prosa castellana...Está escrita en lenguaje puro, correcto, claro y de gran lozanía y hermosura”. Y Menéndez Pelayo no puede sustraerse al impulso admirativo de transcribir algunos versículos del Salmo 104 “que le mueve a reproducir -dice él- la gran rareza del libro”.¡Y transcribe dieciocho versículos de esta Salmo!


       Refiriéndose a la Epístola Consolatoria que también escribió Pérez de Pineda, dice de ella que es “Notable por la dulzura de los sentimientos y lo apacible y reposado del estilo”.

 

       Pero una raíz de odio contra el Pueblo de Dios, hace decir a aquel hombre macabro:”No nos admiremos mucho de los primores de la lengua; ¿quién no escribía bien en aquel glorioso siglo?”. Y propone, para apreciar la inferioridad del libro de Juan Pérez de Pineda, que se coteje con “Tratado de la tribulación”, de P. Rivadeneyra, ¡qué no le llegaba a la altura del cordón de los zapatos al reformador español! La verdad es que, en aquel glorioso siglo, contrariamente a lo que dice Menéndez Pelayo, muy pocos escribían bien, y poquísimos escribían como el Doctor Juan Pérez de Pineda. (Heterodoxos españoles, M. Menéndez Pelayo, tomo II, págs. 90-96).

 

       Juan Pérez de Pineda buscó refugio en Ginebra entre 1.550 y 1.555. Luego predicó en Blois, y fue capellán de la duquesa de Ferrara, hija de Luis XII, en el castillo de Montargis, en donde ella hizo profesión de fe en Cristo , y en cuyo castillo daba refugio y amparaba a todo creyente que lograba llegar hasta allí.


       El Nuevo Testamento en castellano fue una obra de Pérez de Pineda para que los españoles pudieran leer la Palabra de Dios en su propia lengua, de acuerdo a los deseos del Señor en su Palabra: (Juan 5:39; 17:8; Hechos 17:11; 2ª Timoteo 3:14-17). Cuando comenzaron las persecuciones contra la Iglesia de Jesucristo en España, a sucederse las prisiones y torturas en las cárceles de la Inquisición, y los autos de fe a quemar vivos a los hijos de Dios, escribió “La Epístola Consolatoria”, a fin de alentar a los fieles en la lucha, a consolarlos y acariciar sus almas sufrientes en medio de tanto dolor.

 

       Juan Pérez murió , ya anciano, en París, en el año 1.567, dejando sus bienes para la impresión de una Biblia completa en lengua española. Sus escritos, su Nuevo Testamento, su Epístola Consolatoria llegaron a España. ¿De qué modo? Habiendo una vigilancia tan estrechísima en los Pirineos, ¿quién osaría exponer su vida para hacer tan grande obra? La pregunta es respondida citando a un hombre muy pequeño de cuerpo, pero un gigante espiritual. Se llamaba Julián Hernández, y por ser muy escaso de estatura era conocido entre los reformadores extranjeros como “Le Petit”, el pequeño. Se crió en Alemania, en donde aprendió el oficio de impresor y, por este medio, llegó a conocer las obras de los reformadores y las Doctrinas fundamentales de la Gracia Soberana de Dios, de las que poseía gran conocimiento.


       Julián Hernández fue secretario de Juan Pérez de Pineda, quién a su vez lo fue de Felipe II, el asesino de protestantes. En el extranjero se estaba escribiendo una copiosa literatura cristiana, y se traducía al español la Palabra de Dios, y todo este riquísimo tesoro había que traerlo para darlo a los españoles. Y fue este magistral hombre, lleno del Espíritu de Dios, quién acometió aquella privilegiada y peligrosísima tarea: “Todo esto lo introduciré yo en España, sea como sea y al precio que sea, dijo Julianillo, como era también conocido. Y lo hizo, pero a costa de su propia vida, la cual le fue quitada en un auto de fe celebrado en Sevilla el día 22 de diciembre de 1.560, donde fue quemado vivo después de un poderoso testimonio cristiano.

 

                                   (Tomado del trabajo "La Reforma en España"                                                  (mayo 2006), del hermano José Candeas)

 

 

                   (Autógrafo de Juan Pérez de Pineda, descubierto y                                                    publicado por D. Enrique Garramiela Prieto,                                                                      Cronista Oficial de la Ciudad de Montilla)               

 

 

 

 

 

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    LA DISCULPA Y LA RESTITUCIÓN

    POR EL PECADO COMETIDO.

". . .entonces, habiendo pecado y ofendido, restituirá aquello que robó, o el daño de la calumnia"  (Levítico 6:4)

 

La disculpa o la restitución debe hacerse a la primera. La Palabra dice: "Lo restituirá por entero a aquel a quien pertenece, y añadirá a ello la quinta parte, en el día de su expiación" (v. 5). Si estás en condiciones de hacerlo y la cosa todavía está en tu posición, debes restituirlo el día en que reconoces tu culpa. Es muy fácil diferir estas cosas.

A causa de haberlo demorado, muchos hijos de Dios se encuentran con la sensibilidad embotada. Cuando recibes luz y te consideras culpable, es entonces cuando tienes que actuar. Es mejor si las cosas son restituidas el mismo día. Que los creyentes nuevos se mantengan en este camino. No trates nunca de aprovecharte de otros, porque si lo haces cometes una iniquidad. Un principio básico de nuestra vida cristiana aquí en la tierra es que nunca podemos aprovecharnos de los demás. Es malo aprovecharse  de los demás. Que los creyentes nuevos aprendan a proceder rectamente desde el principio. 

 

. . .Recuerden, por favor, que la disculpa o la restitución por sí sola es todavía insuficiente. El caso no está todavía resuelto, porque es necesario hacer algo más: "Y para expiación de su culpa traerá a Jehová un carnero sin defecto de los rebaños, conforme a su estimación, y lo dará al sacerdote para la expiación" (v. 6). La ofrenda para las iniquidades en Levítico 5 sólo cubre los tratos ante Dios, puesto que no se ha incurrido en falta alguna contra el hombre, así que tiene que tratar el pecado primero ante el hombre  y luego ir a Dios en busca de perdón. A menos que haya resuelto la cuestión primero con el hombre, no habrá manera de que pueda ir a Dios y pedirle perdón. Uno debe primero restituir lo que ha tomado; luego puede recibir el perdón de Dios." 

                                (Watchman Nee)

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"Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores . . .Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas."               (Mateo 6:12,14)                

       VICTORIA DE LA MANSEDUMBRE

"Si el espíritu del príncipe se exaltare contra ti, no dejes tu lugar; porque la mansedumbre hará cesar grandes ofensas" (Eclesiastés 10:4).

 

"También tenemos la violencia especial que la injusticia provoca, cuando nos afecta personalmente. ¿Hay alguna cosa que sea más recia de soportar que ésta? La injusticia nos toca directamente en el alma y contradice en nosotros --por nuestro sentido innato de la justicia-- el senti-miento de lo que nos he debido en bienes y en estima. Por eso la injusticia suscita indefectiblemente en nosotros una réplica inmediata de violencia contra la violencia, al menos en los sentimientos y en el pensamiento, ya que el miedo u otros motivos pueden impedirnos pasar a los hechos. Este es el motivo por el cual el precepto del perdón es tan difícil de cumplir, aunque es cómodo hablar de él cuando concierne a los demás. Con razón el Evangelio insiste en este tema: si no perdonáis a vuestro hermano desde el fondo de vuestro corazón, vuestro Padre tampoco podrá perdonaros ni abriros la puerta del Reino.

 

(. . .)Pero si conseguimos dominar la violencia que nos impulsa y que se revuelve en nuestro corazón como una bestia furiosa, si, aplacándonos poco a poco, tenemos la valentía de poner en las manos del Señor nuestra causa, todo este asunto de justicia y de venganza, y de abrir nuevamente la puerta a la benevolencia de Dios, que nos está invitando a buscar el bien, a vencer el mal por medio del bien en esas mismas personas que nos han ofendido, ¡qué paz repentina y qué suavidad encuentran lugar en nosotros! Una benevolencia y una suavidad ya invencibles y poderosas para buscar el bien, pues la prueba de la injusticia es la tentación suprema que penetra hasta las raíces mismas de esa violencia que hay en nosotros."( Servais Pinckaers)